El puño del otro mundo - Capitulo 2: La Llegada


El castillo se sacudió con la noticia como se sacude un paño para quitarle el polvo. Las banderas se alzaron contra un cielo que amenazaba tormenta, las antorchas se multiplicaron en hileras de fuego nervioso por los pasillos y el heraldo dio la voz que pone en movimiento la maquinaria pesada de los hombres. Desde la sala del monarca, protegida por muros de piedra que habían visto pasar siglos, llegaron órdenes breves y secas: formar columnas, abrir la barbacana y enviar refuerzos inmediatos hacia la costa. No había tiempo para oraciones ni para despedidas; el aire pesaba con la urgencia del hierro y la necesidad de contener lo que fuera que había desembarcado.

Las filas se prepararon con la mecánica del deber y el miedo. Cabalgaban jinetes cuyos caballos piafaban ante el olor a lluvia, avanzaban piqueros en bloques compactos y, junto a ellos, hombres de infantería que habían aprendido a sostener una lanza simplemente porque era lo que la comunidad exigía de ellos en tiempos de crisis. Entre la escolta marchaba Luke, cuya experiencia en combate apenas superaba la rutina tediosa de los turnos nocturnos en la muralla. El casco le rozaba la frente con un frío persistente, la lluvia golpeaba con fuerza su nuca y el peso de la lanza en su mano derecha se volvía un recordatorio doloroso de que era preciso acudir a un encuentro para el que no se sentía listo. No llevaba sueños de gloria ni canciones en el pecho; arrastraba la obediencia que le habían grabado a fuego.

La villa apareció sumergida entre humos densos y gritos que el viento cortaba de tajo. Allí estaba la criatura: erguida en el centro de la plaza, inmensa, con una estatura de casi tres metros que hacía que las casas parecieran construcciones de juguete. Era una masa de músculo y furia que doblaba las proporciones humanas y que ostentaba marcas brillantes, cicatrices encendidas que seguían chisporroteando en su piel como si la herida original se negara a cerrarse. Cada paso del coloso hacía vibrar los tablones de los carros y las vigas de los hogares cercanos; cada vez que su mirada recorría el lugar, desencadenaba un pánico ciego. Las gentes huyan con la lógica animal de quien protege la prole y la casa por encima de cualquier posesión. Luke sintió que el mundo se encogía, apretó la madera de su lanza hasta que los nudillos le dolieron, pero no avanzó un solo paso; su lugar fue quedarse allí, inmóvil, mirando y temblando mientras el desastre se desplegaba ante sus ojos.

El choque fue atroz y carente de elegancia. Las primeras filas intentaron las maniobras conocidas: taponar el avance, clavar lanzas en el suelo y contener la marea de carne que se les venía encima. Fue inútil. El aire se llenó del ruido de la madera astillada y el metal doblado bajo un peso imposible. La criatura no jugaba según las reglas de la guerra humana; partía las filas enemigas, aplastaba los escudos como si fueran de papel y rompía las formaciones con la facilidad con que se quiebra una rama seca bajo el pie. Sus manos, enormes y cargadas de una potencia destructiva, atrapaban y despedazaban con la naturalidad eficiente de un depredador que no conoce la fatiga. Donde tocaba, dejaba una huella que no hablaba de conciencia ni de honor, sino de un apetito voraz por la ruptura. No se trataba de un monstruo surgido del azar; era un ser diseñado para la fuerza absoluta, y eso quedaba claro en cada arremetida que transformaba a hombres armados en despojos.

El proyectado llegó sin teatralidad, con pasos que no se apresuraron pero que cortaban la plaza con la precisión de un vector directo a su cometido. No se detuvo ante el horror; su mirada no buscaba el drama de los heridos. No veía en el grandote un desafío intelectual desconocido, pues sabía, sin necesidad de un examen exhaustivo, cómo estaba constituida aquella masa de músculo. Lo que le importaba era lo que la criatura amenazaba con destruir: las construcciones, las huellas de trabajo humano, los instrumentos y las trazas de una vida organizada que el caos estaba borrando. Su interés era cultural, etnográfico y estratégico; mientras la sangre corría por los adoquines, su mente ya trazaba inventarios de prioridades científicas.

