Promesa de Domingo - Capitulo 1


El ventilador de techo giraba descentrado sobre la cabeza de Víctor. Cada tres vueltas, el aparato soltaba un chasquido metálico, seco y puntual, que partía el silencio de la oficina en dos.

Bajó la vista hacia el escritorio de formica. Frente a él, los papeles se extendían como una mancha de aceite.

—Acá —dijo el notario.

El dedo índice de Martínez golpeó el papel. Tenía la uña cortada al ras, la piel del dedo gruesa y reseca. Golpeaba justo sobre una línea punteada que esperaba tinta.

Firmó donde se lo indicaron.

Su apellido se repetía siete veces en esa sola carilla. Burcea padre. Burcea hijo. Los nombres se entrelazaban en cláusulas que hablaban de obligaciones y plazos vencidos. El nombre del club aparecía menos, casi escondido entre la jerga. “Asociación Civil Club Social y Deportivo Unión El Acre”. En otros párrafos, simplemente “La Entidad”. El lenguaje legal le quitaba los colores a la camiseta, borraba el escudo y convertía la pasión de medio barrio en una persona jurídica con patrimonio negativo.

—¿El seguro está al día? —preguntó Víctor sin levantar la vista del sello de agua del papel notarial.

—Tiene un atraso de tres cuotas —respondió Martínez, sin matices en la voz—. Pero entra en la moratoria si firma el anexo cuatro.

Asintió. Buscó el anexo cuatro entre la pila y firmó.

La oficina olía a café quemado recalentado en una cafetera eléctrica y a polvo de archivo. No había ventanas que dieran a la calle. La única entrada de luz natural venía de un ventanal interno que daba a un pasillo donde tres personas esperaban sentadas en sillas de plástico, mirando sus teléfonos o el piso. Víctor sentía el peso de la campera de abrigo sobre los hombros. Hacía calor allí dentro, el aire acondicionado apenas movía el aire viciado, pero no se la quitó.

—Faltan las actas del libro rubricado —dijo el notario.

Martínez se levantó, hizo rechinar las ruedas de su silla contra el piso de madera flotante y caminó hacia un armario metálico gris. El mueble soltó un chirrido agudo al abrirse. Llevaba dos horas allí sentado. Había pedido la mañana en el trabajo con la promesa de volver al mediodía, pero el reloj de pared marcaba casi las dos de la tarde.

El teléfono le vibró en el bolsillo del pantalón. Una vibración larga, insistente. No hizo el ademán de sacarlo. Sabía quiénes llamaban. Eran los proveedores de Unión El Acre reclamando cheques rechazados, era el canchero preguntando por el corte de pasto.

El notario regresó con un libro de tapas negras, pesado, de lomo entelado y esquinas desgastadas. Lo dejó caer de golpe sobre el escritorio. El impacto levantó una pequeña nube de polvo que bailó bajo la luz del tubo fluorescente.

—La comisión anterior no cerró el ejercicio —dijo el hombre mientras pasaba las páginas con brusquedad—. Tu viejo firmó hasta acá. Diciembre del año pasado. Después, nada.

Víctor se inclinó para mirar. Ahí estaba. La última firma de su padre. Era un garabato tembloroso, el trazo ocupaba dos renglones, mucho más grande de lo habitual. Ya estaba enfermo cuando hizo eso. Observó la firma. No hubo conmoción. No hubo un nudo en la garganta. Solo vio el cálculo frío de lo que faltaba. Faltaban balances, faltaban recibos, faltaban asientos contables.

—Yo cierro —dijo Víctor.

—Tiene que firmar como presidente interino. Hasta la asamblea.

—Firmo.

Agarró el bolígrafo otra vez. La mano le pesaba. La tinta azul marcó el papel rugoso del libro de actas. Martínez tomó un sello redondo de madera, lo mojó en la almohadilla y lo estampó al lado de la firma. El golpe seco contra el papel sonó definitivo. Víctor dejó el bolígrafo sobre la mesa y se frotó la muñeca.

—¿Listo?

