Go Live o Muere! - Capitulo 5

Andrés ajustó el cable de red en el puerto lateral de su laptop, esperando escuchar el clic plástico que confirmara la conexión, pero el conector estaba tan gastado por años de uso anterior que simplemente se deslizó sin ofrecer resistencia. Eran las siete y cincuenta y cinco de la mañana. El sótano del Ministerio, habitualmente sumido en un letargo de polvo y zumbidos de baja frecuencia, vibraba hoy con una tensión eléctrica distinta. No era la energía de un equipo listo para triunfar, sino la estática nerviosa de los animales que huelen la tormenta antes de que caiga el primer rayo.

Tito caminaba de un lado a otro entre las filas de escritorios, sosteniendo una taza de café que ya estaba fría. No había dado un discurso motivacional al estilo de Juan Sebastián Igea, ni había prometido pizzas como el hijo del dueño. Simplemente se había limitado a verificar que todos tuvieran acceso a la consola de logs.

—Recuerden —dijo Tito, deteniéndose frente al monitor de Andrés—. Si sale un error de Java, es culpa de ellos. Si sale un error de base de datos, nieguen todo hasta que yo vea el código.

Andrés asintió, con las manos suspendidas sobre el teclado. En la pantalla, el cliente de correo parpadeaba con una notificación urgente de Renata Espinosa. El asunto decía: "INICIO CICLO 1 - GO LIVE O MUERTE". El cuerpo del mensaje estaba escrito en Comic Sans de color azul, lleno de signos de exclamación y emojis de cohetes.

A las ocho en punto, el silencio se rompió.

—Lanzando petición de login —anunció Joaquín desde su rincón, con la voz monocorde de quien anuncia la salida de un tren que sabe que descarrilará.

Andrés presionó la tecla Enter para ejecutar el script de monitoreo. Las líneas de texto blanco sobre fondo negro comenzaron a desplazarse a una velocidad ilegible. Durante diez segundos, el sistema pareció respirar. Los ventiladores de los servidores en el rack del fondo aumentaron sus revoluciones.

Luego, la cascada de texto se detuvo en seco. Una línea roja apareció en la pantalla de Andrés: *Fatal Error: Null Pointer Exception en el módulo de autenticación.*

El teléfono de la mesa de Tito sonó inmediatamente. El timbre, un sonido estridente de teléfono fijo de los noventa, resonó en las paredes de concreto.

Tito descolgó el auricular con lentitud.

—Batch —dijo. Escuchó durante unos segundos, cerró los ojos y suspiró—. No, Renata. No es que el usuario no exista. Es que el servicio web nos mandó el RUT con puntos y guion, y la base de datos espera un número entero... No, no puedo cambiar la base de datos ahora... Porque se rompería el historial de los últimos cuarenta años... Está bien, abre el ticket.

Colgó con suavidad, aunque la tensión en su mandíbula sugería que quería arrancar el cable de la pared.

—Dicen que es culpa nuestra —informó Tito al grupo—. Dicen que el Batch es "poco flexible" con la creatividad del usuario.

Andrés miró su pantalla. El error se repetía cada vez que alguien intentaba entrar al sistema desde el piso de arriba. La lista de fallos crecía, llenando el buffer de memoria. Cinco minutos después, el sistema se congeló por completo.

—Reinciando servicio —murmuró Matías, sin apartar la vista de un papel arrugado con pronósticos hípicos que tenía pegado al costado del monitor—. Aunque yo creo que esto no levanta hasta que el "Relámpago" corra en la cuarta.

El ciclo se estableció con una regularidad macabra. El sistema levantaba, funcionaba tres minutos, alguien en el equipo de Online hacía clic en un botón que no debía, y todo se iba a negro. Andrés documentaba cada caída en una planilla de Excel que, irónicamente, era lo único que funcionaba sin problemas.

A las nueve y media, la puerta del sótano se abrió. Una ráfaga de aire acondicionado más fresco y perfume cítrico entró al lugar, chocando con el olor a humedad y encierro.

Eduardo bajó las escaleras con un paso elástico, casi deportivo. Vestía una camisa de color pastel impecable y sostenía una bandeja de cartón con vasos de café de una cadena internacional. Su sonrisa era tan blanca que parecía brillar en la penumbra del sótano.

—¡Buenos días, guerreros del código! —gritó Eduardo, alzando la bandeja como si fuera un trofeo—. ¡Traje combustible para la máquina del éxito!

El equipo Batch lo miró en silencio. Shrek, que estaba limpiando una mota de polvo de su mousepad con un paño de microfibra, hizo una mueca de asco visible. Joaquín ni siquiera se giró.

Eduardo no se dejó amedrentar por la hostilidad ambiental. Caminó directamente hacia Andrés, quien era el objetivo más fácil por ser el nuevo. Dejó un vaso de café sobre el escritorio, peligrosamente cerca de los apuntes de la universidad.

—¿Cómo va esa cara, campeón? —preguntó Eduardo, dándole una palmada en la espalda que hizo que Andrés se tensara—. Escuché que estamos teniendo unos "desafíos" con la conexión.

