El Efecto Placebo - Capitulo 3


El eco de sus propios pasos contra el cemento estriado era lo único que llenaba el vacío del nivel inferior del estacionamiento. Bajaron por la rampa de concreto, dejando atrás la luz natural para sumergirse en la penumbra del subsuelo. El aire aquí abajo estaba estancado, cargado con un rastro pesado de monóxido de carbono, aceite viejo y esa humedad persistente que se filtraba por las juntas de dilatación. Las luces fluorescentes, dispuestas en hileras sobre sus cabezas, zumbaban con una frecuencia eléctrica que le erizaba el vello de los brazos. Una de ellas, justo sobre la plaza 4-B, parpadeaba con una cadencia errática, arrojando fogonazos de una claridad blanca y violenta que deformaba las proporciones del lugar.

El sonido de sus suelas contra el pavimento generaba un patrón rítmico que se perdía en la inmensidad de las naves vacías. Cada paso parecía desplazarse por el aire denso antes de rebotar contra las vigas transversales, devolviendo un eco distorsionado que hacía que el espacio se sintiera más vasto de lo que era. Las hileras de columnas se sucedían como costillas de un gigante de hormigón, proyectando ángulos rectos que ocultaban la profundidad de los pasillos laterales. El frío del subsuelo no era solo térmico; tenía un componente metálico que Jack podía notar en el paladar con cada respiración. Se fijó en una mancha de humedad que descendía por una de las paredes; el agua trazaba un surco negro y brillante que vibraba bajo el pulso de la luz fluorescente. El estacionamiento no estaba vacío; estaba a la espera, cargado de una presión estática que hacía que el oxígeno se sintiera escaso, obligándolos a caminar por un corredor invisible de luz parpadeante y sombras que se estiraban de forma antinatural hacia el fondo oscuro del nivel 4-B.

Jack apretó el mando de la llave en el bolsillo de su chaqueta. Clara caminaba a su lado, sus hombros proyectando sombras alargadas que se quebraban al pasar junto a las columnas de hormigón. Ella hablaba de algo trivial, un detalle sobre el barniz de un violonchelo que necesitaba semanas de trabajo, pero Jack apenas procesaba las palabras. Su atención estaba fija en la distorsión del ambiente. Las manchas de aceite en el suelo parecían abismos sin fondo que amenazaban con tragarse la suela de sus zapatos.

—Solo un par de manzanas más y estaríamos en casa —dijo Clara, su voz rebotando en las paredes desnudas.

Jack no respondió. Se detuvo frente al coche, un sedán oscuro que bajo aquella luz parpadeante parecía una masa de metal líquido. El parpadeo de la lámpara superior se intensificó. En cada intervalo de oscuridad, Jack creía ver figuras recortadas contra las vigas del techo. Metió la mano en el bolsillo para sacar las llaves, pero el sonido de una suela de goma arrastrándose sobre el pavimento lo detuvo en seco. No vino de frente, sino de la sombra densa acumulada detrás de una de las columnas.

—Las llaves. Ahora —dijo una voz rasposa desde la oscuridad.

Del negro absoluto emergieron tres hombres. Llevaban capuchas y ropas oscuras, moviéndose con una agresividad desordenada que Jack asoció de inmediato con un asalto callejero. Sus siluetas eran bloques de sombra dura bajo la luz parpadeante. Uno de ellos blandía un tubo de metal; otro mantenía la mano derecha oculta bajo la sudadera. Jack sintió una punzada de pavor que su mente científica analizó como una descarga masiva de adrenalina.

—Tomen lo que quieran —dijo Jack, extendiendo la mano con las llaves, intentando que su voz no temblara—. Solo déjennos ir.

—La cartera también, sabelotodo —escupió el hombre del centro, avanzando con rapidez.

Jack dudó un segundo al palpar su bolsillo trasero, un retraso insignificante que el asaltante interpretó como resistencia. El hombre del tubo se lanzó contra él con una trayectoria de impacto brutal. Jack levantó los brazos por instinto, pero recibió un golpe seco en las costillas que le vació los pulmones. El crujido del hueso resonó en su caja torácica. Cayó de rodillas, el asfalto raspándole la piel de las manos.

