El Efecto Placebo - Capitulo 5


El taburete del laboratorio produjo un crujido seco al quedar vacío. Jack se puso en pie con una lentitud que parecía desafiar las leyes de la inercia, sintiendo que cada centímetro de su columna vertebral cargaba con el peso de la estructura completa del edificio. El silencio en el área de investigación no era absoluto; el siseo constante de la ventilación forzada arrastraba un olor a ozono y a desinfectante industrial que se le pegaba a la garganta. Se miró las manos de nuevo. Bajo el resplandor azulado de los monitores, su piel tenía un matiz cadavérico, despojada de cualquier rastro del calor humano que había intentado retener en el estacionamiento. No quedaba sangre visible, pero el tacto del líquido espeso seguía allí, una sensación fantasma que le recorría las yemas de los dedos.

Salió al pasillo con pasos mecánicos. La facultad se mantenía en ese estado de suspensión que precede al olvido total de la noche. Caminó hacia su oficina, el espacio donde horas atrás había guardado aquel frasco ámbar con la desidia de quien archiva un fracaso. Al llegar a la puerta, sus dedos buscaron la llave en el bolsillo del pantalón con una torpeza que le obligó a cerrar los ojos para concentrarse en la ubicación del metal. La cerradura giró con un sonido metálico que resonó en el corredor vacío, un golpe seco que le recordó la detonación en el subsuelo. Entró sin buscar el interruptor de la luz. La penumbra del despacho le permitía ignorar el desorden de los informes y, sobre todo, la silla donde Clara se había sentado a observar los árboles del patio.

Se acercó al escritorio. La madera olía a polvo acumulado y a papel viejo. Jack se apoyó en la superficie, sintiendo la vibración del sistema de climatización que recorría las patas del mueble. Sus dedos buscaron la hendidura del cajón inferior. El metal estaba gélido, una temperatura que parecía estar en sintonía con el vacío que le devoraba el diafragma. Recordaba haber empujado el frasco hasta el fondo, ocultándolo tras carpetas de investigaciones que el comité de ética había sentenciado a muerte años atrás. En aquel momento, el fármaco era un resto arqueológico de una ambición científica que rozó lo prohibido. Ahora, era la única salida técnica a un proceso biológico que su mente no podía contener.

Abrió el cajón. El chirrido de las guías metálicas rompió el silencio con una violencia inesperada. Sus dedos palparon el vidrio frío. 073-B. El frasco de vidrio oscuro se sentía pesado en su mano, como si el líquido en su interior tuviera una densidad superior a la de cualquier otra sustancia conocida. Jack se quedó inmóvil, sosteniendo el recipiente, mientras la imagen de Clara volvía a proyectarse contra la oscuridad de la pared. Veía la sangre brotando con esa urgencia espantosa. Veía esa mirada final de confusión absoluta. No percibía tristeza en aquel recuerdo, ni dolor emocional; percibía una incomprensión biológica pura ante el cese repentino de las funciones vitales. 

Jack intentó desenroscar la tapa plástica del frasco. Sus dedos se negaron a obedecer con la precisión habitual; la piel de sus yemas resbaló contra el estriado del cierre. Un lápiz que descansaba en el borde del escritorio rodó por la superficie de madera y golpeó el suelo con un chasquido que le devolvió un eco de los casquillos en el concreto. Jack se quedó inmóvil; observó el pequeño objeto de grafito en la penumbra. El temblor de su mano derecha se acentuó, una vibración sorda que nacía en el codo y moría en el pulso. Respiró de forma entrecortada al notar que el aire rancio de la oficina se estancaba en sus bronquios. Se obligó a cerrar el puño con fuerza, clavando las uñas en la palma hasta que el dolor físico logró silenciar el temblor por un instante. Solo entonces, con un movimiento seco y cargado de un esfuerzo desproporcionado, logró vencer la resistencia del envase.

