El Efecto Placebo - Capitulo 15


Clara despertó con la sensación de que el aire en la habitación había perdido su peso habitual. Extendió la mano hacia el lado izquierdo de la cama, buscando el calor de Jack, mas sus dedos solo encontraron la aspereza de las sábanas de algodón estiradas. La hendidura en la almohada permanecía allí, fría, como un registro geológico de una presencia que se había desvanecido hacía horas. Se incorporó con lentitud, sintiendo el silencio de la casa como una presión física en los oídos. La luz del sol se filtraba por las persianas, proyectando líneas rítmicas sobre el suelo de madera que le recordaban a las cuerdas de su violonchelo, aquel instrumento que aguardaba en su funda como un animal dormido.

Caminó hacia el cuarto de baño, esperando encontrar a Jack frente al espejo, sumergido en su rutina de afeitado administrativa. Al entrar, el aroma a jabón y metal la recibió con una intensidad inusual. Se detuvo en seco al observar el lavabo. Pequeños mechones de cabello oscuro, cercenados con una violencia que ella no lograba procesar, se acumulaban en la porcelana blanca. Eran restos irregulares, trasquilones que sugerían un acto de desesperación o una urgencia técnica que escapaba a su comprensión. Clara sintió que el pulso se le aceleraba en la base del cuello. Tocó las fibras inertes con la yema de los dedos, experimentando un escalofrío que le recorrió la espalda. Jack se había cortado el pelo solo, de madrugada, despojándose de su apariencia habitual con la misma frialdad con la que se descarta un reactivo contaminado en un matraz.

Se vistió con movimientos mecánicos, cargando con el peso del violonchelo sobre su hombro como si fuera un anclaje a la normalidad académica que se le escapaba entre los dedos. Salió de la casa con el fin de buscarlo en la facultad, convencida de que el laboratorio de farmacología guardaba la respuesta a aquel comportamiento errático. Al llegar al campus, notó que la atmósfera del recinto se sentía saturada por una electricidad estática que le erizaba el vello de los brazos. Los estudiantes se movían con la inercia de siempre, mas ella percibía una grieta en la realidad social de la universidad.

Al cruzar el umbral del ala de ciencias, detectó a Jack en el vestíbulo principal. Estaba detenido junto a la puerta de roble, con una rigidez que le marcaba los tendones del cuello. Clara se acercó con el corazón martilleando contra sus costillas, llamándolo por su nombre con una voz que se quebró antes de alcanzarlo. Él se giró y la miró con una fijeza que ella no logró descifrar. El rostro de su esposo mostraba una palidez que parecía absorber la luz mortecina del edificio, una máscara de piel tensa que ocultaba cualquier rastro del hombre que solía dar seminarios sobre la interacción de los neurotransmisores.

—Jack... tu pelo —balbuceó ella, estirando una mano que se detuvo en el aire al notar la mirada de él—. ¿Qué te has hecho? Te he buscado por toda la facultad desde la mañana.

Él no respondió a la mención de su ausencia. Sus ojos, antes cargados de una curiosidad científica amable, se veían vacíos, proyectando una fijeza que ignoraba el entorno social del campus. Clara bajó la vista hacia las manos de Jack y sintió un escalofrío al notar que llevaba puestos unos guantes de nitrilo negros, el tipo de material que solo se utilizaba con el objetivo de manejar suministros técnicos de alta peligrosidad. Aquellas manos la tomaron por los hombros con una presión firme y utilitaria que le recordaba a la sujeción de una herramienta. No había calidez en su contacto; solo una necesidad de cálculo que la convertía en una constante dentro de una ecuación de supervivencia que ella no lograba descifrar.

—Prométeme que no bajarás al estacionamiento hasta que yo te lo indique —dijo él con una voz que no admitía réplicas.

