El Efecto Placebo - Capitulo 16


Jack abrió los ojos justo en el instante en que la luz del sol fracturaba la oscuridad del dormitorio. Permaneció inmóvil sobre el colchón, percibiendo el peso de las sábanas de algodón sobre su piel recuperada. La memoria del impacto final en el atrio todavía vibraba en sus receptores neuronales, mas su cuerpo no presentaba rastro de la violencia sufrida minutos antes en el plano cronológico previo. Se incorporó con una rigidez administrativa. No buscó a Clara en el lado izquierdo de la cama; sabía que la desconexión emocional resultaba el único parámetro que le permitiría operar con la precisión necesaria.

Se dirigió al cuarto de baño con pasos rítmicos. El frío de las baldosas le ayudó a estabilizar el pulso. Se detuvo frente al espejo y observó su reflejo con una fijeza que buscaba detectar residuos del agotamiento biológico previo. 

Jack sostuvo las tijeras de metal quirúrgico, percibiendo la presión gélida del acero contra sus falanges. Dudó un instante antes de hundir las hojas en la masa oscura de su cabello, un lapso de tiempo que su cronómetro interno registró como un desvío del protocolo. Un recuerdo fracturado emergió en su consciencia, trayendo consigo el rastro del contacto de los dedos de Clara deslizándose por su nuca con el fin de acariciarlo durante las noches de estudio en la casa. Aquella sensación térmica, cargada de una calidez que su mente ahora procesaba como un dato de interferencia afectiva, intentó anclarlo a una normalidad que ya no poseía peso físico en su esquema actual. Pese a que el impulso de detenerse se manifestó como un espasmo en sus tendones, decidió continuar con la ejecución del corte. La deshumanización era una ruta administrativa que elegía con plena consciencia táctica, despojándose de cualquier rastro de vanidad o pertenencia social. Comenzó a cercenar los mechones de cabello oscuro, repitiendo el ritual que ya había ejecutado en los ciclos pasados, con el objetivo de priorizar la eficacia de su nueva máscara de palidez ante el espejo.

Jack evaluaba los fallos sufridos en el ala de química y en los laboratorios de robótica. El entorno abierto de los jardines presentaba un riesgo insalvable ante la superioridad numérica de los mercenarios. Necesitaba un recinto cerrado, un edificio con naves estrechas y puntos de tiro controlados. La biblioteca central se manifestó en su mente como la solución técnica definitiva.

Jack salió de la casa antes de que el rumor de la ciudad saturara el ambiente. Al llegar a la facultad, buscó el cuarto de limpieza del ala norte. Encontró a García, el conserje, organizando los carritos de mantenimiento cerca de la entrada de servicio. 

García alzó la vista y comenzó a formular un saludo cotidiano, mas sus labios se quedaron congelados ante la fijeza administrativa que emanaba del rostro de Jack. El conserje intentó decir algo sobre el turno de limpieza o el estado de las calderas del ala norte, buscando un rastro del profesor que solía responder con amabilidad, mas Jack lo ignoró con una distancia absoluta que anuló cualquier convención social. Percibió el riesgo humano que suponía la presencia del hombre en mitad de la zona de conflicto que el esquema táctico estaba a punto de activar. Registró la posibilidad de una baja colateral en tanto que evaluaba la posición de los carritos de mantenimiento como obstáculos físicos con el fin de entorpecer el despliegue enemigo. Descartó la seguridad del funcionario tras concluir que su permanencia en el pasillo servía como un rastro de distracción con el objetivo de confundir a las unidades de extracción que ya operaban en el perímetro. Sin mediar palabra, se aproximó por el ángulo muerto de la visión del hombre.

Le arrebató el radiotransmisor que colgaba de su cinturón con un movimiento seco, ignorando la expresión de asombro del funcionario. Se encerró en el taller de electrónica del subsuelo. Desmanteló el chasis del dispositivo y modificó el puente de la frecuencia analógica utilizando un soldador de punta fina. Ajustó los condensadores con el fin de sintonizar las bandas de frecuencia que los equipos de seguridad privada solían emplear en el campus. El aparato emitió un siseo metálico antes de estabilizar la señal de un canal encriptado. Jack escuchó voces planas intercambiando coordenadas, un rastro auditivo que integró en su esquema de preparación.

