Go Live o Muere! - Capitulo 7
El celular de Tito, un modelo de hace cuatro años con la pantalla astillada en la esquina superior derecha, comenzó a vibrar sobre la superficie metálica del escritorio. El zumbido, amplificado por la chapa de acero, sonó como un taladro dental en el silencio tenso del sótano. El zumbido no correspondía a un mensaje ni a un correo. Era una llamada directa, y eso solo podía significar una cosa: pánico en la torre de control.
Tito miró la pantalla iluminada con el nombre "Oficina Central" parpadeando en rojo. Deslizó el dedo con cuidado. Escuchó durante diez segundos sin parpadear, con el teléfono pegado a la oreja. Alrededor, el zumbido de los ventiladores de refuerzo que habían instalado tras el incidente del humo llenaba el espacio, pero Andrés pudo distinguir el cambio en la respiración de su jefe.
—Entendido. Vamos para allá —dijo Tito y cortó la llamada, dejando el aparato sobre la mesa con un golpe seco.
Se giró hacia Andrés, quien intentaba limpiar una mancha de grasa de su teclado con la manga de la polera.
—Deja eso, niño. Nos citaron en la sede central. Ahora.
Andrés miró su ropa. Llevaba jeans gastados en las rodillas y la polera corporativa de Robot Software House que ya tenía dos días de uso continuo debido a la "hackathon" forzada. Olía a una mezcla de café rancio, polvo de concreto y el desodorante en aerosol que Shrek rociaba compulsivamente cada media hora para no respirar el aire común.
—¿Así? —preguntó Andrés, señalándose el pecho.
—Quieren vernos las caras, no la ropa —respondió Tito, tomando su credencial digital y guardándola en el bolsillo de la camisa—. Aunque probablemente prefieran no ver ninguna de las dos. Vamos. El transporte ya está asignado en la aplicación.
El viaje hacia el sector oriente de la ciudad fue un ejercicio de silencio tenso. El auto, un sedán eléctrico silencioso que olía a pino sintético, avanzaba por avenidas que se volvían progresivamente más limpias y arboladas a medida que se alejaban del centro cívico. Los edificios de hormigón daban paso a torres de cristal espejado que reflejaban el sol de la tarde con una arrogancia cegadora.
Andrés observaba por la ventana cómo el entorno cambiaba. En el Ministerio, la gente caminaba rápido, con la cabeza gacha y carpetas físicas bajo el brazo. Aquí, en el distrito financiero, los trajes eran de corte italiano y los pasos tenían un ritmo de ocio productivo.
El vehículo se detuvo frente a la torre Titanium de la consultora. Andrés bajó y sintió inmediatamente la diferencia de temperatura. El calor pegajoso del centro había desaparecido, reemplazado por una brisa suave que parecía artificialmente regulada por la arquitectura del lugar.
Al cruzar las puertas de cristal del edificio, el contraste olfativo lo golpeó como una bofetada física. El aire acondicionado estaba perfumado con una fragancia cítrica y madera de sándalo, diseñada para evocar eficiencia y dinero. No había rastro del olor a humedad, a papel viejo o a las empanadas de pino que vendían en la entrada del Ministerio.
La recepcionista del piso veinte, una mujer con un maquillaje tan perfecto que parecía tener un filtro de Instagram en la vida real, los miró por encima de un monitor curvo de 34 pulgadas. Su nariz se arrugó imperceptiblemente cuando Andrés se acercó al mostrador. El aroma a sótano que traían impregnado en la ropa funcionaba como un repelente social instantáneo en ese entorno de mármol y vidrio.
Hector Leyton y Andrés Garuda —dijo Tito, sin molestarse en esperar a que el escáner de la entrada los leyera.
—El señor Igea los espera en la sala "Sinergia Global" —respondió ella, señalando un pasillo largo con piso de alfombra tan mullida que las pisadas no producían sonido alguno.
Caminaron hacia la sala de juntas. Las paredes de vidrio insonorizado permitían ver a otros empleados trabajando en escritorios ergonómicos, con monitores 4K y plantas que parecían regadas con agua mineral. Nadie gritaba. Nadie corría con cables de red en la mano. Era un acuario de peces caros nadando en aguas tranquilas.
Tito empujó la puerta de la sala de reuniones.