Tenía dos máquinas preparadas, complementarias pero separadas en su propósito: una jaula de campo, que era una red de energía encargada de definir un volumen y negar cualquier movimiento, y un antigravitador capaz de desplazar masa con una exactitud quirúrgica. La primera tenía la función de contener; la segunda, la de ocultar y preservar la evidencia. No eran trucos de magia, sino herramientas frías de contención tecnológica. Despachó la jaula primero, que se desplegó con una cascada de luz azul, trazando una malla geométrica en el aire que cayó alrededor del coloso con un sonido similar al de cuerdas de acero bajo una tensión extrema.

La red no buscaba herir la piel ni cercenar los huesos; su función era interferir directamente con la señal que los músculos necesitaban para coordinar cualquier esfuerzo. Al contacto con la luz, la carne que antes respondía a la voluntad pura del gigante empezó a fallar sistemáticamente. El grandote pateó y maldijo, lanzando gruñidos cavernosos que parecían venir de las entrañas de la tierra, azotando la barrera azul con la misma furia con la que había arrancado puertas de cuajo. La plaza se llenó de un zumbido de energía que contenía y, a la vez, obligaba a medir el gasto: la máquina consumía recursos, y ese consumo tenía un precio en tiempo que el proyectado no podía ignorar.

Durante algunos minutos que se estiraron como horas para quienes observaban desde el terror, la jaula sostuvo al gigante. La bestia golpeó los límites invisibles, intentó tensar sus fibras al límite y buscó con desesperación un punto de quiebre en la malla de luz. Cada descarga de su esfuerzo se devolvía en forma de vibración, y mientras la jaula registraba la resistencia, el proyectado anotaba cada variable con frialdad. Esos minutos fueron oro para quien necesitaba testigos de una cultura que, hasta ese momento, había parecido inexistente; la jaula permitió que el científico mandara microdrones entre las casas destruidas para registrar planos, tomar muestras de barro y recuperar fragmentos de cerámica con retazos de cuerda reconocibles. Eran piezas fundamentales para armar un mapa de una sociedad que la violencia bruta amenazaba con borrar para siempre.

Pero la fuerza bruta del coloso no aceptaba una cárcel por mucho tiempo. La malla, aunque diseñada para anular impulsos neuronales, empezó a ceder ante la presión física de una musculatura que parecía ignorar las leyes de la fatiga. El proyectado observó los índices en su panel: la red estaba al límite, sus filamentos de energía vibrando en un tono crítico que presagiaba una ruptura inminente. El grandote, en un estallido de furia ciega, logró liberar un brazo y parte del torso, desgarrando los vectores de luz con un chirrido que heló la sangre de los presentes. No se liberó del todo; la red seguía enredada en sus piernas y su espalda, chisporroteando contra su piel, pero su libertad parcial era suficiente para retomar la carnicería. Con un movimiento pesado, empezó a arrastrar la jaula todavía activa, convirtiéndose en una bestia encadenada pero imparable que amenazaba con demoler lo que quedaba de la plaza.

El proyectado comprendió que la red no aguantaría un segundo embate. Sin mostrar un ápice de duda, activó la segunda unidad: un generador de gravedad de alta frecuencia. Esta máquina no buscaba desplazar objetos, sino alterar el campo de atracción en un punto focalizado. Con un zumbido que distorsionó el aire y provocó náuseas en los aldeanos cercanos, el dispositivo comenzó a ejercer una presión colosal sobre el entorno.

Luke vio cómo la realidad se deformaba. El suelo no fue levantado por cables invisibles; la tierra, las losas y los escombros de las casas colindantes fueron arrastrados hacia el centro de la plaza como si el corazón de la tierra hubiera decidido succionarlos. El proyectado manipuló los vectores de fuerza para colapsar la ladera de la colina cercana directamente sobre la criatura. Fue un acto de violencia geográfica: una montaña de roca y barro se precipitó literalmente encima del coloso, quien, todavía enredado en los restos de la red azul, solo pudo lanzar un último rugido antes de quedar sepultado bajo toneladas de masa compactada por una gravedad artificial e implacable.

