El Efecto Placebo - Capitulo 11


Jack se detuvo en el umbral de la puerta de roble y tomó a Clara por los hombros. La miró con una fijeza que ella no logró descifrar. Sus ojos se fijaron en la parte superior de su cabeza. El cabello oscuro había sido cercenado de forma irregular. Las zonas trasquiladas dejaban a la vista un cuero cabelludo pálido y ángulos que el profesor Diccar jamás hubiera permitido.

—Jack... tu pelo —balbuceó ella. Estiró una mano que se detuvo en el aire—. ¿Qué te has hecho? Te he buscado por toda la facultad desde la mañana.

Él no respondió a la mención de su ausencia ni a la pregunta sobre su apariencia. Su rostro mostraba una palidez que absorbía la luz mortecina del vestíbulo. Ella sintió que un extraño habitaba el cuerpo de su esposo.

—Jack, ¿qué está pasando? —insistió ella. Bajó la vista hacia los guantes de nitrilo negros que ahora apretaban sus hombros.

—Prométeme que no bajarás al estacionamiento hasta que yo te lo indique —dijo él con una voz que no admitía réplicas—. Solo promételo, Clara. Quédate en el vestíbulo. No bajes hasta que escuches mi señal.

Clara se quedó inmóvil en el vestíbulo, observando cómo la figura de Jack se distorsionaba bajo la luz mortecina de la facultad. No comprendía las instrucciones, mas la determinación de él le impedía cuestionar la orden. Notó que la improvisación había desaparecido de sus gestos. Jack revisaba su cronómetro con una fijeza que ignoraba cualquier rastro de duda. Ella apretó los dedos contra las palmas, sintiendo un temblor que recorría sus brazos hasta los hombros. Retuvo el aire en los pulmones, temerosa de que el sonido de su respiración pudiera romper el esquema de seguridad que él parecía estar trazando en el espacio vacío. La frialdad administrativa con la que Jack la apartaba de la ecuación la paralizaba con más fuerza que el propio miedo a la violencia. Vio cómo él ajustaba los guantes de nitrilo, un acto despojado de emoción que la situaba como un objeto estático dentro de un mapa de riesgos.

Ella asintió con lentitud. Sintió el frío de las manos de él a través de la tela de su abrigo. La desconexión era total. El hombre que tenía frente a ella se movía con una precisión mecánica que la obligaba a retroceder hacia la pared de piedra.

Clara intentó sujetarle la manga del abrigo, pero Jack retiró el brazo con un movimiento seco. Ella le miraba como si intentara encontrar una grieta en su nueva máscara de palidez. El aire en el vestíbulo se sentía pesado, saturado por el rastro de ozono que parecía emanar de la propia rigidez de Jack. Él mencionó que necesitaba estabilizar las coordenadas de seguridad antes de que el intervalo de tiempo se cerrara. No hubo calor en sus palabras. Ella percibió que él no estaba asustado; estaba procesando el entorno mediante una lógica de datos que ella no podía descifrar. Aquella frialdad administrativa le resultaba más aterradora que el propio silencio del edificio. Se dio cuenta de que él ya no la protegía por un impulso de amor, sino por una necesidad de cálculo que la convertía en una constante dentro de una ecuación de supervivencia. Él la observaba con la distancia de quien inspecciona un matraz en un laboratorio de cultivos.

Jack descendió solo por la rampa de servicio, evitando las zonas de luz del vestíbulo principal. El aire gélido del subsuelo le recibió con el rastro familiar de monóxido y aceite viejo. Caminó pegado a las vigas transversales, midiendo el intervalo de sus propios pasos con el fin de no generar ecos innecesarios. Repasó mentalmente el orden de aparición de los tres hombres. El sedán oscuro debía detenerse en seis segundos. El líder bajaría primero. El hombre del tubo de metal emergería de la sombra lateral izquierda. El tirador del pulso errático se situaría detrás del bloque del motor. Jack ajustó su postura, hundiendo el centro de gravedad con el objetivo de asegurar la estabilidad del primer impacto. Controló la entrada de oxígeno en sus bronquios, forzando una calma biológica que contrastaba con la inercia del evento inminente. Se convirtió en una parte más del hormigón estriado, esperando la llegada del metal líquido.

