El Efecto Placebo - Capitulo 4
Se sentía como un espectro que recorría un escenario que ya no le pertenecía. Al salir a la superficie, el aire de la noche le golpeó la cara con una frialdad que le obligó a parpadear con fuerza. El campus se extendía ante él como un cementerio de edificios oscuros y senderos desiertos, envuelto en una bruma que amortiguaba los sonidos de la ciudad lejana.
El trayecto hacia la facultad fue un descenso lento hacia el silencio absoluto. Los árboles proyectaban siluetas que parecían dedos largos intentando alcanzarlo desde la sombra. Jack caminaba pegado a los muros de piedra, oculto por la oscuridad de los rincones y los setos descuidados. Su mente era un espacio en blanco, ocupado únicamente por un zumbido ensordecedor que nacía detrás de sus ojos. Era una frecuencia alta, constante, que anulaba cualquier intento de pensamiento lógico o de procesamiento de los eventos recientes.
Al llegar a la entrada lateral de la facultad, se detuvo. Un guardia de seguridad recorría el vestíbulo principal con una linterna, cuya luz trazaba arcos nerviosos sobre el piso de granito pulido. Jack esperó a que el hombre desapareciera por el pasillo de administración.
La luz de la linterna del guardia cortaba la oscuridad del vestíbulo con una fijeza que le obligaba a encogerse tras el marco de la columna. El haz barrió las vitrinas de cristal y el busto de bronce del fundador, dejando tras de sí sombras que parecían moverse por cuenta propia sobre las paredes de mármol. Jack contó los segundos, midiendo el ritmo de los pasos del hombre contra el latido sordo de sus sienes. El guardia se detuvo frente a la máquina de café situada en un rincón del patio. El estruendo del mecanismo al soltar un vaso de plástico rompió el silencio del lugar, un golpe seco que a Jack le pareció una detonación en medio de la noche. Vio al hombre dar un sorbo largo, apoyado en la pared, con la mirada perdida en el jardín exterior.
Jack intentó un primer movimiento hacia la sombra de los setos, pero la suela de su zapato derecho crujió sobre una placa de hielo fino oculta bajo las hojas muertas. Se quedó petrificado, con un pie suspendido en el aire, sintiendo el frío filtrarse por la suela. El guardia ladeó la cabeza, aguzando el oído, y barrió la zona exterior con la linterna. El círculo de luz blanca pasó a escasos centímetros del hombro de Jack, iluminando la textura rugosa de la piedra del muro y el rastro de vaho de su propia respiración contenida. Se apretó contra la pared, cerrando los ojos para volverse invisible en la oscuridad. El guardia permaneció inmóvil un tiempo que le pareció eterno, con el haz de luz barriendo la base de los arbustos justo delante de sus pies. Notó que el guardia volvía a pasar la linterna cerca de su posición, obligándolo a hundirse más en la hiedra que trepaba por el muro. El olor a tierra húmeda y vegetación descompuesta se le metió en la nariz, mezclándose con el rastro ferroso que emanaba de su propia ropa.
Escuchó el sonido de un gato callejero saltando sobre un contenedor de basura a lo lejos, un estruendo metálico que hizo que el guardia se detuviera de nuevo, esta vez durante un minuto interminable. Jack permaneció inmóvil, sintiendo cómo un calambre le recorría el muslo derecho por la postura forzada. El hombre soltó un bufido de cansancio, tiró el vaso a la papelera con un impacto ruidoso y retomó su ronda, arrastrando los pies con una pesadez que delataba el final de su turno. Solo al ver que el eco de las botas se desvanecía tras la puerta de las oficinas de administración, Jack se permitió soltar el aire. El pecho le dolía por el esfuerzo de la inmovilidad. Se obligó a contar hasta diez, ignorando el temblor de sus dedos que buscaban la seguridad del metal frío en su bolsillo. Caminó pegado a la sombra del edificio, evitando las zonas donde la grava del camino pudiera delatar su posición con un ruido innecesario.
