Promesa de Domingo - Capitulo 2
El aire en la habitación 408 estaba estancado. Era una atmósfera sólida, construida con capas superpuestas de desinfectante industrial, cera para pisos y el aroma dulzón de la comida hervida que se enfriaba sobre bandejas de plástico intocadas en el pasillo. No había ventilación cruzada. La ventana estaba sellada y el aire acondicionado central zumbaba con una vibración grave que hacía temblar levemente el vaso de agua sobre la mesa de luz.
Víctor Burcea miraba el suero. La bolsa de plástico transparente colgaba del parante metálico, atrapando la luz cruda de la tarde. El goteo era constante. Una gota se formaba, engordaba, cedía a la gravedad y caía. Pausa. Otra gota. Víctor contó los intervalos. Uno, dos, tres. Cae. Uno, dos, tres. Cae. Era un mecanismo simple, hidráulica básica aplicada para mantener un organismo funcionando un poco más de lo que la biología pretendía.
Su padre, Roberto Burcea, parecía haberse encogido. La cama articulada, con sus barandas de seguridad levantadas, lo hacía ver pequeño, casi infantil. La piel de los brazos colgaba flácida, plegándose sobre el cúbito y el radio como la manga de una camisa que le quedaba dos talles grande. Tenía manchas violáceas en el dorso de las manos, el rastro de vías intravenosas que habían fallado o se habían reventado. Tenía los ojos cerrados, pero la tensión en la mandíbula indicaba que no dormía. Su respiración era el único sonido que competía con el zumbido del aire: un rasguido húmedo en el pecho, un silbido roto que llenaba el silencio de la tarde.
El sol de las cuatro empezó a entrar en ángulo, golpeando justo sobre la almohada. Víctor se levantó de la silla para acomodar la persiana americana. Las lamas estaban torcidas.
—No la bajes —dijo Roberto.
La voz salió pastosa, como si tuviera arena en la garganta. Víctor se detuvo con la mano en la cinta de plástico gris.
—Te da en los ojos —dijo Víctor.
—déjala.
Víctor soltó la cinta. Las lamas golpearon contra el vidrio. Volvió a su lugar. La silla de cuerina negra soltó un suspiro de aire comprimido cuando dejó caer su peso sobre ella.
Miró su reloj de pulsera. Las agujas marcaban las cuatro y veinte. Tenía que volver al corralón. El camión de la ladrillera, un Scania viejo cargado con palets de ladrillos huecos del doce, llegaba a las cinco y media. El capataz se ponía nervioso con las descargas grandes si él no estaba ahí para controlar los remitos y verificar que no vinieran roturas escondidas en el medio de la estiba.
Roberto movió la mano derecha sobre la sábana blanca. Los dedos se curvaron, buscando algo en la textura del algodón. Víctor acercó su mano por instinto, pero el viejo corrigió la trayectoria. No buscaba contacto. Buscaba el vaso de plástico.
Víctor se levantó, tomó el vaso con agua tibia y le sostuvo la nuca. La cabeza de su padre pesaba, el pelo estaba grasiento. Le acercó el borde del vaso a los labios secos. Roberto bebió con avidez, tragando aire entre sorbos. Un hilo de agua se le escapó por la comisura de la boca y corrió hacia el cuello. Víctor tomó una servilleta de papel de la mesa y le secó la piel. Fue un gesto rápido, técnico, eficiente. Sin caricias. Solo limpieza.
Roberto tosió y volvió a dejar caer la cabeza en la almohada.
—¿Fuiste al club? —preguntó. La voz sonaba un poco más clara ahora.
—Ayer —respondió Víctor.
—¿Cómo está la cancha?
—Seca. La bomba no tira.
Roberto asintió levemente, como si confirmara un diagnóstico médico.
—Siempre jodió esa bomba —murmuró.
