Go Live o Muere! - Capitulo 15
Andrés sostenía una carpeta de lomo ancho con ambas manos mientras esperaba frente a la puerta de roble del despacho de Jefatura. El aire en ese pasillo del Ministerio se sentía más pesado que de costumbre, saturado por el olor a cera vieja y el zumbido de un extractor de aire que parecía estar a punto de morir. Detrás de él, Jose Igea, el Hijo del Dueño, ajustaba el nudo de su corbata de seda frente al reflejo de un cuadro de un ex ministro. Jose mantenía una sonrisa tensa, de esas que solo aparecen cuando la cuenta corriente de la consultora depende de una mentira bien estructurada.
—Recuerden —susurró Jose, sin mirar a nadie—, esto es una optimización de la integridad referencial. Si Don Genaro pregunta por qué faltan nombres, le decimos que el sistema está depurando datos huérfanos. Nada de usar la palabra "borrado".
Tito, que estaba al lado de Andrés con los puños hundidos en los bolsillos de su chaqueta de cotelé, no respondió. Solo miraba la alfombra roja desgastada que conducía al escritorio de la Tía Gladys. La tercera iteración del desarrollo no solo era una copia defectuosa de las anteriores; esta vez, los errores habían saltado la valla del entorno de pruebas y estaban alterando los registros de producción del Estado.
La puerta se abrió y Gladys asomó la cabeza con un tejido a medio terminar en la mano izquierda. Los miró de arriba abajo, deteniéndose un segundo más en las ojeras de Andrés antes de señalar el interior con el mentón.
—Pasen. El jefe los está esperando. Y traten de no hablarle todos a la vez, que hoy amaneció con un aire pesado —sentenció ella antes de volver a su escritorio.
Entraron en la oficina. Don Genaro estaba sentado detrás de su escritorio de madera maciza, pero no dormitaba como era su costumbre. Estaba inclinado hacia adelante, con el cuello estirado y una lupa de mango metálico en la mano derecha. Sobre el escritorio se extendía una planilla de papel continuo, de esas con agujeros laterales, que caía por los bordes como un mantel blanco lleno de números.
El funcionario no levantó la vista de inmediato. Movía la lupa con lentitud milimétrica sobre las columnas impresas, emitiendo un silbido suave entre los dientes. Andrés notó que el monitor de tubo del rincón estaba apagado; Don Genaro había vuelto a su zona de confort: el papel físico.
—Don Genaro, qué gusto verlo tan activo —dijo Jose Igea, avanzando un paso con una mano extendida que quedó suspendida en el aire.
El jefe de área levantó la lupa y los miró a través del cristal aumentado, haciendo que su ojo derecho se viera descomunal y deforme durante un segundo.
—Algo no cuadra, joven Igea —dijo Don Genaro con una voz que arrastraba los años de oficina pública—. He estado revisando los listados de la zona sur con los de la semana pasada. Aquí hay gente que ya no está.
—Es la depuración inteligente que le mencionamos en el último informe, Don Genaro —intervino Jose, bajando la mano y acomodándose el reloj—. El sistema detecta inconsistencias biográficas y...
—Dije que algo no cuadra —cortó Don Genaro, dejando la lupa sobre la planilla con un golpe seco—. En esta página faltan tres Pérez. Y yo conozco a esos Pérez. Uno de ellos es primo de un director regional. No son inconsistencias biográficas, son personas con RUT y domicilio.
Tito dio un paso al frente, ignorando la mirada de advertencia que Jose le lanzó. Andrés vio cómo su jefe abría su propia carpeta, sacando un reporte técnico que no había pasado por el filtro de la oficina de cristal de la consultora.
—El problema, Don Genaro —explicó Tito con una neutralidad técnica que helaba la sangre—, es que la tercera iteración del código de la multinacional tiene un fallo en el procedimiento almacenado de actualización. Está sobreescribiendo registros reales con datos vacíos cuando el sistema pierde la conexión por más de tres segundos.
Don Genaro se reclinó en su silla, que emitió un chirrido que pareció un quejido humano. Se quitó los anteojos y comenzó a limpiarlos con un pañuelo de tela amarilla.
—¿Me está diciendo que sus máquinas borraron al primo del director regional? —preguntó el funcionario, clavando sus ojos pequeños en Jose Igea.
