Go Live o Muere! - Capitulo 14

Andrés apretó la mandíbula mientras observaba el reflejo de la pantalla en su café frío. Las horas acumuladas de la segunda noche en vela pesaban en sus párpados como bloques de hormigón. En el sótano del Ministerio, el aire era una mezcla densa de ozono de servidores viejos y el rastro rancio de las cajas de pizza que Jose Igea había enviado a medianoche. El cartón de las cajas, manchado de grasa, se apilaba en un rincón como un monumento a la precariedad laboral.

Jose Igea, el Hijo del Dueño y Gerente PM, caminaba por el pasillo central con paso elástico, contrastando violentamente con la postura encorvada del equipo Batch. Vestía una camisa de lino impecable que no conocía el roce del cemento del sótano. Se detuvo en medio de la sala, justo donde la luz del tubo fluorescente parpadeaba con un zumbido eléctrico molesto.

—Muchachos, quiero decirles que estoy orgulloso de la garra que han puesto —dijo Jose, frotándose las manos con entusiasmo—. Esa es la sinergia que Robot Software House necesita para escalar al siguiente nivel.

Tito, que estaba revisando un log de errores en la terminal de Andrés, levantó la vista lentamente. Sus ojeras eran tan profundas que parecían sombras permanentes talladas en su rostro. Dejó el teclado y se giró en la silla, que emitió un chirrido metálico estridente.

—Jose, la gente está agotada —dijo Tito con voz ronca—. Llevamos cuarenta y ocho horas sin salir del edificio. Necesito que me confirmes cómo se van a cargar estas horas extras en la planilla de este mes.

El silencio que siguió fue absoluto. Matías dejó de mirar su radio de bolsillo y Cristóbal bajó el iPhone, suspendiendo su habitual sesión de navegación por catálogos de zapatillas. Joaquín, sentado dos puestos más allá, se reclinó en su asiento y cruzó los brazos, fijando la vista en el gerente con una intensidad gélida.

Jose Igea soltó una risa breve y nerviosa, buscando apoyo visual en las paredes de concreto descascaradas del Ministerio.

—Tito, siempre tan enfocado en lo transaccional —respondió Jose, agitando la mano como si espantara una mosca—. ¿Horas extras? Muchachos, estamos en una etapa de inversión de talento.

—El talento no paga el arriendo, Jose —intervino Joaquín desde su puesto. Su tono era seco, desprovisto de la habitual ironía con la que solía sazonar el ambiente del sótano.

Andrés vio cómo Jose Igea se tensaba. El gerente se acomodó el cuello de la camisa y dio un paso hacia la mesa de Joaquín, intentando recuperar la autoridad mediante la proximidad física.

—Miren, entiendan la visión global —dijo Jose, bajando el tono como si compartiera un secreto de estado—. El mercado está difícil. La consultora está haciendo un esfuerzo enorme para mantener este contrato con el Estado. El pago real de estas noches no es el dinero, es el aprendizaje. Estar en la trinchera, resolviendo problemas de misión crítica... eso no tiene precio.

—Yo tengo el precio de la matrícula de la universidad —murmuró Andrés para sí mismo, aunque el silencio de la sala hizo que su frase flotara en el aire.

Jose lo miró un segundo, ignorando el comentario, y volvió su atención al grupo.

—Además, no se pueden quejar —añadió el gerente, señalando las cajas de cartón vacías en el rincón—. Les mandé pizza de la buena. Pizza fría para el desayuno de campeones. Eso es compromiso de la gerencia con el bienestar del equipo.

—La pizza estaba helada cuando llegó a las dos de la mañana —dijo Matías, rascándose la cabeza con un lápiz pasta—. Y era de esa cadena que usa queso sintético. Me dio una acidez que no me deja ni leer los RUT de la base de datos.

Tito se puso de pie, su figura proyectando una sombra cansada sobre los racks de servidores. Caminó hacia Jose hasta quedar a menos de un metro de distancia. La diferencia entre el traje sastre del gerente y la ropa arrugada de Tito era la definición visual del proyecto.

