Go Live o Muere! - Capitulo 9

La luz del sol de las ocho de la mañana golpeaba las ventanas sucias del pasillo del Ministerio con una claridad ofensiva. Para Andrés, que llevaba puesto el mismo jeans desde el viernes y una polera que había perdido su cualidad de algodón para convertirse en una segunda piel rígida por el sudor seco, el día no comenzaba; simplemente, la pesadilla cambiaba de iluminación.

El equipo Batch caminaba en fila hacia el ascensor principal, arrastrando los pies con una sincronía de zombis industriales. Tito iba a la cabeza, con la camisa arrugada y una mancha de café seco en el bolsillo del pecho que parecía una condecoración de guerra. Sus ojos, enmarcados por ojeras que llegaban a los pómulos, miraban al frente con la fijeza de quien marcha hacia el patíbulo. Detrás de él, Jose Igea, el Hijo del Dueño, revisaba su tablet con movimientos nerviosos, alisándose el traje italiano cada tres pasos, como si la tela cara pudiera repeler el olor a fracaso que emanaba del grupo.

Ramón cerraba la marcha, bostezando con la boca abierta, ajeno a la tensión eléctrica que erizaba los pelos de la nuca de Andrés. El tartamudo del equipo Online había sido convocado a última hora por Jose. Tito había aceptado con un encogimiento de hombros.

El ascensor llegó con un timbre alegre. Las puertas se abrieron y el grupo entró en silencio. El espejo interior les devolvió la imagen de la derrota: rostros pálidos, cabello grasiento y esa postura encorvada típica de quienes han pasado setenta y dos horas intentando borrar dos terabytes de logs de error línea por línea.

—Recuerden el discurso —dijo Jose Igea, rompiendo el silencio mientras el ascensor subía con un zumbido asmático—. No hay errores. Hay "oportunidades de mejora detectadas en la fase de estrés". El sistema no falló. El sistema "reaccionó defensivamente ante una carga inusual".

Tito miró su propio reflejo en el metal rayado de la puerta.

—El sistema borró la tabla de maestros. Eso no es una reacción defensiva. Es un suicidio digital.

—Es una interpretación, Héctor —cortó Jose, guardando la tablet—. Don Genaro no sabe la diferencia entre una tabla maestra y una tabla de picar carne. Lo que importa es la narrativa. Y la narrativa es que estamos en una fase de "estabilización controlada".

El ascensor se detuvo en el piso cuatro, el dominio de la Alta Dirección. Al abrirse las puertas, el aire cambió. Ya no olía a humedad de sótano ni a desodorante vencido. Olía a cera para pisos de la década del ochenta, a madera vieja y a polvo acumulado sobre expedientes que nadie había abierto en veinte años.

Caminaron por un pasillo largo, flanqueado por retratos de ex ministros en blanco y negro que parecían juzgarlos desde el pasado. Al final del corredor, como una cerbera mitológica tejida a crochet, estaba el escritorio de la Tía Gladys.

El puesto de trabajo de Gladys era una fortificación. Torres de carpetas de cartón amarillo se alzaban a los lados, creando muros físicos que apenas dejaban ver la parte superior de su cabeza. Un calendario de 1998 con fotos de gatitos colgaba en la pared trasera, junto a un diploma enmarcado que certificaba su asistencia a un curso de dactilografía.

Gladys levantó la vista. Sus anteojos colgaban de una cadena de perlas falsas alrededor del cuello. Miró a Jose Igea, luego a Tito, y finalmente detuvo su escrutinio en Andrés, arrugando la nariz ante la evidencia visual de la falta de ducha.

—Vienen a ver a Don Genaro —dijo ella. 

—Tenemos cita, Gladys querida —dijo Jose Igea, desplegando su mejor sonrisa—. La entrega final del hito uno. Un momento histórico.

Gladys resopló. Movió una pila de papeles con lentitud deliberada, buscando una agenda física de cuero negro.

—Histórico va a ser si logran que Don Genaro firme el acta de recepción —murmuró ella, pasando las páginas con un dedo humedecido en saliva—. El jefe está ocupado. Está revisando la prensa.

—Es solo un minuto, Gladys —insistió Jose, apoyando las manos en el mostrador de madera, invadiendo el espacio aéreo de la secretaria—. Además, le traje algo.

