El Efecto Placebo - Capitulo 13
Jack giró la llave de la sala de robótica avanzada antes de que el sol lograra cruzar la línea de los edificios administrativos. El aire en este sector de la facultad se sentía seco, saturado por el rastro del ozono de las impresoras de resina y el aroma metálico de las soldaduras frías. No había buscado a Clara en todo el día; evitó los pasillos del conservatorio y los jardines donde solían compartir el almuerzo con la finalidad de no contaminar su esquema táctico con la calidez de su presencia. En esta iteración, el científico había decidido que el tiempo dejaría de ser un verdugo invisible con el propósito de convertirse en una variable bajo su dominio técnico.
Se situó frente a una de las terminales de control de los brazos antropomórficos. Sus manos, protegidas por los guantes de nitrilo negros, se movían con una agilidad que ignoraba el agotamiento acumulado en sus fibras musculares. Desmanteló tres unidades de sensores de proximidad láser de alta frecuencia, extrayendo las placas de circuito con una precisión que solo los meses de repetición le habían otorgado. Su atención se fijó en la calibración de los servomotores; buscaba una respuesta de milisegundos que superara cualquier reacción humana. Aisló los micro-controladores y los integró en un sistema de disparo remoto que pretendía ocultar en los extintores del ala norte.
Observó el flujo rítmico de los alumnos en el patio central, reconociendo patrones de desplazamiento que solían repetirse en cada ciclo. Sabía que la activación de las trampas químicas en un recinto concurrido generaría un riesgo biológico difícil de contener en una realidad lineal. Mantuvo la pipeta suspendida un segundo, evaluando la probabilidad de daños colaterales frente al requisito de afianzar el perímetro. No experimentó el peso de la culpa; realizó una evaluación de riesgos técnica, determinando que el despeje humano involuntario actuaría como un amortiguador cinético contra el despliegue de los asaltantes. Decidió que la presencia de civiles era una variable aceptable si eso le permitía fracturar la coordinación del equipo enemigo. Su mente ya no procesaba a los alumnos como individuos, sino como una masa de ruido térmico que debía ser evacuada con el propósito de limpiar el área de operaciones. El sacrificio de la normalidad académica era un precio administrativo que estaba dispuesto a pagar por la integridad del experimento.
Puesto que ya no confiaba en la pasividad de los ciclos anteriores, Jack accedió al sistema de vigilancia perimetral de la universidad. Utilizó un código de acceso que García solía teclear con descuido durante sus rondas nocturnas. Alrededor de las tres de la tarde, notó una anomalía en el registro de acceso del estacionamiento lateral. Dos vehículos oscuros, idénticos al sedán del nivel 4-B, se posicionaron cerca de la entrada de carga. Los asaltantes estaban llegando mucho antes del ocaso. El sistema enemigo había adelantado su ejecución, rompiendo la cronología que Jack tenía mapeada con tanto esfuerzo.
Jack intentó recalcular el tiempo de intercepción en su cronómetro mental, mas una proyección menor sobre el ángulo de entrada de los vehículos falló rítmicamente. La inercia del evento se le escapaba de las manos. Percibió que el sistema ya no se limitaba a reaccionar a sus desvíos tácticos; estaba prediciendo sus ajustes con una parsimonia letal. Aquella anomalía temporal le golpeó con la fuerza de una falla mecánica en un equipo de alta precisión, recordándole que el tiempo no era una constante absoluta . Se percató de que la ventaja de su memoria se diluía ante un oponente que parecía habitar el mismo bucle con una capacidad de adaptación superior. La fijeza de su plan se resquebrajó, obligándole a descartar las secuencias de tiempo que había fijado en el laboratorio de química. Ya no era el observador privilegiado; era una pieza más en un tablero que estaba aprendiendo a anularlo. Sintió un sudor frío en las sienes al admitir que el control era una ilusión óptica del fármaco.
