Go Live o Muere! - Capitulo 13

El reloj digital de la pared, un rectángulo de plástico rojo que parecía haber sobrevivido a un bombardeo nuclear, marcó las 03:00 AM. El cambio de dígito fue el único movimiento perceptible en el sótano del Ministerio durante varios minutos. El aire ya no circulaba; se había estancado en capas geológicas de dióxido de carbono, olor a pies, restos de pizza fría y ese aroma metálico que desprenden los componentes electrónicos cuando llevan cuarenta horas funcionando al límite de su temperatura operativa.

Andrés parpadeó. Sus párpados se sentían como papel de lija frotando contra sus córneas. Llevaba puesto el mismo jeans desde hacía dos días y la tela rígida se le clavaba en las rodillas. La polera corporativa de Robot Software House se había convertido en una segunda piel húmeda y pegajosa. Miró sus manos sobre el teclado. Estaban quietas, pálidas bajo la luz fluorescente de emergencia, como si pertenecieran a un cadáver que alguien hubiera dejado sentado frente a una terminal de Linux.

A su alrededor, el equipo Batch yacía en distintas etapas de descomposición funcional. Shrek dormía con la cabeza apoyada sobre una torre de toallitas desinfectantes, emitiendo un ronquido rítmico que sonaba sospechosamente parecido al ventilador de una fuente de poder averiada. Matías tenía los ojos abiertos, fijos en la pantalla apagada de su celular, con la expresión vacía de quien ha perdido la conexión con el servidor central de la realidad.

—Están hablando —dijo una voz suave desde la penumbra.

Andrés giró la cabeza con lentitud, sintiendo cómo las vértebras de su cuello crujían con el sonido de grava pisada.

Álvaro estaba de pie frente al rack de servidores principal. El Profe no dormía. Su camisa seguía abotonada hasta el cuello, impecable a pesar del hacinamiento y la mugre ambiental. Sostenía su destornillador favorito en la mano derecha, balanceándolo con un movimiento pendular hipnótico.

—¿Quién habla, Álvaro? —preguntó Andrés. Su propia voz le sonó extraña, rasposa, como si viniera desde el otro lado de una tubería oxidada.

—Ellos —respondió Álvaro, señalando las luces LED verdes y ámbar que parpadeaban en el frontal de los discos duros—. Tienen un lenguaje, Andrés. Binario, sí, pero no el binario que te enseñan en la universidad. Es un código morse fotónico.

Andrés se frotó la cara con ambas manos. La piel de sus mejillas estaba grasosa. Intentó enfocar la vista en el rack. Las luces parpadeaban de forma aleatoria, indicando lectura y escritura de datos, actividad de red, procesos fantasmas que corrían en el fondo del sistema operativo.

—Es el tráfico de red, Álvaro —dijo Andrés, cerrando los ojos un segundo—. Es el script de validación que dejó corriendo Tito antes de desmayarse en la sala de reuniones.

—Eso es lo que ellos quieren que creas —susurró Álvaro, acercándose un paso más a la rejilla metálica del servidor—. Mira el patrón. Verde, verde, ámbar, apagado. Verde, ámbar, verde. No es aleatorio. Es una sintaxis. Hay una civilización ahí dentro, Andrés. Viven en los sectores defectuosos del disco duro. Se alimentan de nuestros logs de error.

Andrés volvió a mirar. El cansancio extremo tiene una cualidad alucinógena. Las luces, efectivamente, parecían seguir un ritmo. Un pulso. Como la respiración de un organismo gigantesco hecho de silicio y cables de cobre. Por un segundo, Andrés creyó ver una secuencia repetida.

—¿Y qué dicen? —preguntó Andrés, dejándose arrastrar por la gravedad de la locura de las tres de la mañana.

Álvaro sonrió. No era su sonrisa pedagógica habitual. Era una mueca tensa, de profeta que ha visto el final de los tiempos en un archivo de texto plano.

