Go Live o Muere! - Capitulo 10

El reloj del sistema operativo en la esquina inferior derecha del monitor marcaba las 05:14 AM. Para Andrés, ese número no representaba una hora del día, sino una coordenada de ubicación en un infierno de concreto y estática. El sótano del Ministerio, que habitualmente tenía la atmósfera de una bodega olvidada, se había transformado tras veinte horas continuas de trabajo en un refugio post-apocalíptico.

Cajas de pizza vacías, manchadas de grasa transparente, se apilaban en una torre inestable cerca de la puerta. Los cables de red, habitualmente ordenados por las bridas plásticas que Tito imponía con rigor militar, ahora colgaban de los racks y se arrastraban por el suelo como serpientes muertas, enredándose en las patas de las sillas y en los tobillos de los programadores. El zumbido de los servidores, esos ventiladores industriales que luchaban por disipar el calor de procesos mal optimizados, se había convertido en un taladro constante que vibraba en los dientes de Andrés.

Andrés parpadeó, intentando hidratar unos ojos que se sentían como si estuvieran llenos de arena. Miró sus manos sobre el teclado. Temblaban levemente, un espasmo involuntario producto de la cafeína barata y la tensión muscular sostenida. Llevaba puesta la misma ropa que el día anterior, y la polera corporativa de Robot Software House se le pegaba a la espalda con una incomodidad húmeda.

A su lado, Maximiliano, alias Shrek, emitía un gemido bajo, casi un sollozo.

—Se acabó —susurró Shrek, sacudiendo un termo metálico boca abajo sobre su taza de loza. Solo cayó una gota oscura y fría.

Andrés giró la cabeza lentamente, cuidando que su cuello no crujiera demasiado fuerte.

—Queda agua en el bidón del pasillo —dijo Andrés, con la voz rasposa.

Shrek dejó caer el termo sobre el escritorio con un estruendo que hizo saltar a Cristóbal, quien dormitaba con los ojos abiertos tres puestos más allá.

—No quiero agua —dijo Shrek, mirando el vacío con ojos inyectados en sangre—. Necesito café. Café de grano. Café de verdad. No esa agua sucia que nos trajeron a medianoche. Esto es inhumano. Mi cuerpo no está diseñado para funcionar sin estimulantes de calidad premium a esta hora. Esto atenta contra mi estatus biológico.

Joaquín, que tecleaba una sentencia SQL con la velocidad de un pianista demente, soltó una risa seca sin apartar la vista de su monitor.

—Ahí tienes la cafetera nueva —dijo Joaquín, señalando con la barbilla hacia un aparato de plástico negro que descansaba sobre una mesa auxiliar, emitiendo ruidos de gorgoteo asmático pero sin producir líquido alguno—. Le puse "El Gerente".

Shrek miró la máquina con desprecio.

—¿Por qué? —preguntó.

—Porque hace mucho ruido, se calienta sola, promete que va a salir algo bueno, pero al final no entrega nada útil y solo gasta recursos —respondió Joaquín, ejecutando el script con un golpe fuerte en la tecla Enter—. Además, creo que está perdiendo agua por abajo, igual que la gerencia pierde plata.

Tito caminaba por el pasillo central del sótano, esquivando mochilas y piernas estiradas. Llevaba una camisa que había perdido cualquier rastro de planchado hacía diez horas, pero su postura seguía siendo erguida. Se detuvo detrás de Andrés y observó la pantalla.

—¿Cómo va la carga del archivo de beneficencia? —preguntó Tito.

—Lento —respondió Andrés, señalando la barra de progreso que avanzaba píxel a píxel—. El validador de RUTs se queda pegado cada mil registros. Creo que la red está saturada.

El celular de Tito, que descansaba sobre la mesa de Andrés, se iluminó. La pantalla mostró una notificación de WhatsApp. El remitente: "Jose Igea - Gerente PM".

Tito tomó el teléfono, leyó el mensaje y cerró los ojos un segundo, inhalando profundo.

—¿Qué dice el Estado Mayor? —preguntó Joaquín.

—Pregunta por qué el porcentaje de avance en el dashboard de gestión no se mueve —dijo Tito, guardando el celular en el bolsillo—. Dice que desde su casa ve todo estático y que si nos quedamos dormidos.

Andrés miró el techo de concreto, imaginando las ondas de radio viajando desde el sótano húmedo hasta la cama tibia de Jose Igea en algún barrio alto de la ciudad. La injusticia le subió por el esófago como un reflujo ácido.

—Dile que baje a ayudar —murmuró Andrés.

Tito le puso una mano en el hombro, un peso firme y tranquilizador.