Clara asintió con lentitud, sintiendo que un extraño habitaba el cuerpo de su esposo. Caminaron juntos por los senderos de piedra, alejándose de la entrada del pabellón. Ella intentó recuperar el rastro del Jack que conocía, hablándole sobre el violonchelo y la necesidad de trabajar semanas en el ajuste de la madera con el fin de evitar que la humedad del sótano arruinara el sonido. Mencionó la resina, el arco y la pieza de Bach que estaba ensayando, buscando una reacción humana en sus facciones. Mas Jack no procesaba las palabras. Se desplazaba con una precisión que rozaba lo maquinal, escaneando las sombras de los robles y las azoteas de los edificios de administración con una parsimonia depredadora.

Al tiempo que avanzaban, Clara notó que los movimientos de Jack habían perdido la vacilación humana. Él no caminaba; ejecutaba una trayectoria predefinida. Sus ojos se movían rítmicamente, trazando ángulos de visión que ignoraban los rostros de los colegas que los saludaban al pasar. Se dio cuenta de que Jack ya no la miraba como a una compañera de vida. Ella se había transformado en un objeto de protección técnica que debía ser resguardado frente a amenazas invisibles que solo él mapeaba en su mente.

El quiebre emocional absoluto se manifestó cuando se detuvieron frente a la rampa de los garajes del nivel 4-B. El aire en aquel sector se sentía estancado, saturado por el rastro del aceite viejo y el monóxido de carbono. Jack se detuvo en seco, con la mano apoyada en el bolsillo donde el transmisor de radio emitía un chasquido de estática metálica. Clara sintió que el frío de las manos de él se le filtraba por la tela del abrigo, una desconexión total que la obligaba a retroceder hacia la pared de piedra.

—Quédate aquí —ordenó él, despojando la frase de cualquier matiz de afecto.

Ella le miró como si intentara encontrar una grieta en su nueva máscara de palidez, mas solo halló la fijeza de un analista de tragedias que había desterrado cualquier rastro de amor con el objetivo de dar espacio a la eficacia táctica. Aquel sujeto era un extraño que habitaba el cuerpo de su esposo. Clara permaneció inmóvil, observando cómo él se adentraba en la penumbra de la rampa con la agilidad mecánica de quien conoce cada rincón de un laberinto que todavía no ha sido construido. El peso del violonchelo en su espalda se volvió insoportable en tanto que la figura de Jack se disolvía en la oscuridad del subsuelo, dejándola sola frente a una realidad que ya no lograba reconocer.

Clara permaneció inmóvil en el rellano superior, con los nudillos blancos de tanto apretar el asa de la funda del violonchelo. El silencio que siguió al estrépito del combate no trajo la calma, sino una tensión gaseosa que se le adhería a la piel. Bajó la mirada hacia la rampa de concreto y el mundo se le fragmentó en una serie de fotogramas imposibles de asimilar. Tres hombres yacían sobre el pavimento estriado, bultos oscuros y desarticulados que rompían la simetría del estacionamiento. El rastro de sangre, denso y brillante bajo la luz fluorescente, buscaba las grietas del suelo con una parsimonia que le revolvió el estómago. Un mareo súbito la obligó a apoyarse en el muro de piedra gélida. El aire en aquel nivel 4-B apestaba a ozono, pólvora y un olor metálico que reconoció con un pavor instintivo.

Jack se encontraba de pie junto al pilar C-12, con la silueta recortada por el parpadeo errático de las lámparas superiores. Sus manos, enfundadas en el nitrilo negro, se movían con una agilidad que ella no lograba asociar a la memoria del hombre que compartía su cama. Él guardó un objeto plástico en su bolsillo y se giró hacia ella. Su rostro no mostraba rastro de agitación; la palidez administrativa de su piel absorbía la claridad mortecina del lugar, otorgándole la apariencia de una estatua de sal.

—Jack... ¿qué has hecho? —la voz de Clara surgió como un susurro roto, una pregunta que rebotó en las paredes de hormigón sin encontrar respuesta—. ¿Quiénes son ellos? ¿Por qué están ahí? ¿Qué está ocurriendo, Jack?

Él no detuvo su escaneo visual del entorno. Se acercó a ella con pasos rítmicos y precisos, ignorando la desesperación que le crispaba las facciones a su esposa. La tomó por el brazo con una presión firme y utilitaria, una sujeción que carecía de la calidez biológica que ella tanto necesitaba en ese instante.

