Go Live o Muere! - Capitulo 17
Andrés observaba el escritorio de la Tía Gladys desde la entrada del pasillo lateral, midiendo la distancia entre la alfombra roja desgastada y el búnker de carpetas amarillas que protegía a la secretaria. El aire en el cuarto piso del Ministerio no vibraba con el zumbido de los servidores, sino con el chasquido rítmico de un par de agujas de tejer y el aroma a lavanda rancia. Gladys levantó la vista sin mover la cabeza, dejando que sus anteojos, sujetos por una cadena de perlas falsas, descansaran sobre la punta de su nariz. El equipo Batch avanzaba en fila india, tratando de no hacer ruido sobre el granito gastado, conscientes de que el ecosistema institucional acababa de volverse hostil tras el incidente del servidor humeante.
—Hasta aquí llegaron los pasos —dijo Gladys, dejando las agujas sobre un expediente marcado como "Prioridad Nacional"—. Desde hoy, el acceso a la zona de servicios queda restringido bajo el protocolo de austeridad administrativa 102.
Andrés se detuvo en seco, sintiendo el roce de la mochila de Ramón en su espalda. Tito no estaba para mediar y el grupo se sentía expuesto ante la verdadera autoridad del edificio. Gladys sacó un llavero metálico que sonaba como campanas de iglesia y lo depositó sobre el mostrador de madera maciza, justo al lado de una foto enmarcada de sus nietos.
—¿Restringido, Gladys? —preguntó Fernando, tratando de proyectar esa simpatía de "buen tipo" que solía usar con los de Online—. Solo venimos por un poco de agua caliente para la tetera. El sótano está helado.
La secretaria soltó una risa seca, un sonido que recordó a Andrés el ruido de una perforadora de papel. Se puso de pie, revelando un chal de lana que parecía una armadura de tejido grueso, y señaló un cartel recién impreso pegado con cinta adhesiva en la puerta del comedor de funcionarios.
—El uso de la cafetera eléctrica queda prohibido para personal externo —dictaminó Gladys, marcando cada sílaba con el dedo índice—. Hemos detectado un consumo anómalo de energía que coincide con las noches en vela de ustedes. Si quieren café, bajen a la calle. Y el baño del ala norte solo se abrirá bajo registro de firma.
Andrés miró a sus compañeros. Joaquín apretó los labios, fijando la vista en una mancha de humedad del techo, mientras Matías encogía los hombros con una resignación antigua. El acceso al baño y al café dependía ahora de una firma en el escritorio de Gladys.
—No puede ser, Gladys —insistió Fernando, dando un paso al frente—. Somos del mismo equipo, trabajamos para el mismo proyecto.
—Ustedes son subcontratados de una consultora que no sabe ni prender un computador sin quemar un enchufe —replicó ella, volviendo a su silla—. Don Genaro está muy molesto. Dice que el humo del otro día le manchó las cortinas de lino. Así que, de ahora en adelante, el papel higiénico se entrega por unidad de uso. Vengan a pedírmelo a mí antes de entrar.
Andrés ajustó la mochila y evitó mirar a Gladys mientras el pasillo quedaba en silencio. La logística del sótano dependía ahora de la voluntad de una mujer que consideraba el confort del baño un activo estratégico del Estado. Ramón, que hasta ese momento había permanecido oculto tras la figura de Joaquín, se adelantó con movimientos erráticos, sosteniendo una caja de cartón envuelta en papel de regalo con un lazo rojo torcido.
—G-g-gladys —empezó Ramón, con una sonrisa que le temblaba en las comisuras—. T-t-te traje algo. S-s-son de n-n-nuez. L-l-las mejores.
La secretaria miró la caja con sospecha. El aroma a mantequilla y azúcar glass se filtró por el pasillo, compitiendo con el olor a naftalina. Gladys dejó de tejer y estiró la mano, tomando el paquete con la punta de los dedos como si fuera un informe confidencial.
—¿Galletas de nuez, Ramón? —preguntó ella, suavizando apenas el tono de voz—. ¿Y qué pretendes con esto? ¿Que les perdone el sumario por ruidos molestos?
Ramón asintió frenéticamente, pero al ver que la mirada de Gladys se endurecía de nuevo, empezó a sudar. El silencio en el pasillo se volvió denso. Andrés observó cómo Ramón movía las manos con nerviosismo, buscando palabras que se quedaban atrapadas en su garganta. El tartamudo más querido de la oficina soltó un suspiro largo y, sin previo aviso, estiró la mano hacia la caja que Gladys aún no había abierto.
—B-b-bueno, si n-n-no quieres... —murmuró Ramón, sacando una galleta y metiéndosela a la boca de un solo golpe.
Andrés parpadeó, incrédulo. Sus compañeros se quedaron paralizados. Ramón comenzó a masticar ruidosamente, llenando el aire de migajas y un crujido seco que resonaba en el despacho de Jefatura. El soborno se estaba desintegrando en tiempo real ante la mirada atónita de la secretaria.