Cerró los ojos otra vez. La respiración volvió a su ritmo rasposo. Parecía que se había dormido, que la conversación se había agotado en ese intercambio sobre la presión hidráulica y el estado del césped. Víctor esperó un minuto. Luego, con movimientos lentos para no hacer ruido, agarró las llaves del auto que estaban sobre la mesa de luz.
—Víctor.
Se detuvo.
—¿Qué?
El viejo no abrió los ojos. Mantuvo los párpados cerrados, apretados, como si estuviera visualizando algo que no estaba en la habitación.
—Que no lo cierren.
La frase quedó flotando en el aire viciado. No fue un pedido dramático. No hubo un tono de súplica final. Lo dijo con la misma inflexión cotidiana con la que pedía que le alcanzaran el control remoto de la tele o que cerraran la puerta del patio porque entraba corriente. Era una instrucción doméstica.
—Nadie va a cerrar nada, papá. descanse —mintió Víctor.
Roberto abrió los ojos. El blanco estaba amarillento, sucio.
—No me mientas a mí, que yo sé los números mejor que vos —dijo, y la debilidad de su voz no ocultó la dureza—. Que no lo cierren, Víctor. Que no le pongan el candado. Eso nomás.
Víctor sostuvo la mirada un segundo. No respondió. No había promesa posible que no sonara falsa. Miró la hora de nuevo. El camión de ladrillos. La rutina del corralón.
—Nos vemos mañana —dijo Víctor.
Salió al pasillo. Caminó hacia los ascensores pisando las baldosas de granito pulido. El pedido de su padre se le pegó en la nuca, frío y molesto como el sudor que generaba el cambio de temperatura del aire acondicionado. "Que no lo cierren". No era una orden de salir campeones. No le pedía la gloria. Le pedía permanencia.
La realidad de la Asociación Civil Club Social y Deportivo Unión El Acre carecía de la asepsia del sanatorio. No había olor a lavandina ni superficies pulidas. El club olía a polvo asentado durante décadas, a humedad que subía por los cimientos y a papel viejo acumulado en estanterías metálicas.
Víctor ocupaba la cabecera de la mesa de reuniones. La madera estaba marcada por anillos de humedad de tazas calientes y rayones de bolígrafo. A su derecha estaba Tesler, el tesorero. Tesler era un hombre voluminoso, cuya respiración sonaba siempre forzada, un silbido asmático constante. Frente a él tenía un cuaderno espiralado, con las tapas manchadas de yerba mate y el anillado metálico deformado por el uso y la presión.
A la izquierda, de pie junto a la ventana, estaba Cáceres. El intendente miraba hacia la cancha vacía con las manos en los bolsillos de su pantalón de trabajo, con la postura de quien espera que aparezca algo que sabe que no va a llegar.
—No llegamos —dijo Tesler. Su voz sonó definitiva. Cerró el cuaderno de golpe.
Víctor extendió la mano y abrió el cuaderno. Recorrió las columnas con la vista. Tinta azul para los ingresos, tinta roja para los egresos. La columna roja era un bloque sólido, denso, que devoraba el margen de la hoja.
—¿Cuánto falta? —preguntó Víctor.
—Para el sueldo de las chicas de limpieza y la luz, faltan trescientos mil —recitó Tesler de memoria—. Para cubrir el descubierto del banco, otros quinientos. Y no conté el juicio de Fernandez.
—El juicio de Fernandez tiene sentencia firme —dijo Víctor.
Conocía el expediente de memoria. Fernandez. El "Pelado". Un lateral derecho limitado pero voluntarioso que había jugado seis partidos en la primera hacía cuatro años. Se había roto los ligamentos cruzados trabando una pelota en un pozo del área chica. El club, bajo la gestión anterior —la de su padre—, no tenía ART. Fernandez se operó en un hospital público, quedó mal, y demandó por relación de dependencia encubierta. Había ganado en todas las instancias.