El enfrentamiento en el nivel 4-B se desarrolló con la precisión de un mecanismo de relojería que Jack había calibrado durante semanas de repetición mental . El aire estancado, cargado de monóxido de carbono y aceite viejo, se volvió denso cuando el sedán oscuro detuvo su inercia frente a la plaza de estacionamiento. Jack no esperó a que la amenaza se materializara por completo.

En el instante en que la puerta del conductor se abrió, tiró del cable de nailon que cruzaba el techo. El contenedor oculto en la rejilla de ventilación liberó un chorro de agente irritante con un siseo metálico que ahogó el sonido del motor. Una nube grisácea saturó el espacio inmediato, deformando las siluetas bajo el parpadeo errático de la luz fluorescente. El líder de los asaltantes retrocedió con un graznido, llevándose las manos a la máscara de neopreno en tanto que sus pulmones rechazaban la mezcla química.

Jack emergió de la sombra del pilar C-12 antes de que el asaltante del tubo de metal lograra orientarse. No hubo vacilación en sus pasos; se desplazó con una agilidad mecánica que ignoraba el dolor residual de sus costillas. El hombre del tubo lanzó un golpe ciego, una trayectoria de impacto que Jack ya conocía de memoria por los meses de observación previa. Jack se agachó, permitiendo que el metal silbara sobre su cabeza, y hundió su hombro en el diafragma del atacante. El aire escapó de los pulmones del hombre con un ruido seco. Jack aprovechó el desequilibrio y proyectó al asaltante contra el hormigón estriado. El impacto del cráneo contra el suelo resonó en la nave vacía, un golpe sordo que dejó una mancha oscura en la superficie rugosa del pavimento.

Al girar hacia el segundo hombre, el talón de Jack resbaló sobre una mancha de aceite viejo que no figuraba en su registro mental. El equilibrio se le escapó durante una fracción de segundo. Sintió un tirón violento en el tendón de Aquiles que le recordó que su cuerpo todavía estaba sujeto a las leyes de la biología propenso al desgaste. Se recuperó clavando los dedos enguantados en el hormigón, pero la sacudida le envió un rayo de dolor hacia la base del cráneo que le nubló la visión rítmicamente. Comprendió que, pese a la repetición neuronal del bucle, sus músculos seguían siendo piezas de un mecanismo imperfecto. No era una máquina de guerra; era un organismo agotado intentando imponer su voluntad sobre la entropía de la materia. La fatiga se le acumulaba en las articulaciones, una pesadez plomiza que le obligaba a recalcular cada zancada antes de ejecutarla.

Un destello blanco iluminó el subsuelo. El tercer hombre, el del pulso errático, disparó de forma instintiva hacia el origen del ruido. Jack se arrojó al suelo, deslizándose por el linóleo sucio hasta quedar cubierto por el bloque de motor de un vehículo estacionado. El proyectil golpeó la chapa del coche con un impacto metálico que hizo vibrar la estructura. Jack permaneció inmóvil durante el microsegundo de oscuridad que siguió al parpadeo de la lámpara superior. Contó las pulsaciones en su cuello, midiendo el intervalo de recarga del tirador con una frialdad administrativa.

Al reanudarse la luz, Jack no buscó cobertura. Se impulsó hacia adelante, utilizando un fragmento de vidrio reforzado que había recolectado del laboratorio de química pesada. El cristal captó la claridad violenta de la fluorescente y proyectó un haz hiriente hacia las cuencas del tirador. El hombre soltó un alarido y cubrió su rostro con el antebrazo, perdiendo la línea de tiro. Jack cerró la distancia con tres zancadas rítmicas. No utilizó la fuerza bruta; aplicó una torsión precisa en la muñeca del asaltante, despojándolo del arma con un chasquido que marcó el final de la resistencia inicial. El suelo del estacionamiento volvió a quedar sumergido en el zumbido eléctrico de las lámparas, pero esta vez, el rastro de sangre en el concreto no pertenecía a Clara

