El Efecto Placebo - Capitulo 1


El polvo de la tiza quedó suspendido en el aire del anfiteatro, iluminado por los haces de luz que se filtraban desde los ventanales altos. Jack Diccar cerró el seminario de farmacología avanzada con un movimiento seco, dejando el borrador sobre el estrado de madera vieja. El rumor de los alumnos guardando cuadernos y el eco de los pasos en el piso institucional generaban un ruido constante que Jack procesaba como una señal de alivio. Para él, aquel espacio representaba el orden y la lógica, una burbuja donde los procesos biológicos podían predecirse con exactitud.

Observó a los últimos estudiantes salir por el pasillo central. Su mente, siempre inclinada a buscar fórmulas químicas para cada dilema, analizó el cansancio de los jóvenes como un agotamiento de neurotransmisores. Antes de que el aula quedara vacía, alzó la voz una última vez.

—No olviden que el cerebro es un órgano diseñado para la supervivencia, no para la honestidad —dijo, apoyando las manos en el escritorio. —Siempre preferirá una mentira cómoda a una verdad dolorosa, porque la verdad exige un cambio, y el cambio requiere una energía que nuestras neuronas prefieren ahorrar.

Jack apoyó las manos en el borde del estrado, dejando que el silencio se asentara en el anfiteatro. Antes de que pudiera recoger su maletín, un estudiante de las filas intermedias, cuya palidez destacaba bajo la luz mortecina, levantó la mano con un gesto dubitativo.

—Profesor Diccar —interrumpió el joven. Parecía estar procesando los apuntes de la sesión anterior—. Tengo una duda con una nota al pie en los archivos del antiguo Proyecto Synthetix. Se menciona al Sujeto 73. Se le administró un inhibidor selectivo para anular la respuesta de la amígdala ante el pavor extremo. La química era impecable; los niveles de cortisol y adrenalina se mantuvieron en rangos basales, incluso ante estímulos de amenaza letal. Los gráficos mostraban un estado de calma absoluta.

Jack sintió una presión familiar en la base del cráneo. Reconoció el caso de inmediato.

—Ese protocolo fue descartado por variables externas, no por fallas en el compuesto —respondió Jack, endureciendo el tono.

—Es que no entiendo un punto —insistió el estudiante, arrugando el entrecejo—. El Sujeto 73 se devoró la punta de su propia lengua durante el sueño. Los monitores no registraron picos de estrés ni pesadillas. Su cuerpo estaba relajado mientras se mutilaba. Si la química dictaba que no había miedo, ¿qué fue lo que empujó al cerebro a morder hasta llegar al músculo?

Jack apretó la mandíbula. Aquella grieta intelectual le irritaba más que la interrupción, pues desafiaba su noción de orden.

—Hablamos de una falla en la señalización propioceptiva —sentenció Jack, guardando sus apuntes con movimientos secos—. Un error mecánico en la interpretación periférica, no una falla en la lógica de la sustancia. La farmacología se encarga de la molécula, no de los caprichos de una voluntad que se resiste a la calma. El error ahí fue del observador, no de la ciencia.

Jack guardó silencio un segundo más de lo necesario. En su mente no aparecieron gráficos, sino la imagen de una polaroid granulada que el archivo oficial del Proyecto Synthetix había intentado sepultar. En la foto, el Sujeto 73 no mostraba el desgarro errático de una crisis de pánico. El corte en su lengua era limpio, casi quirúrgico, ejecutado con la precisión de un torno mecánico mientras su encefalograma marcaba un sueño delta profundo, sin un solo rastro de actividad onírica o picos de cortisol.

Lo que realmente le perturbaba, y lo que nunca admitiría en un seminario, era el orden. El sujeto no se había mutilado en un arranque de locura; había acomodado los trozos de su propia carne sobre la mesilla de noche, alineados por tamaño, antes de volver a dormirse. No hubo adrenalina porque, para el sistema nervioso de aquel hombre, el acto no fue una agresión, sino una tarea de mantenimiento. Una reestructuración necesaria de la que el cerebro no consideró necesario informar a la conciencia. Jack sintió un escalofrío al recordar el olor a ozono de la sala de observación y la calma glacial de un cuerpo que funcionaba bajo una lógica que la farmacología aún no podía mapear.

