Go Live o Muere! - Capitulo 8

El reloj digital de la pared, un artefacto de plástico rojo que parecía haber sido rescatado de una estación de tren soviética, marcó las doce de la noche con un parpadeo vacilante. En el sótano del Ministerio, la transición del día a la noche no se medía por la luz del sol, que nunca llegaba a esas profundidades, sino por el cambio en la acústica. El ruido de pasos en el techo —el piso de los "mortales"— cesaba, el tráfico lejano de la ciudad se apagaba y el edificio comenzaba a emitir sus propios sonidos: crujidos de asentamiento, gorgoteos en las tuberías y el zumbido eléctrico constante de los servidores que masticaban datos en la penumbra.

Andrés se acomodó en su silla, buscando una posición que no le clavara el resorte vencido en la zona lumbar. La iluminación habitual de tubos fluorescentes había sido reemplazada por el modo de ahorro de energía: solo unas pocas luces de emergencia y el resplandor azulado de los monitores permanecían encendidos, bañando el concreto desnudo en una atmósfera de acuario enfermo.

—Es la hora de las brujas, o en nuestro caso, la hora de los demonios de la capa ocho —dijo Joaquín, rompiendo el silencio. Su voz sonó amplificada por la falta de ruido ambiental. Estaba sentado con los pies sobre el escritorio, haciendo girar un lápiz entre los dedos con una destreza nerviosa.

Tito, instalado en su puesto de mando, revisaba una lista de verificación impresa con una linterna pequeña que sostenía con la boca. No levantó la cabeza.

—Menos poesía y más monitoreo, Joaquín. El demonio cron corre a las tres. Tenemos tres horas para asegurar que nada estorbe en la pista.

A unos metros, Matías desplegaba una antena de metal telescópica que pertenecía a una radio portátil de los años noventa, un ladrillo negro cubierto de cinta adhesiva. La colocó con cuidado milimétrico sobre la torre de su PC, buscando una señal que parecía esquivar el hormigón armado del edificio.

—¿Qué haces, Matías? —preguntó Andrés, observando la operación con los ojos entrecerrados por el cansancio.

Matías se llevó un dedo a los labios, pidiendo silencio, mientras giraba el dial con lentitud quirúrgica. El aparato emitió una serie de chididos de estática blanca hasta que, de pronto, una voz gangosa y acelerada emergió del ruido.

—...y se prepara "Tormenta del Desierto" en la pista cuatro, atención Brisbane, atención noctámbulos...

—Carreras en Australia —susurró Matías, con los ojos brillando en la oscuridad—. Allá es mediodía. El dinero nunca duerme, Andrés, solo cambia de huso horario. Si el "Centella" gana, recupero lo que perdí con el servidor la semana pasada.

Andrés negó con la cabeza y volvió a su pantalla. Tenía la tarea de vigilar la memoria caché del servidor de aplicaciones, una línea verde que subía y bajaba hipnóticamente. El aire estaba frío. La calefacción central se apagaba a las seis de la tarde y el sótano recuperaba su temperatura natural de tumba.

Un ruido metálico en la puerta principal hizo que todos giraran la cabeza. Cristóbal estaba allí, luchando con la chapa. Llevaba su chaqueta de marca puesta y una cajetilla de cigarros en la mano.

—Está cerrada con llave —dijo Cristóbal, golpeando el metal con la palma abierta—. El guardia me dijo que a medianoche sellaban el perímetro.

—Es el protocolo de seguridad nocturna —explicó Tito, quitándose la linterna de la boca—. Nadie entra, nadie sale. Estamos en cuarentena técnica hasta que termine el proceso.

Cristóbal se pasó las manos por el pelo, desordenando su peinado perfecto. Caminó hacia la puerta de vidrio que separaba el pasillo de los ascensores, donde Jerónimo Gasull, el guardia del turno de noche, permanecía inmóvil en una silla de madera.

Andrés observó la escena a través del cristal sucio. Cristóbal gesticulaba, señalaba los cigarros, juntaba las manos en señal de súplica. El guardia, un hombre con un uniforme que le quedaba estrecho en los hombros y una gorra calada hasta los ojos, no movió ni un músculo facial. Simplemente miró a Cristóbal, luego miró al frente, y volvió a su inmovilidad de estatua.

—No te va a abrir —dijo Joaquín, riendo por lo bajo—. Gasull no habla. Dicen que perdió la voz gritándole a una impresora matricial en el 98. O quizás simplemente nos odia.

Cristóbal regresó derrotado, tirando la cajetilla sobre su escritorio.

—Esto es un secuestro —masculló, sentándose y haciendo girar su silla de lado a lado—. Voy a demandar a la consultora por privación ilegítima de libertad y por falta de suministro de nicotina.