—No te estoy preguntando por la comida, Jose —sentenció Tito—. El equipo Batch cumplió con el ciclo express. Arreglamos el desastre del código polaco y estabilizamos el servidor que se estaba quemando. Mañana quiero ver esas horas reflejadas en el sistema de pagos.

—Héctor, no me pongas en esta posición —respondió Jose, retrocediendo un paso—. El Dueño fue muy claro. Estamos en modo de ahorro de costos para asegurar la sostenibilidad familiar de la empresa. Pedir horas extras ahora es... es casi una falta de respeto hacia la confianza que mi padre puso en ustedes.

Joaquín soltó un bufido y se levantó también. Su presencia informal pero decidida empezó a congregar la atención de los demás. Shrek y Álvaro compartieron una mirada de incertidumbre, pero se mantuvieron en sus puestos, observando la confrontación.

—¿Falta de respeto es hacernos dormir en sillas de plástico por una negligencia de la multinacional? —preguntó Joaquín—. Jose, si no hay pago, la motivación se va a ir a negro igual que el servidor del Ministerio.

—Es una amenaza, Joaquín —dijo Jose, entrecerrando los ojos.

—Es un hecho técnico —replicó Joaquín—. Un sistema sin energía no procesa. Nosotros somos el sistema ahora mismo.

La puerta de metal del sótano se abrió con un estruendo familiar. La Tía Gladys asomó su cabeza, envuelta en un chal de lana que olía a naftalina y archivos viejos. Llevaba una linterna de mano que apuntó directamente a la cara de Jose Igea, cegándolo por un instante.

—¡Ya basta de escandalera! —gritó Gladys—. Los ruidos de sus peleas se escuchan hasta el patio de luz. Don Genaro está tratando de redactar un oficio de urgencia y ustedes parecen una barra brava aquí abajo.

Jose se tapó los ojos con la mano, intentando recuperar la compostura ante la secretaria.

—Señora Gladys, estamos en una sesión de alineación estratégica —dijo Jose con voz temblorosa.

—Alineación de mis riñones —respondió Gladys, entrando un par de pasos en el sótano—. Tienen este lugar hecho un basurero. Si encuentro una sola hormiga en mi pasillo por culpa de sus cajas de pizza, les voy a pasar un sumario administrativo que les va a quitar las ganas de jugar a la computación. Y usted, jovencito... —señaló a Jose con el haz de luz— ...vaya a gritarle a sus parientes a la oficina de cristal. Aquí en el Ministerio se respeta el silencio burocrático.

Jose Igea asintió frenéticamente, visiblemente intimidado por la mujer que manejaba las llaves de los archivadores del Estado. Gladys lanzó una última mirada de desprecio a las tazas de café con sedimentos y salió del sótano, cerrando la puerta con un golpe que hizo vibrar los cables de red que colgaban del techo.

El silencio regresó, pero la tensión ya no estaba dirigida solo a la falta de sueño. Andrés observó a sus compañeros. El agotamiento físico había dado paso a una desconfianza mutua. Matías evitaba la mirada de Joaquín, y Shrek limpiaba su teclado con una intensidad obsesiva, como si quisiera borrar el rastro de la presencia de los demás.

Jose Igea aprovechó el paréntesis de la Tía Gladys para retomar su discurso, pero esta vez con un tono más filoso.

—Miren, no quiero problemas —dijo el gerente, ajustándose los puños de la camisa—. Pero el presupuesto es el que es. Si alguien siente que no puede alinearse con la mística de la empresa, la puerta está abierta... metafóricamente, claro, porque por seguridad el guardia Gasull no los dejará salir hasta las ocho.

Andrés sintió un pinchazo de rabia en el estómago. Miró a Tito, esperando que lanzara otra defensa, pero el líder técnico solo suspiró y volvió a sentarse frente a su monitor. Joaquín, en cambio, se quedó de pie, mirando a Jose con una sonrisa que no auguraba nada bueno para la gerencia.

—Entendido, Jose —dijo Joaquín—. El aprendizaje es el pago. Me queda clarísimo.

—Me alegra que por fin lo entiendas, Joaquín —respondió Jose, recuperando su aire de superioridad—. Sabía que eras un profesional con proyección.

Jose dio media vuelta y caminó hacia la salida, tarareando una melodía de ascensor. Al llegar a la puerta, se detuvo y miró hacia atrás por encima del hombro.

