El Efecto Placebo - Capitulo 2


Al día siguiente, Jack pasó por la facultad antes del mediodía. No tenía clases asignadas, ni reuniones urgentes. Fue por inercia. Clara lo acompañó porque no tenían otro plan inmediato y porque el lugar quedaba de camino al restaurante donde solían almorzar.

El edificio estaba lleno. Estudiantes entrando y saliendo, grupos detenidos en los pasillos, el murmullo constante de conversaciones que no llevaban a ninguna parte. Jack caminó sin prisa. Saludó a un par de colegas con un gesto breve. Nadie se detuvo a hablar.

—No has venido en semanas —dijo Clara, mirando los carteles pegados en el muro.

—No había razón.

—Siempre dices eso.

Jack sonrió apenas. Siguieron hasta el corredor del fondo. La oficina estaba cerrada. Jack buscó la llave sin apuro y abrió. La luz tardó en encenderse. El espacio seguía igual que siempre.

—Esto huele a archivo —dijo Clara.

—Lo es.

Jack dejó la chaqueta sobre la silla. 

La oficina era una cápsula de tiempo donde el aire se había estancado meses atrás. Jack recorrió con la mirada las estanterías metálicas, cargadas de carpetas de cartón amarillento que se doblaban bajo su propio peso. 

Jack se detuvo frente a la estantería principal. Sentía el peso de los archivos como una carga física en el pecho. Clara se movía por el pequeño espacio con la cautela de quien entra en un recinto sagrado que no le pertenece. Ella pasó el dedo por el borde de un viejo microscopio cubierto por una funda de plástico. 

Caminó hasta el escritorio y apartó unos papeles que nadie había movido desde hacía tiempo. Abrió un cajón buscando una carpeta específica. No la encontró. Cerró. Abrió otro.

El frasco apareció entre cuadernos viejos y un par de pendrives.

Jack lo tomó sin detenerse demasiado. Lo dejó sobre el escritorio mientras seguía revisando.

Clara lo vio.

—¿Eso qué es?

—Un resto.

—¿De qué?

—De antes.

El frasco era pequeño, de un vidrio ámbar tan oscuro que casi parecía negro bajo la luz mortecina del despacho.

Ella lo miraba con una curiosidad teñida de desconfianza, se acercó, y lo tomó con dos dedos.

—Parece medicina.

—Lo fue.

—¿Tuya?

—De un proyecto.

Clara lo devolvió al escritorio sin cuidado.

—¿De Synthetix?

—Sí.

Ella no preguntó nada más. Caminó hasta la ventana y miró hacia el patio.

—¿Seguimos con el almuerzo? —dijo—. Se va a llenar.

—Dame un minuto.

Jack encontró por fin la carpeta que buscaba. La hojeó sin interés real. La dejó de nuevo en el cajón. Tomó el frasco y lo observó unos segundos más. No había cambiado.

—¿Eso todavía sirve? —preguntó Clara desde la ventana.

—Funcionar, funciona.

—Ajá.

—Lo cancelaron hace años.

—¿Por qué?

Jack guardó el frasco en el cajón de donde lo había sacado. Esta vez lo empujó hasta el fondo.

—No les gustaron los resultados.

Clara se encogió de hombros.

—Pasa seguido.

Jack cerró el cajón.

—En este caso, sí.

El frasco de vidrio ámbar le devolvió un rastro de frío en las yemas de los dedos. Jack evitó mirar el líquido denso. 

Ella volvió hacia él.

—¿Era peligroso?

—Era incómodo.

—Eso suena peor.

Jack apagó la luz del escritorio.

—Era un tratamiento para trauma —dijo mientras se ponía la chaqueta—. Reducía la reacción emocional. Nada más.

—¿Y eso estuvo mal?

—Depende de cuánto valores esa reacción.

Clara no respondió. Tomó su bolso.

El aire en el vestíbulo principal era pesado, una masa tibia que olía a café recalentado y al rastro químico de los productos de limpieza industriales usados al amanecer. Jack sentía la presión del hormigón sobre la nuca, un peso institucional que parecía filtrarse desde las vigas del techo. Un grupo de estudiantes de primer año bloqueaba la escalera, discutiendo sobre un examen de anatomía con una intensidad que a Jack le pareció casi obscena por su normalidad. Se fijó en uno de ellos; el chico gesticulaba con una mano mientras con la otra sostenía un envase de plástico medio vacío. El roce del calzado sobre el granito generaba un chirrido constante, un ruido de fondo que se le clavaba en las sienes como una aguja fina.