—Sigue empujando el archivo, Andrés. Ignora el teléfono. Yo contengo a los de arriba. Ustedes ocúpense de que la base de datos no explote.

En el rincón más oscuro, Álvaro, el Profe, estaba de pie frente al rack principal de servidores. Observaba las luces parpadeantes de los discos duros con una fascinación que resultaba inquietante. Sostenía un destornillador en la mano, dándole vueltas entre los dedos.

Andrés lo observó de reojo. Álvaro se inclinó hacia el metal caliente del gabinete.

—Si soltáramos un poco de gas halón aquí adentro... —dijo Álvaro en voz baja, casi para sí mismo, pero lo suficientemente alto para que Andrés lo escuchara—. Solo un poco. Una chispa en la fuente de poder correcta. El seguro contra incendios cubre pérdida de datos y lucro cesante. Nos pagarían las vacaciones a todos. Un mes en el Caribe, lejos de estos archivos planos.

—Álvaro, aléjate del rack —ordenó Tito sin levantar la voz, acostumbrado a las ideaciones destructivas de su colega.

—Es solo una hipótesis termodinámica —respondió Álvaro, sonriendo con esa calma de psicópata amable—. La entropía siempre gana. Solo propongo acelerar el trámite.

Matías, el sublíder, tenía su monitor dividido en dos ventanas. En la izquierda, un log de errores críticos que mostraba advertencias en rojo. En la derecha, una transmisión en vivo de baja resolución de una carrera de galgos en Australia.

—¡Corre, maldita sea! —exclamó Matías, golpeando la mesa.

—¿El proceso de facturación? —preguntó Andrés esperanzado.

—No, el perro número cuatro —corrigió Matías, ajustándose los lentes—. Se llama "Error de Capa Ocho". Le aposté mil pesos por pura afinidad profesional. Si gana, invito el desayuno... si es que alguna vez salimos de aquí.

La puerta del sótano se abrió con un chirrido metálico. La Tía Gladys asomó la cabeza. Llevaba un chaleco de lana grueso sobre su uniforme y sostenía una linterna grande, como si estuviera patrullando una cárcel.

—¿Todavía están aquí? —preguntó Gladys, barriendo la sala con el haz de luz, que iluminó las caras pálidas y ojerosas del equipo.

—Estamos certificando, Gladys —dijo Tito—. Hito contractual.

Gladys avanzó unos pasos, olfateando el aire. Arrugó la nariz ante la mezcla de olor a humanidad, queso barato y ozono eléctrico.

—Vengo a avisarles que cerré con llave el baño del segundo piso —anunció ella, sacudiendo un llavero que sonó como campanas de iglesia—. Se estaban acabando el papel higiénico. Si quieren ir, usen el del patio de carga. Y no se les ocurra sacar el confort de mi escritorio. Tengo contados los rollos.

—Gracias por el apoyo logístico, Gladys —dijo Joaquín, sin mirarla.

—Y bajen la voz —añadió ella, ignorando el sarcasmo—. Don Genaro tiene el sueño ligero y a veces se queda a dormir en su oficina cuando pelea con la señora. Si lo despiertan, les cancelo los pases de visita.

Gladys dio media vuelta y salió, cerrando la puerta con un golpe que retumbó en las paredes.

Andrés volvió a su pantalla. El archivo había avanzado un 2%. Faltaban trescientos megabytes. Suspiró, sintiendo que el peso de la atmósfera lo aplastaba contra la silla.

De repente, un sonido de notificación agudo rompió la monotonía del zumbido de los servidores. Provenía del celular de Andrés, que estaba conectado al cargador de su laptop. Luego sonó el de Joaquín. Luego el de Matías.

—Videollamada grupal —anunció Cristóbal, mirando su iPhone con horror—. Es el grupo "Familia Robot".

—No contesten —dijo Tito—. Sigan trabajando.

—Es Jose —dijo Andrés, viendo la foto de perfil del hijo del dueño—. Dice "Urgente - Sinergia Nocturna".

Tito maldijo por lo bajo. Sacó su propio teléfono y aceptó la llamada, poniéndola en altavoz y apoyándola contra una torre de CDs viejos para que la cámara captara al grupo.

La imagen en la pantalla pequeña mostró a Jose Igea. La iluminación era tenue, proveniente de una lámpara de velador. Se veía claramente el respaldo acolchado de una cama King Size y el borde de un pijama de seda azul. Jose tenía la cara hinchada de sueño y el pelo revuelto, aunque intentaba poner cara de preocupación ejecutiva.

—¡Equipo! —susurró Jose, mirando a la cámara—. ¿Cómo van esos héroes?