—Es un tema de interpretación técnica, Don Genaro —balbuceó el Hijo del Dueño, sudando ligeramente bajo el aire acondicionado—. Lo que Héctor intenta decir es que estamos en una fase de estabilización. Para el viernes tendremos un parche que restaurará cualquier... desviación estética de los datos.
—No es estética, Jose —insistió Tito—. Los datos no existen. El respaldo de anoche falló porque el servidor del Ministerio se quedó sin espacio.
Don Genaro volvió a tomar la lupa. Se inclinó sobre los papeles nuevamente, ignorando la discusión. El silencio que siguió fue interrumpido solo por el sonido del papel al ser movido. Andrés observaba la escena desde el rincón, sintiendo el peso de la carpeta que cargaba. Sabía que dentro de su propia mochila tenía el cuaderno donde anotaba las verdaderas reglas: la regla número quince decía que en el Ministerio, la verdad técnica solo importa si no afecta a un primo de alguien importante.
—Mire aquí, joven Andrés —llamó Don Genaro, señalando un punto en la planilla—. ¿Usted que es estudiante, qué ve ahí?
Andrés se acercó al escritorio con cautela. Bajo el círculo de cristal de la lupa, vio una línea de texto donde el nombre del beneficiario era una sucesión de caracteres extraños y símbolos de interrogación.
—Es basura de memoria, Don Genaro —respondió Andrés—. El puntero se perdió y escribió lo que encontró en el búfer de salida.
Jose Igea carraspeó con fuerza, dándole un empujón casi imperceptible a Andrés con el hombro para apartarlo.
—Es un error de tipografía del driver de la impresora —corrigió Jose con una sonrisa forzada—. Don Genaro, no se preocupe. Vamos a elaborar un informe técnico detallado para la reunión de directorio de mañana. Ahí quedará todo aclarado.
Don Genaro dejó la lupa de lado y cruzó los dedos sobre su vientre. Miró fijamente a Jose Igea durante un tiempo que a Andrés le pareció eterno.
—Quiero ese informe —dijo finalmente el jefe de área—. Pero lo quiero firmado por el responsable técnico. Y quiero que diga exactamente por qué mi planilla física no coincide con lo que ustedes me muestran en sus PowerPoints.
Salieron del despacho en fila. En cuanto la puerta se cerró tras ellos y quedaron fuera del alcance del oído de Gladys, Jose Igea se giró hacia Tito con el rostro transformado. La máscara de cortesía se había resbalado, dejando ver la mandíbula apretada y los ojos inyectados en sangre.
Caminaron hacia el ascensor en silencio. Andrés notó que Jose no presionó el botón de bajada de inmediato; se quedó parado frente a la puerta metálica, mirando su propio reflejo.
—Héctor, tenemos que hablar del informe para mañana —dijo Jose, bajando la voz—. No podemos entregar lo que dijiste ahí adentro. Don Genaro no puede saber que el sistema tiene problemas.
—El sistema está corrupto —respondió Tito, apoyando la espalda contra la pared de concreto—. Si miento en el informe oficial, el Ministerio va a procesar los pagos mal y la demanda legal nos va a caer a nosotros, no a la multinacional.
—Nadie va a demandar nada si el informe dice que fue un error de red externo —replicó el Hijo del Dueño, acercándose a Tito—. Vamos a "maquillar" los resultados. Vamos a decir que los datos desaparecidos están en una cola de procesamiento diferido. Es solo un cambio de redacción.
Tito miró hacia el techo, donde una mancha de humedad parecía crecer por segundos.
—No voy a firmar un informe maquillado —dijo Tito con una calma que sonó más definitiva que cualquier grito—. Pídeselo a los de Online si quieres, ellos son expertos en colores. Yo certifico la realidad de la base de datos.
Jose Igea soltó una risa seca, desprovista de cualquier rastro de humor. Metió las manos en los bolsillos de su pantalón de vestir y se acercó a Tito hasta quedar a pocos centímetros de su rostro. Andrés, que seguía con la carpeta en los brazos, se quedó inmóvil junto al panel del ascensor.
—Escúchame bien, Héctor —susurró Jose, y aunque su tono era bajo, la amenaza vibró en el pasillo vacío—. En esta consultora, la lealtad a la familia está por encima de tu ética de ingeniero de sótano. Si el informe de mañana no dice lo que yo necesito que diga, vas a entender que el "Techo de ADN" no es solo un límite salarial. Es un muro que puede caerse encima de cualquiera.
