Go Live o Muere! - Capitulo 16
El sótano del Ministerio ya no funcionaba como oficina y apenas alcanzaba para la gente que había dentro. El aire, ya pesado por la humedad estructural y el papel viejo, se había cargado de dióxido de carbono, ozono y el olor rancio de los carbohidratos fritos que seguían flotando en el aire. Andrés observaba desde su rincón cómo el espacio diseñado para cinco personas intentaba digerir a veinte. Las mesas de camping se entrelazaban con los escritorios de metal gris, creando una red de obstáculos donde cada movimiento implicaba chocar con un codo ajeno o tropezar con una anaconda de cable de red azul.
Los desarrolladores de la multinacional ocupaban el centro de la sala con una resignación pálida. Sus rostros, iluminados por el resplandor de las laptops, mostraban la fatiga de quienes habían perdido la noción del ciclo circadiano. Andrés ajustó la posición de su laptop corporativa, que vibraba con un zumbido asmático sobre el borde de su mesa. El calor era una presencia física, una manta térmica que bajaba desde el techo manchado de humedad y se pegaba a la polera corporativa que le quedaba dos tallas más grande.
El espacio se había vuelto un rompecabezas de extremidades y hardware. Los desarrolladores de la multinacional, que usualmente operaban desde sillas ergonómicas con soporte lumbar, ahora se encorvaban sobre mesas de camping verdes que vibraban cada vez que alguien pasaba cerca. Andrés veía cómo los cables de red cruzaban el aire como telarañas industriales, conectando laptops de última generación con los puertos oxidados de la pared del Ministerio. El calor corporal de veinte personas en cuarenta metros cuadrados había anulado el efecto del aire acondicionado central, dejando un ambiente donde el oxígeno parecía un recurso premium no disponible en el contrato.
—¿Alguien movió el puntero del validador? —preguntó Valeria Montero sin despegar la vista de su pantalla.
La voz de "El Hombre", profunda y retumbante, cortó el ruido de los ventiladores. Estaba sentada frente a Andrés, ocupando casi todo el espacio de su mesa de camping ocupando casi todo el espacio de su mesa de camping con su espalda ancha y rígida. Sus dedos golpeaban las teclas con una fuerza mecánica, indiferente al caos que la rodeaba.
Joaquín se inclinó hacia Andrés, manteniendo la voz baja para que no superara el murmullo general del sótano.
—Mira esa estructura ósea, Pasante. Es inamovible —susurró Joaquín, señalando con la barbilla la espalda de Valeria.
Tito Leyton, desde el otro extremo de la sala, emergió de una ruma de informes impresos con el rostro desencajado. Sus ojeras parecían surcos definitivos bajo sus lentes. Se pasó una mano por el cabello desordenado y clavó la vista en el monitor principal, donde una línea roja indicaba un fallo de segmentación en el motor de pagos.
—¡Ya pues, Hombre! —gritó Tito, golpeando la mesa de fórmica con la palma abierta—. ¡Arregla el puntero o no desayunamos!
Andrés contuvo la respiración. Valeria ni siquiera parpadeó. Siguió tecleando un parche en Java con una concentración monacal.
—Eso mismo digo yo —murmuró Valeria, girándose hacia el desarrollador flaco que tenía a su izquierda—. ¡Apurate, Carlos! El jefe de QA tiene razón. ¡Oíste, Hombre!
Carlos saltó en su silla, asustado por el bramido de su compañera. Joaquín se hundió en su asiento, tapándose la boca con una mano para ahogar una carcajada histérica.
—Es inmune —susurró Joaquín a Andrés—. Cree que Tito le habla al vacío.
Andrés volvió a mirar su monitor. Intentaba seguir la lógica de un script de auditoría, pero el calor acumulado en la habitación le nublaba la vista. Shrek, tres puestos más allá, rociaba su teclado con alcohol gel con una frecuencia obsesiva.
—Andrés, fíjate si puedes alejar ese tupper —dijo Maximiliano, arrugando la nariz—. El olor a guiso casero está empezando a fermentar con el calor de los racks.
—Es de ayer. No queda nada adentro —respondió Andrés sin mirarlo.
El ambiente se sentía cada vez más denso. El ruido de los ventiladores de los servidores, habitualmente un zumbido constante, había subido una octava. Álvaro, el Profe, se levantó de su asiento y caminó hacia el rack principal con una lentitud inquietante. Se quedó de pie frente a las rejillas metálicas, observando el parpadeo de los LED de actividad.
—¿Sientes eso, Andrés? —preguntó Álvaro, sin girarse—. Es el grito del silicio. La entropía está alcanzando su punto de saturación.