En ese instante, Jack decidió que no esperaría al despliegue en la oscuridad del subsuelo. La batalla ocurriría bajo la luz del día, en su propio territorio. Se trasladó a la sección de química pesada con un cargamento de componentes electrónicos. Trabajó con una parsimonia administrativa que silenciaba el ruido de su propio pánico intelectual. Seleccionó frascos de ácido clorhídrico concentrado y los mezcló con precursores de alta viscosidad con el fin de crear un agente químico que se adhiriera a las superficies de granito. No buscaba la defensa; buscaba la anulación total de la capacidad motriz del oponente mediante la fricción nula en los puntos de entrada.
Jack instaló los sensores de robótica en los marcos de las puertas cortafuegos, conectándolos a las ampollas de gas irritante que había sintetizado. Su mente procesaba el inventario de la facultad como un almacén de suministros bélicos, despojando a cada instrumento de su función original de investigación científica. La facultad era ahora un mecanismo de relojería que él mismo había configurado para que estallara ante el primer contacto externo.
El sol apenas comenzaba a descender, proyectando sombras alargadas sobre el patio central donde grupos de estudiantes se detenían a conversar. La normalidad del campus, con su rumor de cuadernos y risas, resultaba una disonancia insoportable frente a la fijeza de su plan táctico. Jack observó desde el ventanal de la segunda planta cómo los tres hombres de ropa oscura cruzaban el umbral de los jardines. Se movían con una coordinación que ya no parecía la de simples delincuentes callejeros; portaban equipos de comunicación y mantenían las manos cerca de sus cinturones con una intención profesional.
Cuando el líder puso un pie sobre la zona de baldosas pulidas del ala norte, Jack activó el primer sensor desde su terminal remota. Una ráfaga de vapor ácido surgió de las rejillas de ventilación, saturando el aire con un siseo metálico que ahogó los gritos de los alumnos cercanos. Los mercenarios patinaron sobre la superficie tratada con el compuesto de alta viscosidad, perdiendo la estabilidad rítmicamente. Jack no les dio tiempo de reaccionar. Descendió por la escalera de incendios con una agilidad mecánica, utilizando el parpadeo de las luces de emergencia con el propósito de ocultar su avance.
Interceptó al asaltante del tubo de metal en el rellano del primer piso. El hombre intentó alzar su arma, mas Jack le aplicó una torsión precisa en la muñeca, escuchando el chasquido del hueso con la misma frialdad con la que registraba una fractura en un modelo anatómico. Le arrebató un cuchillo táctico y una granada de humo antes de proyectarlo contra el muro de piedra. El ruido de los disparos de los otros dos atacantes fracturó el silencio del pasillo de biología, rompiendo los cristales de las vitrinas donde descansaban las muestras de tejido.
El estruendo del primer proyectil rebotando contra el marco de metal de la entrada principal desató una marea humana de pánico que Jack registró como una distorsión sonora masiva. Los estudiantes que segundos antes comparaban apuntes en los bancos de madera se arrojaron al suelo, cubriéndose la cabeza con las manos en un gesto inútil. Los gritos se multiplicaron, perdiendo cualquier rastro de lenguaje articulado con la finalidad de convertirse en un estallido de pavor animal. Jack observó cómo una administrativa soltaba un fajo de informes que quedaron suspendidos en el aire un instante antes de ser pisoteados por la multitud que buscaba la salida lateral.
La huida fue un proceso de entropía física absoluta. El roce de las suelas sobre el granito pulido generó un siseo ensordecedor que se mezcló con el ruido de las mochilas golpeando contra las vitrinas de cristal. El personal de mantenimiento abandonó sus herramientas, dejando que los cubos metálicos derramaran agua jabonosa sobre las superficies tratadas con el agente de baja fricción, aumentando el caos de los que intentaban avanzar. No hubo heroísmo ni orden; existió una inercia de supervivencia que vació los pasillos con una celeridad que Jack analizó como un despeje necesario del campo de visión.