Tito no parpadeó. Sostuvo la mirada del gerente sin mover un solo músculo de la cara.
El ascensor llegó con un timbre metálico y las puertas se abrieron, revelando un interior iluminado por un tubo fluorescente parpadeante. Jose Igea entró primero, se giró hacia ellos y mantuvo el dedo sobre el botón para que las puertas no se cerraran.
—Andrés, tú vas a ayudar a redactar ese informe esta tarde —ordenó Jose, mirando al estudiante—. Y tú, Héctor, piénsalo bien. Mañana a las nueve lo quiero en mi escritorio. Firmado.
Jose soltó el botón. Las puertas se deslizaron con un chirrido pesado, ocultando la figura del gerente mientras el ascensor comenzaba su descenso hacia el sótano.
Tito y Andrés se quedaron solos en el pasillo. El olor a naftalina del Ministerio parecía haberse vuelto más punzante. Tito sacó una mano del bolsillo, tomó el reporte técnico que había intentado mostrar a Don Genaro y lo dobló por la mitad con un movimiento lento y preciso.
—¿Qué vamos a hacer, Tito? —preguntó Andrés, con la voz apenas audible.
Tito guardó el papel doblado en su carpeta y miró hacia la puerta del despacho donde Gladys seguía tejiendo, ajena al colapso digital que ocurría a pocos metros.
—Baja al sótano, Andrés —dijo Tito, dándole una palmada suave en el hombro—. Dile a Joaquín que prepare el script de auditoría profunda. Si quieren un informe, les vamos a dar un informe que no van a poder olvidar.
Andrés asintió y comenzó a caminar hacia las escaleras de emergencia, prefiriendo evitar el ascensor. Escuchó los pasos pesados de Tito detrás de él, resonando contra el granito gastado de los peldaños. En el fondo del edificio, el zumbido de los servidores de 2012 continuaba su marcha monótona, procesando nombres, RUTs y mentiras a una velocidad que ningún maquillaje corporativo podría detener por mucho tiempo.
Al llegar al rellano del tercer piso, Andrés se detuvo un segundo para ajustar la correa de su mochila. Miró hacia abajo por el hueco de la escalera; la oscuridad del sótano parecía tragarse la luz que bajaba desde los pisos superiores. Arriba, en la oficina de cristal, se decidían los colores de los PowerPoints; abajo, en el cemento, la lealtad se estaba convirtiendo en un lujo que ninguno de ellos podía permitirse pagar por mucho más tiempo.
Tito lo alcanzó y se detuvo a su lado, mirando también hacia la penumbra inferior. El líder técnico sacó un cigarrillo apagado y se lo puso en los labios, una costumbre que mantenía a pesar de la prohibición estricta de fumar dentro del edificio fiscal.
—Andrés —dijo Tito sin encender el tabaco—, ¿todavía tienes ese cuaderno donde anotas todo lo que pasa?
Andrés asintió, apretando el cuaderno contra su costado bajo la polera.
—Bien —concluyó Tito, reanudando el descenso—. Asegúrate de tener tinta. Mañana vamos a necesitar que alguien deje constancia de que nosotros no fuimos los que apretamos el gatillo.
Bajaron el último tramo de escaleras en silencio. Al abrir la puerta de metal del sótano, el olor a café rancio y ozono los recibió como una bofetada familiar. Joaquín levantó la vista de su monitor, buscando en los ojos de Tito una señal de victoria que no encontró. Shrek, desde su escritorio desinfectado, observaba la escena con una mueca de suficiencia, probablemente ya calculando a qué hora debía enviar su propio correo de "alineación" a la gerencia.
Andrés se sentó en su puesto y abrió su laptop lenta. El ventilador comenzó a silbar de inmediato, como un animal herido. Tecleó su contraseña y abrió el archivo Excel de seguimiento. En la línea 402, donde antes aparecía el nombre de un beneficiario, ahora solo había un signo de interrogación. El sistema seguía masticando datos reales, transformando vidas en basura digital mientras los dueños de la empresa discutían la tipografía del desastre.
Tito se sentó en su silla vencida y clavó la vista en la pantalla negra de su terminal. No encendió el monitor de inmediato; se quedó allí, inmóvil, con el cigarrillo apagado entre los labios.
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