El puño del otro mundo - Capitulo 1: La Llegada
La isla no figuraba en las cartas de navegación. Era apenas un recordatorio de la insignificancia, una mota de roca y desolación perdida en la inmensidad del océano. Dos árboles raquíticos, cuyas ramas parecían garras suplicantes, se retorcían bajo un cielo de color ceniza. El oleaje golpeaba los peñascos con una furia monótona, deshaciéndose en una espuma densa que apestaba a salitre y a cosas muertas. No había huellas, ni senderos, ni el menor indicio de que un ser vivo hubiera reclamado aquel pedazo de tierra en siglos.
Entonces, el cielo se fracturó.
No hubo un trueno, sino un desgarro silencioso. La luz se condensó en un punto exacto sobre la playa, vibrando con una frecuencia que hizo que el aire pesara como el plomo. El cubo surgió de la nada, una pieza de geometría absoluta y brillo cegador que parecía haber sido arrancada de un mundo más ordenado y gélido. Su superficie no reflejaba el entorno; lo consumía. Un pulso electromagnético barrió la arena, sellando la conexión entre dos puntos del universo que jamás debieron tocarse. Por un instante, el olor de la humedad cambió: el salitre fue reemplazado por el hedor metálico del ozono y el frío esterilizado de un laboratorio de alta mar.
Al abrirse la estructura, el impacto biológico fue inmediato. La atmósfera local luchó contra la presión interna del cubo, generando una turbulencia invisible que sacudió los pulmones de los recién llegados. El aire se sentía denso, cargado de una estática que erizaba el vello y dejaba un sabor a cobre persistente en la lengua. Cada inhalación era un recordatorio de que sus cuerpos estaban forzando una adaptación a una gravedad que parecía apenas incorrecta, un desfase mínimo pero constante que obligaba al oído interno a recalibrar cada paso sobre la arena.
El borde de la estructura se deslizó hacia arriba con un siseo hidráulico. De su interior emergieron dos figuras que personificaban dos formas distintas de entender la supervivencia.
El primero en pisar la arena lo hizo con la contundencia de un proyectil. Era un hombre de torso ancho, cuyas facciones parecían esculpidas en granito. Empujó el límite de luz del cubo con un desprecio absoluto por su propia integridad. El paso le cobró un peaje de dolor: quemaduras de plasma chisporrotearon sobre sus hombros, lacerando la piel y llenando el aire con el olor acre del hierro chamuscado. No emitió un solo quejido. El dolor solo sirvió para tensar su mandíbula, dejando surcos brillantes en su cuello que tardaron segundos en apagarse. Bajó a la playa con un movimiento pesado y violento, como si su sola presencia fuera una declaración de guerra contra la isla. Había venido por la ruptura. En el ruido de lo que se quiebra, en el caos de la destrucción, este hombre encontraba la única prueba de que seguía vivo. La orden que lo había puesto allí pesaba sobre su alma, pero más pesaba su instinto de tomar lo que el mundo intentaba ocultar.
Tras él, el segundo hombre surgió de una manera casi irreal. No cruzó el umbral; proyectó su presencia sobre la arena. Era delgado, de bordes nítidos que vibraban sutilmente bajo la lluvia ácida que empezaba a caer. Sus manos, largas y precisas, parecían diseñadas para calibrar instrumentos de alta complejidad, y sus ojos, inquietos y gélidos, buscaban cifras donde otros solo veían paisaje.
La isla pareció observarles con una paciencia mineral. No era solo que el terreno reaccionara a la intrusión, sino la sensación palpable de que la roca misma registraba su peso, midiendo la frecuencia de sus latidos a través de la vibración del suelo. Los árboles raquíticos no se movían con el viento; permanecían congelados en un gesto de expectación milenaria, como si el ecosistema entero estuviera conteniendo el aliento. Incluso los sensores del proyectado arrojaban lecturas planas, sospechosamente limpias, un silencio de datos que resultaba más inquietante que cualquier interferencia.