La secuencia quedó marcada por un contraste nítido: la primera herramienta había sido la mentira necesaria de la contención temporal, mientras que la segunda representaba la verdad de la conservación por ocultamiento. Bajo la colina, la red seguía chisporroteando, con su energía comprimida por la presión masiva de la tierra. La masa añadida no sustituía la función de la jaula, pero prolongaba su eficacia al dificultar el movimiento del sujeto; no eternizaba la captura, pero triplicaba los minutos que la red podía sostenerse antes de agotarse. El proyectado calculó mentalmente el margen que compraría esa maniobra: tiempo suficiente para retirar lo esencial, enviar los datos y desaparecer antes de que la energía flaquease de nuevo.

En toda esa coreografía de fuerzas imposibles, Luke fue un testigo inmóvil. No se acercó a ayudar ni a huir, pues el terror le había cerrado la garganta y le había clavado los pies al suelo embarrado. Vio la luz azul, vio la tierra elevarse y caer, y en su mente sencilla creyó estar presenciando prodigios y milagros fuera de su comprensión. No intentó tocar la colina ni soñó con acercarse a la red que chisporroteaba bajo el peso del suelo; su instinto de supervivencia ganó cualquier asomo de curiosidad. Esa distancia física le evitó ser alcanzado por la mano directa de quien observaba el desastre sin un gramo de piedad.

El proyectado reconoció la figura de Luke desde el borde del desastre, observándolo como quien mira una pieza pequeña en una mesa de trabajo. No lo consideró un aliado ni una amenaza; lo entendió simplemente como una entidad viva cuyos impulsos biológicos podían ser medidos y analizados. Pensó en él como un animal que podría resultar útil para lo que estaba por venir, aunque no actuó sobre esa utilidad en ese momento. Recoger las muestras y preservar la arquitectura de la villa era su prioridad absoluta; para él, el humano intacto era un dato más, no un interlocutor válido. Esa distinción radical era parte de su amoralidad técnica: el hombre delgado no poseía la compasión que otros llamarían humanidad, solo poseía un frío cálculo orientado a resultados.

Con la montaña de tierra cubriéndolo todo, la plaza quedó sumergida en un silencio tenso, apenas punteado por el chisporroteo eléctrico que se filtraba bajo las piedras. El proyectado completó su inventario final: fotografías, texturas, anotaciones de tiempo y reacciones del sujeto ante la presión. En sus manos, la evidencia se convirtió en paquetes sellados y listos para ser enviados hacia la voz lejana que dictaba sus órdenes. Sabía que la jaula era temporal y que la montaña no bastaría para contener al gigante para siempre, pero también sabía que había comprado el margen exacto que su remitente exigiría de él. Había ganado tiempo para los artefactos, para los informes y para preparar su propia salida del lugar.

Cuando cerró su equipo y comenzó a apartarse hacia la línea de árboles para establecer la comunicación final, lanzó una mirada breve hacia la colina de tierra. Luke todavía estaba allí, empapado por la lluvia y temblando de forma incontrolable, mirando la tierra removida como quien contempla un misterio sagrado que no logra descifrar. Algo en la evaluación del proyectado se fijó en esa figura: lo vio como una posibilidad, una variable, un sujeto experimental. No fue por afecto, sino por un interés puramente metodológico. Decidió que aquel muchacho era un dato que, más adelante, merecería una consideración más profunda.

La noche se cerró sobre la escena con viento y olor a humo. La montaña ocultaba lo ocurrido, la jaula seguía consumiendo sus últimos voltios y la villa respiraba entre las ruinas de lo que había sido un hogar. En el castillo, los hombres hablarían durante años de milagros y de magos oscuros; afuera, la evidencia real descansaba protegida por dos máquinas y por un hombre sin piedad moral, esperando ser extraída de la tierra. En algún lugar, otra voz esperaría el informe detallado, porque en ese mundo ya no bastaba con romper o conquistar: era preciso medir con exactitud lo que quedaba tras la carnicería.

Este capítulo forma parte del primer arco de la novela. "El puño del otro mundo"

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