—Falta certificar la firma bancaria —dijo Martínez, cerrando el libro—. Eso es en el banco, yo te doy el oficio ahora para que lo lleves. Pero acá, sí. Ya está.

Se quedó un segundo mirando el libro cerrado. Adentro, en las páginas anteriores, estaban los nombres de tipos que él conocía desde chico. Hombres de El Acre que habían puesto dinero de su bolsillo, que habían gritado goles colgados del alambrado, que se habían muerto de infartos o se habían mudado lejos. Ahora eran solo tinta negra en un libro que olía a humedad. Él era el siguiente en la lista.

El notario le extendió una carpeta marrón, abultada.

—Tome. Guardelo bien. Si pierdes esto, tenemos que hacer todo de nuevo y te cobro el doble de honorarios.

Agarró la carpeta. El peso era real, físico. Doscientos folios de estatutos, demandas laborales y convenios de pago. Se levantó. La silla de madera crujió, aliviada de perder el peso.

—Gracias, Martínez.

—Doctor Martínez —corrigió el notario. Ya estaba sacando otro expediente de una pila, sin mirarlo.

Víctor salió al pasillo. La gente en las sillas de plástico levantó la vista un segundo, con esa curiosidad vacía de las salas de espera, y volvió a bajarla. Caminó hasta el ascensor y apretó el botón. La luz del indicador no encendió, pero escuchó el motor arrancar en algún piso superior. Esperó. Pensó en que tenía que pasar por la ferretería antes de ir al estadio. La puerta del depósito de utilería no cerraba bien y no había plata para llamar a un cerrajero. Precintos plásticos. Eso era lo que necesitaba.

El ascensor tardó una eternidad. Cuando llegó a la planta baja, Víctor salió a la calle y el calor lo golpeó de frente. El sol de las dos de la tarde rebotaba en el asfalto y hacía doler los ojos. Nadie sabía que **Unión El Acre** tenía nuevo presidente. A nadie le importaba. El club era una mancha en el mapa del barrio, un lugar donde a veces había ruido los domingos.

Caminó las dos cuadras hasta donde había dejado el auto. Era un sedán gris con diez años de antigüedad y el paragolpes trasero atado con alambre dulce. Abrió la puerta y el calor acumulado en el habitáculo le cortó la respiración. Tiró la carpeta en el asiento del acompañante, sobre un bollo de papeles de estacionamiento viejo.

Se sentó y arrancó, puso primera y salió despacio.

El club estaba del otro lado, cruzando la vía del tren, donde el asfalto empezaba a romperse. Mientras esperaba en un semáforo, el teléfono volvió a vibrar en el asiento del acompañante. Víctor miró el tablero. La aguja de la bencina marcaba un cuarto de tanque. Miró la carpeta a su lado. Alguien había escrito “Sucesión / Regularización” con marcador negro y, debajo, la palabra “Urgente” en rojo, tachada con una línea simple.

El semáforo cambió a verde. Un taxi detrás de él tocó bocina al instante. Víctor aceleró sin prisa. Llegar al club significaba empezar a resolver problemas que no tenían solución, y no tenía ganas.

Llegó a la esquina del banco y estacionó en doble fila, con las luces de emergencia puestas. Bajó con el oficio que le había dado Martínez. El trámite fue rápido; la sucursal estaba vacía a esa hora. El oficial de cuentas, un tipo joven con cara de aburrido, lo conocía de verlo con su padre.

Miró el reflejo de los números en los anteojos del oficial.

—Acá está —dijo el empleado—. Tienes acceso a la cuenta corriente. Está en rojo, Víctor. Los intereses se están comiendo lo poco que entra.

—Ya sé.

—¿Vas a cubrir?

—Vamos a ver qué entra de la cuota social este mes. Y si la municipalidad paga el subsidio.

El oficial le entregó un ticket impreso.

—Suerte, Víctor. La vas a necesitar.

