El Efecto Placebo - Capitulo 10


Jack giró el pasador de la sección de química pesada, un sector del edificio que permanecía en un letargo profundo durante las horas nocturnas. 

Había elegido esta ala del edificio con una intención táctica fría. Los sensores de peso y las básculas de precisión en este sector eran modelos analógicos, reliquias de una partida presupuestaria de los años noventa que no enviaban registros en tiempo real al servidor central de la facultad. Jack sabía que el inventario de reactivos aquí se auditaba de forma trimestral, permitiéndole extraer volúmenes significativos de precursores sin disparar alarmas en el sistema de seguridad. Recordó el discurso del decano sobre la modernización de estas salas, mas lo hizo sin rastro de nostalgia; en su mente, aquel sector del edificio ya no era un aula de enseñanza, sino un almacén de suministros técnicos que el profesor Diccar estaba saqueando con una lógica de guerrillero. La impunidad del lugar le proporcionaba el silencio necesario para operar fuera de cualquier protocolo académico.

Recordó la circular interna sobre el manejo de sustancias de Clase III enviada por rectoría el mes pasado. Aquella normativa prohibía explícitamente la apertura de los armarios de seguridad después de las veinte horas sin la presencia de un supervisor de turno y el registro previo en el sistema digital de trazabilidad. En una realidad lineal, este acto bastaría con el fin de terminar con su carrera académica y enviarlo a una sala de interrogatorios policiales antes del amanecer. Jack evaluó el riesgo con la frialdad de quien revisa una tabla de datos químicos; la sanción administrativa o la pérdida de la titularidad carecían de peso frente a la fijeza de la sangre de Clara secándose en su ropa. Si el bucle no existiera, las consecuencias de su robo serían un precio aceptable por la oportunidad de obtener el material necesario con el objetivo de realizar la síntesis. No buscaba justificaciones éticas ni perdón institucional; solo necesitaba que los sensores de apertura permanecieran mudos el tiempo suficiente con el propósito de que la mezcla estuviera lista. La oscuridad del laboratorio, interrumpida solo por el led rojo del sensor de humo, le otorgaba una impunidad que se sentía como un derecho adquirido por su propio sufrimiento.

Jack se movió hacia el estante central, sintiendo el peso de sus botas sobre el linóleo endurecido. La superficie de las encimeras de granito devolvía un brillo mate bajo la luz roja del sensor, una textura fría que le obligaba a mantener los hombros rígidos. Notó el roce de sus dedos contra el vidrio estriado de los envases, una fricción mecánica que le ayudaba a calibrar la fuerza necesaria con el fin de no producir ruidos innecesarios en la penumbra del ala de química.

El aire en este laboratorio era más denso, cargado con el rastro ácido de los reactivos y un frío que parecía emanar directamente de las encimeras de granito oscuro . No buscaba la oficina donde las notas se borraban con cada reinicio. Necesitaba la materia. Se movió entre las hileras de campanas de extracción con una seguridad que solo los meses de observación repetida podían otorgar. Ya no existía la duda del improvisador que arrancaba extintores de las paredes .

Se detuvo frente a un estante de frascos de vidrio borosilicato. Sus manos, protegidas por la costumbre de la técnica, seleccionaron un envase de ácido clorhídrico concentrado y un matraz de fondo redondo. El sonido del cristal al chocar contra la superficie metálica fue un clic preciso en el silencio de la sala. Jack inició la mezcla con una parsimonia administrativa. Observó la reacción exotérmica sin parpadear, midiendo el ascenso de la temperatura con la yema de los dedos cerca del vidrio, sintiendo el calor como un dato cinético más en su registro mental. 

En un instante, la mezcla produjo una efervescencia violenta que amenazó con desbordar el cuello del matraz. Un vapor denso de color grisáceo golpeó el cristal de seguridad de la campana de extracción. Jack no retrocedió ni mostró inquietud ante la variación térmica inesperada. Observó las burbujas con una fijeza obsesiva, ajustando el flujo del refrigerante con un movimiento de muñeca seco hasta que la reacción volvió a estabilizarse bajo sus parámetros. 

