El Efecto Placebo - Capitulo 8
Jack cerró la puerta de su laboratorio con un golpe seco. El impacto del metal contra el marco resonó en el pasillo vacío.
Jack recorrió el perímetro de la sala principal con pasos rápidos. Comprobó los cierres de las dos ventanas que daban al patio interno, asegurándose de que el metal encajara en el marco sin dejar resquicios. No buscaba protección ante intrusos externos; necesitaba aislar la habitación del resto de la facultad. Giró la llave de la entrada principal una segunda vez, forzando el mecanismo hasta que el pestillo se bloqueó con un crujido definitivo. El eco del golpe de la puerta contra el marco parecía negarse a desaparecer, rebotando en los azulejos blancos y en el acero de las mesas. Se detuvo un instante para percibir la vibración de los ultracongeladores al fondo del pasillo, un rumor constante que servía para delimitar su cápsula personal. El laboratorio ya no era un lugar de estudio; era un recinto estanco donde el tiempo real quedaba suspendido por el zumbido de los transformadores eléctricos.
Sus manos temblaban. La sangre de Clara manchaba el puño de su camisa; el color oscuro se secaba con una velocidad espantosa bajo las luces blancas del techo. El dolor en su costado derecho gritaba con cada toma de aire, un recordatorio físico de que el asalto en el callejón norte había sido tan real como el del estacionamiento 4-B. No hubo llanto. El pánico se había transformado en una frialdad mecánica que le recorría los nervios. Se dirigió hacia la pizarra principal. Tomó un marcador negro. Sus dedos se cerraron sobre el plástico con una fuerza que le hizo doler los nudillos.
Al intentar trazar el primer vector, el marcador se le escurrió entre los dedos y golpeó el linóleo. Jack se quedó mirando el objeto negro en el suelo durante varios segundos, incapaz de coordinar el movimiento necesario para recogerlo. Lo hizo con una torpeza que le resultó ajena, un signo de agotamiento neurológico que empezaba a manifestarse en los bordes de su motricidad. Al volver a la pizarra, escribió mal el nombre de la calle del segundo asalto, tachando las letras con una violencia que dejó un manchón de tinta ruidoso. Borró una secuencia de tiempos que acababa de anotar, dándose cuenta de que había confundido los minutos del primer ataque con los del segundo.
Dibujó una línea horizontal. Marcó dos puntos de inicio. Escribió "Il Buco" sobre ellos. Sus trazos eran irregulares, cargados de una urgencia que amenazaba con romper la punta del rotulador.
Movió el brazo con una violencia contenida. El rotulador rechinó contra la superficie blanca, un chirrido agudo que le recorrió los dientes. El olor penetrante del alcohol isopropílico se mezcló con el aire viciado del laboratorio, ocupando sus fosas nasales con una intensidad química que le obligó a parpadear. Dibujó flechas que se cruzaban en ángulos agudos, representando trayectorias que ya conocía de memoria mas que necesitaba ver materializadas. La tinta negra se secaba casi al instante, dejando un rastro brillante sobre el acrílico. Sus dedos se cerraron con fuerza sobre el cilindro de plástico; notó que la piel de sus yemas estaba agrietada por el frío y la fricción. Limpió una sección con la palma de la mano, sin buscar el borrador, ignorando la mancha oscura que quedó impresa en su piel. El sudor le resbaló por la sien, una gota lenta que se perdió en el cuello de su camisa rígida a causa de la sangre seca. Cada trazo era un esfuerzo físico que le hacía tensar los hombros hasta que el dolor en el omóplato se volvió insoportable.
Jack se quedó mirando la superficie blanca. Recordó el momento exacto en que la realidad se plegó sobre sí misma. La primera vez, en su oficina, buscaba silencio interno. Deseaba que el compuesto 073-B apagara el ruido del duelo. Ingirió la píldora frente al lavabo sucio. Segundos después, despertó en el restaurante, viendo al camarero acercarse sin hacer ruido.
Una punzada de miedo le atravesó el esternón al comprender la naturaleza del evento.
