El Efecto Placebo - Capitulo 12


Jack sujetó la mano de Clara con una presión que buscaba confirmar su materialidad. El calor de su palma contra el guante de nitrilo negro era una sensación que en todas las iteraciones previas se había extinguido sobre el pavimento estriado del estacionamiento. Ascendieron por la rampa de concreto con una celeridad administrativa que ignoraba el agotamiento de los músculos. El aire del subsuelo portaba el rastro ferroso de la sangre de los hombres que yacían neutralizados tras la columna C-12, un aroma denso que Jack ya no procesaba como una señal de horror, sino como un marcador de posición técnica. Cada impacto de sus suelas contra el cemento resonaba en la nave vacía, un patrón rítmico que marcaba su avance hacia la superficie.

Clara corría a su lado con la respiración entrecortada y los ojos fijos en la espalda de Jack. Ella no lograba comprender la procedencia de aquella destreza letal que él acababa de desplegar. Observaba los cortes irregulares de su pelo, realizados con un bisturí horas atrás, y la forma en que él sujetaba la pistola arrebatada con una firmeza de acero. Su desconcierto se manifestaba en la rigidez de sus dedos al apretar la mano de Jack, buscando en el contacto un rastro del marido que solía dar seminarios sobre farmacología. Para ella, aquel hombre era un extraño que habitaba el cuerpo de Jack, un analista de tragedias que se movía con una precisión mecánica.

Lograron alcanzar el rellano superior antes de que el equipo de extracción cerrara las salidas del nivel inferior. En el bolsillo de Jack, el transmisor de radio profesional emitió un chasquido de estática que le hizo tensar los músculos de la mandíbula. 

Jack consideró la posibilidad de apagar el dispositivo para anular la señal, mas la fijeza de su plan le obligó a mantener la unidad operativa. Percibió que la observación era bidireccional; si él podía escuchar el siseo de la estática, era muy probable que una inteligencia externa estuviera procesando su silencio como una confirmación de su ubicación exacta. El objeto representaba una intrusión en el sistema que él creía dominar mediante la simple repetición de los hechos. Sintió el peso del plástico rígido contra su muslo, una masa técnica que le recordaba que ya no habitaba un sistema cerrado sujeto a su propia edición interna. La presencia del transmisor sugería que el patrón enemigo estaba evolucionando con una rapidez que superaba su capacidad de mapeo, convirtiendo la cacería en un intercambio de información táctica donde él siempre parecía ir un paso por detrás.

Jack apretó el dispositivo contra su muslo con el fin de silenciarlo, mas la voz plana y despojada de cualquier inflexión humana surgió del altavoz con una claridad que le heló la sangre. El mensaje informaba que el sujeto había sido localizado en el nivel 4-B y que la fase de extracción inmediata estaba en marcha.

Jack se detuvo un instante bajo el marco de la salida de servicio. Comprendió que su victoria inicial en el estacionamiento carecía de valor estratégico. Los asaltantes no eran delincuentes comunes; poseían refuerzos situados en los perímetros estratégicos del campus que ya estaban recibiendo coordenadas exactas de su posición. Percibió una frecuencia de radio desconocida que vibraba en el receptor, una señal de que la red de vigilancia era más extensa de lo que su memoria había mapeado en los ciclos previos. Los agresores estaban bloqueando las veredas de piedra y los accesos a los aparcamientos con una coordinación técnica que superaba cualquier intento de huida improvisada.

Al salir al exterior, la bruma nocturna les golpeó el rostro con una frialdad que Jack notó en la base de sus pulmones. 

Jack se detuvo en la bifurcación del sendero norte, justo donde el granito se encontraba con la grava del camino de servicio. En sus registros previos, este sector permanecía fuera del campo de visión de las patrullas nocturnas, mas notó que la iluminación del patio central había sido alterada. Dudó medio segundo entre la ruta de los arbustos y el callejón de mantenimiento. Eligió el desvío de los setos basándose en un recuerdo de los ciclos anteriores, pero al avanzar, percibió que el sistema había anticipado su movimiento. La luz de un foco que antes estaba fundido ahora proyectaba una claridad hiriente que delataba su posición. Se quedó inmóvil, sintiendo el roce de las hojas muertas contra sus botas. Comprendió que la memoria ya no garantizaba una ventaja absoluta; el entorno se estaba reconfigurando con el fin de anular sus desvíos tácticos.