—El abogado de Fernandez llamó hoy a la mañana —agregó Tesler, secándose la frente con un pañuelo de tela—. Quiere embargar la recaudación de la bufetera. O rematar el predio de la canchita de cinco de césped sintético.
El silencio cayó sobre la mesa. Se escuchaba el motor de la heladera vieja en el pasillo, vibrando contra el piso, y la respiración dificultosa de Tesler.
Cáceres se dio vuelta desde la ventana. La luz de la tarde le marcaba las arrugas profundas alrededor de la boca.
—Si vendemos la canchita de cinco, nos quedamos sin la escuelita de fútbol —dijo con voz ronca—. Es lo único que trae niños al club. Es lo único que mueve gente.
—Si no pagamos, nos rematan todo, Cáceres. La canchita, la sede y hasta los arcos —respondió Tesler sin mirarlo. Se frotó la cara con ambas manos, estirando la piel hacia abajo, deformando sus rasgos de cansancio—. Víctor, escúchame bien. Hay una oferta.
Víctor levantó la vista del cuaderno. Mantuvo el dedo índice sobre la cifra del descubierto bancario.
—¿De quién?
—Del sindicato de Camioneros.
Tesler soltó la bomba con naturalidad.
—Quieren el predio para hacer un camping y un centro recreativo para los afiliados. Se hacen cargo de la deuda, absorben el pasivo completo, pagan los juicios. Y nos dejan usar la sede social y el salón de fiestas por diez años en comodato.
Víctor se quedó inmóvil. Era lógico. Era impecable. Analizó la propuesta con la mente fría del encargado de depósito. Entrada: Cero deuda. Salida: El activo físico (las canchas, el predio). Balance final: Tranquilidad absoluta.
Podría firmar. Podría llamar al abogado del sindicato esa misma tarde, pedir los borradores del contrato, revisar las cláusulas, entregar las llaves. Se acabarían las llamadas a las tres de la mañana porque saltó la alarma o porque entraron a robar cables. Se acabarían las peleas con los proveedores de camisetas que reclamaban pagos atrasados. Se acabaría la vergüenza silenciosa de ver el pasto seco y las tribunas despintadas. Su padre ya no estaba para verlo. Estaba en una cama muriéndose. Roberto no iba a volver al club. Nadie le reprocharía nada a Víctor. La gente del barrio, los pocos socios que quedaban, dirían: "Y bueno, Burcea hizo lo que pudo, no se podía más". Se encogerían de hombros, comentarían la noticia dos días y seguirían con sus vidas.
—Es buena guita, Víctor —insistió Tesler, viendo que Víctor no reaccionaba—. Pagamos a Fernandez, le tapamos la boca al abogado, pagamos al banco, y nos sobra plata para pintar la sede y arreglar los baños. Quedamos como una sociedad de fomento prolija. Sin fútbol, pero sin quilombos.
Víctor miró la pared del fondo de la sala. Había una foto enmarcada, colgada torcida. Un equipo del año 82 posando antes de un partido. Los colores de la foto estaban desteñidos, virados al magenta por años de exposición al sol. Las caras de los jugadores eran manchas borrosas, irreconocibles. Nadie en esa mesa recordaba sus nombres.
Cerrar el fútbol. Convertir Unión El Acre en un salón de fiestas y una oficina administrativa para pagar impuestos y jugar a las cartas. Era la decisión sensata. Cualquier contador, cualquier abogado, se lo hubiera recomendado en cinco minutos de consulta.
—¿Y la categoría 2012? —preguntó Cáceres. Su pregunta sonó pequeña en la habitación.
—Se van a otro lado, Cáceres. Hay tres clubes más en la zona, el Juventud, el Porvenir... —respondió Tesler, impaciente—. No podemos sostener una estructura semiprofesional con ingresos de kiosco. Víctor, tienes que decidir. El abogado de Fernandez viene el lunes con el oficial de justicia para trabar el embargo.