El aire adentro estaba aún más frío. Una mesa de vidrio templado de cuatro metros de largo dominaba el espacio, rodeada de sillas de cuero negro que parecían tronos ejecutivos. En la cabecera, Juan Sebastián Igea, el Dueño, miraba hacia el horizonte de la ciudad con las manos entrelazadas a la espalda, imitando la pose de un visionario de portada de revista.
A su derecha, Jose Igea, el Hijo del Dueño y Gerente PM, tecleaba frenéticamente en una tablet profesional con teclado magnético, probablemente enviando instrucciones contradictorias a algún otro equipo desafortunado. Renata Espinosa estaba sentada al otro lado, revisando su maquillaje en la cámara frontal de su teléfono, impecable en un traje sastre color crema que no tenía una sola arruga.
—Llegaron —dijo Jose Igea sin levantar la vista de la pantalla—. Siéntense. Traten de no ensuciar el cuero.
Andrés se acomodó en la silla más alejada, dejando su mochila gastada en el suelo con suavidad. El cuero crujió bajo su peso, un sonido que resonó obscenamente en el silencio de la sala. Tito se sentó frente a Jose, cruzando los brazos sobre la mesa, invadiendo el espacio inmaculado con sus codos apoyados en la superficie de cristal.
Juan Sebastián Igea se giró lentamente. Su rostro mostraba esa sonrisa paternalista que reservaba para los momentos en que la realidad técnica amenazaba su fantasía corporativa.
—Bienvenidos a casa, muchachos —dijo el Dueño, abriendo los brazos—. Los mandamos a llamar porque necesitamos... recalibrar la brújula. He escuchado rumores de humo. De ruido. De fricción.
—El servidor se quemó, Juan Sebastián —dijo Tito, cortando la metáfora de raíz—. El hardware del Ministerio no aguantó la carga del ciclo de pruebas.
—Detalles —interrumpió Jose Igea, bloqueando su tablet y dejándola sobre la mesa con un golpe seco—. El hardware es un commodity. Lo que nos preocupa es el software. La inteligencia. El valor agregado que vendimos.
Jose se puso de pie y tomó un control remoto minimalista. La inmensa pantalla LED de 85 pulgadas al fondo de la sala se iluminó, proyectando una diapositiva con fondo azul degradado y letras doradas que decían: *"MINDSET GANADOR: Transformando el Bug en Feature"*.
—Preparé esto para alinear los chakras del proyecto —anunció Jose, caminando alrededor de la mesa con paso de conferencista TED—. Estamos enfrentando un desafío de percepción. El cliente, Don Genaro, dice que borramos cinco mil registros de la base de datos de beneficiarios.
Andrés tragó saliva. Cinco mil personas desaparecidas del sistema. Cinco mil abuelos que no cobrarían su pensión si no arreglaban el desastre.
—Nosotros decimos —continuó Jose, presionando el control para pasar a la siguiente diapositiva que mostraba un gráfico de barras ascendente sin etiquetas en los ejes— que hemos realizado una *optimización de la carga histórica*.
Tito soltó una risa breve, un sonido áspero que hizo que Renata levantara la vista de su teléfono.
—Jose, el proceso Batch hizo un *delete* en la tabla de maestros —dijo Tito con voz calmada pero firme—. Borró los datos porque el código de la multinacional no tenía el *where* en la sentencia de actualización. Eso es negligencia.
Jose Igea detuvo su caminata y miró a Tito con una mezcla de lástima y fastidio.
—Ahí está el problema, Héctor. Tu lenguaje. Hablas de "delete", de "código", de "sentencias". Eso es lenguaje de obrero. Aquí estamos en la gerencia. Aquí hablamos de visión.
Avanzó tres diapositivas rápidamente. Apareció una foto de stock de alta resolución de un águila cazando a una serpiente cibernética, con la palabra *AGILIDAD* escrita en fuente Impact.
—Esos cinco mil registros eran... peso muerto —improvisó Jose—. Probablemente datos antiguos. Duplicados. El sistema hizo una limpieza ecológica. Eso es lo que le diremos a Don Genaro. Que nuestra inteligencia artificial detectó inconsistencias y procedió a sanear la base.
—No tenemos inteligencia artificial, Jose —intervino Andrés. La frase salió de su boca antes de que pudiera filtrarla.
Todas las cabezas se giraron hacia él. Andrés sintió el calor subirle al cuello, contrastando con el frío polar de la sala.