Andrés miró el vaso. Tenía escrito "Anfrés" con marcador negro y un dibujo de una carita feliz.

—El sistema se cae cada cinco minutos, Eduardo —dijo Andrés, manteniendo la vista en el log de errores que acababa de vomitar otro bloque de texto rojo—. No son desafíos. El servidor no aguanta las peticiones.

—¡Esa es la actitud! —exclamó Eduardo, ignorando completamente el contenido de la frase—. Detectar el problema es el primer paso para la solución. Ustedes son los cirujanos, nosotros solo somos los enfermeros que pasamos el bisturí. ¡Vamos, que se puede! ¡A visualizar ese semáforo verde!

Eduardo se inclinó sobre el hombro de Andrés, invadiendo su espacio personal con un aroma a aftershave genérico. Señaló la pantalla llena de errores fatales.

—Mira todos esos datos —dijo con admiración fingida—. Es como la Matrix, ¿no? Ustedes ven la magia detrás del telón.

—Vemos la basura que nos mandan —corrigió Joaquín desde su puesto, sin dejar de teclear.

Eduardo soltó una risa ensayada, como si Joaquín hubiera contado un chiste inocente en una fiesta de la empresa.

—Qué buen humor tienen aquí abajo. Me encanta esa sinergia ruda. Bueno, los dejo trabajar. Arriba estamos con toda la fe puesta en ustedes. ¡Choca esos cinco, Andrés!

Eduardo levantó la mano y la dejó suspendida en el aire. Andrés lo miró, luego miró sus propias manos ocupadas en reiniciar el servicio por décima vez, y finalmente volvió a mirar a Eduardo. El "profesional simpático" mantuvo la mano arriba dos segundos más, imperturbable, antes de transformarla en un gesto de "ok" y retirarse hacia la escalera, tarareando una canción de moda.

Cuando la puerta se cerró, el silencio denso del sótano volvió a caer sobre ellos, solo interrumpido por el zumbido de los discos duros que giraban con esfuerzo.

—Alguien debería prohibir la entrada de gente feliz a este sector —dijo Shrek, rociando alcohol en la zona de su escritorio donde Eduardo se había apoyado—. Contamina el ecosistema de miseria que necesitamos para concentrarnos.

Andrés tomó un sorbo del café que le habían traído. Estaba tibio y era excesivamente dulce, como si Eduardo hubiera intentado compensar la amargura del fallo del sistema con cinco sobres de azúcar.

A las once de la mañana, la situación empeoró. Renata Espinosa llamó para informar que, según su equipo, el problema no era de conexión, sino que "el fondo de la pantalla de carga no inspiraba confianza". Tito tuvo que salir al pasillo para no gritar frente a los muchachos.

Andrés recibió la instrucción de probar el módulo de asignación de beneficios sociales. Era un formulario crítico que cruzaba datos del Registro Civil con la base de datos de impuestos internos. Abrió el archivo de configuración y se dio cuenta de que necesitaba una validación cruzada.

—Maximiliano —dijo Andrés, girando su silla hacia Shrek—. Necesito que corras el script del módulo de subsidio familiar. Mi ambiente está bloqueado por el último reinicio.

Shrek, que estaba limándose una uña con una herramienta de manicura que sacó de su maletín de cuero, levantó la vista con una lentitud exasperante. Miró a Andrés y luego miró la solicitud de prueba que había llegado por correo.

—¿subsidio familiar? —repitió Shrek, pronunciando la palabra como si tuviera mal sabor—. ¿Te refieres al módulo de pobreza para el decil uno?

—Eso. Necesito ver si el cálculo de la canasta básica cuadra —insistió Andrés.

Shrek dejó la lima sobre el escritorio y cruzó las manos sobre su regazo.

—Lo siento, Andrés. Yo no toco ese tipo de datos.

Andrés parpadeó, confundido. El servidor al fondo del salón emitió un chasquido metálico, como si una pieza interna se hubiera soltado.

—¿Cómo que no tocas esos datos? —preguntó Andrés—. Es parte del ciclo. Todos tenemos que probar.

—Es un tema de principios, y también de higiene digital —respondió Shrek con total seriedad, alisándose la camisa—. Mi perfil técnico está orientado a la arquitectura de alto nivel, a la gestión de activos, a la riqueza. No voy a ensuciar mi historial de usuario interactuando con variables que representan... carencias. Eso baja mi estatus en el log de auditoría. Pídeselo a Miguel, él está más acostumbrado a lidiar con la precariedad.

Andrés buscó con la mirada a Tito, pero el líder seguía en el pasillo peleando por teléfono. Miró a Joaquín, pero este estaba ocupado intentando parchar una librería de cobros. Finalmente, miró a Miguel.

El "Mártir de la Desidia" estaba recostado en su silla, con los ojos vidriosos fijos en el protector de pantalla de su monitor. No se había movido en cuarenta minutos.

—Miguel, ¿puedes correr tú el script? —preguntó Andrés.