—Piden sacrificio —dijo Álvaro con naturalidad—. Dicen que el aire acondicionado está muy alto y que tienen frío. O quizás dicen que la base de datos de pensiones es solo una simulación y que ninguno de esos ancianos existe realmente. Son nihilistas, Andrés. Los archivos planos vuelven a cualquiera un nihilista.

Un ruido seco rompió el trance.

Cristóbal se había levantado de su silla ergonómica traída de casa. El "Cool Ineficiente" caminó hacia el único vidrio oscuro que separaba la oficina del pasillo exterior, usándolo como espejo improvisado. A pesar de llevar cuarenta horas encerrado, su preocupación principal no parecía ser el código polaco ni la amenaza de Genoveva, sino la integridad estructural de su peinado.

Sacó un pequeño envase de cera para el cabello de su bolsillo. Con movimientos precisos, comenzó a reacomodar un mechón rebelde que caía sobre su frente.

—Se me está bajando el volumen —murmuró Cristóbal, hablando con su propio reflejo—. La humedad de este hoyo afecta la fijación capilar. Es un tema de pH. El sudor ácido de Shrek está cambiando la atmósfera.

Andrés desvió la vista de Cristóbal y se fijó en Ramón, que cabeceaba frente a un monitor apagado en el rincón más alejado. Le dio un toque en el hombro a Joaquín y señaló con la barbilla hacia el tartamudo. "¿Alguien se acuerda en qué momento bajó Ramón?", susurró Andrés, intentando recordar si lo había visto entrar con la Camión o si simplemente se había materializado allí entre el humo de los servidores. Joaquín ni siquiera se giró; se limitó a encogerse de hombros mientras seguía borrando logs. "Ramón es como la humedad del Ministerio, Pasante; no llega, simplemente ya está ahí cuando te descuidas", respondió Joaquín en voz baja, "probablemente Renata lo mandó a buscar un café hace tres semanas y se perdió en la escalera hasta que llegó al fondo"

Cristóbal, iluminado por la luz verdosa de la salida de emergencia, parecía un vampiro adolescente preocupado por su look antes de salir a cazar en una discoteca que había cerrado hacía diez años.

—Cristóbal, nadie te va a ver —dijo Andrés—. Estamos encerrados. La única persona que va a entrar por esa puerta es la Tía Gladys para gritarnos o traernos facturas.

Cristóbal se giró, con el dedo índice todavía enredado en su flequillo.

—Es un tema de dignidad, Andrés. Si perdemos la estética, perdemos la humanidad. Mira a Tito. —Señaló hacia el rincón donde el líder del equipo dormía sentado en el suelo, con la espalda contra la pared y la boca abierta—. Ya no es un ingeniero senior. Es un mueble. Un perchero con camisa. Yo me niego a convertirme en mobiliario fiscal.

Cristóbal volvió a su espejo oscuro. Se ajustó el cuello de la polera, sacudió una mota de polvo invisible de sus zapatillas de edición limitada (que ahora estaban grises por el polvo del cemento) y suspiró.

—Además, nunca se sabe. Capaz que entre la Renata. O alguna ministra perdida. Hay que estar listo para el networking, incluso en el apocalipsis.

Andrés volvió su atención a su monitor. El cursor seguía parpadeando en la línea de comando, esperando una instrucción que su cerebro se negaba a procesar. El sueño le pesaba en las piernas y le nublaba la vista.

De pronto, un sonido agudo comenzó a llenar la sala.

*Pi... pi... pi... pi...*

Era un pitido rítmico, metálico, constante.

Andrés se enderezó en la silla. El corazón le dio un vuelco doloroso contra las costillas. Conocía ese sonido. Era la alarma de temperatura crítica del servidor. O quizás la alerta de fallo de disco. O la señal de que el UPS estaba a punto de morir y dejarlos a oscuras.

—¿Escuchan eso? —preguntó Andrés.

Álvaro dejó de mirar las luces. Giró la cabeza, inclinándola como un perro que escucha un silbato ultrasónico.

—Es la frecuencia —dijo Álvaro—. Están gritando.

