El Efecto Placebo - Capitulo 6


Jack despertó con los músculos contraídos, esperando el impacto del asfalto contra las costillas. La presión en el esternón era tan real que tardó varios segundos en notar la suavidad de las sábanas y el calor de la luz que cruzaba la persiana. Se sentó en la cama con un movimiento espasmódico, llevándose las manos al pecho mientras su corazón golpeaba el hueso con una violencia que le dificultaba el aire. Al tragar saliva, una molestia breve le recorrió la boca, tan fuera de lugar que no llegó a procesarla. Sus dedos recorrieron el torso con una urgencia eléctrica; buscó la fractura, el hundimiento de la caja torácica que había sentido bajo la bota de aquel hombre. No halló nada. La piel estaba lisa, tibia, desprovista del rastro de pólvora y del frío metálico del subsuelo.

Jack se sentía drenado, como si hubiera corrido kilómetros antes de abrir los ojos. La respiración era pesada, un esfuerzo consciente para inflar unos pulmones que se percibían llenos de arena. Intentó incorporarse del todo, pero sus extremidades pesaban el doble de lo habitual, ancladas por una torpeza plomiza que le obligaba a concentrarse en cada movimiento de sus dedos. A pesar de haber dormido durante horas, la fatiga se le acumulaba tras los párpados, una bruma espesa que no lograba disipar con el parpadeo. No experimentaba el sobresalto eléctrico del pánico, sino un agotamiento que parecía un estado permanente, una resaca profunda que nacía en el centro de sus huesos y se extendía hasta la piel. El cuerpo no le fallaba mediante espasmos, simplemente no respondía con la agilidad necesaria, como si la inercia del sueño fuera una masa física difícil de desplazar.

Bajó las manos hacia sus costados, apretando con fuerza para forzar un dolor que su memoria registraba como un hecho físico indiscutible. El cerebro le enviaba ráfagas de una agonía fantasma que no encontraba correspondencia en sus nervios. Se palpó la mandíbula, esperando encontrar el desencaje del golpe contra el vidrio del coche, pero el hueso encajaba con una perfección insultante. Deslizó las yemas de los dedos por sus uñas, buscando la rotura que sufrió al rasgar el tejido de su chaqueta en busca del teléfono. Estaban intactas. Se miró las palmas con una fijeza maníaca; no había cortes ni rastro de las piedras incrustadas en la carne. El olor a sangre vieja, un aroma ferroso que creía tener impregnado en la base de la lengua, se desvaneció frente al aroma a limpio de la habitación, dejándolo con una náusea seca en la garganta.

A su lado, el colchón cedió ligeramente.

—Jack, estás empapado en sudor —dijo Clara con una voz que él ya había despedido en el silencio del concreto.

Él se quedó inmóvil, con la mandíbula apretada hasta sentir un pulso rítmico en el hueso. Giró la cabeza con lentitud. Ella estaba allí, apoyada en un codo, con el cabello revuelto y la piel limpia. No había sangre brotando de su boca ni aquella mirada de confusión infinita que recordaba del estacionamiento. Jack extendió los dedos y le rozó el hombro. Sintió la calidez de su cuerpo, un contraste con el frío glacial del pavimento que persistía en su memoria.

Jack se aferró a ese contacto, buscando en la temperatura de su piel una constante que le devolviera el centro. El olor de su pelo, esa mezcla familiar de jabón y descanso, actuó como un sedante inmediato que apagó el zumbido de sus oídos. Escuchó el ritmo de su voz, midiendo las pausas y las inflexiones, encontrando en esa cadencia una seguridad que el resto de la habitación le negaba. No buscaba anomalías en ella; necesitaba, con una urgencia silenciosa, que fuera exactamente quien recordaba. Se fijó en la textura del abrigo de lana cuando ella comenzó a ponérselo, pasando la vista por el tejido áspero para confirmar su materialidad. Nada en sus gestos era incorrecto. Todo en Clara era sólido, un punto de apoyo necesario frente a una marea de memorias que amenazaban con arrastrarlo hacia el subsuelo. Él necesitaba esos detalles mínimos, el roce de su bolso o la forma en que ladeaba la cabeza, para convencerse de que el presente no era un simulacro.