Al levantar la vista, vio a Clara Riemeri esperándolo bajo el marco de la puerta de roble. Ella llevaba un abrigo de lana oscuro que contrastaba con la blancura de las paredes y el brillo frío de las pizarras. Clara, dedicada a la restauración de instrumentos musicales antiguos, poseía una paciencia que Jack solo encontraba en los laboratorios de cristalización. Ella entendía las marcas en la madera y el valor del desgaste, una filosofía de aceptación del tiempo que Jack, con su obsesión por la precisión farmacéutica, admiraba sin llegar a comprender del todo.

—Llegas tarde a nuestra propia rutina —dijo ella con una sonrisa suave mientras él se acercaba.

—La neuroquímica de la atención es caprichosa —respondió Jack, permitiendo que la rigidez de su rostro se relajara.

Salieron del edificio rodeados por la calidez otoñal que bañaba el campus. Caminaron con los brazos entrelazados, compartiendo un silencio cargado de una química intacta y profunda. Clara hablaba de los planes para la cena y de un violonchelo que necesitaba semanas de trabajo, mientras Jack sentía que el peso del seminario se disolvía ante la normalidad de sus pasos coordinados.

Salieron al aire libre. El campus exhalaba un rastro de tierra fría y hojas muertas que el otoño acumulaba en los rincones de piedra. Clara hablaba sobre una veta de abeto especialmente difícil que debía tratar en su taller, mas Jack apenas captaba sus palabras. 

Jack no lograba apartar de su mente un registro de audio recuperado de la fase terminal del Proyecto Synthetix, un archivo que oficialmente terminó destruido junto con la evidencia del caso. Mientras caminaba por el campus, sintió que el frío le calaba los huesos, pero el sudor que perlaba su frente era producto de un pánico intelectual que no podía contener. En la grabación, la voz del Sujeto 73 sonaba plana, despojada de cualquier inflexión humana, cargada de una precisión que helaba la sangre. El hombre no se quejaba de la mutilación metódica de su lengua; hablaba de un retardo en la luz de la sala de observación. Afirmaba que podía ver a los investigadores entrar en el cubículo como si fueran capas superpuestas, dejando atrás una estela de imágenes fijas que tardaban segundos en borrarse del aire. 

Jack apretó el paso, pero una oleada de vértigo súbito le hizo sentir que el pavimento perdía su solidez, inclinándose hacia un vacío invisible. 

Se frotó la sien derecha, sintiendo el latido acelerado de la arteria bajo su piel mientras apretaba el brazo de Clara con una fuerza inconsciente. Hubo otro detalle que Jack enterró en lo más profundo de su memoria; una anotación al margen en la autopsia incompleta que él mismo supervisó en aquel sótano iluminado por tubos fluorescentes que zumbaban con insistencia. El patólogo, cuyas manos temblaban de forma apenas perceptible al sostener el bisturí, había garabateado una observación que desafiaba toda la lógica farmacéutica conocida. 

Recordó el último susurro del hombre antes de morir. El sujeto dijo que el mundo no era macizo, que era una secuencia mal ejecutada, una serie de datos acumulándose antes de ser procesados. Jack apretó el paso, intentando que el olor a tierra fría y hojas muertas del campus le devolviera la confianza en la materia. La duda ya estaba instalada en la base de su cráneo. Si el Sujeto 73 tenía razón, el orden que Jack tanto defendía era solo una fachada delgada, una mentira piadosa del sistema nervioso. Notó que el aire se volvía denso, granulado, como si cada átomo luchara por mantener su posición en el espacio, agotando la energía que sus propias neuronas intentaban ahorrar desesperadamente.

De pronto, una anomalía le golpeó la nuca. Vio a un estudiante detenerse en seco frente a un banco de madera. El chico se quedó petrificado, con un pie suspendido en el aire, tal como si alguien hubiera pulsado el botón de pausa en una cinta de video vieja.