—El sistema corre en Cobol y Java 6 —continuó Andrés, bajando la voz pero manteniendo la mirada en la mesa—. No hay IA. Hay un script que programó un desarrollador que no sabía que el RUT chileno tiene dígito verificador.
Renata soltó un suspiro dramático y se giró hacia el Dueño.
—¿Ves, Juan Sebastián? —dijo ella, señalando a Andrés con un lápiz digital caro—. Esta es la actitud negativa de la que te hablé. Les falta *vibe*. En mi equipo de Web, cuando un botón no funciona, decimos que es una "funcionalidad en beta". Ellos lo llaman "error". Es muy deprimente trabajar así.
Juan Sebastián asintió gravemente, acariciándose la barbilla. Caminó hacia la pantalla gigante y observó el águila digital como si fuera una obra de arte en el Louvre.
—El muchacho tiene un punto, pero le falta pulir el diamante —dijo el dueño, ignorando la catástrofe técnica para centrarse en la estética—. Hablando de pulir... Jose, esa diapositiva. El logo de Robot Software House en la esquina inferior. Se ve plano.
—Es el logo oficial, papá —respondió Jose.
—Sí, pero estamos en 2026. Debería tener volumen. Sombreado dinámico. ¿Podemos hacerlo girar? —preguntó Juan Sebastián, haciendo un gesto rotatorio con la mano—. Que el robot salude y guiñe un ojo en la pantalla. Eso le daría confianza al cliente cuando vea el reporte de los cinco mil... eh... registros optimizados.
Tito se pasó una mano por la cara, arrastrando la piel cansada.
—Juan Sebastián, el reporte es un archivo de texto plano. No tiene logos. No tiene colores. Y si no recuperamos el respaldo antes del lunes, Don Genaro no va a querer ver un robot saludando, va a querer ver nuestras cabezas en una pica digital.
—Siempre tan dramático, Tito —dijo Renata, interviniendo con una sonrisa condescendiente—. Quizás el problema es el ambiente en el sótano. Es muy... analógico. Muy oscuro.
Renata conectó su teléfono al sistema de audio de la sala con un toque en la pantalla.
—Estuve leyendo un artículo sobre neuro-productividad —continuó ella—. Deberíamos poner música motivacional en los servidores. Ondas beta a 432 hertzios. Sonidos de lluvia sintética. Eso ayudaría a que el código fluya mejor. Podríamos instalar parlantes bluetooth en el rack.
—El rack se quemó, Renata —repitió Tito, marcando cada sílaba—. Echó humo. Fuego. Extintores de polvo químico.
—Bueno, en el nuevo rack —insistió ella, sin perder el ritmo—. Es un tema de energía. Si los desarrolladores están estresados, el código sale estresado. Es lógica básica.
Jose Igea aplaudió una vez para recuperar la atención. Pasó a la diapositiva número treinta. El título era *"SINERGIA: La Culpa es Compartida (Pero más de unos que de otros)"*.
—Vamos al grano —dijo Jose, apoyando las manos en la mesa y mirando fijamente a Tito—. El primer ciclo fue un desastre. Eso es un hecho. Pero no podemos decirle al cliente que la multinacional nos entregó basura, porque la multinacional es socia estratégica. Y no podemos decir que Web falló, porque la página se ve preciosa en los demos.
Renata asintió, alisándose la falda.
—Entonces —continuó Jose—, la narrativa oficial será que el entorno de certificación, o sea, su sótano, no estaba calibrado para la magnitud de la innovación que trajimos.
Tito se puso de pie. La silla de cuero se deslizó hacia atrás con un ruido sordo.
—¿Nos vas a culpar a nosotros? —preguntó Tito, con la voz vibrando de una rabia contenida—. Mi equipo ha dormido tres horas en los últimos dos días. Andrés ha estado comparando archivos a mano porque no quisiste comprar la licencia del software de auditoría. Matías está parchando cables con cinta adhesiva.
—Es un tema de estrategia, Héctor —dijo Jose, adoptando un tono falsamente conciliador—. Alguien tiene que amortiguar el golpe. Ustedes son el Backend. Son invisibles. Si decimos que fue un fallo de hardware o de configuración local, Don Genaro lo entenderá como un tema de "fierros". Si decimos que el software está mal hecho, perdemos la licitación.
