El Efecto Placebo - Capitulo 9


Jack cruzó el vestíbulo de la facultad con la mirada fija en las baldosas de granito. No se detuvo a recoger la correspondencia ni atendió al murmullo de los aspersores que regaban el césped del patio interno con una parsimonia ajena a su urgencia. Subió los peldaños de la escalera norte con una energía nerviosa, sintiendo el peso del cronómetro en su bolsillo, un objeto que ahora le parecía una reliquia de un tiempo que ya no existía. Al llegar frente a su despacho, la llave entró en la cerradura con un clic seco que le erizó el vello de los brazos.

Empujó la puerta y se quedó petrificado en el umbral.

El sol de la mañana entraba por el ventanal e iluminaba las motas de polvo que flotaban en el aire estancado. Sus ojos buscaron de inmediato la pizarra principal, el tablero donde horas antes había volcado cada dato, cada ángulo y cada segundo del asalto. La superficie estaba completamente limpia.

Jack cerró los ojos con fuerza y trató de proyectar la maraña de flechas que cubría el acrílico la noche anterior. Buscó la secuencia de tiempos del primer impacto, pero la cifra de los milisegundos se le escapó entre las sombras de su propia fatiga. Un pavor gélido le recorrió el esternón al notar que un dato tan específico se había desvanecido sin dejar rastro físico. Se dio cuenta de que su memoria ya estaba siendo erosionada por el proceso de reinicio, perdiendo jirones de información antes de que el experimento cobrara sentido.

Se acercó con pasos cortos y arrastró los pies sobre el linóleo. No quedaba ni una sombra de tinta ni una mancha de los borrones que había hecho con la palma de la mano. La pulcritud del tablero le resultó una bofetada técnica. Se quedó frente a la pared vacía y sintió el frío del aire acondicionado en la nuca. Alargó la mano derecha y pasó los dedos por el centro del tablero para buscar alguna rugosidad o el olor residual del solvente químico. No halló nada. Sus dedos regresaron limpios, sin rastro de la tinta negra que anoche le cubría los nudillos.

El mundo se había reconstruido sin dejar espacio a sus anotaciones. La edición fue total; la materia había regresado a su estado previo con una eficiencia que anulaba su esfuerzo titánico. Se apoyó en la mesa de acero, percibiendo que el vacío en su estómago se ensanchaba. Comprendió en ese instante que la información solo residía en su tejido neuronal, una carga de datos que ahora debía proteger antes de que la degradación empezara a cobrar su precio. Se volvió hacia la ventana, observó el campus que despertaba y supo que el mapeo de la tragedia dependería de su capacidad para observar y retener, puesto que el acrílico era un aliado que el tiempo se negaba a conservar.

El primer descenso hacia el subsuelo respondió a una necesidad de registro estricto, puesto que la pizarra vacía le obligaba a recolectar cada cifra desde el origen. 

Jack se posicionó en la sombra, lejos del alcance de las luces erráticas, con el único propósito de fijar la cronología del asalto. Dejó que los hechos ocurrieran sin interferencias, transformando el pavor en una lista mental de tiempos de despliegue y modelos de vehículos que su sistema nervioso debía retener.

Se apoyó en el hormigón y calculó los ángulos de visión que le permitirían captar cada detalle del despliegue táctico. Se obligó a ignorar la calidez del recuerdo de la voz de Clara, sustituyéndola por la frialdad de una observación pasiva. Sabía que dejarla morir sin mover un músculo era un acto de traición que le desgarraba el juicio, mas lo justificó como una cuota necesaria de dolor con el fin de obtener datos puros. La ciencia exigía esa inmovilidad con el objetivo de que el sacrificio no fuera en vano.

El cronómetro digital marcaba las 21:14 cuando el chirrido de los neumáticos contra el pavimento estriado del nivel 4-B alcanzó el segundo piso de la facultad. Jack permanecía oculto tras una de las columnas de hormigón de la plaza C-12, con el cuerpo pegado a la piedra fría y la respiración contenida. No buscaba intervenir; su posición actual obedecía a un cálculo de observación. Vio aparecer el morro del sedán oscuro. Se fijó en el rastro que las ruedas dejaban sobre las manchas de aceite viejo, un patrón de surcos paralelos que identificó como modelos de alta gama. El vehículo tardó exactamente seis segundos en detenerse por completo tras el primer contacto visual. Tres hombres bajaron de forma sincronizada. Jack anotó mentalmente el tiempo de despliegue y la trayectoria de sus sombras bajo la luz parpadeante de la fluorescente superior.