Un mareo súbito le obligó a cerrar los párpados. Sintió que el suelo del despacho se inclinaba hacia la izquierda, una pendiente invisible que amenazaba con arrojarlo contra la estantería de metal. Se apoyó con el antebrazo en la madera del escritorio, notando el rastro de sudor frío que le empapaba las sienes. Una náusea seca le subió por el esófago, un nudo amargo que le supo a bilis y a ese polvo rancio que flotaba en el aire estancado. Intentó enfocar la vista en el frasco abierto, pero los bordes del vidrio ámbar se duplicaron, creando una imagen borrosa que le provocó una punzada de dolor detrás de las cuencas oculares. Escuchó un crujido en la estructura del edificio, un sonido que le pareció un trueno en el silencio absoluto de la noche académica. 

Aquel ruido le sacó de la línea de pensamiento clínico que intentaba construir. Permaneció inmóvil, con la mandíbula apretada hasta que los músculos de la cara le dolieron, esperando a que el centro de equilibrio de su oído interno recuperara la posición horizontal. El aire entró en sus pulmones con dificultad, puesto que el oxígeno parecía haber ganado una viscosidad que su sistema respiratorio no lograba procesar.

Se desplazó hacia el pequeño lavabo situado en el rincón del despacho. El espejo, manchado por los años y la falta de limpieza, le devolvió una silueta que le costó identificar como propia. Sus facciones parecían haberse hundido, dejando solo ángulos rectos y sombras profundas donde antes había expresión. Abrió el grifo. El agua salió con un tono turbio, arrastrando el óxido de las tuberías antiguas antes de aclararse. Llenó un vaso de plástico que descansaba sobre la repisa. 

Al tomar el recipiente, notó una fina capa de polvo grisáceo que cubría el fondo. Lo sacudió con desgana y observó cómo las partículas flotaban en el aire antes de depositarse en su manga. Giró la llave del grifo. El metal opuso una resistencia terca antes de ceder con un quejido agudo que vibró en la loza fría. El agua no brotó de inmediato; escuchó el aire atrapado en las cañerías, un estertor metálico que precedió a un chorro de líquido turbio, cargado de sedimentos rojizos. Jack esperó a que el flujo se aclarara. La vibración de la tubería le recorría la muñeca, una frecuencia mecánica que se mimetizaba con el zumbido de su propia cabeza. El chorro golpeaba el fondo del lavabo con un sonido sordo, salpicando el borde de su camisa. No retiró la mano; dejó que el agua fría le entumeciera los nudillos, buscando en esa temperatura un rastro de realidad que todavía pudiera reconocer como verdadera.

El líquido estaba tibio, con un regusto marcado a cloro que le recordó los laboratorios de su juventud.

Tomó la píldora. El pequeño disco blanco descansaba en el centro de su palma, una unidad de calcio y compuestos sintéticos que parecía insignificante frente a la magnitud del desastre. 

Jack acercó la píldora a sus ojos. El blanco del disco destacaba contra el rastro oscuro de suciedad en su piel. Notó la textura yesosa de la sustancia, un polvo prensado que amenazaba con deshacerse bajo el sudor frío de sus dedos. El peso era casi inexistente, una masa ínfima que contrastaba con la magnitud de los eventos que pretendía anular. Rozó el borde del fármaco con la yema del pulgar; percibió la rugosidad de los bordes mal acabados. El disco despedía un olor químico tenue, una mezcla de tiza y solvente que le devolvió por un segundo la imagen de las salas de ensayo clínicas. La sostuvo ahí, suspendida en el aire, midiendo el abismo que separaba su estado actual de la anestesia definitiva. El espacio que mediaba entre su mano y sus labios, una distancia de apenas unos centímetros, ahora le resultaba un trayecto insalvable.