Planteó la hipótesis de un error de percepción inducido por el trauma, una disociación severa que le obligaba a proyectar sus peores miedos sobre el entorno físico. Consideró, por un breve instante, la posibilidad de una coincidencia estadística extrema donde dos grupos distintos de asaltantes actuaran con patrones idénticos en ubicaciones diferentes. Pero los descartó casi de inmediato; la precisión de las voces y los movimientos no dejaba espacio para el azar biológico. Pese a que su inteligencia buscaba refugio en diagnósticos clínicos conocidos, la realidad de la sangre seca en su manga era un dato técnico que no admitía interpretaciones psicológicas. Eligió creer en la anomalía física del fármaco, no porque fuera la explicación más lógica, sino porque era la única que le permitía actuar. Su mente científica se aferraba a la teoría de la edición cronológica como un náufrago se aferra a un resto de madera en mitad del oleaje.
El fármaco no buscaba la anestesia emocional de forma aislada. Había editado la cronología completa. Jack soltó el marcador; el objeto rodó por el suelo hasta detenerse cerca de una de las centrífugas. Se apoyó en la mesa de acero inoxidable. El frío del metal le traspasó la tela, pero él solo sentía el calor de la sangre de Clara impregnado en su piel.
Se detuvo un instante, apoyando la frente contra la superficie fría de la pizarra. El contacto del metal le devolvió una calma momentánea. Notó el tirón del tejido de su camisa sobre las costillas; la sangre de Clara había formado una costra dura que mantenía la tela pegada a su piel con la firmeza de un vendaje artificial. Con cada inhalación profunda, el dolor en el costado se agudizaba, un pinchazo seco que le recordaba la solidez del tubo de metal del asaltante. Se llevó la mano a la zona herida, presionando con los dedos hasta que el dolor nubló su visión por un segundo. Necesitaba ese estímulo con el fin de no perderse en la bruma del shock. Observó el rastro oscuro bajo sus uñas. La iluminación blanca del laboratorio, directa y sin matices, hacía que cada detalle de la suciedad y la violencia fuera imposible de ignorar. El zumbido de las centrífugas al fondo de la sala se convirtió en un rumor rítmico que acompasaba sus movimientos, una frecuencia constante que le servía de ancla en mitad del caos.
Se obligó a retomar el trabajo. Tomó el borrador y limpió una sección del tablero. Dibujó vectores. Marcó ángulos de aproximación. Escribió descripciones detalladas de los tres hombres. Uno era alto, con una voz rasposa que Jack ahora podía reproducir fielmente en su cabeza. Otro usaba una sudadera oscura. El tercero portaba la pistola con un pulso inestable. Cambiar la ruta no había servido. El destino parecía poseer una inercia propia que forzaba los encuentros agresivos sin importar las coordenadas. Si no estaban en el nivel 4-B, la violencia los encontraba en la salida norte. La furgoneta oscura sustituía al sedán. El tubo de metal encontraba sus costillas con la misma precisión quirúrgica.
Jack llenó la segunda pizarra con ecuaciones de probabilidad. Sudaba. El aire en el laboratorio se sentía denso, difícil de procesar. Se fijó en su propio reflejo en el cristal de una de las incubadoras. Su rostro era una máscara de palidez y ángulos rectos. Se veía a sí mismo como un dato más en un sistema que se negaba a estabilizarse. Si la píldora 073-B era el disparador del reinicio, entonces él poseía el control del punto de retorno. La desesperación por salvar a Clara le empujaba a intentar lo imposible; mapear el desastre con el objetivo de encontrar la grieta en el patrón.
Se acercó a su escritorio.
Antes de tocar el tirador del cajón, Jack se detuvo para alinear los bolígrafos sobre el escritorio con una precisión milimétrica. Colocó el cuaderno de notas en paralelo al borde de la mesa, buscando un orden externo que compensara el desastre interno. Raspó con la uña un rastro de sangre seca en su antebrazo, un intento compulsivo de limpieza que solo logró enrojecer su propia piel sin eliminar la mancha. Comprobó el cronómetro digital dos veces, verificando que los ceros en la pantalla no parpadearan de forma errática. Ensayó mentalmente el acto de despertar, repitiendo la secuencia de olores y sonidos del restaurante con el fin de crear un anclaje sensorial sólido.