Víctor se tocó el bolsillo de la camisa. Buscó el paquete de cigarrillos que no tenía. Había dejado el vicio hacía seis meses, pero el cuerpo tenía memoria; la mano subía sola buscando el consuelo del tabaco.
—¿Cuánto tiempo tenemos para contestar lo del sindicato? —preguntó.
—Quieren cerrar antes de fin de mes. Quieren empezar las obras en marzo.
Víctor volvió a bajar la vista al cuaderno de Tesler. Los números rojos no tenían ideología ni sentimientos. Eran hechos duros. La gravedad de la situación financiera era absoluta. El club estaba técnicamente quebrado. Sintió el peso en los trapecios. No era estrés mental, era una carga física real. Como cargar bolsas de cal bajo el sol. Cerrar era soltar la bolsa. Dejarla caer al piso. Sacudirse el polvo de las manos. Descansar.
—Dame los papeles del juicio de Fernandez —dijo Víctor.
Tesler resopló, frustrado. Abrió una carpeta amarilla de cartulina y sacó un fajo de hojas oficio abrochadas con ganchos oxidados.
—Acá está. Sentencia de cámara. No hay apelación que valga. Hay que poner la plata.
Víctor tomó el expediente. El papel era áspero. Leyó la carátula: Fernandez, Jorge c/ Asoc. Civil Club S. y D. Unión El Acre s/ Despido. Recordó el momento exacto. El grito seco en la cancha auxiliar. Fernandez tirado en el barro, agarrándose la rodilla. No había médico. Tuvieron que llamar a una ambulancia municipal que tardó cuarenta minutos. Víctor lo había visto desde el alambrado. El club lo había dejado tirado. Su padre lo había dejado tirado porque no había plata para la operación privada.
—No vamos a vender la canchita —dijo Víctor.
Su voz salió plana, sin inflexiones, casi aburrida.
Tesler se echó hacia atrás. La silla crujió peligrosamente bajo su peso.
—¿Y de dónde sacamos la plata, Víctor? ¿La pones tú de tu bolsillo? Porque yo no tengo un huevo, y la caja chica tiene telarañas.
—No sé. Pero no vendemos.
—Víctor, es una locura. Es un capricho. Estás actuando por culpa.
—No es capricho —dijo Víctor, mirando el expediente—. Es que si vendemos la canchita, cerramos la entrada de los niños. Y si no entran niños, en cinco años esto es un galpón vacío lleno de ratas.
—Ya es un galpón vacío —dijo Tesler, con brutalidad—. Solo que todavía no nos dimos cuenta.
Se levantó. La silla rasposa contra el piso. Caminó hasta la ventana. El vidrio estaba sucio por fuera, una capa de hollín y tierra. Desde allí vio la cancha grande. Vio los yuyos ganando terreno en los laterales, invadiendo la línea de cal. Vio la tribuna de madera tubular que la municipalidad había clausurado en el 2018 y que se pudría lentamente bajo la lluvia.
"Que no lo cierren".
No era una frase épica. No era "sálvame". Era "que siga estando". Era ocupar el espacio.
Aguantar el club no significaba arreglarlo mágicamente. No significaba dejarlo lindo ni pintar las paredes. Significaba que mañana, cuando Cáceres fuera a abrir el portón a las ocho, el candado se abriera. Que hubiera luz, aunque los tubos parpadearan. Que hubiera agua en las duchas, aunque saliera fría. Era una tarea mecánica. Repetitiva. Ingrata. Desgastante. Era mantener la estructura de pie contra la gravedad, el tiempo y la economía.
—Vamos a pedir una moratoria judicial —dijo Víctor sin darse vuelta, hablando contra el vidrio—. Y vamos a hablar con Fernandez. Personalmente. Sin abogados.
—El abogado de él no te va a dejar ni acercarte a cien metros —dijo Tesler.
—Voy a ir a la casa. Vive en los robles de atrás, ¿no?.
—Vivía. Creo que ahora está parando en lo de la suegra. Víctor, te vas a comprar un problema físico. El tipo está enojado, y con razón.
