El Efecto Placebo - Capitulo 7
Jack salió de la oficina con el rastro gélido del frasco ámbar todavía impreso en la palma de la mano. Caminó por el pasillo de la facultad ignorando los rostros de los estudiantes que pasaban a su lado como ráfagas descoloridas. Sus pies golpeaban el granito con una urgencia que no lograba coordinar con su respiración. Cada vez que parpadeaba, el rojo del subsuelo manchaba el blanco de las paredes del corredor.
Encontró a Clara esperándolo bajo el marco de la puerta de roble, tal como dictaba la secuencia que su memoria insistía en validar. Ella vestía el abrigo de lana oscuro y sostenía su bolso con una naturalidad que a Jack ahora le resultaba insoportable. Al verlo, ella sonrió.
—Llegas tarde a nuestra propia rutina —dijo ella, soltando la frase que Jack esperaba como el golpe de un mazo.
Él no respondió con el comentario habitual sobre la neuroquímica de la atención. Se limitó a tomarla del brazo con una presión que hizo que ella frunciera el entrecejo. El contacto le devolvió el calor de su piel, una temperatura que su cerebro procesaba como el rastro de un cuerpo que perdía tensión contra el concreto.
—No vamos a ir al coche —soltó Jack. Su voz salió áspera, fracturada.
Clara se detuvo en mitad del vestíbulo. Los alumnos se movían a su alrededor siguiendo un patrón que Jack sentía que podía predecir.
—¿De qué hablas? —preguntó ella, ladeando la cabeza—. El restaurante está cerca si salimos ahora por el nivel 4.
—He dicho que no —insistió él. El sudor empezó a empaparle el cuello de la camisa. —Necesito caminar. El aire del subsuelo me revuelve el estómago. Salgamos por la puerta norte.
Clara lo observó con una mezcla de extrañeza y una preocupación que empezaba a transformarse en sospecha.
—Ni siquiera hemos bajado las escaleras, Jack. ¿Qué aire del subsuelo? —Ella dio un paso atrás, soltando el brazo de él con un movimiento brusco que delataba una incomodidad creciente. Un par de alumnos que revisaban el tablón de anuncios cercano se detuvieron a observar la escena, atraídos por la rigidez en la postura del profesor. Jack sintió que el calor le subía por el cuello, pero no podía explicar que su insistencia era la única barrera que conocía contra el desastre. Clara frunció los labios, sus dedos apretando la correa de su bolso hasta que los nudillos perdieron el color.
—Estás actuando de una forma que... no sé ni cómo llamarlo —añadió ella en un susurro cargado de una desconfianza que Jack no supo cómo desactivar—. Me estás asustando más que el propio estacionamiento.
El murmullo constante de los pasillos se detuvo de golpe alrededor de ellos, dejando un vacío incómodo que Jack pudo notar en la base del cráneo. Una pareja de estudiantes que caminaba hacia la biblioteca aminoró el paso, intercambiando una mirada rápida cargada de dudas antes de desviar la vista hacia las baldosas pulidas. Jack percibió el peso de sus propios hombros, una rigidez que le resultaba ajena y que atraía la curiosidad inevitable de los que pasaban por su lado. Clara forzó una sonrisa rígida dirigida a los testigos ocasionales, acomodándose el bolso con un movimiento brusco que delataba sus ganas de marcharse de aquel vestíbulo. Ella intentó bajar el tono de voz con el fin de recuperar una normalidad que ya se había quebrado en el momento en que él la tomó del brazo.
Alrededor, la vida universitaria seguía su curso indiferente, ajena a la tormenta interna que sacudía al profesor Diccar, pero en ese pequeño círculo de granito, Jack sentía que el suelo empezaba a deformarse bajo sus pies. Él sabía que estaba cruzando un límite invisible, que su insistencia lo alejaba de la imagen de profesional racional que siempre había proyectado ante sus alumnos y colegas. No podía evitarlo. El miedo no se procesaba como una emoción, sino como una urgencia técnica que anulaba el decoro y la etiqueta. Pese a que veía la molestia creciente en el rostro de Clara, no soltó la presión de su mano en ningún momento. La seguridad de ella valía ese aislamiento social que empezaba a rodearlo como una neblina espesa en mitad de la tarde, una barrera invisible que lo separaba de la civilización.