Jack mantuvo el brazo suspendido. La rigidez se le instaló en el hombro, un calambre sordo que no le hizo bajar la mano. Se fijó en los pequeños surcos de su palma; el sudor se acumulaba en las líneas de la piel, haciendo que el disco blanco de la píldora brillara bajo la luz mortecina que entraba por la ventana. Sus dedos, antes precisos en el manejo de instrumental de alta fidelidad, ahora mostraban un temblor microscópico, un movimiento de nervios que no lograba silenciar. Apretó los dientes; el sonido del esmalte rozando entre sí fue el único ruido en la habitación. Notó la presión del aire contra su rostro, un peso atmosférico que parecía querer empujar su mano hacia abajo, lejos de la boca. Cada segundo de inercia cargaba el ambiente de una electricidad estática que le erizaba el vello de la nuca.

Su corazón golpeaba el esternón con una cadencia irregular, un motor desajustado que enviaba ráfagas de calor a sus mejillas. No evaluaba los daños en su red neuronal. Solo sentía la presencia física de ese objeto pequeño, una unidad química que contenía la promesa de la ausencia. La saliva se le volvió amarga en la garganta. La lengua se le pegó al paladar, seca y áspera como el papel de los archivos que lo rodeaban. Se concentró en el contacto del disco contra el nervio de su dedo índice. Era una superficie fría, desprovista de cualquier calor biológico. La mandíbula le tembló un instante por el esfuerzo de la contención. 

Jack no dudó. No buscaba justicia, ni respuestas sobre quiénes eran los hombres del estacionamiento. Buscaba anestesia. Buscaba que el ruido ensordecedor de su mente se estabilizara en una frecuencia que no le hiciera temblar las manos.

Tragó el fármaco de un solo movimiento. El agua tibia bajó por su garganta, arrastrando el químico hacia su sistema digestivo, iniciando el viaje hacia el torrente circulatorio. Se apoyó con ambas manos en el borde de loza del lavabo. Esperó. Contó las pulsaciones de su cuello, sintiendo cómo el corazón bombeaba el agente activo hacia su cerebro con una eficiencia mecánica.

Notó el cambio primero en los bordes de su campo visual. La oscuridad del despacho empezó a perder su peso físico. Las sombras dejaron de ser amenazas para convertirse en simples manchas de color neutro sobre las paredes. El zumbido en sus sienes, ese pitido persistente que le había acompañado desde el disparo, se transformó en un zumbido plano, constante, casi reconfortante. Era la señal de que los receptores químicos estaban quedando bloqueados, de que la señal de socorro de sus neuronas estaba siendo silenciada por el compuesto 073-B.

Miró de nuevo hacia el espejo. Su reflejo parecía fragmentarse ante sus ojos. No era una fractura física del vidrio, sino una ruptura en el significado de la imagen. Ya no veía a Jack Diccar, el hombre que acababa de ver morir a la persona que amaba. Veía una serie de datos ópticos: una altura determinada, un color de ojos específico, una frecuencia respiratoria que empezaba a descender de forma controlada. La carga emocional se estaba evaporando, dejando tras de sí un residuo de información pura y fría.

La imagen de Clara apareció por última vez con total nitidez. Vio la sangre, escuchó el ruido seco del impacto y sintió el frío del concreto del estacionamiento 4-B. No obstante, esta vez la imagen no trajo consigo la asfixia. No hubo presión en el diafragma ni ganas de gritar. Fue solo un registro más en su base de datos personal, un archivo guardado en un sector del hipocampo que ya no emitía señales de alerta al resto del organismo. Clara era ahora un dato. El estacionamiento era una ubicación. La muerte era un cese de actividad química.

El mundo se volvió una superficie lisa, desprovista de las arrugas que el dolor solía imprimir en la percepción. Jack cerró el grifo con un movimiento preciso, sin rastro de temblor en los dedos. Se enderezó y cruzó el despacho hacia la salida. La oficina seguía igual, pero el hombre que la habitaba había editado su propia realidad. Al cerrar la puerta tras de sí, el sonido de la cerradura fue solo eso: un sonido metálico en un edificio vacío.


Este capítulo forma parte del primer arco de la novela. "El Efecto Placebo" escrita por Dante L. Silente

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Gracias por leer.

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