Cristóbal dejó su cera capilar sobre la mesa.

—Suena como una bomba —dijo Cristóbal—. O como mi alarma para tomarme las vitaminas, pero esa sonó hace seis horas.

El sonido continuaba. *Pi... pi... pi...*

Andrés se puso de pie. Las piernas le temblaron. Caminó hacia el centro de la sala, tratando de triangular el origen del ruido.

—¡Matías! —llamó Andrés—. ¡Despierta! ¡Algo está fallando!

Matías no reaccionó. Seguía mirando su celular apagado. Shrek resopló en sueños y se dio vuelta, tirando el bote de toallitas al suelo.

El pitido se aceleró. *Pi-pi-pi-pi...*

Andrés corrió hacia el rack. Revisó el panel frontal. Ninguna luz roja. La temperatura estaba en rangos normales. Los ventiladores giraban con su zumbido habitual.

—No es el rack —dijo Andrés, girándose hacia el resto de la sala—. Viene de allá.

Señaló hacia el rincón más oscuro, detrás de una pila de cajas de cartón con manuales de Windows 95 que servían de trinchera.

Allí estaba Ramón.

El "Carismático Invisible" estaba sentado frente a su laptop, con la cara iluminada por el brillo azul de la pantalla. Tenía los ojos desorbitados, fijos en un punto indeterminado del espacio. Su boca estaba abierta, y su mandíbula se movía con un espasmo rítmico.

Andrés se acercó despacio. Álvaro lo siguió, empuñando el destornillador con curiosidad quirúrgica.

—Ramón —dijo Andrés—. ¿Estás bien?

Ramón no giró la cabeza. Su pecho subía y bajaba en convulsiones cortas.

—P-p-p-p... —emitió Ramón.

El sonido era agudo, seco. *Pi-pi-pi-pi...*

Andrés se detuvo a un metro de distancia. Comprendió lo que estaba pasando, pero su cerebro agotado tardó unos segundos en procesar la información. No era una alarma. No era un fallo de hardware.

Ramón estaba intentando decir una palabra.

El tartamudo más querido de la oficina había entrado en un bucle infinito. El cansancio extremo había desconectado la sincronía entre su cerebro y su lengua, dejándolo atrapado en la primera sílaba de una frase que probablemente ni siquiera era importante.

—P-p-p-p... —repetía Ramón, con la regularidad de un metrónomo averiado.

—Está en *loop* —diagnosticó Álvaro, inclinándose para observar la glotis de su compañero—. Se le rayó el disco de inicio. Fascinante. Es un error de buffer en el área de Broca.

Cristóbal se acercó, manteniendo su distancia para no ensuciarse.

—Suena igual a la alarma de incendios del piso cuatro —observó Cristóbal—. ¿Deberíamos reiniciarlo?

—¿Cómo se reinicia a una persona? —preguntó Andrés, sintiendo una mezcla de histeria y lástima.

—Un golpe seco en la nuca —sugirió Álvaro, sopesando el destornillador—. O agua fría. El choque térmico a veces resetea los drivers biológicos.

—¡No le vas a pegar! —gritó Andrés, interponiéndose entre el Profe y el tartamudo.

Ramón seguía atrapado. Sus ojos pedían ayuda, pero su boca seguía disparando sílabas como una ametralladora sin munición. *P-p-p-p...*

Andrés miró la pantalla de Ramón. Tenía abierto un correo electrónico a medio escribir. El cursor parpadeaba al final de una frase incompleta: *"Hola chicos, creo que hay un p..."*

—Está tratando de decir "problema" —dedujo Andrés—. O "peligro". O "pan".

—O "pitido" —dijo Álvaro—. Quizás él es el servidor. Quizás la integración hombre-máquina finalmente ocurrió y Ramón es la interfaz de salida de la base de datos. Nos está advirtiendo en código máquina.

—¡Basta, Álvaro! —Andrés se agachó frente a Ramón—. ¡Ramón! ¡Mírame! ¡Respira!