La onda de choque del impacto viajó desde sus costillas hasta la base del cráneo en una fracción de segundo, un rayo de dolor que le desconectó los nervios. Jack se derrumbó hacia adelante, perdiendo el control de sus rodillas antes de que su visión se tiñera de un blanco eléctrico, un resplandor idéntico al destello de la lámpara que zumbaba sobre su cabeza. El aire se convirtió entonces en un muro sólido que se negaba a entrar en sus pulmones; abrió la boca en un gesto inútil, pero solo obtuvo un espasmo seco que le abrasó la garganta. Al impactar contra el suelo, sintió la textura granulada del pavimento bajo sus palmas, cada piedrecilla incrustándose con saña en la carne viva mientras el equilibrio desaparecía por completo. El ruido de los coches a lo lejos se desvaneció de golpe, dejándolo atrapado en un vacío sonoro donde solo existía el latido sordo de su propia sangre golpeando con fuerza contra sus sienes.

A través de la visión borrosa, vio a Clara retroceder hacia la columna. El tercer asaltante, el que se había mantenido en silencio, sacó una pistola de forma torpe. Sus manos temblaban bajo el parpadeo incesante de la fluorescente. El pánico en los ojos del hombre era evidente; no parecía un profesional, sino alguien superado por la situación.

—¡Quieta! —gritó el hombre armado, apuntando a Clara con un pulso errático.

—¡No le hagan nada! —quiso gritar Jack, pero solo un hilo de sangre y aire escapó de sus labios.

Jack intentó ponerse en pie, apoyándose en la puerta del coche, pero una bota pesada le golpeó la mandíbula, lanzando su cabeza contra el vidrio. El impacto dejó un rastro de vaho y sangre en el cristal. En ese instante de caos, Clara hizo un movimiento instintivo hacia Jack, un gesto de auxilio que el hombre armado percibió como una amenaza.

Bajo la luz intermitente, Clara pareció moverse en una secuencia de fotogramas lentos y desencajados. Jack vio cómo su abrigo de lana se agitaba con el giro brusco de su cuerpo, una mancha oscura que intentaba acortar la distancia hacia él. Sus manos se extendieron, los dedos temblorosos buscando el aire, con las palmas abiertas en un gesto que pedía una tregua que nadie iba a conceder. El brillo blanco de la fluorescente golpeó el cañón de la pistola en el momento exacto en que se alineaba con el torso de ella. Jack pudo ver el sudor en la frente del asaltante, el temblor de su dedo sobre el gatillo y la fijeza aterrada en los ojos de Clara. El tiempo se estiró hasta volverse una superficie elástica y tensa; el ruido ambiental desapareció, dejando solo el sonido de un goteo rítmico en alguna tubería lejana y el latido desbocado de su propio corazón que le retumbaba en los dientes.

El primer disparo fue un trueno seco que rebotó en las paredes de concreto, un estallido que fracturó el silencio del estacionamiento. Clara se tambaleó, sus manos buscando apoyo en el aire mientras sus dedos trazaban arcos invisibles. El segundo proyectil la golpeó de lleno en el pecho antes de que pudiera caer. El impacto de su cuerpo contra el pavimento fue sordo, definitivo.

—¡Vámonos! ¡Vámonos ya! —gritó el líder, arrebatando las llaves del suelo.

Los tres hombres corrieron hacia la rampa, sus pasos desapareciendo en la penumbra mientras el motor de un coche chirriaba a lo lejos. Jack se arrastró por el suelo, ignorando el dolor que le desgarraba el costado, hasta llegar a ella. El olor a neumático quemado y pólvora inundó sus fosas nasales.

Clara intentó hablar. Sus labios se movieron, buscando formar un nombre, pero la sangre comenzó a brotar de su boca con una urgencia que no permitía el lenguaje. Lo miró a los ojos con una confusión infinita antes de que la luz en sus pupilas comenzara a desvanecerse. Jack se quedó en blanco, rodeado de casquillos de latón que brillaban bajo el parpadeo incesante de la luz, sintiendo cómo su vida se fragmentaba en el silencio del concreto.