Jack notó cómo ella buscaba una explicación en sus ojos, pero él no podía articular una sola palabra sin sonar como alguien que había perdido la cordura. Creía que si evitaba la ubicación física del asalto, la violencia no encontraría un espacio donde ocurrir.
—Está bien, Jack. Caminaremos —accedió ella. Su tono delataba que solo lo hacía para evitar una escena frente a los últimos alumnos que salían del aula.
Enfilaron hacia el ala norte del edificio. El trayecto se sintió como una huida. Jack contaba sus pasos, tratando de cronometrar una realidad que parecía ajustarse a sus movimientos con una precisión milimétrica. Pasaron por delante de los laboratorios donde el olor a solvente se mezclaba con el aire rancio de los pasillos. Jack miraba hacia atrás cada pocos metros, esperando ver sombras que se desprendieran de las columnas, pero solo veía el flujo normal de la facultad.
Salieron al aire libre por la puerta norte, una salida peatonal que daba a un callejón estrecho entre muros de piedra y una hilera de contenedores metálicos. El frío otoñal les golpeó el rostro. Jack soltó un aire que le supo a ceniza. Estaban lejos de la rampa de concreto. Estaban lejos del parpadeo violento de la luz del nivel 4-B.
Se permitió un segundo para cerrar los ojos y sentir el viento rozándole las sienes. El alivio fue una descarga física que le aflojó la tensión acumulada en la mandíbula. Estaba funcionando. La lógica interna de Jack le decía que el experimento de cambio de ruta había anulado la variable del encuentro violento. Si no estaban en el punto previsto a la hora prevista, la colisión era físicamente imposible según cualquier ley de la causalidad que él conociera. Miró hacia la calle principal, viendo el tráfico lejano y la gente que caminaba sin prisa por la acera de enfrente, y por primera vez en horas, el zumbido de sus oídos disminuyó hasta desaparecer. Había vencido a la probabilidad mediante un simple desvío táctico. Se sintió dueño de su propio tiempo otra vez, una sensación de control que se expandía por su pecho con cada bocanada de aire gélido.
Jack caminaba con una ligereza que no sentía desde hacía horas, un alivio que le recorría los nervios como una corriente eléctrica suave. Su mente trabajaba a una velocidad febril, procesando el éxito del desvío como una prueba irrefutable de que el destino era simplemente una cuestión de variables físicas y trayectorias evitables. Si el asalto ocurría en el nivel 4-B, era debido a la coincidencia exacta de luz, ángulo y tiempo en ese punto geográfico. Al eliminar la ubicación de la ecuación, había borrado la posibilidad de la tragedia de forma quirúrgica.
Se convenció de que los hombres del estacionamiento eran oportunistas que necesitaban la cobertura de la penumbra del hormigón con el objetivo de actuar con impunidad. Aquí, bajo el cielo abierto de la puerta norte y a la vista de los muros de piedra, la probabilidad se inclinaba a su favor de manera definitiva. Se permitió una pequeña mueca que buscaba ser una sonrisa; creía haber aprendido por fin las reglas de ese juego cruel que la realidad le había propuesto. La lógica le decía que el peligro era un evento geográfico, un punto en el mapa que se podía rodear si se conocía el patrón de los hechos previos. Se sintió astuto, casi dueño de la realidad misma, al comprobar que el mundo exterior no mostraba signos de violencia ni sombras acechantes que lo siguieran. Reinterpretó el primer ataque como un suceso condicionado a un entorno específico que ya no existía, una pesadilla que se había quedado atrapada en el cemento del subsuelo mientras ellos avanzaban hacia la libertad.
—¿Ves? Aire fresco —dijo Clara, aunque se subió el cuello del abrigo para protegerse del viento. —¿Ahora podemos ir a comer? Esa fijación tuya con el estacionamiento me está asustando.
—Ya pasó —murmuró Jack, intentando convencerse a sí mismo.
Caminaron por el callejón. El suelo estaba cubierto de hojas muertas que crujían bajo sus zapatos. Se sentía astuto.
El eco de sus pasos se mezclaba con el roce de la ropa, pero un sonido diferente se filtró desde la entrada del callejón, rompiendo la calma que Jack intentaba mantener. Era un ruido metálico, rítmico, como el de una puerta que se cierra sin llegar a encajar del todo contra su marco. Jack percibió un movimiento periférico en el borde de su campo visual, una sombra que se desplazó con una velocidad antinatural tras el bloque de los contenedores metálicos que se alineaban contra el muro de piedra.