Un olor acre, distinto al rastro habitual del ácido clorhídrico, empezó a filtrarse por los bordes de la campana de extracción. El líquido en el matraz pasó de un tono amarillento a un verde opaco y turbio, un cambio de fase que no figuraba en sus notas mentales ni en los protocolos de seguridad que solía enseñar a sus doctorandos. Jack dudó medio segundo, con la pipeta suspendida en el aire, sintiendo una punzada de incertidumbre que amenazaba con romper la fijeza de su concentración. El sonido del burbujeo se volvió más agudo y metálico, una frecuencia que no encajaba con la parsimonia de la precipitación de las sales. Corrigió el flujo del agua de enfriamiento con un movimiento de muñeca milimétrico, observando en tanto que el color recuperaba su transparencia original tras unos segundos de tensión térmica. No permitió que el nerviosismo se instalara en sus dedos; la fragilidad del control técnico era una variable que ya había aprendido a dominar mediante la repetición constante. Sabía que un error aquí significaba el fin prematuro de la iteración, y no estaba dispuesto a desperdiciar la ventaja acumulada por una fluctuación en la temperatura de los reactivos.

El control de la materia ocupaba ahora el espacio donde antes residía la asfixia del duelo. Ya no pensaba en el frío del estacionamiento ni en el grito de Clara; su atención estaba fundida con la viscosidad del líquido y la velocidad de la precipitación. La técnica se había convertido en su único lenguaje, una estructura de certezas físicas que no admitía la interferencia del dolor.

Añadió una solución saturada de hidróxido de sodio con un goteo rítmico, observando la precipitación de sales en el fondo del recipiente. 

Observó cómo los cristales de sal se depositaban en la base del matraz, formando una capa blanca que se agitaba con el movimiento residual del líquido. El sonido del goteo sobre la superficie del compuesto generaba una nota rítmica y opaca, un latido artificial que se sumaba al zumbido de la campana de extracción. Notó el rastro de condensación en las paredes exteriores del vidrio, pequeñas esferas de humedad que captaban el resplandor verdoso de los monitores cercanos.

La descripción del proceso en su mente era técnica y carecía de cualquier matiz emocional; era un procedimiento estándar de síntesis para obtener un agente incapacitante de grado industrial, una herramienta que el mercado civil no podía ofrecer.

Al terminar la preparación del compuesto, Jack se dirigió al área de lavado situada al fondo del pasillo. Se detuvo frente al espejo manchado, aquel que tantas veces le devolvió la imagen de un hombre deshecho por el duelo . Tomó un bisturí con hoja número once del kit de disección estéril. El metal brilló bajo la luz fluorescente de la campana. Sin vacilar, Jack hundió la hoja en la masa de cabello oscuro, cortando mechones enteros con un movimiento seco y ruidoso. 

Notó el peso de los mechones cayendo sobre sus hombros. Recordó que a Clara le gustaba pasar los dedos por su nuca durante las mañanas de invierno, comentando la suavidad del cabello con una ternura que Jack ahora percibía como una debilidad innecesaria. No sintió remordimiento al seccionar la fibra capilar; para él, aquel gesto no era una mutilación emocional, sino la eliminación de un factor de fricción. El cabello largo era una superficie de agarre, una variable que podía otorgar una ventaja táctica al oponente en un encuentro cercano. Lo eliminó por funcionalidad pura, buscando la aerodinámica de un objeto diseñado para el impacto. Al terminar, pasó la mano por su cuero cabelludo irregular, sintiendo la piel expuesta al frío del laboratorio con la satisfacción de quien retira una pieza defectuosa de una máquina.

Enumeró mentalmente otros elementos que debían ser eliminados con el fin de reducir cualquier resistencia innecesaria al avance táctico. Su ropa clara, los objetos personales que aún llevaba en los bolsillos y los hábitos corporales que delataban su formación académica eran estorbos en el campo de fuerza que estaba construyendo. Pensó en despojarse del reloj y de la cartera, incluso en alterar su forma de respirar con el propósito de borrar cualquier rastro del hombre que Clara conocía y amaba. Decidió no hacerlo todavía; la optimización total requería una transición escalonada que no comprometiera su equilibrio físico en este punto crítico. Esto no respondía a un deseo de catarsis emocional o a un duelo mal gestionado, sino a un cálculo de optimización progresiva que le permitía despojarse de la humanidad sobrante con la misma eficacia con la que limpiaba un tubo de ensayo tras un experimento fallido. Cada mechón de pelo en el suelo era un gramo menos de pasado que arrastrar hacia el enfrentamiento inminente.