El silencio en el sótano fue absoluto. Shrek miró la pantalla con odio puro. Matías ni siquiera se giró.

—Estamos procesando la carga final, Jose —dijo Tito con voz neutra—. Tuvimos problemas con la integridad de los datos que mandó la multinacional.

—Me imagino, me imagino —dijo Jose, frotándose un ojo—. Miren, solo quería llamar para darles ánimo. Sé que es tarde... o temprano, ya ni sé. Pero quiero que sepan que estamos todos en el mismo barco.

Joaquín soltó un bufido audible.

—Su barco parece tener sábanas de quinientos hilos, jefe —murmuró Joaquín.

Jose ignoró el comentario o quizás la conexión no lo transmitió bien.

—Mi corazón está ahí con ustedes, picando piedra —continuó Jose, acomodándose la almohada—. Esto es lo que nos diferencia de la competencia. La garra. La pasión. Cuando entreguemos esto mañana, la gloria será de todos. Bueno, los dejo seguir, que mi batería está baja y necesito descansar para estar fresco para la reunión con Don Genaro. ¡Fuerza, familia!

La pantalla se fue a negro. La llamada terminó.

Andrés miró el teléfono de Tito. "El mismo barco". Andrés miró sus zapatillas sucias y luego las cajas de pizza.

—Algún día —dijo Álvaro, volviendo a jugar con el destornillador—, las baterías de litio van a explotar espontáneamente en los veladores de la gente justa. Es estadística pura.

—Concéntrense —cortó Tito, guardando el teléfono—. Nos queda el último tramo. Andrés, verifica el log.

Andrés tecleó el comando. El archivo de salida mostraba "Carga Exitosa". Cero errores.

—¡Terminó! —exclamó Andrés, sin poder creerlo—. El Batch pasó. Los datos están en las tablas temporales.

—¿Integra con la Web? —preguntó Tito, acercándose.

—Debería. Los identificadores están alineados con la especificación que mandó Renata la semana pasada.

Un suspiro colectivo de alivio recorrió el sótano. Shrek se dejó caer sobre su escritorio, cerrando los ojos. Matías apagó la carrera de perros. Incluso Cristóbal dejó de mirar zapatillas en internet.

—Bien —dijo Tito, permitiéndose una leve sonrisa—. Joaquín, avísale a Renata que el ambiente está listo para certificación de usuario. Que pueden entrar a probar.

Joaquín abrió el cliente de correo y redactó el mensaje. Lo envió con copia a todo el directorio, como era la norma defensiva del equipo.

Pasaron dos minutos. La paz reinaba en el sótano. Andrés sintió que quizás, solo quizás, podrían irse a casa, ducharse y dormir un par de horas antes de volver.

Entonces, llegó la respuesta.

El sonido de correo entrante resonó en el parlante de la laptop de Andrés. El asunto decía: "RE: Ambiente Listo - CAMBIO URGENTE DE LOOK & FEEL".

Andrés abrió el correo. Era de Renata Espinosa.

*"Chicos, gracias por el esfuerzo jijiji. Pero les cuento que anoche tuve una epifanía creativa y decidimos con Jose que el azul corporativo estaba muy '2025'. Cambiamos toda la interfaz a un esquema de colores 'Sunset Orange'. También movimos los botones de validación de la derecha a la izquierda para mejorar el Feng Shui del usuario. Ah, y los campos de RUT ahora están separados en tres cajas de texto distintas en vez de una sola. ¡Actualicen sus scripts de prueba para que calcen con el nuevo front! Besitos, Reny."*

Andrés leyó el correo dos veces. Sintió que la sangre se le helaba en las venas.

—Tito —dijo Andrés, con la voz quebrada.

Tito leyó el correo por encima del hombro de Andrés. No dijo nada. Su rostro se endureció, transformándose en una máscara de piedra.

—¿Qué pasó? —preguntó Joaquín.

—Renata cambió el Frontend —dijo Andrés, mirando a su compañero—. Dividió el campo del RUT en tres.

—Pero el Batch espera un solo campo concatenado —dijo Joaquín, poniéndose pálido—. Si el front manda tres variables distintas...

—El proceso de carga va a fallar en el primer registro —completó Tito—. Todo lo que validamos en las últimas veinte horas no sirve. El orquestador no va a saber cómo mapear los datos de entrada.

—¡Es un cambio cosmético! —gritó Shrek, levantándose de golpe y tirando la silla al suelo—. ¡No pueden cambiar la estructura de datos por un tema de 'Feng Shui' a las seis de la mañana! ¡Esto es terrorismo laboral!

