El Efecto Placebo - Capitulo 17


Jack abrió los ojos justo en el instante en que la luz del sol fracturaba la penumbra del dormitorio. Permaneció inmóvil sobre el colchón, percibiendo el peso de las sábanas de algodón sobre su piel recuperada. La memoria del impacto final en la biblioteca todavía vibraba en sus receptores neuronales, mas su cuerpo no presentaba rastro de la violencia sufrida minutos antes en el plano cronológico previo. Se incorporó con una rigidez administrativa. No buscó a Clara en el lado izquierdo de la cama; sabía que la desconexión emocional resultaba el único parámetro que le permitiría operar con la precisión necesaria.

Se dirigió al cuarto de baño con pasos rítmicos. El frío de las baldosas le ayudó a estabilizar el pulso. Se detuvo frente al espejo y observó su reflejo con una fijeza que buscaba detectar residuos del agotamiento biológico previo. 

Jack permaneció inmóvil ante la porcelana fría, contando los latidos en su carótida con una parsimonia administrativa. Aguardó el ascenso de aquel sabor metálico que solía inundarle las papilas gustativas tras la ingesta del compuesto, mas el torrente sanguíneo se mantuvo limpio de cualquier rastro químico. Registró los segundos con el fin de detectar la dilatación de las pupilas; no hubo reacción. Recordó, despojado de cualquier matiz de nostalgia, que en las iteraciones primigenias el ritual del afeitado y el corte de cabello le otorgaban un consuelo rítmico, un anclaje a la identidad que hoy percibía como un lastre biológico innecesario. La repetición había limado los bordes de su humanidad, convirtiendo el acto de mirarse al espejo en una simple inspección de una herramienta que debía ser puesta a punto. Ya no buscaba al marido de Clara en el reflejo, sino a un analista de riesgos que operaba fuera del tiempo lineal.

El frío de la porcelana se le filtró por las yemas de los dedos en tanto que apoyaba las manos en el borde del lavabo. Jack percibió el rastro de la humedad condensada en el cristal del espejo, una neblina fina que distorsionaba los contornos de su rostro. El aire en el baño conservaba el aroma rancio del jabón de glicerina y el rastro metálico de las tuberías viejas. Notó el peso de sus propios párpados, una carga física que su voluntad administrativa obligaba a ignorar. Al exhalar, vio cómo el aliento empañaba rítmicamente la superficie pulida, borrando su mirada por intervalos de segundos. Percibió la aspereza de la piel en su nuca, donde los vellos se erizaban ante el contacto con la corriente de aire gélida que bajaba del respiradero. Cada movimiento de su cuello producía un crujido sordo en la base del cráneo, un sonido seco que resonaba en la cavidad de sus oídos con la nitidez de una rama quebrada. La fijeza de la luz halógena sobre su frente acentuaba la palidez de sus facciones, convirtiendo su imagen en un relieve de ángulos duros y sombras estáticas.

Tomó las tijeras metálicas del armario superior. Con una parsimonia gélida, comenzó a cercenar los mechones de cabello oscuro, repitiendo el ritual de deshumanización que ya había ejecutado en los ciclos pasados. Los restos caían en el lavabo de porcelana blanca con una ligereza que contrastaba con la densidad de sus pensamientos. En tanto que las hojas de metal cortaban la fibra, Jack evaluaba la arquitectura de la biblioteca central como el entorno definitivo con el objetivo de anular a los agresores.

Jack salió de la casa antes de que el rumor de la ciudad saturara el ambiente. Al llegar a la facultad, localizó a García cerca de la entrada de servicio del ala norte. 

García se detuvo en seco, con el rostro marcado por un desconcierto que Jack analizó como un factor de retraso en su cronograma. El conserje intentó advertirle sobre una falla en los disyuntores del subsuelo, gesticulando con una torpeza que resultaba una disonancia molesta frente a la urgencia de la red de vigilancia. 