—Mañana quiero los reportes de certificación en mi correo antes de las nueve. Y nada de quejarse por el sueño. El café es gratis en el comedor de funcionarios.

Cuando la puerta se cerró, Joaquín se sentó pesadamente y comenzó a teclear con una furia contenida. Andrés se le acercó con la excusa de pedirle un cable USB.

—¿Qué vas a hacer? —susurró Andrés.

—Nada que no esté en el manual, Pasante —respondió Joaquín sin mirarlo—. Pero si el pago es el aprendizaje, voy a aprender a que mis scripts se tomen su tiempo. Mucho tiempo.

Andrés regresó a su puesto. El ambiente era tóxico. Maximiliano (Shrek) se levantó de su silla y caminó hacia el rincón del café, pero en lugar de servirse, se quedó observando a Joaquín desde lejos. Shrek tenía una expresión que Andrés reconoció de inmediato: era la mirada del que busca una oportunidad para escalar a costa de los demás.

Álvaro, el Profe, se inclinó hacia Andrés desde su asiento lateral. Sus ojos brillaban con esa luz perturbadora que solía preceder a sus comentarios más oscuros.

—¿Ves eso, Andrés? —preguntó Álvaro en un susurro pedagógico—. El sistema se está canibalizando. Es entropía pura. El jefe cree que nos quita el dinero, pero lo que nos está quitando es la ficción del contrato social. Cuando eso desaparece, lo único que queda es la química del sabotaje.

Andrés no supo qué responder. Se limitó a abrir un archivo de Excel y a anotar la hora: 04:30 AM.

Media hora más tarde, el sótano parecía haber recuperado una calma artificial. Matías roncaba suavemente sobre un manual de SQL y Tito procesaba los últimos registros del Hito 1. Andrés se levantó para ir al baño del patio de carga, sorteando las cajas de pizza que Gladys tanto odiaba.

Al pasar cerca de la puerta de salida, vio una sombra que se movía en el pasillo adyacente, cerca de las escaleras de emergencia. Se detuvo, oculto tras una columna de concreto manchado.

Maximiliano estaba allí. Sostenía su celular con ambas manos, iluminando su rostro con un resplandor azulado que acentuaba su parecido con el ogro del pantano. Hablaba en voz baja, pero el eco del pasillo traía las palabras con claridad.

—Sí, Jose... soy yo, Maximiliano —decía Shrek, con un tono de voz que Andrés nunca le había escuchado: sumiso, casi servil—. Solo quería informarte que Joaquín está incitando a los demás a trabajar lento. Dijo que se va a tomar "mucho tiempo" con los scripts de mañana. Sí, exacto... sabotaje técnico. No, Tito no dijo nada, pero lo permitió con su silencio.

Andrés sintió que el frío del Ministerio se le colaba bajo la polera. Se quedó inmóvil, conteniendo la respiración.

—Claro, Jose —continuó Shrek—. Yo estoy vigilando. Cuento con tu discreción respecto a quién te dio este aviso. Yo sí tengo puesta la camiseta de la familia Igea. Gracias, jefe. Que descanses.

Maximiliano guardó el teléfono y se alisó la ropa antes de volver a entrar al sótano con una expresión de fingida fatiga. Andrés esperó un minuto completo antes de salir de su escondite. Su corazón latía con fuerza contra sus costillas.

Al regresar a su escritorio, Andrés miró a Joaquín, que seguía tecleando en la oscuridad, ignorante de que su nombre ya estaba marcado en la lista negra de la oficina de cristal. Miró a Tito, que seguía siendo el escudo de un equipo que ya estaba roto por dentro.

El zumbido de los servidores continuaba, monótono y ajeno a las traiciones humanas. Andrés abrió su cuaderno de notas reales, el que escondía bajo la laptop, y escribió una sola línea: *"La pizza fría fue lo más honesto que Jose Igea entregó hoy"*.

Cerró el cuaderno y volvió a fijar la vista en la pantalla. El cansancio físico ya no era lo único en la sala.


Este capítulo forma parte del primer arco de la novela. "Go Live o Muere!" escrita por Dante L. Silente

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