Sin perder un segundo, el proyectado comenzó su labor. Clavó varillas de aleación desconocida en la arena, activó sondas que emitieron un pitido rítmico y consultó una serie de datos que parpadeaban en su muñeca con la frialdad de quien supervisa una autopsia. Su autoridad no necesitaba gritos; emanaba de la precisión de sus actos. Ambos sabían que fallar no era una opción. La Voz que los había enviado, ese rumor pesado y omnisciente que gobernaba sus vidas, no aceptaba disculpas, solo resultados.
Aquella voluntad se manifestaba como una impronta grabada en el tejido mismo de su conciencia, situada mucho más allá de cualquier instrucción verbal ordinaria. El grandote percibía la Voz como un recordatorio constante de la servidumbre mediante el castigo; el proyectado la entendía como una lógica ineludible que dictaba el propósito absoluto de su existencia. Ninguno de los dos necesitaba un rostro para sentir esa mirada pesando sobre sus nucas en todo momento. Aquella presencia invisible transformaba la inmensidad del océano en una celda compartida, donde cada error o vacilación quedaba registrado por una voluntad que ignoraba la piedad.
El cubo se cerró con un clic definitivo. La isla pareció reaccionar ante la intrusión. La lluvia se volvió más áspera, golpeando las rocas con la fuerza de perdigones, y un trueno profundo retumbó en las entrañas de la tierra, como si la roca misma renegara de los extraños. Los dos hombres se miraron. No hubo palabras, solo una asignación tácita de roles: uno sería el ancla, el otro abriría el camino a través del fuego.
—Reconocimiento —ordenó el proyectado. Su voz era plana, desprovista de emoción—. Marcar. Medir. No quiero variables al azar.
El grandote contestó con un simple gesto de la barbilla hacia el norte. Allí, recortada contra el horizonte borroso por la tormenta, emergía otra isla. Era un peñón colosal, una sombra que desafiaba a la marea y que parecía observarles con una inteligencia mineral. El interés del guerrero se encendió de inmediato. Para él, ese lugar no era un misterio por resolver, sino un objeto que someter. No pidió permiso. Su lenguaje era la respiración medida y el olfatear del terreno, como un depredador que localiza el rastro de su presa.
Mientras el proyectado seguía recolectando muestras —frascos de agua que analizaba al instante, pequeñas bolsas con arena que sellaba con cuidado obsesivo—, el grandote dio un paso hacia el borde del agua. El mar entre las dos islas no era una superficie tranquila, sino un hervidero de corrientes traicioneras y rocas afiladas como cuchillos.
Sin previo aviso, el gigante se impulsó. Fue un acto seco, una explosión de músculo y voluntad.
Se detuvo un segundo en la orilla, hundiendo los talones en la grava para medir la resistencia del suelo. El proyectado observó la tensión en los músculos del gigante, una acumulación de energía cinética que parecía a punto de quebrar la arena bajo sus pies. No era un simple desplazamiento físico; aquel salto representaba la primera transgresión voluntaria contra el orden de aquel lugar, un desafío directo a las corrientes traicioneras que hervían entre los islotes. El grandote no calculaba el riesgo, calculaba la fuerza necesaria para someter la distancia.
Saltó sobre la cresta de una ola rompiente, recorriendo una distancia imposible para un hombre común. Cayó con la pesadez de una roca entre la espuma del islote vecino, clavando sus dedos en la piedra para frenar el impacto. No miró atrás. Para él, el mundo solo ofrecía dos opciones: ser conquistado o ser destruido.
El proyectado apretó los dientes. Una punzada de duda, casi imperceptible, cruzó sus ojos. Su deber era preservar lo que aún no se comprendía, pero sabía que si en aquella isla mayor existía alguna forma de inteligencia, la llegada de aquel músculo desatado sería el equivalente a lanzar un incendio en un bosque seco. Lo siguió, pero su método fue diferente.
Desplegó un artilugio que llevaba sujeto a la espalda. El mecanismo zumbó con una vibración melódica y el hombre se elevó unos palmos sobre la arena. La máquina lo mantenía a una distancia de seguridad, permitiéndole flotar sin peso mientras la lluvia dibujaba sus contornos en el aire. No dio explicaciones; su tecnología hablaba por él. Lanzó una nube de microdrones que se dispersaron como insectos metálicos en la bruma, enviando señales directas a su muñeca.