En mitad del torbellino de la huida, Jack sintió que la masa de cuerpos lo arrastraba hacia la salida lateral, rompiendo su posición estratégica. El roce de las chaquetas y el impacto de los hombros de los estudiantes que corrían en pánico le obligaron a tensar los músculos del cuello con el fin de no perder el equilibrio sobre el linóleo pulido. Percibió por primera vez que el ruido cinético de la multitud no solo ocultaba a los mercenarios, sino que lo ponía en un riesgo físico incalculable. Un estudiante tropezó justo delante de él, obligándole a dar un salto lateral que le sacudió las costillas heridas y le obligó a soltar un jadeo seco. Tuvo que corregir su trayectoria en tiempo real, recalculando el vector de aproximación al tirador en tanto que luchaba contra la marea humana que saturaba el corredor. La inestabilidad del entorno superaba sus simulaciones previas; la facultad se había vuelto un fluido turbulento que amenazaba con devorar su propio cálculo.
Jack se mantuvo pegado al muro, midiendo el ritmo de la desbandada. Percibió el choque de los cuerpos contra las puertas batientes, un estruendo rítmico que marcaba el colapso de la normalidad académica. Para él, los alumnos ya no eran individuos; se habían transformado en una masa de ruido cinético que ocultaba temporalmente las trayectorias de los mercenarios. Aprovechó el velo humano para desplazarse hacia el siguiente pilar de carga, ignorando los sollozos que se filtraban desde las aulas abiertas. La facultad había dejado de ser un centro de enseñanza con el propósito de convertirse en una zona de exclusión donde solo el cálculo táctico permitía la permanencia.
Jack se arrojó tras el mostrador de recepción en tanto que los proyectiles impactaban en el mármol, enviando fragmentos de piedra hacia sus hombros. No sintió el miedo que le paralizó en el callejón; percibió una irritación administrativa ante la interferencia de los estudiantes que corrían en todas direcciones. En mitad de la colisión, logró rodear al tirador del pulso errático. Lo neutralizó con un impacto seco en la base del cráneo utilizando el extintor que había usado hace algunas iteraciones. Con una parsimonia gélida, le quitó el transmisor de radio y una pistola de corto alcance que el hombre llevaba oculta bajo la sudadera.
El tercer asaltante, al verse superado por la superioridad técnica del entorno, intentó una retirada hacia el patio central. Jack activó el sistema de riego automático que había cargado con una solución alcalina suave, creando una neblina que bloqueaba la visibilidad óptica de los equipos enemigos. El campus ya no era un cementerio de edificios oscuros; era una zona de guerra activa donde cada paso de los mercenarios activaba una nueva variable de su arsenal refinado. Jack se puso en pie, sintiendo el peso de las nuevas armas contra su cuerpo, integrándolas en su esquema de movimiento con una rapidez que delataba la desaparición de su humanidad.
Observó el rastro de humo y los casquillos que brillaban sobre el linóleo pulido. Pese a que la batalla había sido victoriosa, Jack notó que sus propios pulmones ardían por el esfuerzo químico y que su mano derecha mantenía un temblor microscópico.
Detectó signos más claros de deterioro en tanto que el silencio regresaba al pasillo de biología. Una visión borrosa momentánea le obligó a parpadear con fuerza con el propósito de recuperar el enfoque sobre el rastro de humo y los casquillos de latón. Notó que su pulso era irregular, un motor desajustado que enviaba ráfagas de calor hacia sus mejillas sin seguir una cadencia lógica. Experimentó un retraso mínimo en la coordinación de su mano izquierda al intentar afianzar el arma arrebatada, una milésima de segundo en la que el sistema nervioso no logró procesar la orden motriz con la agilidad habitual . No dramatizó la fatiga ni el desgaste; archivó la información como un dato técnico de degradación biológica que condicionaría las próximas iteraciones.
Registró el silencio que regresaba al pasillo tras la huida de los estudiantes, un vacío absoluto que le recordaba la inminencia del reinicio. Corrió hacia el ala de farmacología con el fin de iniciar el ritual de la píldora, aceptando que la próxima iteración requeriría una tecnología aún más devastadora.
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