—Ahorra oxígeno —intervino Álvaro desde su rincón.

El "Profe" estaba limpiando su teclado mecánico. Había desmontado cada tecla y las frotaba una por una con un hisopo empapado en alcohol isopropílico. La luz de su monitor iluminaba su rostro desde abajo, acentuando las sombras de sus cuencas oculares y dándole un aspecto cadavérico.

Andrés sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura del sótano. Álvaro trabajaba con una calma metódica, casi ritualista.

—Las bacterias se reproducen más rápido en la oscuridad —dijo Álvaro, sin mirar a nadie en particular—. Se alimentan de las escamas de piel muerta que dejamos caer sobre las teclas. Somos nosotros mismos quienes alimentamos a la plaga que nos enferma. Es un ciclo fascinante, ¿no lo crees, Andrés?

Andrés tragó saliva. El sonido del hisopo frotando el plástico era el único ruido en la sala, aparte de la narración hípica de la radio de Matías.

—Supongo —respondió Andrés, intentando sonar casual—. Aunque yo solo trato de mantener las migas fuera.

Álvaro levantó una tecla "Enter" y la examinó contra la luz como si fuera una joya preciosa.

—La fragilidad del sistema es igual a la fragilidad biológica. Un comando mal escrito, una arteria que se tapa. El resultado es el mismo: pantalla negra. Apagado del sistema. Silencio eterno. —Álvaro sonrió, una mueca suave y tranquila—. Por eso limpio. La limpieza es el único control que tenemos sobre la entropía. ¿Quieres un pañito con alcohol? Te veo tenso.

—No, gracias. Estoy bien así —dijo Andrés, girando su silla para darle la espalda.

Al fondo de la sala, cerca de los racks de servidores que zumbaban como un enjambre de avispas eléctricas, Maximiliano, alias Shrek, estaba de pie. Había encontrado una posición donde la luz de una farola de la calle se filtraba por una rendija de ventilación alta, la única conexión con el mundo exterior.

El haz de luz pálida caía directamente sobre él, recortando su silueta contra la pared de concreto. Andrés parpadeó. La sombra proyectada, sumada a la postura encorvada de Maximiliano y sus orejas prominentes, creaba una réplica exacta del ogro de la película. La imagen resultaba inquietante.

Shrek sostenía un envase de desodorante ambiental y rociaba el aire a su alrededor cada dos minutos, creando una nube química que brillaba bajo la luz.

—Huele a encierro —se quejó Shrek, arrugando la nariz—. Huele a clase media estancada. Si voy a pasar la noche en vela, exijo condiciones mínimas de habitabilidad. Este aire reciclado me está resecando la piel.

—Ponte crema y cállate —dijo Tito, mirando su reloj—. Faltan diez minutos para las tres. Todos a sus puestos. Quiero los ojos en las consolas.

La atmósfera cambió al instante. La radio de Matías fue silenciada, aunque él dejó el auricular puesto en una oreja. Cristóbal dejó de girar en su silla. Álvaro volvió a montar las teclas con un clac-clac rápido y preciso.

Andrés abrió la ventana de terminal principal. El cursor parpadeaba, esperando.

—Matías, estado de la base de datos —pidió Tito.

—Instancias arriba. Buffer libre. Estamos listos para la inyección —respondió Matías, tecleando con una mano mientras con la otra ajustaba el volumen de su radio.

—Joaquín, verifica los servicios de integración.

—Servicios corriendo. El bus de datos está limpio.

—Andrés —dijo Tito, girándose hacia el pasante—. Tú tienes el honor. Ejecuta el Batch Maestro.

Andrés sintió que los dedos le sudaban. Era solo presionar una tecla, pero esa tecla detonaba una cadena de eventos que procesaría los movimientos bancarios, las actualizaciones de beneficios y los registros civiles de medio país. Si fallaba, la mañana siguiente sería un infierno de teléfonos sonando y gerentes gritando.

Miró el reloj. 03:00:00.

Presionó Enter.

La pantalla se llenó de líneas de texto que subían a una velocidad vertiginosa. *Iniciando proceso... Cargando módulos... Conectando a repositorio...*

El sonido de los discos duros en el rack cambió de tono. El zumbido suave se transformó en un rasguido frenético, el sonido de cabezales magnéticos leyendo y escribiendo terabytes de información a miles de revoluciones por minuto.

—Inició —confirmó Andrés, soltando el aire que retenía.

—Ahora a esperar —dijo Tito, cruzándose de brazos—. Nadie se mueve. Nadie respira fuerte.