—Y si decimos que borramos cinco mil pensiones por "configuración local", nos demandan por negligencia —replicó Tito.
Juan Sebastián Igea intervino, levantando una mano como un pontífice pidiendo calma.
—Nadie va a demandar a nadie —dijo el Dueño con una sonrisa beatífica—. Somos una familia. Y en las familias, a veces el hermano mayor rompe un jarrón y el hermano menor dice que fue el gato. Es sacrificio. Es amor.
Andrés miró al dueño. La desconexión con la realidad era absoluta. Para ese hombre, el código penal y los contratos estatales eran sugerencias flexibles que se podían doblar con un buen discurso sobre el amor familiar.
—Miren —dijo Jose, pasando a la diapositiva cuarenta, que solo mostraba un signo de interrogación gigante sobre un fondo negro—. El lunes tenemos que mostrar bandera verde. No me importa cómo. Si tienen que escribir los registros a mano en la base de datos, háganlo. Si tienen que desconectar las validaciones para que el error no salte, háganlo.
—Eso es ilegal —dijo Andrés.
Jose Igea se giró hacia el pasante. Sus ojos, que hasta ahora habían mostrado indiferencia, brillaron con una frialdad calculadora.
—Andrés, ¿verdad? —dijo Jose—. Te voy a dar un consejo de vida corporativa moderna. La legalidad es un espectro. Lo que nosotros hacemos es... gestión creativa de crisis. Y tú, que estás empezando, deberías agradecer la oportunidad de aprender de maestros de la industria.
Renata miró su reloj inteligente, un modelo deportivo de gama alta que vibró en su muñeca con un recordatorio.
—Me tengo que ir, tengo sesión de reiki por Zoom —anunció ella, poniéndose de pie—. Pero quedamos claros, ¿no? Música motivacional, 3D en el logo y ustedes arreglan lo del lunes. Ah, y traten de ducharse antes de venir la próxima vez. El olor a... esfuerzo... marea un poco.
Renata salió de la sala, dejando una estela de perfume que luchó por un segundo contra el olor a sótano de Andrés y Tito antes de vencerlo por goleada.
Juan Sebastián también se levantó, dándose por satisfecho con la reunión.
—Excelente sesión, equipo. Me gusta esta energía. Sinergia pura —dijo el Dueño, dirigiéndose a la puerta—. Voy a ver si el equipo de diseño puede bosquejar el robot con sombras dinámicas para la tarde. Jose, te encargas de los detalles operativos.
El dueño salió, tarareando una melodía indistinguible.
Quedaron solos en la sala: Tito, Andrés y Jose Igea. El silencio que siguió fue denso, pesado, muy distinto al silencio cómodo del dinero que reinaba en el edificio.
Jose apagó la pantalla gigante con el control remoto. El brillo azul desapareció, dejando solo el leve rumor del aire acondicionado central. El Gerente PM caminó lentamente hasta quedar a un metro de Tito. Ya no había sonrisas de PowerPoint ni discursos sobre águilas. Solo había la crudeza de un hombre mediocre con poder heredado que se sentía acorralado.
—Escúchame bien, Héctor —dijo Jose, bajando la voz hasta convertirla en un susurro áspero—. Sé que te gusta jugar al héroe sindicalista con tus muchachos. Sé que les compras café y los proteges.
Tito sostuvo la mirada, inmóvil.
—Pero el contrato depende de la entrega del lunes —continuó Jose—. Mi bono depende de la entrega del lunes. Y el futuro de esta empresa, que paga el sueldo de tu equipo de inadaptados, depende de la entrega del lunes.
Jose se inclinó un poco más, invadiendo el espacio personal de Tito. Andrés vio cómo los puños de su jefe se apretaban sobre la mesa de vidrio, los nudillos blancos por la presión.
—Así que haz tu magia —dijo Jose Igea—. Parchea, miente, inventa, dibuja. No me importa. Pero si el lunes no hay bandera verde en el tablero de control de Don Genaro, si el cliente levanta una sola ceja sospechando que esto es un desastre...
Jose hizo una pausa, dejando que la amenaza flotara en el aire perfumado. Miró de reojo a Andrés y luego volvió a clavar sus ojos en Tito.
—Si eso pasa, alguien de tu equipo va a tener que hacerse cargo del error.
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