Salió del banco con el papel en la mano. La palabra “suerte” le sonaba a burla. Volvió al auto. Una multa de estacionamiento aleteaba bajo el limpiaparabrisas, sujetada por la goma reseca. La agarró, leyó el monto y la guardó en la guantera junto con otras dos. Otra deuda para la pila.

Manejó hacia el club. El paisaje urbano cambiaba a medida que se alejaba del centro comercial.

El estadio apareció de golpe entre dos galpones de logística. No era una visión imponente. Era una estructura de cemento gris, manchada de humedad negra que bajaba desde los bordes superiores como lágrimas sucias. Las tribunas eran bajas y las torres de iluminación, esqueletos metálicos que parecían oxidados desde lejos, se recortaban contra el cielo pálido.

El portón de acceso vehicular era de chapa ciega, pintado alguna vez de azul, ahora de un celeste lavandina. Víctor bajó del auto y buscó el manojo de llaves en el bolsillo. Eran muchas, un racimo de metal pesado que le deformaba la ropa. Buscó la llave del candado de la cadena. El mecanismo estaba duro. Tuvo que usar las dos manos y hacer palanca hasta que el arco cedió. El óxido le manchó los dedos de marrón. Empujó el portón. El chirrido fue largo, agudo, un lamento de metal contra metal que asustó a unas palomas en el techo.

Metió el auto en el playón de estacionamiento. Estaba vacío, una planicie de asfalto agrietado donde crecían yuyos en las juntas. Solo el auto del canchero, un Fiat destartalado, estaba parado al fondo, cerca del túnel de acceso al campo. Víctor apagó el motor. El silencio del lugar era distinto al de la escribanía. No era un silencio de papeles y aire acondicionado. Era un silencio de espacio abierto, de viento moviendo chapas sueltas, de abandono.

Se bajó con la carpeta bajo el brazo. Caminó hacia la entrada de la sede social, ubicada debajo de la tribuna local. Ahí estaba Cáceres. El intendente del club. Un hombre de sesenta años que vivía en una habitación debajo de la tribuna visitante desde que Víctor tenía uso de razón. Cáceres estaba barriendo una escalera de cemento que ya parecía limpia.

—Víctor —dijo Cáceres, deteniendo la escoba.

—Cáceres.

—¿Firmaste?

—Firmé.

Cáceres miró la carpeta marrón bajo el brazo de Víctor como si fuera un arma o un cheque.

—Vino el de la luz hoy temprano —dijo Cáceres, volviendo a apoyar el peso sobre el palo de la escoba—. Dijo que si no pagamos la semana que viene, cortan la fase de la cancha y los vestuarios. Nos dejan solo la de la sede y la bufetera.

—Mañana lo veo.

—Y se rompió la bomba de agua del vestuario visitante. Pierde por el sello. Inunda todo.

—Mañana, Cáceres. Ahora no puedo.

Víctor quiso seguir, subir la escalera hacia la oficina de presidencia, refugiarse un minuto. Pero Cáceres no se movió del primer escalón.

—Tu viejo siempre decía que esa bomba era mala. Que era china, que había que cambiarla por una nacional.

—Mi viejo se murió, Cáceres. La bomba también.

Cáceres lo miró fijo. Tenía los ojos cansados, la esclerótica amarillenta inyectada en sangre. No había compasión en su mirada, solo demanda.

—Esto no es una herencia, Víctor —dijo el viejo. Hizo un gesto con la cabeza que abarcó todo: las paredes descascaradas, la tribuna vacía, el pasto que se secaba al sol, la deuda de la luz—. Es una carga. Una responsabilidad.

Víctor se detuvo con el pie en el aire. La frase quedó flotando en el aire quieto de la tarde. No hubo música de fondo. No hubo revelación. Sonó a sentencia judicial, a condena firme. No respondió. No le dijo que tenía razón. No le explicó que “responsabilidad” era la única palabra que le impedía vender el predio a la cadena de supermercados que llamaba cada tres meses.

Simplemente asintió. Un movimiento corto, vertical. Subió la escalera pasando por el lado del intendente. Cáceres volvió a barrer. *Ras, ras, ras*. El sonido rítmico de la escoba de paja contra el cemento lo siguió hasta el primer piso.