Clara caminaba sola hacia el coche, con el abrigo de lana oscuro balanceándose rítmicamente. Ella buscaba las llaves en su bolso, ajena a las tres sombras que se desprendían del negro absoluto detrás de los pilares de carga. Jack no intervino cuando escuchó el primer disparo. Se concentró en la trayectoria del proyectil y en la forma en que el cuerpo de ella se doblaba bajo el impacto, una secuencia biográfica de cese de funciones que analizó con una fijeza gélida. No hubo rastro de adrenalina; solo el registro metódico de un evento que ya conocía de memoria.

En la siguiente vuelta exigía una alteración física del entorno, un desvío que probara la resistencia del patrón ante un objeto contundente. Tras el reinicio del dia, Jack se adelantó a la secuencia habitual, buscando en el nicho de seguridad de la facultad una herramienta que no estuviera contemplada en el esquema original de los asaltantes. 

Jack decidió alterar la secuencia de llegada. Se detuvo en la parte superior de la rampa y entregó las llaves a Clara, inventando una excusa sobre un informe olvidado en el despacho. La vio descender hacia la penumbra del subsuelo al tiempo que él se dirigía al nicho de incendios incrustado en la pared de ladrillo. Rompió el cristal de seguridad con un golpe seco del codo, ignorando el corte leve que se produjo en su antebrazo. El extintor de metal estaba gélido, un peso de seis kilos que le resultaba tranquilizador.

Bajó la rampa con pasos amortiguados y ocultó el cilindro rojo tras su pierna. Cuando los tres hombres emergieron de las sombras, Jack ya estaba a escasos metros. El asaltante del tubo se lanzó contra Clara, pero Jack intervino golpeando el metal del extintor contra el hombro del atacante. El sonido del impacto fue un crujido sordo. No obstante, la ventaja táctica se desvaneció al instante. El tercer hombre, el del pulso errático, reaccionó con una rapidez que Jack no había previsto en sus cálculos iniciales. El bufido del disparo del arma apagó cualquier esperanza de éxito. Clara cayó de nuevo sobre el pavimento estriado, con la sangre trazando el mismo mapa oscuro sobre el concreto. Jack soltó el extintor; el metal golpeó el suelo con un estruendo innecesario que resonó en el vacío. Había cambiado el arma, pero no el desenlace.

Jack regresó al aislamiento del laboratorio con los oídos pitando por el estruendo del disparo. Se detuvo frente a la mesa de acero y observó el corte en su antebrazo, lugar donde la sangre empezaba a formar una costra irregular. Tomó un trozo de gasa y limpió la herida con movimientos bruscos, notando que el dolor físico le ayudaba a mantenerse anclado en la secuencia. Anotó en su mente una diferencia mínima en la posición del asaltante alto que no lograba encajar en sus cálculos. La repetición no mostraba un calco exacto; existía una deriva en los movimientos que sugería que la realidad se ajustaba a sus propias variaciones con una precisión implacable.

El fracaso del impacto físico dio paso a una estrategia basada en la incapacitación sensorial, obligando a Jack a buscar una ventaja que anulara la visión de los encapuchados. 

Repasó las especificaciones técnicas del compuesto irritante que pretendía utilizar. Consultó los tiempos de incapacitación y el alcance efectivo del atomizador, confiando en que los manuales de seguridad industrial poseían una verdad superior al azar de un encuentro violento. Creía que el éxito dependía de la concentración química y de la velocidad de dispersión del gas. Su fe en el método le impedía ver que estaba tratando con personas y no con variables, un exceso de confianza metodológica que le hacía ignorar la imprevisibilidad del pánico humano.