Jack lo interrumpió con una orden seca que heló el aliento del funcionario en mitad del pasillo. Percibió la fragilidad biológica de García, mas no la procesó como la vulnerabilidad de un compañero de trabajo; la integró en su esquema como una pieza móvil que podría servir de rastro térmico con el fin de desviar la atención de los equipos de extracción. La deshumanización se extendía ahora hacia el entorno, despojando a los individuos de su biografía con la finalidad de transformarlos en recursos tácticos. 

Le arrebató el radiotransmisor con un movimiento seco, ignorando la expresión de asombro del funcionario. Se encerró en el taller de electrónica del subsuelo con el fin de modificar la frecuencia analógica del dispositivo. Ajustó los condensadores utilizando un soldador de punta fina, logrando sintonizar las bandas de frecuencia que los equipos de seguridad privada empleaban en el campus. 

Jack sintió el calor del soldador irradiando hacia su mano derecha, una temperatura punzante que le obligaba a mantener el pulso con una firmeza de acero. El olor del fundente quemado, una nota química ácida y densa, saturó el espacio reducido del taller. Observó cómo el estaño se derretía rítmicamente, transformándose en una gota de plata líquida que sellaba el puente sobre la placa de circuito verde. El roce de la punta metálica contra los condensadores producía un chirrido microscópico que Jack percibía a través de la vibración en sus falanges. Sus dedos, pese a la fatiga acumulada en la memoria muscular de los ciclos pasados, operaban con una celeridad administrativa sobre los componentes minúsculos. Notó la resistencia del dial de plástico al girarlo, un chasquido sordo que indicaba el paso por cada frecuencia vacía. El aire en el subsuelo, cargado de polvo y rastro de aceite de motor, se sentía pesado en sus pulmones, una masa estancada que acompañaba la fijeza de su labor técnica.

El aparato emitió un siseo metálico antes de estabilizar la señal de un canal encriptado donde escuchó voces planas intercambiando coordenadas.

Localizó a Clara en el conservatorio y la tomó por la mano con una presión que buscaba confirmar su materialidad. Ella se sobresaltó al notar el trasquilón irregular en su nuca, mas Jack no dio explicaciones. La condujo hacia la biblioteca central, ignorando sus preguntas sobre el ensayo. Entraron en el edificio de archivos cuando faltaba una hora para el cierre oficial. Jack obligó a Clara a sentarse en una de las mesas de la galería superior, protegida por los muros de granito antiguo. Sus manos, protegidas por los guantes de nitrilo negros, se movían con una agilidad mecánica sobre el panel de control de las estanterías móviles del fondo. Desmanteló los sensores de seguridad de las prensas hidráulicas, modificando el mecanismo con el objetivo de anular el freno automático ante obstáculos físicos.

El silencio en la nave de archivos poseía una densidad física, una capa de quietud que parecía absorber el eco de sus propios pasos sobre el linóleo. Jack percibió el aroma del papel en descomposición, una mezcla de vainilla rancia y humedad que emanaba de los miles de lomos alineados en las estanterías. El frío del granito en las paredes irradiaba una temperatura constante que le entumecía los hombros. Notó cómo la luz de los ventanales altos proyectaba naves de claridad cortadas por partículas de polvo que danzaban rítmicamente en el aire estancado. Al rozar el metal de los rieles, sintió la vibración del motor eléctrico, un zumbido de baja frecuencia que le recorría el brazo hasta la base del cuello. El tacto de las cubiertas de cuero viejo se sentía áspero y gélido bajo sus guantes de nitrilo, un rastro de texturas que ignoraba en tanto que calibraba la presión de las prensas hidráulicas. El aire se volvía más seco cerca de los deshumidificadores, produciendo un siseo constante que integraba en su esquema auditivo como un ruido de fondo necesario.

Jack notó que el costo humano de la repetición estaba aumentando rítmicamente. Pese a que ella intentaba encontrar al científico que solía explicarle el mundo, solo hallaba a un extraño que calculaba distancias y ángulos de tiro. Clara retrocedió un paso, reconociendo que el hombre frente a ella habitaba un entramado de hechos que se negaba a compartir. La desconexión se volvió una barrera física en tanto que Jack consultaba su cronómetro, ignorando el rastro de miedo que se instaló en la voz de ella.