Miguel tardó cinco segundos en procesar que le estaban hablando. Giró la cabeza lentamente.

—Pucha, Andrés... —dijo con voz arrastrada—. Justo estaba pensando que si corro el script ahora, capaz que se demore mucho y me tope con la hora de almuerzo. Y si me voy a almorzar con el proceso corriendo, me da ansiedad. Mejor esperemos a que baje la carga, ¿ya?

Andrés se frotó las sienes. La presión detrás de sus ojos empezaba a transformarse en una migraña sólida. Volvió a su pantalla. Decidió correr el riesgo y forzar la ejecución en su propia máquina, aunque eso significara que el ventilador de su laptop sonara como un avión despegando.

Mientras esperaba que la barra de progreso avanzara, sus ojos se desviaron hacia Isabel. Estaba sentada en su rincón habitual, la zona más oscura del sótano. Tenía las manos sobre el teclado, en posición de mecanografía perfecta, pero sus dedos no se movían. Miraba fijamente la pared de concreto frente a ella, donde una mancha de humedad tenía la forma vaga de un continente.

Isabel no parpadeaba. No respiraba de forma visible. Simplemente estaba ahí, existiendo en una frecuencia donde los plazos de entrega y los errores de Java no la alcanzaban. Andrés sintió una envidia profunda por esa capacidad de desconexión absoluta. Isabel no estaba sufriendo el ciclo de pruebas; Isabel estaba trascendiendo la burocracia mediante la catatonia selectiva.

—El servidor de aplicaciones está demorando mucho —dijo Matías de repente, rompiendo el trance de Andrés. El sublíder se había quitado los audífonos de la radio y miraba con preocupación hacia el rack de equipos—. El tiempo de respuesta subió de doscientos milisegundos a quince segundos.

—Es el tráfico —dijo Andrés, mirando sus propias métricas—. El equipo de Renata debe estar refrescando la página compulsivamente.

—No —dijo Matías, poniéndose de pie—. Esto no es tráfico de red. Escuchen.

Andrés aguzó el oído. Debajo del zumbido habitual de los ventiladores, había un sonido nuevo. Un siseo agudo, constante, como si alguien estuviera friendo algo en aceite hirviendo al fondo de la sala.

Joaquín dejó de teclear. Shrek guardó su lima de uñas. Incluso Miguel pareció despertar levemente de su letargo.

—Huele a... —empezó a decir Joaquín, arrugando la nariz.

El olor llegó a Andrés un segundo después. No era el olor a polvo quemado que solían soltar las computadoras viejas cuando se exigían demasiado. Era un olor químico, acre y picante. Olor a plástico derretido y silicio agonizante.

—¡Tito! —gritó Joaquín hacia la puerta.

Tito entró corriendo, guardando su celular en el bolsillo.

—¿Qué pasó? ¿Levantó el servicio?

—Algo levantó —dijo Matías, señalando hacia el fondo de la habitación—, pero no fue el servicio.

Todos se giraron hacia el rack principal, el corazón de hierro y cables del Ministerio.

El servidor central, una torre negra que supuestamente debía soportar la carga de todo el país, estaba vibrando. El siseo se convirtió en un crujido. Y entonces, de la rejilla de ventilación trasera, comenzó a salir una columna de humo gris, densa y perezosa.

No era vapor. No era un efecto visual. Era humo físico, real y tóxico.

—Apágalo —ordenó Tito, avanzando hacia el rack—. ¡Apágalo antes de que salten los rociadores!

—¡No puedo! —gritó Andrés, mirando su pantalla—. ¡El proceso está escribiendo en disco! ¡Si cortamos ahora corrompemos toda la base de datos!

—¡Si no cortas ahora no va a haber base de datos ni edificio! —respondió Joaquín, saltando sobre su escritorio para llegar al interruptor general.

El humo se espesó, subiendo hacia el techo manchado y expandiéndose por la sala como una nube espesa que bajaba desde el techo. Shrek se cubrió la nariz y la boca con un pañuelo de seda que sacó de su bolsillo, murmurando algo sobre las toxinas y su seguro de salud. Isabel siguió mirando la pared, imperturbable, como si el incendio fuera solo otra reunión que no le concernía.

Andrés se quedó paralizado frente a su laptop. En la pantalla, entre medio de las alertas rojas, apareció un mensaje de chat de Eduardo:

*"¡Equipo! Me cuentan que está saliendo un poquito de humo por allá abajo. ¡Eso es señal de que la máquina está trabajando a toda potencia! ¡Sigan así, esa es la pasión que necesitamos!"*

El servidor emitió un último gemido agónico, un *pop* seco que sonó como un disparo de pequeño calibre, y la columna de humo se volvió negra, espesa y definitiva, anulando cualquier posibilidad de éxito, cualquier diagrama de flujo y cualquier esperanza de salir temprano. La nube negra subió hasta el techo y siguió expandiéndose.


Este capítulo forma parte del primer arco de la novela. "Go Live o Muere!" escrita por Dante L. Silente

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Gracias por leer.

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