Go Live o Muere! - Capitulo 4

La sala de reuniones del Ministerio olía a humedad estancada y a cera para pisos barata, una combinación olfativa que Andrés empezaba a asociar automáticamente con la desesperanza administrativa. Las sillas, tapizadas en una tela que alguna vez fue naranja y ahora lucía un tono indefinido de suciedad acumulada, estaban dispuestas alrededor de una mesa ovalada que tenía una pata más corta que las otras. Cada vez que alguien apoyaba los codos, la madera crujía con un quejido agudo que resonaba en las paredes desnudas.

Andrés se acomodó en el extremo más alejado de la puerta, intentando que su laptop corporativa, esa máquina pesada que tardaba quince minutos en arrancar, no ocupara demasiado espacio. A su lado, Tito mantenía los brazos cruzados sobre el pecho, con la mirada fija en una mancha de humedad del techo. El líder técnico del equipo Backend Batch emanaba una tensión estática que erizaba la piel de quienes estaban cerca.

—Si empieza a hablar de "sinergia", me avisan para ir al baño a vomitar —susurró Joaquín, quien se había sentado al otro lado de Andrés con su habitual máscara de corrección corporativa.

Frente a ellos, el equipo de Online, liderado por Renata Espinosa, ocupaba las sillas que parecían tener mejor integridad estructural. Renata revisaba su teléfono de última generación con una intensidad que sugería que el destino del universo dependía de un grupo de WhatsApp. No miró a Andrés ni una sola vez; para ella, el estudiante seguía siendo una pieza de mobiliario que había despachado al sótano días atrás.

La puerta se abrió de golpe. El aire se volvió repentinamente denso.

Genoveva Arteaga entró con la fuerza de un rompehielos soviético. Su presencia física llenó el espacio reducido de la sala. Llevaba una carpeta de cuero bajo el brazo y caminaba con una determinación que hacía vibrar el suelo de parquet flotante. La Lead Business Analyst de la multinacional no saludó; simplemente llegó a la cabecera de la mesa y soltó la carpeta con un golpe seco.

—Buenas tardes. Vamos a alinearnos porque el tiempo es dinero y aquí estamos perdiendo ambos —dijo Genoveva con un tono condescendiente, como si explicara la teoría de la relatividad a un grupo de preescolares.

Renata levantó la vista del celular y sonrió con esa complicidad selectiva que reservaba para la gente que consideraba de su nivel.

—Geno, querida. Estamos listos cuando tú digas. Mi equipo de Web ya tiene los ambientes preparados, aunque no sé si los chicos del sótano... —Renata dejó la frase en el aire, haciendo un gesto vago hacia Tito y su grupo.

Tito no parpadeó. Andrés vio cómo los nudillos de su jefe se ponían blancos.

Genoveva ignoró el comentario y se dirigió a la pizarra blanca que colgaba de una de las paredes laterales. Sacó un plumón de su bolsillo con un movimiento teatral.

—El problema de este proyecto es que ustedes no entienden el flujo —sentenció Genoveva, destapando el marcador—. Ustedes ven código, ven archivos, ven problemas. Yo veo la solución. Yo veo el diagrama.

Comenzó a dibujar. Sus trazos eran agresivos. Dibujó tres cajas rectangulares, dos cilindros que debían representar bases de datos y una serie de flechas que se cruzaban entre sí formando un laberinto incomprensible. Andrés entrecerró los ojos. Según el dibujo, el sistema debía procesar la información del usuario, validarla en la nube y devolver un resultado certificado, todo sin pasar por ningún servidor de validación lógica.

—Aquí —Genoveva golpeó la pizarra con la punta del plumón, dejando un punto negro grueso— es donde entra el Batch. Ustedes reciben la data limpia de Web.

—La data nunca llega limpia, Genoveva —interrumpió Tito. Su voz sonó ronca, pero controlada.

La "Camión", como Tito la había bautizado en privado debido a su capacidad para atropellar cualquier argumento lógico, se giró lentamente.

—Héctor —dijo ella, usando el nombre real de Tito con una formalidad venenosa—, si la data no llega limpia, es porque tus procedimientos de ingesta no están alineados con la definición del diccionario de datos que envié hace tres meses. El diagrama es claro.

—El diagrama es un dibujo, la base de datos es la realidad —respondió Tito, manteniendo la calma—. Si Web nos manda caracteres especiales en el campo del apellido, el proceso nocturno se cae. Eso no es "falta de alineación", es un error de validación de entrada.

Genoveva soltó una risa breve, carente de humor.

—Eso es exactamente lo que me preocupa. Esa actitud defensiva. Ustedes siempre buscan el "bug" en lugar de buscar el éxito. Si el sistema explota, no es porque el diagrama esté mal, es porque ustedes no saben probar el escenario feliz.

Andrés miró el dibujo en la pizarra. Una de las flechas apuntaba desde una nube llamada "Internet" directamente hacia una caja llamada "Pago", saltándose cinco pasos de seguridad obligatorios por la ley del Ministerio. Intentó levantar la mano, pero Joaquín le dio un pisotón discreto bajo la mesa.