El pelo caía sobre el linóleo blanco, restos de una identidad que el profesor Diccar ya no necesitaba conservar. Sus facciones, ahora despejadas, mostraban ángulos rectos y una palidez que absorbía la luz verdosa de los monitores cercanos.

Buscó en el armario de suministros una prenda de algodón oscuro, una ropa de trabajo que se ajustaba a su cuerpo con una funcionalidad que el abrigo de lana de Clara nunca poseyó. Finalmente, deslizó sus manos en un par de guantes de nitrilo negros. El chasquido del material elástico contra sus muñecas marcó el final de la transformación. El hombre que se miraba en el vidrio ya no buscaba anestesia ni olvido; buscaba la ejecución de un plan que la probabilidad ya no podía desviar.

Jack salió del laboratorio y recorrió los pasillos con una agilidad que no dependía de la suerte. Descendió por la rampa de servicio, evitando las zonas de luz del vestíbulo principal donde García seguía con su ronda monótona . El trayecto hacia el subsuelo fue un avance silencioso hacia el centro de la violencia. 

Sincronizó su respiración con el ritmo de sus propios pasos, contando los metros que lo separaban de la rampa de concreto. Cada baldosa cruzada funcionaba como un marcador en un cronómetro interno que solo él podía escuchar. El tiempo había dejado de ser un contexto para convertirse en un arma que Jack estaba aprendiendo a empuñar. Midió la velocidad del descenso, regulando el gasto de energía de sus músculos con el fin de llegar al subsuelo con el pulso estabilizado. 

Sincronizó el movimiento de sus piernas con el latido de su corazón, contando cada metro con la exactitud de un mecanismo de relojería que se desplaza por un espacio estanco. Calculó el tiempo estimado de llegada del sedán oscuro, ajustando la velocidad de sus pasos con el objetivo de coincidir exactamente con el patrón de sombras que ya tenía mapeado tras meses de observación. Si aceleraba demasiado, el aire en el vestíbulo del tercer piso aún estaría demasiado cargado por el paso de García; si se retrasaba apenas un segundo, perdería el intervalo necesario con el fin de situarse tras el pilar sin ser captado por el rabillo del ojo de cualquier transeúnte fortuito. Corrigió su postura sobre la marcha, eliminando el balanceo innecesario de los hombros y la inclinación de la cabeza, convirtiendo su cuerpo en una herramienta ofensiva que cortaba el aire del pasillo con una eficiencia silenciosa y letal. El tiempo ya no era el entorno donde ocurrían los hechos de forma azarosa, sino la materia prima que estaba moldeando a su favor con cada exhalación controlada.

Se detuvo un segundo en el rellano del tercer nivel, permitiendo que sus pulmones se llenaran del aire viciado de los conductos de ventilación. Percibió el cambio de temperatura; el calor de los laboratorios se desvanecía, sustituido por la humedad gélida que ascendía desde los garajes. No era una huida; era una aproximación controlada hacia un punto de colisión que él mismo había decidido habitar.

Al llegar al nivel 4-B, el aire estancado y el olor a monóxido de carbono le recibieron como un entorno familiar.

Se posicionó en la oscuridad absoluta detrás del pilar C-12, cinco minutos antes de la hora prevista para el despliegue del sedán oscuro . Clara aún no llegaba. La rampa estaba vacía. Jack permaneció inmóvil, mimetizado con las sombras del hormigón, sintiendo el peso del compuesto químico en su bolsillo. 


Este capítulo forma parte del primer arco de la novela. "El Efecto Placebo" escrita por Dante L. Silente

📘 Novela completa en Amazon

📘 Ebook disponible en Books2Read

❤️ Patreon (Ebook, capítulos extra, versiones alternativas y proceso creativo):

Gracias por leer.

Comentarios