El campus se extendía ante ellos como un sistema cerrado de caza. La victoria se percibió efímera en el momento en que las luces halógenas del patio central se encendieron de golpe, inundando el lugar con una claridad blanca y violenta que saturó el ambiente. Jack alzó la vista y detectó sombras situándose en las azoteas de los edificios de administración. Eran siluetas estáticas que portaban equipos ópticos de largo alcance, escaneando el entorno con una parsimonia letal.

—No te detengas —ordenó Jack, forzando a Clara a seguir el paso—. No mires hacia arriba.

Clara apretó los labios con una rigidez que le marcaba los tendones del cuello. No entendía la naturaleza de la amenaza que Jack parecía estar rastreando en las azoteas, mas la autoridad en su voz anuló cualquier intento de protesta racional. Percibió que él ya no estaba improvisando una huida desesperada bajo la lluvia; se movía con una premeditación que convertía cada sombra en un dato táctico. Sus dedos, entumecidos por el frío, se cerraron con fuerza sobre la correa de su bolso, buscando un anclaje físico en mitad de la incertidumbre. Contuvo la respiración al notar que la mirada de Jack ya no buscaba su rostro para obtener consuelo, sino que escaneaba el entorno con una fijeza administrativa que la relegaba a ser un elemento más en un mapa de riesgos. Obedeció por inercia, sintiendo que el hombre que la guiaba era una versión editada del marido que conocía.

Jack tomó a Clara de la mano y se desvió hacia el ala de laboratorios, buscando la protección de los muros de granito antiguo frente a la presión creciente de los mercenarios que cerraban el círculo de búsqueda. 

Jack dirigió el avance hacia el ala norte, eligiendo los senderos que permanecían bajo la sombra de los cedros centenarios. Sincronizó la frecuencia de sus pasos con el ritmo de la respiración de Clara, forzando un patrón de movimiento que optimizara el gasto de energía antes del contacto inminente. Repasó mentalmente el esquema de las entradas de servicio, ajustando su postura para reducir la superficie de exposición ante los equipos ópticos que patrullaban desde los tejados. Percibió la vibración del pavimento mojado bajo sus botas, un estímulo que integró en su cálculo de distancias. El campus se había transformado en un sistema de pasillos y ángulos de tiro donde el silencio solo era el preámbulo de una colisión inevitable. Jack no se permitió un solo desvío emocional; cada músculo de su espalda permanecía tenso, preparado para la ejecución de la siguiente maniobra de evasión.

El eco de unas botas pesadas contra el pavimento anunció que el cerco se había cerrado antes de lo que Jack calculó en su cronómetro interno. Dos sombras se desprendieron de la penumbra del pasillo de biología, bloqueando el acceso a la puerta de seguridad. Jack no se detuvo; extrajo la pistola de pulso inestable que todavía conservaba el calor del anterior dueño. El metal se sentía pesado y ajeno en su mano enguantada. Al notar el movimiento del primer asaltante para alzar su arma, Jack accionó el gatillo con una presión seca. El estruendo de la detonación fue un impacto físico que le sacudió el hombro, un fogonazo blanco que iluminó las vitrinas de cristal y los bustos de mármol del corredor. El proyectil golpeó el hombro del atacante, lanzándolo contra la pared con una fuerza que Jack registró como un dato de balística pura.

El impacto del disparo sacudió el hombro de Jack, enviando una descarga de energía cinética que le hizo vibrar los huesos del brazo. Notó que el dolor en sus costillas heridas empezaba a manifestarse con un retardo que su mente registró como un signo de fatiga neurológica. Comprendió que su sistema muscular no podría sostener aquel nivel de exigencia durante muchas repeticiones más; la carne poseía una inercia de desgaste que la voluntad no lograba silenciar del todo. No dramatizó la pesadez que sentía en las articulaciones, mas la anotó como una variable que condicionaría su agilidad en los encuentros futuros. La superioridad técnica que ostentaba era un recurso finito, una carga de adrenalina que se consumía con cada trayectoria de bala que decidía ejecutar. Registró la rigidez de sus propios dedos sobre el metal del arma, aceptando que el cuerpo estaba empezando a presentar fallas que la repetición del bucle no podía reparar.