Se detuvo un instante, con el corazón golpeando sus costillas en una señal de alarma que decidió ignorar de inmediato con el fin de no ceder ante el pánico. Pensó que eran simples gatos callejeros o quizás el viento removiendo la basura acumulada entre los muros fríos de la facultad. El aire se volvió de pronto más denso, cargado de un olor a gasoil que no encajaba con la limpieza habitual del sector norte del campus. Jack descartó la sospecha con un gesto mental rápido; el miedo residual intentaba jugarle una mala pasada tras la tensión acumulada en las últimas horas. Siguió avanzando con una confianza renovada que rozaba la ceguera, ignorando el frío repentino que le recorrió la nuca como una caricia helada proveniente de una presencia invisible que lo acechaba desde la oscuridad.
Al final del callejón, donde la piedra se abría hacia la calle, una furgoneta oscura estaba mal estacionada, bloqueando la acera. Jack se detuvo. El motor del vehículo emitía un ronroneo grave que vibraba en el pavimento.
—Jack, no te detengas —dijo Clara, tirando de su brazo—. Solo es un reparto.
Pero las sombras se movieron antes de que pudieran alcanzar la esquina.
Del espacio negro entre la furgoneta y el muro emergieron tres figuras. Llevaban capuchas y ropas oscuras. Uno de ellos blandía un tubo de metal que brilló bajo la luz mortecina del callejón. Otro mantenía la mano derecha oculta bajo la sudadera. Jack sintió que el oxígeno desaparecía de sus pulmones.
—Las llaves. Ahora —dijo el hombre del centro. La voz era idéntica: rasposa, cargada de una agresividad desordenada.
Jack permaneció paralizado. La realidad se plegaba sobre sí misma, forzando los hechos para que encajaran en el molde del desastre. Había cambiado el lugar y la hora, pero los actores permanecían intactos.
—No tenemos el coche —balbuceó Jack, extendiendo las manos vacías—. Nosotros no...
El hombre del tubo no esperó. Se lanzó contra él con una trayectoria de impacto que Jack reconoció con una claridad espantosa.
El tiempo se dilató, convirtiendo el aire en una sustancia densa y difícil de atravesar. Jack vio el brazo del hombre subir, un arco de movimiento que su memoria ya tenía mapeado desde el nivel 4-B con una precisión quirúrgica. Intentó girar el torso hacia la izquierda, un milímetro más de lo que hizo la última vez, buscando el vacío que no existía. Las imágenes se superponían en su mente: la luz blanca y violenta del estacionamiento y la piedra gris del callejón bailaban ante sus ojos en una secuencia desencajada que le provocaba náuseas. Sabía dónde iba a doler antes de que el metal tocara su piel. Vio el destello del tubo y, por una fracción de segundo, creyó que si cerraba los ojos con suficiente fuerza, la repetición del impacto simplemente no ocurriría, que la realidad se negaría a ejecutar el mismo error dos veces en el mismo día.
Levantó los brazos por instinto, pero recibió el golpe seco en las costillas. El crujido del hueso resonó en el callejón de piedra con la misma nitidez que en el hormigón. Cayó de rodillas, el asfalto raspándole la piel de las manos mientras la visión se le teñía de un blanco eléctrico.
Vio a Clara retroceder hacia el muro de piedra. El tercer asaltante sacó la pistola con el mismo pulso errático. Sus manos temblaban.
—¡Quieta! —gritó el hombre armado.
Clara hizo el movimiento. El gesto instintivo de auxilio hacia Jack. El abrigo de lana oscuro se agitó mientras ella intentaba acortar la distancia.
El primer disparo fue un trueno que rebotó en los muros de piedra, fracturando el silencio. Clara se tambaleó. El segundo proyectil la golpeó de lleno en el pecho. El impacto de su cuerpo contra las hojas muertas fue sordo, definitivo.
Jack se arrastró por el suelo, ignorando el dolor que le desgarraba el costado. Llegó hasta ella mientras los tres hombres corrían hacia la furgoneta. El olor a pólvora inundó sus fosas nasales, mezclándose con el rastro de tierra fría.
Clara intentó hablar. Sus labios se movieron buscando un nombre, pero la sangre brotó de su boca con la misma urgencia que él ya conocía. Lo miró a los ojos con una confusión infinita antes de que la luz en sus pupilas comenzara a desvanecerse.
Jack hundió la cara en el hueco del cuello de ella, buscando un latido que ya no existía.
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