Andrés dejó de escribir. Se puso de pie y se acercó al equipo de servidores. Al pasar cerca del mueble de metal, una ráfaga de aire caliente lo golpeó en la cara. Olía a plástico recalentado y a algo más punzante, similar al caucho derretido.
—Tito, el rack está vibrando —advirtió Andrés.
Tito cruzó el sótano esquivando una caja de pizza vacía y un saco de dormir enrollado. Puso la mano sobre la carcasa superior del servidor principal, el Titán 2012, y la retiró de inmediato como si hubiera tocado una estufa encendida.
Valeria Montero, ajena a la tensión, abrió un envase de plástico con una ración de empanadas frías que perfumaron el área con un olor a cebolla y masa frita. Joaquín observaba con una mezcla de horror y fascinación cómo la desarrolladora masticaba mientras corregía líneas del código polaco con la mano derecha. Andrés notó que ella no usaba el mouse; golpeaba el trackpad con una fuerza que sugería que los dispositivos electrónicos eran enemigos que debían ser sometidos por la presión física. La "Hombre" era el único ser vivo en el sótano que parecía no notar que el servidor central estaba emitiendo un silbido similar al de una tetera a punto de estallar.
—¡Hombre, corta el proceso de ingesta! —volvió a gritar Tito hacia el centro de la sala—. ¡Se nos va a fundir el fierro!
Valeria se quitó un audífono de marca y miró a Tito con confusión.
—¿Me dice a mí, jefe? Yo ya terminé mi parte —respondió Valeria con su voz profunda—. Carlos es el que tiene la transacción tomada. ¡Ya pues, Hombre, suelta la tabla!
Carlos tecleó desesperadamente. El siseo que venía del servidor se convirtió en un silbido agudo. Andrés vio cómo un pequeño hilo de humo gris, casi invisible, comenzaba a salir por la rendija de ventilación trasera de la torre negra.
El zumbido de los discos duros del Titán 2012 alcanzó una frecuencia que hacía vibrar los sedimentos de café en las tazas del equipo Batch. Álvaro, el Profe, se puso de pie y acarició la rejilla del rack con un gesto casi maternal, mientras el olor a silicio agonizante se volvía insoportable. Andrés vio cómo las luces LED de actividad pasaban de un verde frenético a un rojo sólido y definitivo. No hubo una explosión cinematográfica; solo un chasquido seco, el olor a condensador quemado y una columna de humo perezosa que subió hacia el techo y quedó suspendida bajo las vigas de concreto.
—¡Apágalo! —ordenó Tito.
Matías se lanzó hacia el interruptor general, pero antes de que pudiera llegar, el sótano se llenó de un sonido seco, un chasquido metálico que resonó en las paredes de concreto. Las luces del rack se apagaron de golpe. El zumbido constante de los ventiladores cesó, dejando un silencio técnico absoluto que resultaba más aterrador que el ruido.
En la penumbra, solo quedaba el resplandor de las laptops de los desarrolladores y el parpadeo de la luz de emergencia. El olor a plástico quemado se volvió definitivo.
—Murió —dijo Álvaro, con una sonrisa tranquila en la oscuridad—. El sistema finalmente eligió el descanso eterno.
La puerta de metal del sótano se abrió con un estruendo. La Tía Gladys entró al lugar con una linterna industrial en la mano, barriendo la sala con el haz de luz blanca. El humo gris flotaba en el aire, perfectamente visible bajo la luz de la secretaria.
—¿Qué rompieron ahora? —preguntó Gladys, tapándose la nariz con un pañuelo de encaje.
Jose Igea apareció detrás de ella, cubriéndose la boca con un pañuelo de seda, con la cara desfigurada por el pánico.
—¿Qué pasó con el dashboard? —exclamó el Hijo del Dueño—. Se me fue a negro en el celular.
Genoveva Arteaga entró marcando el paso, apartando a Carlos de su camino. Miró el servidor apagado y luego señaló directamente a Tito y su equipo con un dedo acusador.
—Fue el Batch —sentenció la Camión con una frialdad quirúrgica—. Forzaron una carga de datos que no estaba en mis diagramas y quemaron el fierro. Es negligencia técnica del equipo de certificación.
Tito no respondió. Se quedó mirando la rejilla trasera del servidor, de donde todavía salía un calor residual. Andrés observó a Jose Igea, quien asentía vigorosamente a las palabras de Genoveva mientras evitaba mirar a Tito a los ojos.
Valeria Montero se puso de pie, cargó su mochila militar al hombro y miró el desastre.
—Yo les dije que el jefe de QA tenía razón —murmuró Valeria, pasando por el lado de Andrés—. Pero nadie escuchó al hombre.
Andrés se sentó en su silla y miró el reflejo de la luz de emergencia en su pantalla negra. El servidor seguía irradiando calor en el silencio del sótano.
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