—No lo hagas, Pasante con Fe —susurró Joaquín sin mover los labios—. No atraigas su atención.

Genoveva continuó su monólogo. Hablaba de "sinergia transaccional", de "holismo digital" y de "experiencia de usuario fluida". Mientras hablaba, intentó borrar una línea que había dibujado mal. Pasó el borrador de felpa sobre la pizarra. La línea negra permaneció intacta. Genoveva frotó con más fuerza. La tinta no cedía.

El plumón era permanente.

Un silencio incómodo se instaló en la sala. Genoveva miró el borrador, luego la pizarra y finalmente al grupo. Su rostro se enrojeció ligeramente, pero recuperó la compostura en un segundo.

—Como ven, este flujo es... inamovible —dijo, intentando convertir el error en una metáfora de gestión—. Así de sólidos deben ser nuestros compromisos.

Shrek, sentado dos sillas más allá de Andrés, soltó un bufido que disimuló tosiendo sobre su puño. Maximiliano miraba a Genoveva con el mismo desprecio que dedicaba a la mochila de Andrés, pero esta vez mezclado con el miedo a la autoridad de la multinacional.

—Ahora, hablemos de los plazos —dijo Genoveva, dándole la espalda al diagrama imborrable—. La gerencia está nerviosa. Don Genaro está preguntando por los avances. Necesitamos mostrar resultados.

En ese momento, la puerta de la sala se abrió nuevamente. Una cabeza se asomó con timidez. Era Ramón, del equipo de Online.

Ramón sonrió a todos, ajeno a la tensión nuclear que se respiraba en el ambiente. Sostenía un vaso de café en la mano y parecía haber entrado a la sala equivocada, o quizás simplemente buscaba refugio del aburrimiento.

—B-b-buenas tardes —dijo Ramón. Su tartamudez alargó el saludo varios segundos—. ¿E-e-está muy o-ocupada la s-s-sala?

Genoveva, que estaba a punto de lanzar una nueva diatriba sobre la responsabilidad, se detuvo. Ramón tenía ese efecto extraño en la gente; su carisma involuntario desarmaba las defensas.

—Estamos en reunión, Ramón —dijo Renata, pero su tono no fue de regaño, sino casi maternal.

Ramón asintió y dio un paso hacia adentro, como si la respuesta hubiera sido una invitación.

—S-s-solo venía a c-c-contarles algo que me p-p-pasó con el g-g-guardia —empezó Ramón. Nadie lo detuvo. Era imposible detenerlo. Su ritmo al hablar era hipnótico, una mezcla de suspenso y comedia involuntaria.

Genoveva cruzó los brazos, esperando que el intruso se fuera, pero Ramón ya había iniciado la anécdota.

—Resulta que le d-d-dije "H-hola" y él me d-d-dijo... —Ramón hizo una pausa dramática, luchando contra la sílaba— ...me d-d-dijo que no p-p-podía p-p-pasar porque no traía la c-c-credencial. Y yo le d-d-dije...

Andrés miró el reloj. Habían pasado dos minutos y Ramón seguía en el vestíbulo de su propia historia. Miró a Tito. El líder del Batch tenía los ojos cerrados, disfrutando del sabotaje temporal. Cualquier cosa que retrasara a la "Camión" era una victoria táctica.

—...entonces el p-p-perro del g-g-guardia me m-m-miró y... —continuó Ramón, gesticulando con el vaso de café.

Genoveva suspiró, pero una pequeña sonrisa se dibujó en la comisura de sus labios. Ramón tenía esa magia. Podía hacer que los gerentes más despiadados olvidaran por un instante que el software era un desastre. La anécdota, que en boca de cualquier otro habría durado treinta segundos, se extendió hasta los cinco minutos. Cuando Ramón finalmente llegó al remate —un malentendido sobre un sándwich de jamón—, Genoveva soltó una carcajada real.

—Eres terrible, Ramón —dijo la Camión, secándose una lágrima de risa—. Ya, vete a trabajar, que nos distraes.

Ramón hizo una reverencia cómica y salió de la sala, cerrando la puerta con suavidad. El ambiente se sintió más ligero por un instante. Andrés pensó que quizás la reunión terminaría ahí, que la risa había humanizado a la bestia corporativa.

Grave error.

Genoveva se giró hacia la mesa. La sonrisa desapareció de su rostro tan rápido como había llegado, reemplazada por la máscara de eficiencia brutal. Miró su reloj y luego clavó sus ojos en Tito.

—Bueno, la pausa estuvo simpática, pero volvamos a la realidad —dijo ella, recuperando su postura de ataque—. El diagrama en la pizarra es la ley. Y como ya tenemos el flujo definido y aprobado por mí misma en el documento que les mandé y que seguro no leyeron...

Hizo una pausa dramática. Renata asentía vigorosamente, aunque Andrés sabía que ella tampoco había leído el documento.