El zumbido de las lámparas fluorescentes recuperó el dominio absoluto del espacio sonoro. Jack permaneció de pie, con los pulmones ardiendo por el aire viciado del subsuelo. No sintió el alivio que esperaba tras la neutralización de la amenaza. Inició un escaneo metódico de su propio torso, palpando las costillas con una presión técnica para detectar posibles fisuras internas. Sus manos se movieron con una precisión que ignoraba el dolor, tratando su propia anatomía como un inventario de suministros antes de un nuevo despliegue. El sudor le resbalaba por la sien, pero su atención estaba fija en la frecuencia de sus pulsaciones, que descendían con una lentitud que le resultaba irritante. La victoria no había traído la calma; solo el cese temporal de una variable hostil en un sistema que se negaba a estabilizarse.

Sintió que el dolor empezaba a manifestarse con un retardo que su mente científica registró como un fallo en la señalización propioceptiva. Una punzada seca le recorrió el costado izquierdo, recordándole que el impacto contra el bloque del motor no había sido gratuito. Jack se percató de que su sistema muscular no podría sostener aquel nivel de exigencia física durante muchas repeticiones más. El desgaste de los tejidos y la acumulación de ácido láctico se volvían datos insalvables en su inventario biológico. Evitó tratar su cuerpo como una herramienta de combate. Se reconoció como un organismo agotado intentando imponer su voluntad sobre la entropía de la materia. Se limitó a anotar mentalmente la degradación de su respuesta motriz. Evaluó el tirón en el tendón de Aquiles como una variable que condicionaría sus movimientos en los ciclos futuros. La carne poseía una memoria de daño que la voluntad no lograba silenciar del todo. Registró la vibración de sus manos con la frialdad de quien observa una falla en un equipo técnico.

Jack se inclinó sobre el cuerpo inerte del hombre del centro. Sus dedos, protegidos por el nitrilo negro, palparon la sudadera oscura con el objetivo de buscar algo más que el arma. Encontró un dispositivo de plástico rígido sujeto al cinturón. Aquel transmisor de radio profesional era un equipo de corto alcance que emitía una luz verde intermitente. Se cuestionó la razón por la cual un delincuente común cargaría con un sistema de comunicación tan sofisticado, pero decidió arrancarlo con un tirón seco con el propósito de guardarlo en su bolsillo junto al cronómetro. 

Jack examinó el transmisor con una atención que le hizo ignorar el rastro de sangre en sus guantes de nitrilo. Se fijó en la marca de la antena y en el desgaste del botón de encendido. Aquel objeto representaba una ruptura en el patrón que había mapeado durante meses de observación pasiva. En las iteraciones previas, estos hombres se movían con la agresividad desordenada de unos delincuentes comunes. El transmisor no debería estar allí. Aquella pieza de tecnología profesional sugería que la tragedia ya no era un sistema cerrado sujeto a su propia edición interna. Alguien había introducido una nueva variable en la ecuación. Sintió una presión en la nuca al comprender que, si el equipo de los asaltantes había evolucionado, era muy probable que el entorno hubiera dejado de ser predecible. El cronómetro digital en su bolsillo parecía pesar más, como si la realidad estuviera ganando una densidad que no podía contener mediante la simple repetición.

Alargó la mano hacia el suelo y tomó la pistola de pulso inestable que el tercer hombre había soltado en la huida. Sintió el peso del metal frío, una masa de acero que integró en su equipo al igual que el transmisor.

El dispositivo en su bolsillo emitió un chasquido de estática que le hizo tensar los músculos de la mandíbula. Jack se quedó inmóvil, con la respiración contenida, en tanto que el sonido metálico de una interferencia de radio se filtraba a través del plástico rígido. Entonces, una voz plana y despojada de cualquier inflexión humana surgió del altavoz del transmisor. El mensaje fue breve, cargado de una autoridad que le heló la sangre en el centro de las venas. —Sujeto localizado en el nivel 4-B. Iniciando fase de extracción inmediata.


Este capítulo forma parte del primer arco de la novela. "El Efecto Placebo" escrita por Dante L. Silente

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Gracias por leer.

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