A medida que se acercaba a la segunda isla, el proyectado comenzó a notar anomalías que le helaron la sangre. En la pantalla de su muñeca, la topografía del peñón empezó a revelar formas que la naturaleza rara vez produce.
A medida que los microdrones penetraban la bruma, las lecturas empezaron a fallar de forma sistemática. Los primeros datos mostraban anomalías que el proyectado atribuyó a la distorsión magnética de la tormenta. Intentó recalibrar sus instrumentos tres veces, corrigiendo los algoritmos de mapeo y filtrando el ruido del oleaje, pero la persistencia del "error" terminó por revelar una verdad más densa. No era un fallo de las máquinas; era la confirmación de una geometría imposible. Los drones no estaban fallando, estaban registrando una planimetría que desafiaba milenios de erosión natural.
Lejos de ser un amontonamiento caprichoso de roca volcánica, la superficie mostraba rectas improbables. Había ángulos de noventa grados que se repetían con una precisión matemática. Sombras que describían plazas, cornisas y arcos.
—Construcciones —murmuró para sí mismo.
Los datos parpadearon violentamente. Aquello ya no era una simple misión de extracción; era un descubrimiento arqueológico o, peor aún, el encuentro con una civilización activa. Si había estructuras organizadas, había inteligencia. La furia del gigante contra las rocas de la orilla traería consecuencias irreversibles. Sus puños reforzados descargaron un castigo innecesario sobre una roca de laplaya, enviando estruendos que amenazaban con alertar a los arquitectos de aquellas sombras geométricas antes de que el proyectado lograra medir el peligro.
Elevó sus sensores al máximo, forzando la óptica de los microdrones para penetrar la cortina de lluvia. Las imágenes procesadas eran perturbadoras: aquellas líneas geométricas no parecían talladas sobre la superficie, sino que daban la impresión de ser la materia misma de la isla, una arquitectura que brotaba del suelo como un organismo de cristal oscuro y sombras. Abajo, en la orilla de la segunda isla, el grandote permanecía indiferente a la anomalía. Arrancaba algas con gestos violentos y descargaba sus puños contra los grandes peñascos de la playa, encontrando una satisfacción bruta en el choque de la roca contra el metal. Su humor era corto, manifestando una impaciencia casi infantil en su búsqueda de algo tangible que poder quebrar.
Entre ambos se tejía una desconfianza gélida. No se necesitaban, se detestaban, pero el miedo a la quien los controlaba desde las sombras los obligaba a actuar como un solo engranaje. Uno obedecía por el terror a la repetición del dolor; el otro, por el pavor absoluto al fracaso intelectual.
La noche cayó sobre ellos con la rapidez de un telón de acero. El viento arreció, intentando borrar cualquier rastro de su llegada. El grandote ya era una silueta distante que arremetía contra la oscuridad, sus golpes resonando como tambores de guerra contra las rocas de la playa. El proyectado, suspendido en su burbuja tecnológica, transformaba cada impacto en un mapa, cada grito del metal en una cifra.
Las construcciones detectadas eran ahora una sombra que pesaba más que la memoria de la luz que los trajo. Era un enigma que convertía la apertura del cubo en un evento de magnitud catastrófica. Mientras recogía sus últimos frascos y ajustaba la frecuencia de sus sensores, el proyectado tomó una decisión. No informaría de todo lo que veía. No todavía. Dejaría que los números parpadearan en su muñeca y seguiría el rastro de destrucción de su compañero.
No lo acompañaría en la masacre, pero se aseguraría de registrar cada detalle. Al final, tendría que decidir si rendía cuentas al rumor que los envió o si intentaría salvar lo que quedara en pie antes de que la furia lo arrasara todo. La isla quedó atrás, desapareciendo entre las gotas de lluvia. En la arena de la primera playa, la varilla seguía latiendo, enviando un pulso solitario hacia el vacío, marcando el inicio de algo que exigiría respuestas que ninguno de los dos estaba preparado para dar.
Este capítulo forma parte del primer arco de la novela. "El puño del otro mundo"
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Gracias por leer.

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