Go Live o Muere! - Capitulo 6
El aire en el sótano del Ministerio nunca había sido puro, pero esa mañana tenía una densidad masticable. Después del incidente del servidor humeante del día anterior, el olor a silicio quemado se había impregnado en las paredes de concreto, mezclándose con el aroma rancio de la humedad estructural y el café barato. Andrés intentaba limpiar la superficie de su escritorio con una servilleta de papel que se deshacía al contacto con el polvo grisáceo acumulado durante la noche.
Eran las nueve de la mañana y el silencio habitual del equipo Batch, solo roto por el tecleo de Joaquín o los suspiros de Shrek, se sentía frágil, como la calma antes de un terremoto grado ocho. Tito revisaba un reporte impreso con el ceño fruncido, marcando líneas con un destacador naranjo que chirriaba contra el papel.
—Está demasiado tranquilo —murmuró Matías, ajustando la antena de su radio escondida tras la torre del PC—. Ni siquiera la Tía Gladys ha bajado a reclamar por el uso del hervidor.
—No invoques a la desgracia, Matías —respondió Joaquín, sin levantar la vista de su monitor—. Disfruta el silencio. Es lo único que nos paga esta empresa.
En ese instante, la puerta de metal del sótano se abrió con un estruendo que hizo vibrar los marcos. No fue una apertura normal; fue una invasión.
Genoveva Arteaga entró marcando el paso con una seguridad excesiva. Detrás de ella, una fila de personas cargaba sillas plásticas apiladas, mesas plegables de camping y rollos de cable de red que parecían anacondas azules.
—¡Buenos días, equipo! —gritó Genoveva, ignorando la penumbra del lugar—. Hoy comienza una nueva era.
Andrés se puso de pie por instinto, retrocediendo hasta chocar con su silla contra la pared. El espacio en el sótano ya era reducido para los diez integrantes originales del equipo Batch. La comitiva que entraba duplicaba el número de cabezas.
—¿Qué es esto, Genoveva? —preguntó Tito, poniéndose de pie y usando su cuerpo como barrera visual entre la invasión y sus muchachos.
Genoveva dejó caer una carpeta sobre la mesa de Tito, desordenando los papeles que él había organizado meticulosamente.
—Esto, Héctor, es sinergia —sentenció ella, abriendo los brazos como si quisiera abrazar el aire viciado—. La gerencia y yo hemos decidido que la distancia física entre Desarrollo y QA es la causa de los retrasos. Los correos se pierden, los tickets se ignoran. Así que he traído a la montaña hacia Mahoma.
—No cabemos —dijo Tito, mirando las mesas de camping que los recién llegados empezaban a desplegar en los pasillos estrechos—. Esto viola cualquier norma de seguridad laboral. Si hay un incendio, morimos todos.
—No seas dramático —respondió Genoveva, señalando un rincón oscuro donde Shrek tenía su "santuario" de limpieza—. Ahí caben dos mesas más si movemos ese archivero. Mis desarrolladores trabajarán hombro con hombro con ustedes. Quiero comunicación fluida. Quiero ósmosis de conocimiento.
Los desarrolladores de la multinacional, un grupo de hombres pálidos con ojeras que competían con las de Andrés, comenzaron a instalarse con una resignación silenciosa. Arrastraban las mesas de plástico verde, de esas que se usan en los cumpleaños infantiles o en los campings de bajo presupuesto, y las encajaban en los espacios libres.
El sonido de las patas de metal raspando el cemento desnudo era insoportable.
Andrés observó la escena con horror. Un tipo con una polera negra de una banda de metal ilegible se sentó tan cerca de Shrek que sus codos se tocaban. Shrek, que acababa de desinfectar su área, miró la manga de la polera del intruso como si fuera material radioactivo.
Pero lo que realmente capturó la atención del sótano no fue el hacinamiento, sino la última figura que entró por la puerta.
Era una mujer. O al menos, la biología sugería eso. Tenía una estatura que superaba el metro ochenta y una complexión que hacía parecer pequeños a los guardias de seguridad del edificio. Vestía una chaqueta de mezclilla dos tallas más grande que la de cualquier hombre promedio en la sala. Su mandíbula tenía un ángulo tan pronunciado que podría haber servido para abrir botellas de bebida, y su espalda era una pared de músculo tensa bajo la ropa.
Caminó hacia el único espacio libre, justo frente a la mesa donde estaban Andrés, Joaquín y Tito, y dejó caer una mochila militar al suelo. El golpe sonó como si hubiera tirado un saco de cemento.
—¿Dónde hay red? —preguntó ella. Su voz era grave, profunda, un retumbo que vibró en el pecho de Andrés.
Joaquín, que había estado observando la escena con su habitual máscara de póker, se inclinó lentamente hacia Tito y Andrés.