Jose sacó del bolsillo interior de su saco una caja pequeña de chocolates finos. La dejó sobre el escritorio, empujándola suavemente entre dos torres de expedientes.

Gladys miró la caja. Luego miró a Jose. Su expresión no cambió, pero su mano derecha se movió con la velocidad de una cobra y la caja desapareció dentro de un cajón.

—Pueden pasar —dijo ella, volviendo a sus papeles—. Pero el informe impreso se queda aquí. Yo lo reviso antes de que entre al despacho. Protocolo 404 de la circular interna.

Jose palideció. El informe impreso, que Andrés llevaba en su mochila, contenía las setenta páginas de "Sinergia" y gráficos vacíos que la IA había generado para ocultar el desastre. Si Gladys leía una sola página, sabría que estaban vendiendo humo.

Jose Igea se giró hacia Ramón y le dio un empujón discreto en la espalda.

—Ramón —dijo Jose con voz tensa—. ¿Por qué no le cuentas a Gladys sobre... ese tema que vimos en el pasillo? Mientras nosotros pasamos.

Ramón parpadeó, confundido por un segundo, hasta que captó la señal de auxilio en los ojos desorbitados de su jefe. Dio un paso al frente, interponiéndose entre Gladys y la puerta del despacho.

—H-h-hola, G-g-gladys —empezó Ramón, con una sonrisa amplia—. S-s-sabes que a-a-ayer v-v-vi algo i-i-increíble en la t-t-t-tele.

Gladys intentó mirar por encima del hombro de Ramón para ver qué hacían los demás, pero el tartamudo se movió lateralmente, bloqueando su línea de visión.

—E-e-era un d-d-documental sobre... sobre... —Ramón se quedó atascado en la palabra, gesticulando con las manos como si estuviera amasando pan invisible.

—¿Sobre qué, niño? —preguntó Gladys, impaciente.

—Sobre g-g-g-gatos —soltó finalmente Ramón—. G-g-gatos que... que t-t-tejen.

Gladys se detuvo. La mención de gatos y tejido tocó una fibra sensible en su sistema operativo burocrático.

—¿Gatos que tejen? —repitió ella, escéptica pero intrigada.

—S-s-sí. Con l-l-lana y t-t-todo. Y m-m-me acordé de t-t-ti p-p-porque...

Mientras Ramón iniciaba la anécdota más larga y falsa de la historia de la humanidad, Jose hizo una seña rápida a Tito y Andrés. Se deslizaron por el costado del escritorio, esquivando la vigilancia de la guardiana, y empujaron la pesada puerta de roble del despacho de Don Genaro.

Entrar en la oficina de Don Genaro era viajar en el tiempo. Las persianas venecianas estaban cerradas, filtrando la luz en franjas horizontales llenas de motas de polvo que bailaban en el aire estancado. El olor era una mezcla densa de tabaco antiguo (de cuando se podía fumar adentro), madera curada y naftalina.

En el centro de la habitación, detrás de un escritorio que parecía sacado de un barco del siglo XIX, Don Genaro dormitaba. Tenía la cabeza apoyada sobre una mano, y los ojos cerrados detrás de unos anteojos gruesos. Frente a él, un monitor de tubo (CRT) de 17 pulgadas ocupaba la mitad de la superficie útil de la mesa, zumbando con una frecuencia aguda que taladraba los oídos.

Jose Igea carraspeó fuerte.

—¡Don Genaro! —exclamó con un entusiasmo fingido que resonó obsceno en la penumbra—. ¡Buenos días!

El funcionario abrió un ojo. Tardó unos segundos en enfocar, como un reptil despertando de la hibernación. Se enderezó lentamente, y sus articulaciones crujieron en armonía con la silla de cuero.

—Ah... los muchachos de la computación —dijo Don Genaro con voz pastosa—. ¿Ya es lunes?

—Lunes de victoria, Don Genaro —dijo Jose, acercándose y depositando una memoria USB dorada sobre el escritorio—. Aquí está. La entrega del Hito 1. El sistema de auditoría biográfica, listo y certificado.

Andrés se quedó junto a la puerta, apretando las correas de su mochila. Tito permaneció de pie, rígido, mirando el monitor de tubo como si fuera una bomba de tiempo.

Don Genaro miró el dispositivo USB con desconfianza. Lo tomó con dos dedos, como si fuera un insecto muerto.