Jack parpadeó. Sintió un sudor frío recorriéndole la espalda. Un segundo después, el estudiante retomó el paso con una fluidez que le pareció antinatural; recuperó la velocidad de golpe para compensar el retraso. El científico se detuvo y se frotó los párados. El sonido de los pasos de Clara contra el pavimento llegó a sus oídos con un desfase mínimo. Vio el movimiento de sus labios y, un instante después, escuchó su voz. Era un eco que no debería estar allí.

—¿Jack? ¿Te encuentras bien? —Clara apretó su brazo. El contacto se sintió real, pero la imagen de su mano tardó una fracción de segundo en registrarse en su cerebro.

—La luz de los monitores —mintió él, forzando una expresión de calma—. Pasé demasiadas horas frente al espectrómetro esta mañana. Necesito descansar la vista.

Trató de normalizar el mareo. Atribuyó el fenómeno a una fatiga de los fotorreceptores. El mundo seguía siendo un sistema predecible, se dijo a sí mismo, convencido de que solo necesitaba una noche de sueño profundo para que las neuronas recuperaran su equilibrio.

En ese momento, Jack Diccar sentía que el mundo era un sistema en equilibrio perfecto. No existían indicios de que la noche fuera a fragmentarse, ni de que la lógica que tanto defendía estuviera a punto de colapsar frente a una violencia inexplicable. Para él, solo era una caminata tranquila hacia el estacionamiento, el preámbulo de una vida que creía tener bajo control absoluto.

Jack intentó fijar la vista en un punto lejano, en la torre del reloj del campus, buscando una referencia de estabilidad. Pero el cielo mismo parecía estar sufriendo un proceso de compresión. Las nubes no se desplazaban; daban saltos bruscos de un punto a otro, como si al mundo le faltaran fotogramas intermedios para completar el movimiento. No era un mareo orgánico, no era la presión intracraneal que conocía. Era una falla en la renderización de la luz sobre los objetos.

Vio a un grupo de corredores pasar cerca de ellos. Sus sombras en el asfalto no se movían al unísono con sus cuerpos; las siluetas negras se arrastraban con un retraso visible, estirándose y encogiéndose de forma grotesca antes de "encajar" de golpe con la posición de los pies de los atletas. Jack sintió una náusea seca. Su formación le gritaba que aquello era imposible, que la velocidad de la luz no podía tener lag, pero sus ojos le devolvían una realidad que se estaba desmoronando por las costuras. Cada paso que daba con Clara se sentía como caminar sobre una grabación gastada que amenazaba con detenerse en cualquier momento.

El trayecto en coche fue un borrón de luces desincronizadas que Jack intentó ignorar, aferrándose al volante hasta que sus nudillos perdieron el color. Al entrar en su casa, el olor a resina y barniz del taller de Clara lo recibió con una familiaridad que debería haberle devuelto la calma. Jack dejó las llaves en la consola de la entrada, pero el sonido metálico del golpe llegó a sus oídos casi dos segundos después de que su mano soltara el llavero. Se quedó inmóvil, observando el objeto inerte sobre la madera, mientras su cerebro procesaba el retraso como un error informático en la realidad.

—Voy a preparar un poco de té, te ves pálido —dijo Clara, caminando hacia la cocina con esa cadencia pausada que Jack siempre había admirado.

Trató de invocar una explicación farmacológica, algo sobre la fatiga del trabajo, pero las palabras de su propio seminario resonaron en su mente como una burla: el cerebro siempre preferirá una mentira cómoda a una verdad dolorosa.

Al entrar en la cocina, Jack se apoyó en la encimera de mármol frío. Clara ya estaba manipulando la tetera, pero sus movimientos generaban un rastro borroso, una estela de imágenes residuales que Jack podía contar una a una. Cuando ella abrió el grifo, el agua no fluyó de inmediato. Hubo un silencio absoluto de tres segundos antes de que el sonido del agua golpeando el metal llenara la habitación, aunque el chorro ya llevaba tiempo llenando el recipiente.

—¿Jack? ¿Me escuchas? —preguntó ella sin girarse.


Este capítulo forma parte del primer arco de la novela. "El Efecto Placebo" escrita por Dante L. Silente

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Gracias por leer.

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