Se preguntó si la mente podía fabricar un engaño tan sólido. El olor a neumático quemado y a pólvora seguía pegado a sus fosas nasales con una fuerza que desafiaba la lógica de un sueño. Se levantó y caminó hacia el baño. Se lavó la cara con agua fría, observando cómo el líquido corría por la porcelana. Intentó convencerse de que la carnicería del estacionamiento había sido un episodio de fatiga, una proyección de su agotamiento.

Regresó al dormitorio mientras Clara terminaba de arreglarse. Ella se puso el abrigo de lana oscuro y lo miró con una sonrisa suave.

—Llegas tarde a nuestra propia rutina —dijo ella mientras se ajustaba el cuello de la prenda.

Jack asintió sin decir nada. Salieron del edificio y caminaron por el campus envueltos en la calma del otoño. 

Caminaron por los senderos de piedra bajo un cielo gris que se percibía estático. Jack observaba el entorno sin la intención de encontrar fallos, limitándose a comparar lo que veía con el rastro fresco de su memoria. Los estudiantes se agrupaban en las mismas esquinas, las bicicletas chirriaban con los mismos intervalos y el viento movía las hojas muertas con una insistencia previsible. El clima no había cambiado, persistía esa humedad fría que se filtraba por las juntas de los edificios, y los hábitos de la facultad se repetían con una continuidad que no lograba aliviar la presión en su nuca. Todo coincidía. La risa de un grupo de primer año o el ruido de un motor a lo lejos se integraban en su percepción como piezas de un mecanismo que ya conocía. El mundo confirmaba la versión racional de los hechos, pero esa validación externa no le devolvía la tranquilidad; solo reforzaba la sensación de estar recorriendo un camino trazado de antemano.

Jack se sentía un intruso en una frecuencia que no le correspondía. El aire frío le cortaba la cara, pero no lograba despejar la sospecha de que el entorno era un montaje mal ajustado. Clara hablaba sobre una veta de abeto difícil y el barniz de un violonchelo, gesticulando con una naturalidad que a él le resultaba ofensiva. Jack no la escuchaba. Su atención estaba fija en los relojes de los edificios, en la sincronía exacta de los estudiantes que cruzaban los senderos de piedra.

Contaba los pasos. Medía la distancia entre las sombras que proyectaban los robles, esperando ver de nuevo el retraso lumínico, aquel fallo en la imagen que había notado el día anterior. Se detuvo un instante frente a la torre del reloj; observó el segundero con una intensidad que le hizo arder los ojos. El movimiento era fluido. El mundo no mostraba grietas. Se fijó en un grupo de alumnos que discutía cerca de la fuente; buscó en sus rostros una señal de reconocimiento, una prueba de que el desastre del nivel 4-B había dejado una marca en el tejido de la facultad. Nadie lo miraba. El campus se desplegaba con una inercia sorda, una repetición de gestos y sonidos que Jack procesaba como una amenaza. La falta de errores en el paisaje le generaba un vértigo más profundo que el propio recuerdo del asalto. Clara le rozó el brazo, pero el contacto solo sirvió para subrayar el eco de sus propios pasos contra el cemento.

Entró en el anfiteatro. El polvo de la tiza flotaba en los haces de luz, igual que recordaba. Se situó frente al estrado y cumplió con la sesión de farmacología. Las explicaciones técnicas se sucedieron de forma mecánica, mientras Jack observaba el aula buscando alguna señal de que el mundo no era una grabación. 

Las palabras fluían de su boca con una autonomía que le permitía distanciarse de su propio discurso. Explicaba los procesos técnicos sin necesidad de pensar en la estructura de las frases, como si el profesor Diccar funcionara por inercia frente a la pizarra. Se daba cuenta de que no estaba pensando realmente en el contenido de la materia; su conciencia se había replegado hacia un rincón oscuro mientras su voz cumplía con el trámite. No percibía una amenaza en ese desapego, sino un vaciamiento de su propia voluntad. La clase avanzaba, los alumnos anotaban y el tiempo marcaba su ritmo con una eficiencia que no requería de su participación consciente. Esta grieta entre su pensamiento y su acción era la prueba de que el entorno podía seguir funcionando perfectamente sin él, ejecutando un proceso de fondo que se alimentaba de su presencia física mientras su atención permanecía estancada en el recuerdo del concreto.