El ataque se manifestó rítmicamente a través del radio de García. Jack escuchó la voz plana informando que el objetivo estaba en la biblioteca. El pánico entre los estudiantes estalló cuando los mercenarios forzaron la puerta principal con un impacto de ariete. Los alumnos huyeron despavoridos hacia las salidas laterales, generando un ruido cinético que Jack utilizó con el propósito de ocultar su posición. Detectó el destello de las miras ópticas barriendo las sombras de las naves superiores.

Durante el enfrentamiento, Jack percibió indicios de que su esquema táctico estaba fallando. Esperó a que el equipo de refuerzo se adentrara en el pasillo de los archivos históricos y activó la trampa desde su terminal remota. El entramado de las estanterías móviles se cerró con un siseo de aire comprimido, mas los bloques de acero no hallaron resistencia biológica. 

Jack notó una anomalía perturbadora en el avance enemigo; los agresores ya no se desplazaban de forma desordenada. Se detenían justo antes de los sensores de presión, cubriendo los mismos ángulos que él había utilizado con el fin de sorprenderlos en la iteración anterior. El líder del equipo evitó un cable trampa oculto tras un tomo de anatomía con un conocimiento previo de su ubicación. Esquivaban los mecanismos con una precisión que ignoraba cualquier rastro de duda.

La cacería resultó un intercambio de anticipaciones fallidas. La ventaja técnica se diluía ante un oponente que empezaba a predecir sus desvíos. Los proyectiles saturaron el aire, triturando los libros antiguos y enviando una lluvia de páginas blancas sobre el suelo. 

El impacto de las balas contra el papel producía un sonido sordo, una sucesión de estallidos secos que liberaban fragmentos de celulosa en el aire. Jack sintió la fricción de la suela de sus zapatos contra el mármol al realizar un desplazamiento lateral, buscando la cobertura del pilar. La inercia de su cuerpo al chocar contra la piedra gélida le vació los pulmones de golpe. Percibió el calor de los casquillos calientes rebotando rítmicamente cerca de su rostro, un rastro térmico que desaparecía al contacto con el suelo frío. El aire se llenó de una neblina de yeso y pólvora que le irritaba las mucosas, obligándolo a entrecerrar los ojos ante el resplandor de los fogonazos. Notó la sacudida del suelo bajo sus pies con cada detonación pesada, una vibración que recorría la estructura del edificio hasta alcanzar sus sienes. Sus movimientos habían perdido cualquier vacilación humana; se desplazaba con una economía cinemática que buscaba anular el retardo de sus propios reflejos biológicos frente a la trayectoria del plomo.

Jack se arrojó tras el mostrador de recepción en tanto que los fragmentos de mármol le golpeaban los hombros. Detectó un reflejo ceniciento en la galería superior, mas la latencia en su respuesta motriz le impidió cubrir a Clara a tiempo. Un proyectil fracturó el aire e impactó en el pecho de ella. Jack observó cómo el cuerpo de Clara se sacudía antes de colapsar sobre el linóleo. Recibió un impacto seco en el hombro que le vació los pulmones de aire. Sintió el frío del suelo en la nuca antes de que la oscuridad absoluta devorara la realidad de la biblioteca.

Despertó de golpe sobre el colchón de su casa. Jack permaneció inmóvil, apoyando las palmas en las sábanas, percibiendo el calor del sol sobre su piel recuperada. Se levantó y se dirigió a su oficina con una celeridad que ignoraba la inercia del descanso. Allí comenzó a revisar los datos de la última batalla con una parsimonia administrativa que ocultaba su pánico intelectual. Se percató de que el líder táctico había evitado las trampas con una fijeza que solo podía proceder del aprendizaje. 

Existía una deriva en la realidad que permitía a los agresores retener fragmentos de las batallas pasadas. Los enemigos estaban mapeando sus reacciones con la misma velocidad con la que él intentaba editarlas. El pánico regresó a su mente al comprender que no era el único que estaba aprendiendo de la repetición. La muerte acechaba ahora en cada secuencia conocida, ya que el oponente también habitaba la grieta del tiempo.


Este capítulo forma parte del primer arco de la novela. "El Efecto Placebo" escrita por Dante L. Silente

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