Los minutos se estiraron como chicle. 3:15. 3:30. El porcentaje de avance en la barra de progreso de Andrés se movía con una lentitud exasperante. 15%. 22%.

Matías susurró un "¡Vamos, caballo!" que nadie supo si era para el proceso o para la carrera en Brisbane. Shrek seguía rociando desodorante, ahora con un ritmo que coincidía con los parpadeos del led de actividad del disco duro.

A las 4:00 AM, la barra llegó al 90%.

—Estamos cerca —dijo Joaquín, estirándose en su silla—. Parece que hoy nos vamos a casa con el sol.

—No lo mufes —advirtió Tito.

4:10 AM. 95%.

El ruido de los servidores alcanzó un crescendo. Los ventiladores giraban al máximo para disipar el calor generado por el cálculo masivo.

4:14 AM. 98%.

Andrés se inclinó hacia la pantalla. Ya casi estaba. Solo faltaba el cierre de los logs y la generación del reporte final.

4:15 AM. 99%.

La barra se detuvo.

El rasguido de los discos duros cesó de golpe. El silencio volvió a caer sobre el sótano, pesado y absoluto.

—Se pegó —dijo Cristóbal.

—No se pegó, está escribiendo el cierre —dijo Tito, aunque su voz denotaba duda.

Esperaron un minuto. Dos. Cinco. El cursor no parpadeaba. El porcentaje seguía clavado en 99%.

—Andrés, revisa la consola de sistema —ordenó Tito, poniéndose de pie y acercándose al puesto del estudiante.

Andrés abrió una segunda terminal. Intentó listar los procesos activos, pero el comando tardó diez segundos en responder. El sistema se arrastraba.

—Está lentísimo —dijo Andrés—. Algo se comió los recursos.

Escribió el comando para verificar el espacio en disco. El resultado apareció en pantalla con letras blancas que parecían burlarse de ellos.

*Filesystem: /dev/sda1*

*Size: 4.0T*

*Used: 4.0T*

*Avail: 0*

*Use%: 100%*

—Disco lleno —leyó Andrés, incrédulo—. No puede ser. Teníamos tres terabytes libres antes de empezar.

—¿Qué llenó tres teras en una hora? —preguntó Joaquín, acercándose también.

Andrés navegó hasta el directorio de logs. Listó los archivos ordenados por tamaño.

Un solo archivo dominaba la lista: *error_log_batch_master.txt*.

—Dos terabytes —dijo Andrés, señalando el número monstruoso—. El log de errores pesa dos terabytes.

—Ábrelo —dijo Tito.

—No puedo abrir un archivo de dos teras, Tito. El editor de texto va a explotar.

—Hazle un *tail*. Muéstrame las últimas líneas.

Andrés ejecutó el comando para ver el final del archivo. Las líneas aparecieron en cascada. Eran idénticas, repitiéndose millones de veces por segundo.

*Error: NullPointerException - Variable 'sinergia' not found.*

*Error: NullPointerException - Variable 'sinergia' not found.*

*Error: NullPointerException - Variable 'sinergia' not found.*

—¿Variable 'sinergia'? —preguntó Shrek, mirando la pantalla con asco—. ¿Qué clase de nombre de variable es ese?

Tito se pasó la mano por la cara, arrastrando la piel cansada hacia abajo.

—Es el módulo que pidió el Hijo del Dueño —dijo Tito con voz muerta—. Insistió en que los desarrolladores pusieran una etiqueta de "sinergia" en cada transacción para medir la "calidad emocional" del dato.

—Y al parecer la variable no está declarada —concluyó Joaquín—. Así que el sistema entró en un bucle infinito escribiendo el error cada microsegundo hasta que llenó el disco físico.

Matías se quitó los audífonos de la radio.

—Perdió el "Centella" —informó, ajeno al desastre digital—. Se tropezó en la última curva.

Andrés miró la pantalla congelada en el 99%. La barra de progreso, que minutos antes prometía libertad, ahora era una lápida digital. El cursor seguía inmóvil. El sistema no había fallado por una lógica compleja o un ataque hacker. El sistema se detuvo tras escribir la palabra “sinergia” millones de veces.

Tito se dio la vuelta y caminó hacia la tetera oxidada.

—Preparen café —dijo sin mirar atrás—. Nadie se va. Tenemos que borrar dos terabytes de basura a mano antes de que llegue la Tía Gladys a las ocho.

Andrés dejó caer la cabeza sobre el teclado. Las teclas mecánicas, recién limpiadas por Álvaro, se marcaron en su frente, frías y estériles, mientras el zumbido de los servidores seguía constante.


Este capítulo forma parte del primer arco de la novela. "Go Live o Muere!" escrita por Dante L. Silente

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Gracias por leer.

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