El olor a cordita se mezcló con el hedor a neumático quemado que flotaba en el ambiente, creando un velo químico que le escocía en los ojos. Jack permaneció inmóvil, con la mejilla pegada al suelo frío, observando cómo un casquillo de latón rodaba lentamente por el pavimento hasta detenerse contra el neumático del coche. El sonido del metal contra la goma fue el primer indicio de que el mundo seguía girando. La luz fluorescente recuperó su ritmo mecánico, proyectando ráfagas de claridad sobre el rostro de Clara, que ahora parecía de cera bajo el brillo artificial. Un líquido oscuro comenzó a extenderse por las juntas del concreto, buscando el declive de la rampa con una parsimonia espantosa. Jack intentó mover la mano para tocarla, pero sus músculos no respondieron; eran piezas de un mecanismo quebrado. El zumbido eléctrico de las lámparas se volvió ensordecedor, llenando el vacío que los asaltantes habían dejado al huir.

Jack buscó el teléfono en el bolsillo de su chaqueta con una urgencia que le hizo desgarrarse la uña contra la costura del tejido. Sus dedos, entumecidos por el choque y cubiertos por la mezcla de polvo y sangre del asfalto, resbalaron sobre la superficie de vidrio del dispositivo. El dolor en su mandíbula  era un pulso rítmico que le impedía articular palabras con claridad, una punzada que nacía en el hueso y se extendía hasta el oído. Logró desbloquear la pantalla después de tres intentos fallidos, dejando un rastro rojo y viscoso sobre el panel iluminado que parpadeaba en sincronía con la luz del techo. Marcó el número de emergencias mientras mantenía su otra mano presionada contra el pecho de Clara, sintiendo la calidez del fluido que se filtraba entre sus dedos, un contraste brutal con el frío glacial del pavimento.

—Emergencias, ¿cuál es su ubicación? —La voz al otro lado sonó distante, una frecuencia metálica que parecía venir de otro plano de existencia.

Jack intentó responder, pero solo emitió un graznido ronco. Tragó el sabor ferroso de su propia sangre y forzó la voz, ignorando el crujido de su mandíbula. —Estacionamiento 4-B... facultad... —dijo, apoyando la cabeza contra la chapa abollada del coche —. Disparos. Hay una mujer herida. Dense prisa.

La operadora comenzó a recitar instrucciones, una letanía de protocolos que Jack no podía procesar. El zumbido de la luz fluorescente sobre ellos  se volvió más agresivo, devorando el resto de los sonidos del subsuelo. Clara volvió a mover los labios, un espasmo agónico que le llenó la barbilla de un rastro oscuro y denso. Sus ojos, antes llenos de vida, ahora eran dos cuencas de asombro que perdían el foco rítmicamente bajo el parpadeo blanco de la lámpara. Jack soltó el teléfono. El aparato cayó sobre el cemento con un golpe seco, la voz de la mujer gritando preguntas que nadie iba a responder desde el vacío del nivel inferior.

Se concentró en el peso de Clara, en la forma en que su cuerpo perdía tensión, convirtiéndose en una masa inerte que se hundía contra el asfalto estriado. El olor a pólvora y neumático quemado  era ahora tan denso que parecía ocupar todo el espacio disponible entre las columnas. El tiempo se estiró de nuevo en una secuencia de fotogramas rotos. Cada respiración de Clara era un silbido corto, una fuga de aire que no alcanzaba a inflar sus pulmones. Jack la sujetó con una fuerza que le hizo doler las articulaciones, como si pudiera retener su vida mediante la pura presión física contra el concreto.

El parpadeo de la luz superior se detuvo de golpe, dejando el lugar sumergido en una penumbra grisácea durante un segundo eterno, antes de reanudarse con un estallido blanco que le quemó las retinas. Clara dejó de luchar. Sus manos, que segundos antes habían trazado arcos en el aire, cayeron a los costados con un impacto mudo. El ruido de la operadora en el suelo cesó cuando la pantalla del teléfono se apagó. Jack hundió la cara en el hueco del cuello de ella, buscando un latido, una señal, cualquier rastro de la química que alguna vez los mantuvo unidos. No halló nada. El silencio del concreto se volvió absoluto. Jack cerró los ojos. Se quedó quieto. El mundo se detuvo ahí.


Este capítulo forma parte del primer arco de la novela. "El Efecto Placebo" escrita por Dante L. Silente

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Gracias por leer.

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