—Lo hizo para ganar tiempo —dijo Matías, con la sabiduría cínica del apostador—. Su equipo no alcanzó a terminar las pruebas visuales, así que metió un cambio de última hora para invalidar nuestro trabajo y decir que el atraso es por "falta de alineación del Backend". Es una jugada maestra. Sucia, pero maestra.

Andrés sintió una mezcla de rabia y desesperanza. Había pasado la noche entera cuidando que cada bit de información llegara a su destino, luchando contra el sueño, el hambre y la estupidez, solo para que una decisión estética tomada en un pijama party gerencial destruyera todo.

—¿Qué hacemos? —preguntó Andrés, mirando a Tito—. ¿Reescribimos el parser de entrada? Nos tomaría otras diez horas.

Tito miró el reloj. 06:30 AM. Miró a su equipo destruido. Miró a Shrek al borde del llanto, a Álvaro mirando el rack con lujuria pirotécnica, a Andrés con las ojeras marcadas como tatuajes.

—No —dijo Tito—. No vamos a reescribir nada ahora. Vamos a documentar que el cambio de interfaz no fue informado y que impacta la arquitectura de datos. Vamos a entregar lo que tenemos y vamos a dejar que el error salte cuando Renata intente conectar su pantalla naranja con nuestro motor de acero.

En ese momento, otro correo entró en la bandeja. Esta vez no era de Renata. Era de Genoveva Arteaga, La Camión.

El asunto estaba escrito en mayúsculas: "NUEVA DEFINICIÓN DE DICCIONARIO DE DATOS - VERSION FINAL FINAL V2".

Andrés abrió el archivo adjunto con manos temblorosas. Era un documento de Word con un diagrama de flujo pegado como imagen de baja calidad.

*"Estimados,"* comenzaba el texto, *"revisando el diagrama de flujo ayer por la noche con una copa de vino, me di cuenta de que se veía muy simple. El cliente paga por complejidad. Así que agregué una tabla intermedia de 'Pre-Validación Histórica' que debe cruzarse antes de llegar al Batch. Necesito que implementen esta tabla en la base de datos antes de las 9:00 AM para la demo con Don Genaro. Es un cambio menor, solo agregar una tabla y redireccionar todos los punteros. Gracias por la camiseta."*

Andrés dejó caer la cabeza sobre el escritorio. El golpe de su frente contra el plástico del teclado produjo un sonido seco y definitivo.

—Una tabla nueva —murmuró Andrés contra las teclas—. Quiere que rediseñemos el modelo de datos en dos horas.

Joaquín soltó una carcajada histérica.

—Un cambio menor dice. Es como pedir que le agreguemos un sótano a un edificio que ya está construido, mientras la gente vive adentro.

El silencio volvió al sótano, pero ahora era un silencio denso, cargado de derrota. La luz del sol empezaba a filtrarse por las rendijas de ventilación, burlándose de su oscuridad. Habían trabajado veinte horas para volver al mismo punto.

Tito suspiró. Fue un sonido largo, que pareció vaciar sus pulmones de cualquier esperanza restante. Caminó hasta el puesto de Andrés y se apoyó en el borde de la mesa, mirando la pantalla con el diagrama de flujo absurdo de La Camión.

—Guarda todo, Andrés —dijo Tito suavemente—. Cierra los logs. Empaqueta el código tal como está.

—Pero va a fallar, Tito. La tabla no existe. El front no conecta. Va a ser un desastre.

Tito miró a los ojos al estudiante. En la mirada del líder técnico no había resignación, sino una claridad brutal, la experiencia de mil batallas perdidas contra la burocracia y el ego.

—Va a fallar de todas formas, Andrés. Si lo arreglamos, inventarán otra cosa. Si hacemos la tabla, pedirán otra columna. Si cambiamos el color, dirán que el tono no es el correcto.

Tito se enderezó y miró alrededor, a su equipo de sobrevivientes del sótano. Luego volvió a mirar a Andrés, con una sonrisa triste pero firme.

—Bienvenido a la consultoría, niño —dijo Tito—. Mañana nos culparán a nosotros por no haber previsto esto. Dirán que no tuvimos visión, que no fuimos proactivos, que nos faltó sinergia. Pero tú y yo sabemos la verdad, y eso no lo van a poder cambiar. Ahora, vamos a buscar un café de verdad antes de que llegue Don Genaro, porque para aguantar la reunión que se viene, vamos a necesitar estar muy despiertos para la reunión que se viene.


Este capítulo forma parte del primer arco de la novela. "Go Live o Muere!" escrita por Dante L. Silente

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Gracias por leer.

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