—Tito... —susurró Joaquín, tapándose la boca con la mano como si estuviera tosiendo—. Mira esa estructura ósea. Mira esa espalda.
Tito, que intentaba conectar un cable de red que le habían pasado, levantó la vista y observó a la nueva integrante. La desarrolladora estaba conectando su laptop con movimientos bruscos, casi violentos.
—Es... imponente —concedió Tito en voz baja.
—No es imponente, Tito —corrigió Joaquín, bajando aún más el volumen—. Esa espalda es de central de Cobreloa en los años noventa. Esa comadre te saca del área chica de un empujón y el árbitro no cobra nada.
Andrés tuvo que morderse el labio para no soltar una risa nerviosa. La descripción era precisa. La mujer tenía la presencia física de un defensor central rústico, de esos que despejan la pelota y al jugador contrario al mismo tiempo.
—Nombre clave —murmuró Tito, volviendo a su monitor pero sin perder de vista a la visita.
Joaquín no dudó ni un segundo.
—"El Hombre" susurró .
Andrés miró a la desarrolladora. Ella estaba tecleando ya, golpeando las teclas con una fuerza que amenazaba con romper la membrana del teclado.
—¿No es muy obvio? —preguntó Andrés.
—Es perfecto, Pasante con Fe —murmuró Joaquín—. Porque es el único apodo que podemos gritar en medio de una crisis sin que ella sepa que estamos hablando de ella. Hay cinco hombres más en esa mesa.
La "sinergia" de Genoveva comenzó a operar de inmediato. El aire del sótano, ya escaso, se volvió irrespirable. El calor de diez computadores adicionales, sumado al calor corporal de veinte personas hacinadas en cuarenta metros cuadrados, elevó la temperatura a niveles tropicales.
Shrek estaba al borde del colapso. El desarrollador metalero que tenía al lado, un tipo llamado Carlos según su credencial, emanaba un olor fuerte a desodorante en spray vencido mezclado con sudor antiguo.
—Andrés —dijo Shrek, girándose hacia el pasante con los ojos llorosos—. Mi aura corporativa se está manchando. Siento cómo las partículas de fracaso estético de este sujeto se están pegando a mi camisa. ¿Tienes perfume? ¿Desinfectante? ¿Algo?
—Solo tengo alcohol gel, Maximiliano —respondió Andrés, pasándole el envase.
Shrek tomó el alcohol y se frotó las manos y el cuello con desesperación, mirando con odio la melena grasienta de su vecino.
Al otro lado de la sala, Álvaro, el "Profe", observaba a "El Hombre" con una fascinación clínica. Mientras limpiaba una tecla de su teclado con un hisopo, se inclinó hacia Andrés.
—Tiene la mirada de alguien que ha cavado pozos en el desierto, Andrés —susurró Álvaro con una sonrisa tranquila que heló la sangre del estudiante—. Me agrada. Se nota que entiende que la vida es un trámite burocrático que se soluciona con fuerza bruta. Si tuviera que elegir a alguien para sobrevivir a un apocalipsis zombie en este Ministerio, la elegiría a ella. O la usaría de barricada. Ambas opciones son estadísticamente viables.
La mañana avanzó entre gritos y cables cruzados que colgaban del techo, tensos y desordenados. Genoveva se paseaba por el pasillo central, que ahora era apenas una línea de treinta centímetros entre espaldas sudorosas, sonriendo como si hubiera logrado la paz mundial.
—¡Miren esta energía! —exclamaba cada tanto—. ¡Esto es colaboración! ¡Esto es Agile en estado puro!
A las once, el primer proceso crítico del día falló.
—¡Se cayó la ingesta de datos! —gritó Matías desde el fondo.
Tito miró su consola. El error era claro: un bloqueo en la tabla de transacciones. El código nuevo que habían traído los desarrolladores estaba reteniendo los recursos y no los liberaba.
—¡Es el update masivo! —dijo Tito, golpeando la mesa—. ¡Está bloqueando la base! ¡Necesito que suelten el recurso o nos vamos a ir a negro!
Miró hacia la mesa de camping donde estaba "El Hombre". Ella era la responsable del módulo de persistencia de datos. Estaba concentrada, con audífonos puestos, moviendo la cabeza al ritmo de una música que sonaba a demolición.
—¡Hey! —gritó Tito.
Ella no escuchó.
Tito miró a Joaquín. Joaquín asintió. Era el momento de probar la teoría.
—¡Ya pues, Hombre! —gritó Tito a todo pulmón, superando el zumbido de los servidores—. ¡Suéltame el ambiente que tenemos que procesar! ¡Hombre, corta la transacción!
La sala se quedó en silencio por un microsegundo. Andrés contuvo la respiración, esperando que Valeria Montero se levantara y golpeara a Tito con su mochila militar.