Ramón lo miró. El pánico en sus pupilas era evidente. Intentó cerrar la boca, pero el espasmo era más fuerte.

—P-p-p-p...

En ese momento, la puerta del sótano se abrió.

Tito entró caminando con la pesadez de un zombi que lleva cargando el peso del mundo. Traía una bandeja de cartón con cuatro cafés humeantes que había logrado conseguir sobornando al guardia del turno noche con una cajetilla de cigarros.

Tito se detuvo en el umbral. Escuchó el sonido.

*Pi-pi-pi-pi-pi...*

La cara de Tito se transformó. El cansancio desapareció, reemplazado por la alerta roja del veterano de guerra que escucha el silbido de un mortero.

—¡Alarma crítica! —gritó Tito, soltando la bandeja de cafés. Los vasos cayeron al suelo, explotando en un charco marrón y caliente que salpicó las zapatillas de Cristóbal—. ¡Se está quemando la fuente! ¡Corten la luz! ¡Bajen el general!

—¡No es la fuente, Tito! —gritó Andrés, levantando las manos.

Pero Tito ya estaba en movimiento. Se lanzó hacia el panel eléctrico de la pared con una agilidad sorprendente para alguien que no había dormido en cuarenta y ocho horas.

—¡Cuerpo a tierra! —bramó el líder, alcanzando la palanca maestra de energía.

—¡Es Ramón! —aulló Cristóbal, tratando de limpiar sus zapatillas—. ¡Es Ramón tartamudeando!

Tito se congeló con la mano en el interruptor. El silencio volvió al sótano por un segundo, excepto por el *p-p-p* que empezaba a perder fuerza, convirtiéndose en un siseo asmático.

Tito miró a Ramón. Miró a Andrés. Miró el charco de café desperdiciado en el suelo de cemento.

—¿Es Ramón? —preguntó Tito, con la voz quebrada.

—Se pegó —explicó Álvaro, guardando el destornillador en su bolsillo—. Error de paridad en el módulo de habla. Nada grave. Solo requiere desfragmentación.

Ramón, al ver la reacción de Tito y el café derramado, pareció recibir el shock emocional necesario para romper el bucle. Cerró la boca de golpe. Tragó saliva ruidosamente. Tomó una bocanada de aire que sonó como un aspirador industrial.

—P-p-perdón —dijo finalmente Ramón, con una claridad cristalina—. I-i-iba a d-decir que p-p-pedí p-p-pizza.

Andrés se dejó caer sentado en el suelo, ignorando la suciedad. Empezó a reírse. Una risa floja, sin alegría, que le sacudía los hombros.

Tito bajó la mano del interruptor. Se apoyó contra la pared y se deslizó hasta quedar sentado también. Miró el café derramado con una tristeza infinita.

—Eran los últimos —susurró Tito—. Los últimos granos de la reserva secreta de Gladys.

—La pizza no va a llegar —dijo Cristóbal, mirando su reloj—. Son las tres y media de la mañana, Ramón. No hay delivery a esta hora. Alucinaste que pedías pizza.

Ramón parpadeó. Miró su celular. No había ninguna aplicación de comida abierta. Solo una foto de un gato que había estado mirando hacía cinco horas.

—Ah —dijo Ramón—. E-entonces t-tengo hambre.

El pitido fantasma seguía resonando en los oídos de Andrés. Miró a Álvaro, que ahora estaba lamiendo una gota de café que había salpicado en el rack de servidores. Miró a Shrek, que seguía durmiendo ajeno al pánico, soñando probablemente con un mundo donde la gente no tartamudeaba ni usaba ropa barata.

Nadie volvió a hablar durante varios segundos. El olor a café quemado se mezcló con el polvo del cemento. Andrés cerró los ojos, esperando que el reinicio del sistema ocurriera pronto, o que al menos la alucinación de la pizza se hiciera realidad por pura fuerza de voluntad colectiva.


Este capítulo forma parte del primer arco de la novela. "Go Live o Muere!" escrita por Dante L. Silente

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Gracias por leer.

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