Tuvieron que esquivar a un conserje que arrastraba un carrito metálico cargado de sillas plegables. El estruendo de las patas de metal golpeando el suelo resonaba en las paredes desnudas, rompiendo cualquier intento de pensamiento coherente. Clara le rozó el brazo, un recordatorio físico de que ella seguía allí, pero Jack no pudo evitar fijarse en las luces del techo. Uno de los tubos fluorescentes parpadeaba con una frecuencia errática, un pulso de luz fría que parecía estar intentando transmitir un código que él no lograba descifrar. Nadie más parecía notarlo. La gente seguía moviéndose, riendo, consultando sus teléfonos, atrapada en la inercia de un mediodía cualquiera, mientras Jack sentía que el suelo bajo sus pies perdía densidad con cada paso.

—¿Eso lo vas a tirar?

—No ahora.

—¿Nunca?

—No lo pensé.

—Bueno —dijo ella—. Mientras no lo lleves a la casa.

Jack negó con la cabeza.

—No.

Salieron de la oficina. Jack cerró la puerta con llave y la guardó sin mirarla. El pasillo estaba más lleno que antes. Un grupo de estudiantes discutía algo en voz alta. Alguien reía. Todo seguía su curso.

—¿Dónde comemos? —preguntó Clara mientras bajaban las escaleras.

—Donde siempre.

Bajaron las escaleras de mármol, dejando atrás el aire viciado de la facultad. La calle los recibió con un ruido de tráfico que a Jack le pareció exageradamente alto, como si alguien hubiera subido el volumen de la ciudad de golpe. Caminaron tres manzanas hacia el restaurante de siempre, un local pequeño con mesas de madera oscura y olor a guiso casero que no había cambiado en una década. Para Jack, aquel trayecto era un ejercicio de reafirmación. Necesitaba que el camarero lo saludara con el mismo gesto de siempre, que el menú tuviera las mismas faltas de ortografía y que el sabor del pan fuera exactamente igual al de hace un mes.

Clara hablaba sobre el barniz de un violín, gesticulando con las manos mientras esquivaban a los peatones. 

Jack y Clara avanzaron por la acera estrecha, donde el aire encajonado entre los edificios canalizaba el ruido de los motores de forma opresiva. Se sentía como una masa de frecuencias graves que vibraban directamente contra su esternón, una presión física que le dificultaba la respiración constante. Al llegar a una de las intersecciones antes de su destino, Jack se detuvo frente al borde del bordillo. El semáforo cambió a rojo con un destello ceniciento, filtrado por una atmósfera que parecía espesa, casi sólida por la polución acumulada. Los vehículos se detuvieron en un orden mecánico, pero el silencio que siguió fue absoluto; un vacío de tres segundos donde el movimiento de la ciudad continuó sin emitir una sola nota. Jack observó a una mujer al otro lado de la calle; ella agitaba los brazos buscando un taxi, pero su figura se desplazaba con una fluidez irreal, despojada de cualquier rastro sonoro. Entonces, el estruendo del tráfico regresó de golpe, reanudándose con una violencia que le obligó a parpadear con fuerza, como si el audio del mundo se hubiera sincronizado tarde con la imagen.

Caminaron las manzanas restantes, dejando atrás el flujo constante de estudiantes que se dispersaba hacia las calles laterales. Al girar la esquina de la calle que albergaba el restaurante, la frecuencia del entorno volvió a mutar drásticamente. El frenazo de un autobús en la parada cercana le perforó los oídos con una nitidez que no correspondía a la distancia, un chirrido metálico que le recorrió los dientes de forma dolorosa. Era como si alguien estuviera manipulando los niveles de su percepción de forma arbitraria, ajustando el volumen de cada objeto según una lógica que él no lograba comprender. Finalmente, "Il Buco" apareció frente a ellos con su fachada de madera desgastada por décadas de humedad. La pizarra, apoyada junto a la entrada, anunciaba el plato del día con la misma caligrafía apresurada y tiza blanca de siempre. Jack se quedó mirando las vetas de la madera, sintiendo que aquel refugio cotidiano era el único anclaje que le quedaba frente a la distorsión que lo rodeaba.