—¿Y esto qué es? —preguntó—. Yo pedí carpetas. Papel. Timbre.

—Es el futuro, Don Genaro —explicó Jose, sudando ligeramente—. El sistema es digital. Los resultados están ahí. Solo tiene que conectarlo y... disfrutar de la magia.

Don Genaro resopló. Se inclinó hacia el costado de su escritorio, donde descansaba una torre de PC color beige, amarillenta por el tiempo y el sol. Andrés notó que la disquetera de 3 1/2 todavía tenía la luz verde encendida.

El jefe de área buscó el puerto USB con torpeza, rayando el metal varias veces antes de lograr insertar la memoria.

—Vamos a ver qué inventaron ahora —masculló Don Genaro.

Tomó el mouse, un dispositivo de bola que requería movimientos amplios del brazo para desplazar el cursor, y dio doble clic en el icono de "Mi PC".

La pantalla parpadeó. El logo de Windows XP apareció por un segundo, luchando por mantenerse visible.

—Tiene que abrir el archivo "Ejecutable_Presentación_Final.exe" —indicó Jose. Era un archivo que el equipo de Online había preparado en Flash a última hora para simular que el sistema funcionaba, mostrando pantallas estáticas en secuencia.

Don Genaro hizo clic.

El disco duro de la torre beige emitió un sonido que Andrés reconoció de inmediato: el "clac-clac-clac" de una aguja lectora golpeando contra los platos magnéticos. Era el sonido de la muerte mecánica.

—Se está demorando —observó Don Genaro, golpeando el monitor con el nudillo—. Siempre pasa lo mismo con estas máquinas modernas.

—Es... es que está cargando mucha data, Don Genaro —improvisó Jose, mirando a Tito con pánico—. Son millones de registros. La potencia de cálculo requiere tiempo.

El zumbido del ventilador de la fuente de poder del PC aumentó de tono. Empezó como un susurro y subió rápidamente a un aullido agudo, similar al de una aspiradora atascada.

Andrés dio un paso atrás.

—Eso no suena bien —susurró Tito.

De repente, la pantalla del monitor se contrajo en una línea horizontal blanca y luego se expandió en un destello de colores psicodélicos. La imagen de la presentación apareció distorsionada, con el logo de Robot Software House estirado como un chicle.

—Ahí está —dijo Jose, señalando la pantalla deforme—. Miren esa interfaz. Limpia. Robusta.

—Se ve chueco —dijo Don Genaro, acercando la cara al vidrio.

En ese instante, la torre beige emitió un chasquido seco, como el disparo de una pistola de juguete, seguido inmediatamente por un siseo violento.

*¡PUF!*

Una nube de humo negro salió disparada por la rejilla trasera del computador, golpeando la pared y expandiéndose por la oficina. El olor a condensador electrolítico quemado y plástico derretido llenó el aire en menos de un segundo, superando al olor a tabaco viejo.

Don Genaro tosió, agitando las manos frente a su cara.

—¡Fuego! —gritó el funcionario, empujando su silla hacia atrás con tanta fuerza que chocó contra el mueble librero—. ¡Me están quemando la oficina!

Jose Igea se cubrió la boca con un pañuelo de seda, retrocediendo hacia la puerta.

—¡Es... es parte de la demostración! —gritó Jose, en un intento de suicidio retórico—. ¡Es la potencia del motor gráfico!

Tito se abalanzó sobre el escritorio. No para salvar el PC, que ya estaba muerto, sino para desconectar el cable de corriente antes de que saltaran los tapones de todo el piso. Tiró del cable negro con fuerza y la torre quedó en silencio, humeando como una chimenea industrial en miniatura.

El silencio que siguió fue absoluto, solo roto por la tos seca de Don Genaro y el sonido de la Tía Gladys gritando desde afuera "¿Qué rompieron ahora?".

Don Genaro se puso de pie. Se alisó la chaqueta de su traje gris, se acomodó los anteojos y miró la torre carbonizada. Luego levantó la vista y clavó los ojos en Jose Igea.

La somnolencia habitual del funcionario había desaparecido. En su lugar, había una lucidez fría, la mirada de un burócrata que ha sobrevivido a diez ministros y veinte consultoras, y que acaba de encontrar la excusa perfecta para ejercer su poder.