Se deslizó por la puerta de servicio, cuya cerradura conocía de memoria, y entró en el edificio. Los pasillos, que durante el día eran un cauce de vida y discusiones académicas, ahora se sentían hostiles y vacíos. El eco de su propia respiración le resultaba agresivo, un recordatorio biológico de una existencia que ahora le parecía absurda.
Se detuvo frente a las puertas de acero del ascensor principal. El indicador digital marcaba el cuarto piso con un número rojo que palpitaba en la oscuridad del vestíbulo. Pulsó el botón por instinto, pero el zumbido de los cables poniéndose en marcha le obligó a retirar la mano de inmediato. El mecanismo era demasiado ruidoso para el silencio sepulcral de la noche; el chirrido de las poleas delataría su posición en cada planta. Dio media vuelta y buscó la escalera de incendios situada al final del corredor de biología.
Jack se detuvo en seco al oír el chirrido de unas ruedas metálicas al final del corredor. Se pegó contra la pared de ladrillo, buscando refugio en la penumbra que proyectaba un armario de suministros. Un hombre con un uniforme azul marino apareció tras la esquina empujando un carrito de limpieza cargado de cubos y mopas. Era García, uno de los conserjes del turno de noche que Jack conocía de vista desde hacía años. El hombre se detuvo frente a una de las aulas de química y soltó un suspiro de cansancio que resonó en el pasillo vacío.
—Vaya noche, doctor Diccar —dijo García al verlo, sin dejar de sujetar el mango de la mopa—. ¿Vio el escándalo que hay afuera?
Jack permaneció inmóvil. El zumbido en sus oídos se intensificó, convirtiendo la voz del conserje en un murmullo lejano y molesto. No respondió. Observó cómo el hombre se apoyaba en el carrito, buscando conversación en medio de la monotonía de su ronda.
—Hay un montón de patrullas bloqueando la rampa de los garajes —continuó el conserje, ladeando la cabeza hacia la ventana—. No dejan pasar a nadie. Dicen que hubo algún lío gordo abajo, pero nadie sabe nada. ¿Usted escuchó algo cuando entró?
Jack dio un paso al frente, intentando rebasar al hombre sin establecer contacto visual. La luz del tubo fluorescente que parpadeaba sobre ellos cayó directamente sobre sus hombros, iluminando la bata que antes fue blanca. García frunció el ceño y dio un paso hacia él, soltando el mango metálico del carrito, que produjo un golpe seco contra el suelo.
—Oiga, doctor... —el tono del hombre cambió de la curiosidad al desconcierto—. ¿Qué le pasó en la ropa? Tiene una mancha enorme ahí en el pecho. Parece sangre.
García estiró la mano de forma instintiva, como si quisiera comprobar si el fluido todavía estaba fresco. Jack retrocedió un centímetro, evitando el contacto con una rapidez que le provocó una punzada en las costillas heridas. Se fijó en la expresión del conserje: una mezcla de preocupación rústica y sospecha que no lograba penetrar el muro de su shock.
—¿Está bien? —insistió García, ahora con la voz más baja—. ¿Se cortó con algún cristal en el laboratorio? Déjeme que llame a alguien, tiene mala cara.
Jack siguió su camino en silencio. Pasó junto al carrito de limpieza ignorando las preguntas del hombre que se quedaron flotando en el aire viciado del pasillo. El sonido de sus propios pasos, rítmicos y pesados, era la única respuesta que estaba dispuesto a dar. García permaneció en medio del corredor, con la mopa en la mano y la mirada fija en la espalda del científico, hasta que la figura de Jack se perdió tras la puerta cortafuegos de la tercera planta.
El aire en el hueco de la escalera era rancio, cargado con el olor a cera de suelo que García acababa de esparcir y el rastro metálico de las barandillas de hierro. Jack notó que la luz de emergencia de la tercera planta parpadeaba, arrojando sombras rítmicas sobre los escalones de cemento. Se fijó en una mancha de grasa en el rellano del segundo piso, un rastro sucio que contrastaba con la pulcritud habitual de la facultad. Al llegar a la planta de su laboratorio, se detuvo frente a la puerta de cristal. Su reflejo le devolvió una imagen que le costó reconocer; un hombre con el rostro pálido, los ojos hundidos en cuencas oscuras y la bata manchada de un rojo que parecía absorber toda la luz del pasillo. El panel de cristal vibraba con el zumbido de la ventilación del edificio, una frecuencia baja que podía sentir en la planta de sus pies.