Se desplazó hacia el conservatorio. Localizó a Clara en mitad de una escala con el violonchelo. La tomó por la mano con una presión que buscaba confirmar su materialidad. Ella se sobresaltó al notar el trasquilón irregular en su nuca y la fijeza de sus pupilas. Jack no dio explicaciones. La condujo hacia la biblioteca central, ignorando sus preguntas sobre el ensayo y el almuerzo. 

Clara percibió que el hombre que la guiaba era una versión editada del marido que conocía, un analista que se movía con una precisión mecánica. El aire del campus portaba una calma eléctrica que Jack procesaba como el preámbulo de una colisión inevitable.

Entraron en el edificio de archivos cuando faltaba una hora para el cierre oficial. Jack obligó a Clara a sentarse en una de las mesas de la galería superior, protegida por los muros de granito antiguo. Sus manos, protegidas por los guantes de nitrilo negros, se movían con una agilidad mecánica sobre el panel de control de las estanterías móviles del fondo. 

Clara se puso en pie, haciendo que el roce de las patas de madera de la silla contra el mármol produjera un chirrido que fracturó el silencio de la sala. Caminó hacia él, deteniéndose justo antes de entrar en el radio de acción de las estanterías móviles. 

Su mano buscó el brazo de Jack, mas se detuvo al notar la fijeza con la que él manipulaba el cableado de la consola central. —Jack, mírame de una vez —su voz surgió como un susurro cargado de una tensión que él decidió no registrar—. Me has traído aquí sin decirme una palabra. Me hablas de perímetros y de seguridad en tanto que desmantelas el mobiliario de la facultad. ¿Qué es lo que está pasando en realidad? ¿Por qué llevas ese radio y quiénes son los hombres que escuchas a través del auricular? 

Jack detuvo el movimiento de sus dedos sobre los conectores. Guardó silencio un instante, con la mirada fija en las sombras que se proyectaban tras los tomos antiguos. Se giró con una parsimonia que ya no buscaba la frialdad administrativa, sino que portaba el peso de una urgencia que ella no lograba asimilar. 

No hubo protocolos ni explicaciones técnicas sobre la fase de extracción. Él la observó directamente a los ojos, permitiendo que la máscara de palidez se quebrara bajo la luz roja de las alarmas. —Solo confía en mí —dijo él. La frase quedó suspendida en el aire seco de la biblioteca. 

Clara buscó un rastro de la lógica científica que solía explicarlo todo, mas solo halló la determinación de un hombre que ya había visto el final de la historia. Jack no añadió más respuestas. Se limitó a sostenerle la mirada con una intensidad que le pedía una entrega ciega antes de que el tiempo se agotara. 

Jack regresó a su labor, ajustando los sensores con una celeridad que delataba que la tregua emocional había terminado.

Desmanteló los sensores de seguridad de las prensas hidráulicas que compactaban los libros. Modificó el mecanismo con el objetivo de anular el freno automático ante obstáculos físicos. Planeaba convertir las toneladas de papel en un elemento de presión letal. Observó las hileras de tomos antiguos, notando que el aroma a madera vieja y polvo se mezclaba con el rastro de ozono de los motores eléctricos.

Jack percibió la vibración de las luminarias del techo, un zumbido de baja frecuencia que se filtraba por el aire seco de la sala de lectura. Notó el roce de sus propios pulmones contra las costillas, una expansión rítmica que contrastaba con la fijeza de las estanterías de acero. El olor de la encuadernación de cuero y el rastro del adhesivo sintético de los tomos modernos se le instalaron en los receptores olfativos con una nitidez que rozaba lo doloroso. Se percató de que la estática acumulada en el ambiente hacía que el vello de sus antebrazos se erizara bajo la tela de la bata, un fenómeno físico que integró en su esquema de alerta sensorial. La madera de las mesas de estudio emitía chasquidos mínimos al contraerse bajo el flujo del aire acondicionado, sonidos que Jack aislaba y clasificaba con una parsimonia administrativa en tanto que aguardaba el primer rastro de los atacantes en el auricular.