Antes de encontrarse con Clara en la facultad, se desvió hacia una tienda de suministros industriales y adquirió un atomizador de pimienta de alta concentración. El recipiente pequeño se sentía ligero en su bolsillo, una unidad de defensa que su mente científica consideraba suficiente para incapacitar a los agresores. En el estacionamiento, esperó a que el hombre del centro se acercara a pedir la cartera. Jack no dudó. Accionó el atomizador proyectando una nube de gas irritante directamente hacia los rostros ocultos tras las máscaras de neopreno.

El caos duró apenas tres segundos. Los asaltantes retrocedieron, pero no de la forma desordenada que Jack esperaba. Intercambiaron señales tácticas mediante golpes rápidos en los muslos, una comunicación no verbal que delataba un entrenamiento que el gas no podía anular. El hombre armado disparó a ciegas, una trayectoria errática que encontró el pecho de Clara antes de que ella pudiera alcanzar la protección del pilar C-12. Jack observó el destello de la pistola bajo la luz parpadeante de la fluorescente. Se quedó inmóvil en tanto que los hombres huían hacia la rampa, sintiendo el picor del gas en sus propios ojos. El asfalto volvió a teñirse de rojo rítmicamente. La frustración técnica empezó a sustituir al pavor; el sistema se ajustaba a sus intentos de defensa con una elasticidad aterradora.

El trayecto de regreso por el sendero lateral del campus se transformó en una carrera contra la inercia del sistema. El aire gélido le cortaba los labios y le obligaba a respirar con bocanadas cortas que le quemaban la tráquea. Se fijó en la forma en que los focos halógenos del patio central creaban círculos de luz blanca rodeados de una oscuridad compacta, una estructura que absorbía el sonido de sus propios pasos. La bruma nocturna se pegaba a los muros de piedra de la facultad, humedeciendo la superficie y otorgándole un brillo aceitoso bajo la iluminación artificial. Jack evitó el cruce principal al deslizarse por el corredor de servicio donde las tuberías de agua caliente emitían ruidos rítmicos; una secuencia de golpes metálicos que resonaban en la armadura del edificio. Sus músculos protestaban ante el esfuerzo continuado, mas su cerebro ignoraba las señales de fatiga al concentrarse únicamente en el ritmo del cronómetro que seguía latiendo en su bolsillo.

El ritual de regreso a la oficina se había vuelto automático. Jack corrió por los pasillos de la facultad, evitando al guardia García con una precisión que le permitía ahorrar segundos valiosos. Al entrar en el laboratorio, no miró las fotos ni buscó consuelo en el recuerdo de Clara. Se dirigió a la pizarra y anotó la marca de los neumáticos del sedán; Michelin Pilot Sport, desgaste en el flanco izquierdo. Dibujó el ángulo de tiro del tercer asaltante en la última vuelta, comparándolo con el de la primera.

Se detuvo ante la mesa de trabajo donde el brillo del acero inoxidable reflejaba la luz blanca de los fluorescentes con una fijeza hiriente. El aire en el laboratorio se movía en ráfagas cortas, impulsado por el sistema de ventilación que producía un silbido agudo en las rejillas del techo. Jack percibió el rastro de detergente en las esquinas, un recordatorio de que la limpieza del edificio continuaba ajena a su colapso temporal. Sus dedos rozaron el borde de un recipiente de vidrio; la superficie estaba fría y seca, una textura que ancló su percepción en el presente inmediato mientras el resto de su mente seguía proyectando trayectorias y ángulos de impacto. Los cables de los equipos electrónicos colgaban rígidos desde las estanterías superiores, proyectando sombras que se quebraban sobre los informes desordenados del escritorio. El zumbido de los refrigeradores de muestras se mantenía en una nota constante que vibraba en el suelo de linóleo, una frecuencia que él podía sentir en la planta de sus pies.

Abrió el frasco ámbar de 073-B con una mano que no temblaba. Tomó la píldora con un trago de agua tibia, controlando el cronómetro digital que parpadeaba sobre su mesa. Se miró en el espejo manchado del lavabo. Clara era ahora un dato de referencia, un punto de colisión necesario para entender la mecánica de loq ue fuera que le estaba pasando. 


Este capítulo forma parte del primer arco de la novela. "El Efecto Placebo" escrita por Dante L. Silente

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Gracias por leer.

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