Sin embargo, la superioridad técnica de Jack no contemplaba la llegada de un tercer tirador desde las sombras de la azotea opuesta. El destello de una mira óptica cruzó el cristal de la ventana lateral. Jack intentó empujar a Clara tras la protección de una columna de granito, mas el sistema pareció acelerar su ejecución para corregir el desvío del patrón. 

Jack notó una anomalía mínima en la superficie del cristal que cubría el busto del fundador al final del corredor. Un reflejo que no correspondía a la luz halógena se desplazó por el borde del marco metálico con una rapidez antinatural. Percibió un retardo extraño en el eco de sus propios pasos, una milésima de segundo en tanto que el sonido parecía separarse de la materia. Registró el destello de una mira óptica en la azotea del edificio de administración, mas su sistema nervioso no logró procesar la orden de movimiento con la agilidad necesaria. La inercia de su propio asombro técnico lo ancló al suelo. Se percató del error de posicionamiento justo en el instante en que el aire se comprimía ante la llegada de un proyectil invisible.

Un disparo seco, amortiguado por un silenciador profesional, fracturó el aire del pasillo. Jack vio cómo el abrigo de lana oscuro de Clara se agitaba con el impacto. Ella se tambaleó, sus manos buscaron apoyo en el marco de la puerta de roble, trazando un arco de desesperación que Jack ya había visto en el concreto del nivel 4-B y en las hojas muertas del callejón norte.

Clara cayó de rodillas sobre el linóleo pulido. Jack se arrojó hacia ella, ignorando el silbido de una segunda bala que impactó en el muro de piedra a escasos centímetros de su cabeza. La tomó por los hombros, sintiendo que la calidez biológica que tanto había protegido comenzaba a evaporarse bajo el flujo constante de un rastro oscuro y denso que manchaba su bata. Ella lo miró con una confusión infinita, buscando en el rostro de aquel extraño una señal del marido que solía dar clases en el anfiteatro. Jack no sintió el desgarro del duelo; percibió una frustración administrativa ante el error de cálculo que había permitido que la violencia lo encontrara incluso en terreno conocido.

El rastro de sangre comenzó a extenderse por las juntas del suelo, buscando el declive del pasillo con una parsimonia que Jack analizó como un cese de actividad química inevitable. Los ojos de Clara perdieron el foco rítmicamente bajo la luz fluorescente que parpadeaba sobre ellos, una frecuencia que parecía marcar el final de la iteración. Jack hundió la cara en el hueco de su cuello, no para despedirse, sino para registrar el último latido del sistema. Cuando el silencio se volvió absoluto, se agacho con una rigidez mecánica. 

Jack se arrastro por el corredor de linóleo, sintiendo la vibración sorda de sus propios pasos contra la superficie pulida. El rastro acre de la pólvora quemada se le instaló en los receptores olfativos, mezclándose con el aire viciado de los conductos de ventilación. Sus articulaciones se movían con una cadencia seca, desprovista de la agitación del pánico, al tiempo que sus ojos escaneaban las sombras de los nichos de incendios buscando una nueva anomalía táctica. Notó el roce del metal del arma contra su cadera, una presión física que integró en su esquema de movimiento como si fuera un apéndice biológico más. No permitió que la imagen del cuerpo de Clara interfiriera en la regulación de su ritmo cardiaco; se limitó a procesar el entorno mediante un escaneo visual rítmico, asegurándose de que el camino hacia el ala de farmacología permaneciera despejado de interferencias externas.

Se puso en pie, guardó la pistola en el cinturón y corrío hacia su oficina con el fin de iniciar el ritual de la píldora.


Este capítulo forma parte del primer arco de la novela. "El Efecto Placebo" escrita por Dante L. Silente

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