—La zona ha entrado en fase de riesgo absoluto —dijo él. Su voz era plana, despojada de cualquier inflexión humana—. El protocolo exige desplazamiento inmediato. No podemos permitir que la inercia del evento nos atrape en este cuadrante.

—¡Cuadrante! ¡Jack, acabas de dispararles! —gritó ella, señalando con una mano temblorosa los cuerpos inertes

Él la miró, mas Clara no halló en sus pupilas la chispa de la curiosidad científica amable que solía definirlo. Halló la fijeza de un analista de tragedias que ya había mapeado aquel escenario mil veces en su mente. El Jack que ella conocía se había disuelto en una serie de protocolos de supervivencia que la relegaban a ser un objeto técnico que debía ser resguardado.

La arrastró hacia el sedán oscuro estacionado a pocos metros. Clara abordó el vehículo por inercia, sintiendo que sus músculos no respondían a su propia voluntad, sino a la inercia del mando de su esposo. El interior del coche olía a cuero viejo y a una humedad gélida que parecía emanar del propio chasis. Jack se situó frente al volante con una celeridad mecánica, ajustando los guantes sobre el cuero con un chirrido que le erizó el vello de la nuca.

—Agáchate —ordenó Jack en tanto que introducía la llave en el contacto—. Quédate en el suelo del coche. No te levantes pase lo que pase.

El motor rugió, rompiendo el silencio estancado del subsuelo. El coche se lanzó hacia la rampa de salida con una aceleración que la hundió contra el piso de la cabina. Clara se encogió, rodeando sus rodillas con los brazos, sintiendo la vibración del motor en sus costillas. El peso de su violonchelo en el asiento trasero parecía un resto inútil de una vida que ya no existía. Percibió que el vehículo ganaba velocidad rítmicamente, subiendo hacia la superficie donde la bruma nocturna esperaba con su abrazo de hielo.

Justo cuando encaraban el tramo final del túnel de salida, el mundo estalló en una secuencia de impactos metálicos. Los proyectiles golpearon la chapa del sedán con un estruendo que hizo vibrar toda la estructura del vehículo. Jack soltó un jadeo seco, una exhalación de aire que Clara reconoció como la primera señal de debilidad biológica en todo el día. El coche dio un bandazo violento. Ella levantó la vista y vio que el parabrisas se había transformado en una tela de araña de cristal fracturado.

Jack mantenía una mano en el volante en tanto que la otra buscaba su hombro izquierdo. El rastro oscuro comenzó a empapar la tela de su ropa, una mancha que crecía con una parsimonia espantosa bajo la luz de la luna que se filtraba por el acceso.

—¡Jack! ¡Estás herido! —el grito de Clara nació del pavor absoluto—. ¡Detén el coche, por favor!

El pánico le anuló el instinto de preservación que él le había impuesto. Ignoró la orden de mantenerse agachada y se enderezó con el fin de alcanzar a su esposo, buscando detener la hemorragia con sus propias manos. En ese microsegundo de exposición, en tanto que su cuerpo se recortaba contra el cristal lateral, un segundo disparo atravesó el aire con el silbido de un proyectil invisible.

Clara sintió un impacto inmenso en el centro del pecho, una quemadura gélida que le vació los pulmones de oxígeno de forma instantánea. La luz del exterior se fragmentó en su visión, convirtiéndose en una serie de fotogramas rotos que perdían densidad física cada segundo. Cayó hacia atrás contra el respaldo del asiento, sintiendo que la calidez biológica que Jack tanto había intentado proteger se le escapaba por el orificio de entrada. La fijeza de la mirada de Jack, todavía concentrada en el camino con una rigidez mecánica, fue lo último que sus ojos lograron registrar antes de que el silencio absoluto devorara la realidad del campus. Su última percepción fue el aroma de la resina de su violonchelo, una nota final en un sistema que ya no admitía más correcciones.


Este capítulo forma parte del primer arco de la novela. "El Efecto Placebo" escrita por Dante L. Silente

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Gracias por leer.

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