Jack se detuvo un segundo antes de alcanzar la puerta. Observó el movimiento de la calle. Un repartidor de comida pasaba a toda prisa, el motor de su pequeña moto produciendo un petardeo rítmico. Una mujer mayor caminaba con bolsas de la compra, sus pasos cortos y decididos golpeando el asfalto. Jack necesitaba que todo fuera real. Necesitaba que el olor a ajo, aceite de oliva y pan recién horneado que escapaba del local fuera suficiente para anclarlo al presente. Clara ya tenía la mano cerca del pomo, hablando sobre la necesidad de comprar una lija de grano fino para el taller, pero sus palabras llegaban a Jack como si fueran parte de una banda sonora grabada hace tiempo. Él se obligó a concentrarse en la textura de la chaqueta de lana de ella, en el color oscuro del tejido, buscando un detalle que no pudiera ser producto de su imaginación.

Jack la escuchaba de forma intermitente, usando su voz como un radar para asegurarse de que ella seguía allí, a su lado, en el mismo plano de existencia. Se detuvieron frente a la puerta de cristal del restaurante. Jack puso la mano sobre el pomo de metal, sintiendo el frío del acero. Antes de empujar, se fijó en su reflejo en el cristal. Por un instante, solo por una fracción de segundo, le pareció que su imagen tardaba un suspiro más en moverse que su cuerpo real. Cerró los ojos con fuerza, apretó los dientes y entró, buscando desesperadamente el olor a comida y el murmullo de la gente que todavía creía que el tiempo era una línea recta.

—Perfecto.

Caminaron hacia la salida. El edificio quedó atrás sin hacer ningún ruido especial.

Se quedó petrificado frente al cristal de la puerta del restaurante. Su reflejo en el vidrio oscuro no era una simple imagen; era un recordatorio de que algo se había quebrado. Vio cómo su mano derecha se cerraba sobre el pomo de acero frío, pero en el reflejo, sus dedos todavía estaban a un milímetro de la superficie. Fue una pausa mínima, una grieta en la continuidad del tiempo que no debería existir. Intentó retirar la mano, pero la imagen en el cristal tardó un suspiro extra en obedecer, como si su sombra estuviera luchando contra una resistencia invisible, una viscosidad en el aire que solo lo afectaba a él.

Sintió un sabor amargo en la garganta, una mezcla de bilis y miedo seco que le recordó al olor a ozono del laboratorio. El ruido de la calle detrás de él pareció congelarse. Por un instante, el sonido de los coches y las voces de los peatones se convirtió en un zumbido sordo, una frecuencia estática que le hacía vibrar los dientes. Miró hacia adentro, a través del vidrio, y vio al camarero moviéndose entre las mesas. El hombre llevaba una bandeja con dos botellas de agua; el movimiento era fluido para los demás, pero para Jack, cada paso del camarero dejaba un rastro borroso en el aire, una estela de imágenes residuales que se desvanecían lentamente. Cerró los ojos con una fuerza que le provocó destellos en la oscuridad de sus párpados. Apretó la mandíbula hasta que le dolió y, con un empujón violento, cruzó el umbral, buscando el refugio de lo cotidiano antes de que el mundo terminara de desmoronarse por completo.

Se sentó. El camarero se acercó. Sus pasos no emitieron sonido alguno sobre el suelo.

Jack apoyó las manos sobre la madera oscura de la mesa. El tacto era áspero, lleno de muescas que intentó contar buscando calmar el pulso. Clara despegó la servilleta del vaso. El roce no produjo ruido. Jack observó sus dedos; el aire se tragó el sonido. El camarero permanecía de pie. El hombre no parpadeaba. Su rostro era una superficie plana. Jack miró hacia abajo. Los zapatos estaban fijos. La imagen de sus piernas vibraba. El agua en los vasos estaba quieta. Era un espejo perfecto. Jack apretó los dientes.


Este capítulo forma parte del primer arco de la novela. "El Efecto Placebo" escrita por Dante L. Silente

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Gracias por leer.

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