—...he decidido que no podemos seguir esperando a que Desarrollo termine de escribir cada línea de código para empezar a certificar —continuó Genoveva.

Tito abrió los ojos.

—Genoveva, el módulo de pagos ni siquiera conecta con la base de datos. Si intentamos correr una prueba ahora, nos va a dar error de conexión —dijo Tito.

—Eso es un detalle técnico, Héctor —respondió ella, agitando la mano como si espantara una mosca—. El alcance funcional está definido.

Andrés sintió un frío en el estómago. Sabía lo que venía. Había escuchado rumores en los pasillos, pero no quería creer que fuera posible. Miró a sus compañeros. Matías había dejado de escuchar y miraba un punto fijo en la pared, probablemente calculando las probabilidades de la carrera de las cuatro de la tarde. Shrek limpiaba una mota de polvo invisible de su manga.

—El cliente no puede esperar más —declaró Genoveva. Apoyó ambas manos sobre la mesa y se inclinó hacia adelante, invadiendo el espacio vital del equipo Batch—. Así que he tomado una decisión ejecutiva.

Renata sacó una libreta y un lápiz, lista para anotar la orden, validando su rol de seguidora fiel.

—El primer ciclo de certificación empieza mañana a las ocho de la mañana —anunció La Camión.

Un murmullo recorrió el lado de la mesa donde se sentaba el equipo del sótano.

—Pero el desarrollo no está terminado —insistió Tito, esta vez con un tono más duro—. No hay nada que probar. Vamos a estar reportando que la página está en blanco.

—Entonces reporten eso —dijo Genoveva con una sonrisa triunfal—. Abran los incidentes. Llenen la planilla de defectos. Quiero ver métricas. Si el sistema falla, quiero que esté documentado que falló porque Desarrollo no entregó, pero QA debe estar ahí, sentado, probando lo que haya.

—Es absurdo —se le escapó a Andrés.

Las cabezas se giraron hacia él. Genoveva lo miró como si acabara de notar que había un insecto en la sala.

—¿Perdón? —dijo ella.

Andrés sintió el calor subirle al cuello. Tito se movió ligeramente, interponiendo su hombro entre Andrés y la mirada de la analista, un escudo humano automático.

—Andrés se refiere a que será un uso ineficiente de los recursos —intervino Tito, traduciendo el exabrupto del pasante a lenguaje corporativo—. Pero si esa es la instrucción, estaremos ahí.

Genoveva asintió, satisfecha con la sumisión aparente.

—Exacto. Ineficiente sería no hacer nada. Mañana quiero ver al equipo completo ejecutando los casos de prueba del diagrama. Y recuerden... —señaló el dibujo imborrable en la pizarra, con sus líneas chuecas y sus cajas imposibles— ...si el sistema no hace lo que dice el dibujo, es un defecto de ustedes. El papel no se equivoca.

Recogió su carpeta de cuero, dio media vuelta y salió de la sala con el mismo ímpetu con el que había entrado, dejando tras de sí un aroma a perfume caro que luchaba contra el olor a cera vieja del Ministerio. Renata salió detrás de ella, tecleando furiosamente en su celular, probablemente avisando al hijo del dueño que la reunión había sido un "éxito de gestión".

La puerta se cerró. El equipo Batch se quedó en silencio. El diagrama permanente en la pizarra parecía burlarse de ellos.

Fernando se estiró en su silla, rompiendo la inmovilidad.

—Bueno, cabros —dijo Fernando, con esa calma del que ya ha visto todo—. Mañana empieza el show. Yo voy a ir pidiendo hora al médico, me tinca que me voy a enfermar de algo contagioso tipo "alergia al trabajo inútil".

Tito se quitó los anteojos y se frotó el puente de la nariz. Parecía haber envejecido cinco años en los últimos veinte minutos.

—Nadie se enferma, Fernando —dijo Tito, volviéndose hacia su equipo—. Mañana venimos todos. Y traigan café, del de verdad. Lo vamos a necesitar.

Andrés miró su cuaderno de notas, donde había escrito "Primer Ciclo" y un signo de interrogación gigante. Miró la frase “Primer Ciclo” y la dejó encerrada en un círculo torcido. Mañana tendrían que abrir casos de prueba sobre una pantalla en blanco. El diagrama seguía ahí, intacto.

Joaquín le dio una palmada en la espalda a Andrés, sacándolo de su estupor.

—Bienvenido a las ligas mayores, Pasante con Fe —dijo Joaquín con una sonrisa torcida—. Prepara el Excel, que mañana nos dedicamos a la literatura fantástica.

Andrés cerró su laptop. El sonido del plástico chocando resonó en la sala vacía de sentido. Se levantó, cargó su mochila humilde al hombro y siguió a Tito hacia la salida, de vuelta al sótano, donde los servidores seguían zumbando como si nada hubiera pasado.


Este capítulo forma parte del primer arco de la novela. "Go Live o Muere!" escrita por Dante L. Silente

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Gracias por leer.

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