—T-t-están r-r-ricas —dijo Ramón, con la boca llena de pasta de nuez—. T-t-tienes que p-p-probarlas.
—Te las estás comiendo tú, niño —observó Gladys, cruzándose de brazos con una expresión de desprecio absoluto—. Te gana el hambre antes que la decencia.
Ramón, en un ataque de ansiedad social incontrolable, sacó otra galleta. Y luego otra. El feto de soborno desapareció en su propio estómago mientras Gladys lo observaba con la misma curiosidad con la que se mira a un insecto en un frasco. Joaquín se cubrió la cara con la mano, ocultando un gesto de derrota, mientras Fernando retrocedía hacia el pasillo, tratando de desvincularse del espectáculo.
—Ya veo que no se puede confiar en el criterio de este grupo —sentenció Gladys, guardando las agujas en un cajón con llave—. Vuelvan abajo. Y avísenle a Matías que mañana revisaré su puesto. He escuchado sonidos de televisión que no corresponden a procesos de base de datos.
Matías, que estaba al final de la fila, se puso pálido. Andrés notó cómo el sublíder del equipo Batch apretaba el diario "La Hípica" contra su costado, tratando de ocultar el bulto cuadrado que sobresalía en su bolso de lona. El cerco institucional no solo afectaba al café; estaba a punto de invadir el último reducto de ocio del sótano.
—Gladys, es un equipo de monitoreo térmico —improvisó Matías, con una voz que carecía de toda convicción.
—Es un televisor portátil, Matías —cortó ella, sin mirarlo—. Lo vi reflejado en el vidrio del pasillo ayer a las seis. Si no lo sacas hoy mismo, le pediré a Gasull que lo confisque como material prohibido. Y no me hagan volver a subir el tono, que Don Genaro tiene una reunión de alta prioridad con su almohada.
Andrés observó cómo la secretaria se acomodaba de nuevo en su trono de madera, retomando el tejido con una precisión mecánica. La sensación de asfixia era total. Gladys volvió a tejer sin mirar a nadie, como si el pasillo le perteneciera por completo. No importaba que Andrés pasara la noche comparando archivos de quinientas mil líneas; si la Tía Gladys decidía que el sótano no tenía derecho a agua caliente, la moral del equipo se hundía más rápido que un servidor sobrecalentado.
—Bajen ahora mismo —ordenó Gladys, haciendo un gesto con la mano hacia las escaleras—. Y tráiganme el formulario 22-A firmado si quieren usar el microondas para calentar sus tuppers de plástico. No quiero que el olor a fideos con salsa invada mi recepción.
El equipo Batch comenzó el descenso hacia el sótano en un silencio sepulcral. Ramón seguía masticando las últimas migajas de las galletas, con la mirada perdida en los peldaños de granito. Joaquín caminaba con los hombros hundidos, mientras Fernando ya estaba revisando su celular, buscando probablemente una forma de huir del edificio antes de que Gladys cerrara el registro de salida.
Andrés fue el último en cruzar el umbral del pasillo. Se detuvo un segundo y miró hacia atrás. Vio a la Tía Gladys envuelta en su chal, vigilando el corredor con la autoridad de un centinela eterno. Ella no necesitaba saber de bases de datos para controlarlos; le bastaba con manejar el inventario del confort básico. El joven estudiante ajustó la mochila a sus hombros, sintiendo que el edificio ya no era solo una oficina, sino un laberinto diseñado para desgastarlos mediante el hambre y la prohibición.
Al llegar al sótano, el olor a humedad y ozono lo recibió con la familiaridad de una celda conocida. El grupo se dispersó hacia sus escritorios, evitando mirarse. Matías se apresuró a esconder su televisor portátil bajo una ruma de manuales de SQL, mientras Fernando y Miguel se sentaban frente a sus monitores con la mirada fija en el protector de pantalla, esperando que el lunes llegara pronto para que Tito volviera a ser el escudo contra la burocracia.
Andrés se sentó en su puesto y abrió su laptop lenta. El ventilador comenzó su silbido habitual, llenando el silencio del sótano con un ruido que ahora le parecía una protesta inútil. Abrió su cuaderno de notas reales y escribió una sola frase: "La Tía Gladys acaba de declarar la guerra al café". Cerró el cuaderno y miró el cursor parpadeando en la terminal de Linux. Sabía que la noche sería larga, fría y, por orden superior de Jefatura, sin un solo centímetro de papel higiénico que no hubiera sido auditado previamente.
Gladys seguía arriba, en posición de control absoluto, manejando los hilos de una estructura que los cercaba cada vez más. El equipo Batch, rodeado de cables y archivos planos, sentía cómo la presión institucional se volvía tan real como el calor de los servidores, atrapándolos en un ciclo de deuda, sueño y galletas de nuez devoradas por puro terror burocrático. Se quedaron en el sótano, rodeados de cables y monitores encendidos, sin decir una palabra más.
📘 Ebook disponible en Books2Read
❤️ Patreon (Ebook, capítulos extra, versiones alternativas y proceso creativo):
Gracias por leer.

Comentarios
Publicar un comentario