—Ya tenemos el problema, Tesler. El problema ya lo compramos cuando mi viejo no le pagó la operación hace cuatro años. Ahora hay que administrarlo.
Se dio vuelta y miró a los dos hombres. Tesler negaba con la cabeza, derrotado por la irracionalidad de la decisión. Cáceres tenía la mirada fija en la punta de sus zapatos de seguridad gastados. Ninguno de los dos creía que fuera posible salir de esa. Víctor tampoco estaba seguro. No tenía un as bajo la manga. Pero la alternativa —vender, cerrar, convertir el club en un anexo recreativo del sindicato— le generaba una resistencia física, un rechazo ácido en la boca del estómago.
—Haz el plan de pagos para la luz —le ordenó a Tesler—. Lo mínimo indispensable para que no corten el suministro. Yo me encargo de buscar a Fernandez.
—Es estirar la agonía, Víctor. Nada más que eso.
—Sí. Es estirar.
Tesler juntó sus cosas con movimientos lentos. Metió el cuaderno espiralado en un maletín de cuero gastado que pedía cambio. Se levantó con esfuerzo, apoyando las manos abiertas en la mesa para impulsarse.
—Yo hago los números y presento el plan. Pero te aviso: esto explota. En marzo o en abril, pero explota seguro.
—Que explote en abril —dijo Víctor—. Ganamos dos meses.
Tesler salió de la oficina arrastrando los pies, refunfuñando. Cáceres se quedó un momento más, indeciso.
—¿Necesitas algo, Víctor?.
—Anda a ver la bomba, Cáceres. Fíjate si se puede atar con alambre, ponle precintos, lo que sea hasta que juntemos para el repuesto.
Cáceres asintió y salió en silencio.
Víctor se quedó solo en la sala de reuniones. El silencio del edificio volvió a cerrarse sobre él, pesado. Miró la pizarra blanca con el esquema táctico borroneado. No se sentía un héroe. No había música. No sentía una energía renovada recorriéndole el cuerpo ni la adrenalina de la batalla. Sentía que se había metido voluntariamente en un túnel que se iba haciendo cada vez más angosto y oscuro. Había rechazado la salida fácil. Había elegido el desgaste.
Se sentó de nuevo en la cabecera. La silla estaba tibia. Abrió la carpeta del juicio de Fernandez otra vez. Buscó la fecha exacta de la ejecución de la sentencia, el día fatal. Los términos legales eran duros, sin poesía. "Embargo preventivo". "Ejecución forzosa". El sistema judicial no entendía de barrios, ni de legados, ni de intenciones. Entendía de plazos hábiles.
Se estiró y sacó una libreta chica que llevaba en el bolsillo trasero del pantalón. Era una libreta de almacenero, de hojas cuadriculadas baratas, con las puntas dobladas. Buscó una página en blanco. Sacó un bolígrafo del bolsillo de la camisa. Escribió una fecha.
20 de marzo.
Era el día límite que figuraba en el expediente para evitar el remate de los bienes. Tenía cincuenta y cuatro días. Cincuenta y cuatro días para conseguir una cantidad de plata que el club no generaba en un año entero de cuotas sociales y buffet. O para convencer a un hombre roto, al que habían estafado y humillado, de que no los destruyera por completo.
Subrayó la fecha. El trazo fue fuerte. El bolígrafo marcó el papel, dejó un surco en la hoja de abajo, casi rompiendo la fibra. Se quedó mirando los números. 20 de marzo. El papel parecía pesar más ahora. Tenía gravedad propia.
Víctor cerró la libreta y la guardó en el bolsillo trasero. Al sentarse de nuevo, sintió el rectángulo rígido contra la nalga. Una molestia física. Un cuerpo extraño. Un recordatorio constante que iba a llevar pegado al cuerpo a partir de ese momento.
Se levantó y apagó la luz de la sala de reuniones.
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