Abrir el cajón inferior le costó un esfuerzo físico inmenso. El frasco ámbar seguía allí, oculto tras las carpetas amarillentas. 073-B. El vidrio oscuro le devolvió un rastro gélido al contacto con su palma. Jack lo sacó y lo dejó sobre la mesa de trabajo, junto al cronómetro digital que usaba en las pruebas de reacción. Se quedó mirando el dispositivo. La pantalla mostraba ceros.
Su plan era una apuesta suicida contra la lógica biológica. Debía ingerir la píldora de nuevo. No obstante, esta vez no buscaría el olvido. Buscaría la retención. Necesitaba que su cerebro guardara la información de las pizarras, los vectores y las descripciones antes de que el mundo se borrara por completo. Creía que si lograba fijar los datos en su memoria de corto plazo justo en el instante del colapso, sus notas estarían allí, impresas en su mente, con el propósito de guiarlo al despertar.
Tomó un vaso de plástico. Lo llenó con agua del grifo cercano. El líquido salió con un sabor marcado a cloro, tibio y desagradable. Jack colocó la píldora blanca en su mano. El disco pequeño parecía una unidad mínima de calcio frente al peso de la realidad que pretendía manipular.
Jack tomó el vaso de plástico con una mano que ya no temblaba, mas que pesaba a modo de plomo. Notó la condensación del agua tibia en las paredes del recipiente, una humedad leve que le refrescó los dedos. El grifo goteaba rítmicamente en la pila metálica; cada impacto del agua producía un sonido sordo que resonó en el laboratorio vacío. Observó el pequeño disco blanco en su otra mano. Tenía los bordes irregulares, una textura rugosa que raspaba su piel. Acercó el vaso a sus labios; el olor a cloro del agua municipal se le metió en la garganta antes de beber. La mandíbula le dolió al abrir la boca, una rigidez que nacía en el oído y descendía por el cuello. Se concentró en el contacto de la píldora con su lengua, un objeto frío y seco que representaba la única salida técnica al desastre. El zumbido de los equipos electrónicos se intensificó, llenando la habitación con una estática que le hacía vibrar los maxilares. Mantuvo la posición durante varios segundos, percibiendo el peso del líquido y el químico, antes de forzar el movimiento de deglución que iniciaría el proceso final.
Una duda mínima, despojada de cualquier rigor técnico, emergió en el último segundo. Se preguntó si el recuerdo del dolor en las costillas acabaría siendo más fuerte que los datos de las pizarras, o si el impacto del cuerpo de Clara contra el suelo se fijaría en su mente con más nitidez que las ecuaciones. Temió que el proceso de retención guardara el horror equivocado, convirtiendo su memoria en un bucle de agonía insoportable. Sintió el peso del agua tibia contra el paladar, una presión física que reclamaba una decisión inmediata. No permitió que la idea se desarrollara. Aplastó la incertidumbre con la técnica pura, concentrándose en el ritmo del cronómetro y en la fijeza de los vectores trazados en el tablero blanco.
Se fijó en el cronómetro. Su dedo índice se situó sobre el botón de inicio.
Clara estaba muerta en un callejón de hojas secas. En pocos minutos, ella volvería a estar viva, sonriendo bajo el marco de la puerta de roble de la oficina. Jack sintió una mezcla de pavor y esperanza que le revolvió el estómago. No era un viaje; era una corrección técnica de un error fatal.
Activó el cronómetro. Los números empezaron a correr con una rapidez hipnótica. Jack tragó la píldora con un sorbo del agua tibia. Se quedó inmóvil, con la espalda apoyada en la pizarra llena de ecuaciones, observando cómo los segundos avanzaban. El cambio empezó en los bordes de su visión. La oscuridad del laboratorio perdió peso. El olor a solvente se evaporó. Jack se concentró en la trayectoria del asaltante alto, en el brillo del tubo de metal, en la mirada final de Clara. Guardó cada dato con una urgencia maníaca.
El reflejo en el cristal de la incubadora empezó a fragmentarse. El tiempo se convirtió en una sustancia viscosa. Jack mantuvo los ojos fijos en sus notas hasta que el blanco de la pizarra se fundió con el blanco de la luz del laboratorio.
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