El pasillo de administración estaba a oscuras. Víctor tanteó la pared buscando la tecla de luz, memoria muscular pura. La encontró, pero al apretarla no pasó nada. Quemada. O cortada. Caminó guiándose por la claridad que entraba a través de las puertas abiertas de las oficinas vacías.

Llegó a la oficina de presidencia al final del pasillo. La puerta de madera tenía una placa de bronce que decía “Presidencia”. Estaba floja, colgaba de un solo tornillo y estaba torcida hacia la derecha. Víctor metió la llave. La cerradura giró suave, lubricada. Era la única cosa que funcionaba bien en todo el edificio.

Entró.

El aire estaba viciado, denso. Olía a tabaco viejo, rancio, impregnado en las cortinas y en la alfombra, aunque su padre había dejado de fumar hacía una década. El olor persistía, metido en la madera de los muebles, en las paredes. Víctor dejó la carpeta sobre el escritorio y se dejó caer en el sillón principal. El cuero estaba gastado, lleno de grietas que dejaban ver la gomaespuma amarilla del interior.

El escritorio era un campo de batalla de objetos inútiles. Un cenicero de vidrio pesado; que ya no era transparente sino opaco; tres tazas de café con restos negros y secos en el fondo, criando moho.

Víctor abrió los cajones. El primero: lapiceras secas, clips oxidados, bandas elásticas que se deshacían al tocarlas. El segundo: papeles personales de su padre. Recetas médicas arrugadas, fotos de nietos que no eran hijos de Víctor, una carta documento sin abrir de hace dos años. El tercero: una botella de whisky barato por la mitad y dos vasos bajos sucios de polvo.

Cerró los cajones con un empujón suave.

Se levantó y fue hacia la ventana que daba a la cancha. Desde esa altura se dominaba el campo de juego. El pasto estaba alto en las áreas, salvaje, y quemado en el círculo central formando un manchón marrón. Los arcos estaban desnudos, sin redes. Un perro callejero cruzaba el área chica al trote, la lengua afuera, buscando sombra.

Apoyó la frente contra el vidrio. El cristal estaba caliente.

Ahí abajo, en ese rectángulo de tierra y hierba mal cuidada, mil tipos gritaban los domingos. Insultaban a los árbitros, lloraban por un descenso, se abrazaban con desconocidos por un gol agónico. Pedían sangre, pedían actitud. Desde la oficina cerrada no se escuchaba nada. Solo el zumbido constante, monótono, de una heladera vieja en algún lugar del pasillo.

Miró las llaves sobre el escritorio. Eran suyas ahora. Las llaves de la oficina, del portón oxidado, de la caja fuerte que seguramente estaba vacía, de los vestuarios inundados, de la sala de máquinas. Llaves de cosas que se rompían. Llaves de puertas que la gente quería derribar a patadas cuando el equipo perdía tres partidos seguidos.

Se sentó otra vez. Abrió la carpeta marrón y sacó el estatuto.

*“Artículo 1: La **Asociación Civil Club Social y Deportivo Unión El Acre** tiene por objeto…”*

Leyó las primeras líneas sin prestar atención al significado. Su trabajo no era leer el objeto social ni soñar con copas. Su trabajo era prosaico. Era conseguir que hubiera agua caliente mañana para que los jugadores se bañaran. Era negociar que el seguro no se cayera por falta de pago. Era juntar las monedas para que los sueldos de los tres empleados administrativos se pagaran, aunque fuera en cuotas semanales.

No ganar. No crecer. Aguantar. Evitar que el techo se viniera abajo. Poner parches sobre los parches. Atar con alambre lo que se soltaba.

Miró el reloj de pulsera. Las cinco de la tarde. Tenía que llamar al proveedor de las camisetas. Le debían la mitad de la facturación de la temporada pasada. Tenía que poner la cara. Sacó el celular y buscó el número en la agenda. “Cacho Indumentaria”. Apretó llamar.