Se detuvo en el rellano, conteniendo la respiración al oír un crujido en la estructura del edificio, pero solo era el asentamiento térmico del hormigón.
Subió las escaleras con movimientos calculados, evitando pisar las zonas donde la luz de los sensores de movimiento pudiera delatarlo. Se fijó en su propia ropa. Llevaba puesta la bata blanca que solía dejar en el laboratorio, pero que hoy había decidido vestir antes de salir del despacho. El tejido, antes impecable, estaba manchado de un rojo denso y oscuro que se extendía desde el pecho hasta las mangas. Bajo la luz mortecina de los pasillos, la sangre parecía negra, una costra seca que le recordaba la violencia del estacionamiento.
Llegó a la puerta de su laboratorio. La placa de metal con su nombre brillaba con un matiz frío bajo la luz de emergencia. Jack entró y cerró con llave, dejando el mundo exterior tras la barrera de acero. El silencio del interior era diferente; era el silencio de la esterilidad y el control absoluto. Se apoyó en la mesa de acero inoxidable, sintiendo el frío del metal a través de la tela manchada.
El laboratorio cobró vida ante su presencia, reaccionando con una serie de estímulos que Jack procesó de forma automática. El olor ácido de los reactivos y el rastro dulce del éter se le pegaron a la garganta, una atmósfera familiar que ahora le resultaba opresiva. Las luces frías de los armarios de refrigeración proyectaban un resplandor azulado sobre las encimeras, iluminando las hileras de tubos de ensayo y las centrífugas que descansaban en silencio. En una de las mesas de trabajo, un agitador magnético que alguien había olvidado apagar seguía girando con un roce apenas perceptible, creando un pequeño vórtice de líquido transparente en el interior de un vaso de precipitados.
Jack escuchó el silbido de la ventilación forzada, un flujo constante de aire filtrado que movía las cortinas de plástico transparente del área de cultivos. Los equipos electrónicos emitían pequeños pitidos rítmicos, señales de mantenimiento que el científico solía ignorar y que ahora ocupaban todo el espacio sonoro de la habitación. Sintió que los instrumentos lo juzgaban desde su inmovilidad. Una de las incubadoras soltó un chorro de gas con un sonido sibilante, una exhalación mecánica que le hizo saltar hacia atrás. Se fijó en la pantalla del monitor central, donde un cursor parpadeaba en una línea de código interminable, arrojando una luz verdosa sobre su rostro manchado.
Se acercó a la campana de extracción de humos y escuchó el zumbido del motor, una frecuencia baja que hacía vibrar el cristal de seguridad. En el estante superior, una serie de reactivos químicos descansaban en sus frascos de vidrio ámbar, devolviendo un brillo apagado que recordaba al frasco que Jack había guardado en su cajón días atrás.
Miró los espectrómetros, los frascos alineados y las notas de sus investigaciones. Todo seguía en su sitio, inalterado.
Se despojó de la bata con un movimiento lento, como si se quitara una piel muerta que ya no le servía.
Le costó desabrochar el primer botón. La sangre seca había actuado como un adhesivo, soldando la tela de algodón a la camisa que llevaba debajo.
Al desatar el nudo de la cintura, el tejido se resistió, obligándole a forzar el movimiento de los hombros. El dolor de sus costillas golpeadas se agudizó con el esfuerzo, un recordatorio físico de la violencia que la prenda todavía guardaba entre sus hilos. La bata no quería soltarse. Sus manos, manchadas con un rastro grisáceo y oscuro, temblaron al deslizar el algodón por la espalda.
Al soltarse de los hombros, la bata cayó con un peso muerto, golpeando el suelo con un sonido sordo que resonó en las paredes de azulejo. Jack permaneció quieto, observando la prenda amontonada a sus pies, una masa de tela blanca y roja que ahora parecía una herida abierta en el centro de la sala.
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