Se escuchó a sí mismo recitar fórmulas y protocolos de absorción con una frialdad que no reconocía. Era como si su voz fuera emitida por un dispositivo situado a un metro de su cabeza, con un retardo que solo él podía percibir. No recordaba haber elegido los ejemplos que dictaba; las palabras fluían de sus labios con una autonomía biológica que le producía escalofríos.

Miró a los alumnos de las primeras filas. El murmullo de los estudiantes y el roce de los cuadernos llenaban el espacio con una normalidad que le resultaba ajena. Se fijó en la forma en que un chico pasaba la página de su libreta, siempre en el mismo ángulo, con el mismo sonido seco del papel. Todo el anfiteatro se sentía como una ejecución de datos predecibles. Jack sentía que si se quedaba en silencio de golpe, la clase seguiría funcionando sin él, como un proceso de fondo en una máquina que no necesitaba de su conciencia para operar. La realidad no se estaba repitiendo; se estaba ejecutando con una eficiencia que le hacía dudar de su propia presencia física en el estrado.

Cuando el aula quedó vacía, Jack caminó hacia el corredor del fondo. Entró en su oficina y cerró la puerta con llave. El aire olía a papel viejo y a encierro. Abrió el cajón inferior de su escritorio, apartando cuadernos y carpetas de investigaciones antiguas.

El frasco de vidrio ámbar estaba allí.

Lo tomó con los dedos. El recipiente marcado como 073-B estaba lleno y el sello permanecía intacto. Jack miró el líquido oscuro a través del cristal. En su memoria, él había abierto ese envase y había ingerido el fármaco frente al lavabo del despacho para anestesiar el dolor. 

Jack miró el líquido oscuro a través del cristal. En su memoria, el acto estaba grabado con una nitidez técnica: recordaba la resistencia exacta de la tapa plástica al ceder, el chasquido del sello de seguridad y el sabor a cloro del agua tibia con la que tragó el disco blanco. Sentía aún la textura yesosa de la píldora disolviéndose en su garganta. No obstante, el objeto descansaba en su palma como si nunca hubiera sido movido del fondo del cajón. El sello de aluminio estaba intacto, reflejando la luz fluorescente del despacho con un brillo frío y plano.

Deslizó el pulgar por la etiqueta limpia, buscando una arruga, un rastro de humedad o cualquier evidencia de que sus manos ya habían sujetado aquel vidrio horas atrás. El frasco pesaba lo que debía pesar un recipiente lleno. Una idea peligrosa comenzó a filtrarse por su mente, desplazando la lógica científica. Si el fármaco estaba allí, sin abrir, existía la posibilidad de que nunca hubiera regresado a la facultad. ¿Y si el recuerdo de la ingesta era el verdadero fallo? Se quedó inmóvil, midiendo la densidad del líquido ámbar. 

Jack no buscó una confrontación lógica con el objeto. El cansancio mental era demasiado denso para intentar desentrañar la paradoja del sello intacto. La pregunta ya no giraba en torno a la naturaleza de la realidad, sino a la fiabilidad de sus propios procesos biológicos. Se preguntaba, con una apatía creciente, por qué recordaba el sabor amargo y el frío del agua con tanta intensidad si el frasco nunca había sido abierto. El conflicto no se resolvía mediante deducciones; simplemente se postergaba, dejando la duda en suspenso como una nota al pie en una investigación que no quería terminar. El peso del vidrio en su mano era real, pero la imagen de la píldora disolviéndose en su lengua también lo era, y ambas verdades convivían sin anularse. Dejó que la confusión se asentara sin resistencia, aceptando que la memoria podía ser una construcción tan traicionera como sus sentidos en un momento de agotamiento extremo.

La certeza de su memoria chocaba contra la evidencia física del objeto sellado, rompiendo la causalidad que sostenía su cordura. El vidrio se sentía gélido, una temperatura que no correspondía al tiempo que llevaba sujetándolo.

Sintió una desorientación que le hizo vibrar los dientes. Si el frasco seguía ahí, la carnicería del nivel 4-B debía ser un residuo onírico, un fallo grave en su propio sistema nervioso. Guardó el frasco de nuevo en el fondo del cajón y salió de la oficina. La confusión se le instaló en la base del cráneo mientras buscaba a Clara, preguntándose por qué el recuerdo de su muerte se sentía más real que la luz que iluminaba el pasillo.


Este capítulo forma parte del primer arco de la novela. "El Efecto Placebo" escrita por Dante L. Silente

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Gracias por leer.

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