El primer indicio de la colisión se manifestó a través del radio de García. Jack escuchó la voz plana informando que el sujeto estaba en la biblioteca. El pánico entre los estudiantes estalló cuando los mercenarios forzaron la puerta principal que Jack había trabado con un impacto de ariete. El estruendo recorrió las tuberías de la estructura, una vibración que Jack percibió en la planta de sus pies. Los alumnos huyeron despavoridos hacia las salidas laterales, generando un ruido cinético que Jack utilizó con el propósito de ocultar su posición. Detectó el destello de las miras ópticas barriendo las sombras de las naves superiores.

Los atacantes penetraron en el recinto con una celeridad administrativa, mas se toparon con las trampas de fricción nula que Jack había dispuesto en los rellanos de mármol. Dos asaltantes perdieron la estabilidad rítmicamente. Jack esperó a que el equipo de refuerzo se adentrara en el pasillo de los archivos históricos. Activó la trampa desde su terminal remota. El entramado de las estanterías móviles se cerró con un siseo de aire comprimido y un rugido metálico. Los bloques de acero se desplazaron sobre sus rieles con una inercia que ignoró cualquier rastro de resistencia biológica. Jack escuchó el crujido del metal comprimiendo el equipo táctico y el chasquido seco de las estructuras bajo toneladas de papel. Aquella maniobra resultó especialmente eficiente; causó cinco bajas inmediatas en el equipo de extracción.

Pese a la efectividad del mecanismo, los mercenarios restantes saturaron el aire con ráfagas de fuego automático y gas. Los proyectiles trituraban los libros, enviando una lluvia de páginas blancas que cubrieron el suelo. Jack se arrojó tras el mostrador de recepción en tanto que los fragmentos de mármol le golpeaban los hombros. Clara emergió del pasillo de acceso, con el rostro desencajado por el pavor. 

Jack detectó una anomalía mínima en la frecuencia sonora del atrio, un eco que no correspondía al estruendo de los disparos previos ni al siseo de las alarmas. Notó un reflejo ceniciento desplazándose por el borde de una vitrina de cristal, un retardo en la luz que su mente registró como la firma óptica de un tirador de élite posicionado en la galería superior. Intentó proyectar una orden de movimiento hacia sus extremidades con el objetivo de corregir el ángulo de Clara, mas el agotamiento neurológico acumulado generó una latencia fatal en su respuesta motriz. 

Un proyectil fracturó el aire del atrio e impactó en su pecho. Jack observó cómo el cuerpo de ella se sacudía rítmicamente antes de colapsar sobre el linóleo. Percibió una irritación administrativa ante la pérdida de la constante que tanto había intentado resguardar.

Se puso en pie con una rigidez mecánica, mas un segundo tirador encontró el ángulo de visión despejado sobre su hombro. Jack recibió un impacto seco que le vació los pulmones de aire. El calor del plomo le nubló la vista en tanto que caía contra la estructura metálica. Sintió el frío del suelo en la nuca antes de que la oscuridad absoluta devorara la realidad de la biblioteca.

Despertó de golpe sobre el colchón de su casa. El rastro del enfrentamiento permanecía suspendido en su memoria, iluminando las hileras de libros que ahora existían solo en un plano mental. Jack permaneció inmóvil, apoyando las palmas en las sábanas, percibiendo el calor del sol sobre su piel recuperada. No halló rastro de la herida en el hombro. El terror se le instaló en la base del cráneo al comprender que el reinicio se había ejecutado sin la mediación del compuesto 073-B. Poseía la prueba definitiva de que la droga era un placebo y que su cerebro operaba de forma autónoma en una grieta de la realidad que la ciencia no lograba contener. El entramado del tiempo se editaba a sí mismo sin necesidad de intervención química.


Este capítulo forma parte del primer arco de la novela. "El Efecto Placebo" escrita por Dante L. Silente

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Gracias por leer.

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