Pero Valeria no se inmutó. Siguió tecleando. Luego, al sentir las miradas o quizás ver una alerta en su pantalla, se quitó un audífono y giró la cabeza hacia su compañero de al lado, un desarrollador flaco con lentes gruesos.
—¡Oíste, Carlos! —bramó ella con su voz de trueno—. ¡Apúrate! ¡El jefe de QA tiene razón! ¡Suelta la tabla que tienes tomada!
Carlos saltó en su silla de plástico, casi volcando su café.
—¡Pero si yo no estoy corriendo nada, Valeria! —se defendió Carlos con voz chillona.
—¡No me discutas! —le gritó ella, volviendo a su pantalla—. ¡Hagan caso cuando les hablan!
Joaquín se agachó bajo su escritorio, fingiendo buscar un cable, pero Andrés pudo ver cómo sus hombros se sacudían en un ataque de risa silenciosa.
—Es increíble, Andrés —susurró Joaquín, asomando la cabeza roja por el esfuerzo de no carcajearse—. Ni ella misma sabe que es el mejor defensa central que ha tenido esta consultora. Es inmune a la identidad de género por pura rudeza.
El caos continuó durante horas. El hacinamiento provocaba que cada vez que alguien se levantaba al baño, tres personas tuvieran que mover sus sillas. Los cables de red, tensados al máximo, funcionaban como trampas mortales. Cristóbal, el chico cool de las zapatillas caras, ya había tropezado dos veces, manchando sus zapatillas inmaculadas con el polvo del suelo.
A las cuatro de la tarde, el aire era una sopa de dióxido de carbono. Genoveva, que había salido a almorzar a un restaurante con aire acondicionado, volvió fresca y renovada, con un vaso de café helado en la mano.
Se detuvo en la entrada, observando el pandemonio: gente gritando, Shrek rociando desodorante ambiental cada tres minutos, Álvaro mirando a "El Hombre" con ojos de enamorado psicópata, y Tito dirigiendo el tráfico de datos como un policía en un cruce sin semáforos.
—Excelente —dijo Genoveva, asintiendo con satisfacción—. Veo que el ritmo ha mejorado. Los tickets se están cerrando.
—Estamos cerrando los tickets porque los estamos rechazando todos, Genoveva —dijo Tito, secándose el sudor de la frente con la manga—. El código que trajeron no compila. Estamos rebotando todo para atrás.
—Detalles —respondió ella, restándole importancia con un gesto de su mano manicurada—. Lo importante es que están trabajando juntos. La fricción genera calor, y el calor genera diamantes.
—El calor genera incendios, Genoveva —replicó Tito, señalando un servidor que empezaba a sonar más fuerte de lo normal.
Genoveva miró su reloj.
—Bueno, dado que la sinergia está funcionando tan bien y que todavía tenemos un atraso acumulado de dos semanas... he tomado una decisión ejecutiva.
El silencio volvió al sótano. Incluso "El Hombre" dejó de teclear y se quitó los audífonos.
—Nadie se va hoy —anunció La Camión con una sonrisa radiante—. Vamos a aprovechar este impulso. He pedido pizzas para la noche. Los desarrolladores se quedan. Ustedes se quedan. Vamos a hacer una "Hackathon de Certificación" hasta que el módulo de pagos funcione.
Un gemido colectivo recorrió la sala. Shrek dejó caer la cabeza sobre el escritorio, derrotado. Matías miró su reloj y luego su radio, calculando cuántas carreras nocturnas en Australia podría escuchar si se quedaba.
—¿Dormir aquí? —preguntó Andrés, sintiendo que el estómago se le iba a los pies—. ¿En el suelo?
—Tienen sillas, tienen mesas, tienen ganas —dijo Genoveva, dando media vuelta—. Yo vendré a las ocho de la mañana a ver los resultados. Ah, y arréglense entre ustedes para el espacio. Sean creativos. ¡Innovación ante todo!
La puerta se cerró tras ella, dejándolos encerrados en el búnker de concreto.
Tito se dejó caer en su silla, que emitió un chirrido de protesta. Miró el panorama: las mesas de camping, los cables, la gente sudorosa y la figura imponente de Valeria Montero, "El Hombre", que ya estaba sacando un sándwich de medio metro de su mochila militar.
Tito se inclinó hacia Andrés, con la mirada perdida en la espalda de central de Cobreloa de la desarrolladora.
—Prepárate, niño —susurró Tito, con la voz quebrada por el cansancio—. Busca un rincón lejos de la puerta. Porque hoy nos toca dormir con "El Hombre" al lado, y algo me dice que ronca como un motor diésel en subida.
Andrés miró su mochila humilde, luego miró el suelo de cemento manchado y finalmente a la desarrolladora, que acababa de abrir una lata de bebida con una sola mano. Se sentó en el suelo y apoyó la espalda contra el muro. Asintió en silencio, aceptando su destino, mientras Joaquín empezaba a repartir los cables para usarlos de almohada.
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