—Hola, Cacho. Sí, habla Víctor. Burcea. Sí… Sí, ya sé que venció. Escuchame un momento. No te puedo pagar todo el total. Te puedo dar un cheque a treinta días por el treinta por ciento de la deuda. No, Cacho, no tengo más, es lo que hay en la cuenta. Si querés te doy eso y firmamos un plan por el resto; si no, tenés que esperar a que entre la plata de la Asociación. Bueno. Pase pasado mañana por la mañana.

Cortó la llamada.

Se levantó. Juntó los papeles y los metió en la caja fuerte empotrada en la pared, aunque no tenía la combinación para cerrarla. Solo empujó la puerta pesada de metal. Agarró las llaves.

Salió al pasillo. Caminó de vuelta hacia la salida. Sus pasos resonaban duros en el piso de baldosa calcárea. Pasó por la sala de trofeos, una vitrina larga en el corredor principal. Se detuvo un segundo.

Los vidrios estaban sucios, opacos por la grasa de los dedos. Las copas eran de chapa dorada, algunas abolladas, otras con las asas flojas. “Campeón 1984”. “Torneo Ascenso 1992”. “Copa Amistad”. Eran pedazos de metal barato.

Bajó la escalera. Cáceres ya no estaba. La escoba estaba guardada en un rincón, debajo del hueco de la escalera. El portón de entrada a la sede estaba entornado.

Víctor salió al playón. El aire estaba un poco más fresco, corría una brisa que levantaba tierra. Caminó hacia su auto. Antes de subir, se dio vuelta y miró hacia el edificio de la sede.

Era un bloque de cemento y ladrillo visto, recortado contra un cielo que se oscurecía rápidamente hacia el violeta. Víctor metió la mano en el bolsillo y sacó el manojo de llaves. Buscó la llave pequeña del tablero general que estaba en una caja estanca en la pared externa. Abrió la caja.

Bajó las llaves térmicas de las oficinas. *Clac. Clac.* Bajó la térmica del termotanque eléctrico. *Clac.*

Dudó.

Su dedo quedó suspendido sobre la tecla que controlaba la luz del hall de entrada y el cartel exterior. Si la apagaba, El Acre desaparecía en la oscuridad total. Se volvía un hueco negro en la mitad de la cuadra, invisible. Si la dejaba prendida, el medidor giraba. Era un costo. Mínimo, marginal, pero un costo al fin. Cada vatio contaba.

Víctor miró la luz amarilla, pobre, que salía por la puerta de vidrio del hall. Iluminaba apenas un metro cuadrado de vereda rota y atraía a unos insectos que golpeaban contra el cristal. No era una luz de esperanza. No era un faro para el barrio. Era una luz de seguridad, para que los niños de la esquina no barretearan la puerta tan fácil pensando que no había nadie.

Retiró el dedo. Cerró la tapa de la caja del tablero con llave. Dejó la luz prendida.

Subió al auto. El motor arrancó al segundo intento, fallando un poco. Puso marcha atrás, giró el volante y encaró hacia el portón de salida. Por el espejo retrovisor vio la luz amarilla, sola, resistiendo en medio de la masa oscura y silenciosa del club. Una luz titilante, sucia.

No sonrió. Puso primera y salió a la calle. El portón quedó abierto a sus espaldas. Tenía que bajarse a cerrarlo. Frenó el auto en la vereda. Suspiró, soltando el aire por la nariz. Abrió la puerta.

Bajó, caminó hasta el portón de chapa, arrastró la hoja pesada sobre el riel oxidado hasta que hizo tope contra el marco. Pasó la cadena por los agujeros, cerró el candado y tiró de él para chequear que hubiera trabado. Estaba firme. Se limpió el óxido de las manos en el pantalón de vestir.

Volvió al auto, puso el guiño y se fue, perdiéndose en el tráfico de la avenida. 


Este capítulo forma parte del primer arco de la novela. "Promesa de Domingo" escrita por Dante L. Silente

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Gracias por leer.

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