—Joven Igea —dijo Don Genaro. Su voz era baja, carente de cualquier emoción, lo que la hacía mucho más aterradora—. Usted me dijo que el sistema estaba listo. Me dijo que era el futuro.

—Y lo es, Don Genaro, lo es —balbuceó Jose, con la cara manchada de hollín—. Esto fue un fallo de hardware local. Su máquina no estaba preparada para la magnitud de nuestra innovación.

Don Genaro caminó lentamente alrededor del escritorio hasta quedar frente al Hijo del Dueño. Ignoró la excusa como quien ignora el zumbido de una mosca.

—Mi máquina funcionaba perfectamente para jugar al Solitario y escribir oficios —dijo Don Genaro—. Hasta que usted le metió su "innovación".

El jefe de área se giró hacia un archivador metálico. Abrió el cajón superior y sacó una carpeta azul. La puso sobre el escritorio, lejos de los restos del computador.

—Sabe lo que es esto, ¿verdad? —preguntó, golpeteando la tapa de la carpeta con el dedo índice.

Jose Igea tragó saliva. El sonido fue audible en la habitación.

—Es... es el contrato —susurró Jose.

—Es la boleta de garantía —corrigió Don Genaro—. Diez mil unidades de fomento. Dinero que el Estado retiene para asegurarse de que no vengan payasos a quemar el mobiliario fiscal.

Tito cerró los ojos por un segundo. Andrés sintió que las piernas le fallaban. La ejecución de la boleta de garantía no solo significaba el fin del proyecto; significaba la quiebra técnica de la consultora y el despido inmediato de todos.

—Don Genaro, por favor —intentó intervenir Jose, con la voz quebrada—. Fue un accidente. Podemos traerle un computador nuevo. Uno gamer. Con luces.

—No quiero luces —cortó Don Genaro—. Quiero que el sistema funcione. Y quiero que funcione en mi máquina beige. Les doy cuarenta y ocho horas para que arreglen este desastre y me demuestren que pueden procesar los datos sin incendiar el Ministerio.

Don Genaro se inclinó hacia adelante, apoyando los puños en el escritorio.

—Si el miércoles a esta misma hora no tengo un reporte impreso, en papel, sin humo y sin cuentos chinos, voy a caminar hasta la oficina de Finanzas y voy a cobrar esta boleta. Y después voy a vetar a su empresa de cualquier licitación pública por los próximos cincuenta años.

—Entendido —dijo Tito. Fue el primero en hablar con coherencia.

—No le hablo a usted, Leyton —dijo Don Genaro, sin mirar a Tito—. Le hablo al dueño del circo. ¿Me entendió, Igea?

Jose asintió frenéticamente, incapaz de articular palabra.

—Ahora, salgan de mi oficina. Tengo que ventilar este olor a plástico barato.

El equipo salió del despacho en fila india. En la antecámara, Gladys había dejado de escuchar a Ramón y ahora miraba el humo que salía por la puerta abierta con una satisfacción maliciosa. Ramón, que se había quedado sin palabras sobre los gatos tejedores, se unió al grupo con cara de interrogación.

Caminaron en silencio hasta el ascensor. Jose Igea presionó el botón de llamada repetidamente, como si quisiera perforar el panel.

Cuando las puertas se cerraron y el ascensor comenzó a descender, Jose se giró lentamente. Su rostro ya no tenía el pánico del despacho. Ahora, en la seguridad del encierro metálico, el miedo había dado paso a otra cosa.

Miró a Andrés, luego a Ramón, y finalmente detuvo su mirada en Tito. Sus ojos se entrecerraron, inyectados en sangre por el humo y la rabia. No hubo gritos. No hubo insultos. Solo una mirada de odio destilado, la promesa silenciosa de que alguien iba a pagar por la humillación que acababa de sufrir frente a un funcionario con un PC de 1998.

—Arréglalo —susurró Jose Igea, escupiendo la palabra—. O desearás haberte quemado con ese computador.

Tito sostuvo la mirada, impasible, mientras el ascensor los llevaba de vuelta al sótano, al único lugar donde el aire, aunque viciado, no estaba cargado con la amenaza inminente de la ruina total.


Este capítulo forma parte del primer arco de la novela. "Go Live o Muere!" escrita por Dante L. Silente

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Gracias por leer.

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