La mentira del rey - Capitulo 1


El hierro raspó la piedra. Los pesados cerrojos retrocedieron con un chasquido ronco. La puerta cedió hacia el pasillo, arrastrando su base sobre el suelo irregular. Una franja de luz cortó la oscuridad del calabozo. El resplandor golpeó el rostro del prisionero. Jacques alzó un brazo para protegerse los ojos. El brillo lastimaba sus pupilas tras años en la penumbra. Dos hombres armados entraron al recinto. Llevaban los emblemas reales cosidos en las túnicas. Uno de ellos levantó una antorcha. El otro apuntó hacia el corredor valiéndose de su lanza.

El anciano apoyó las palmas sobre la paja sucia. Empujó su torso hacia arriba. Concentró la escasa fuerza restante en los brazos. Sus rodillas crujieron. Las piernas le temblaban por el frío enquistado en los huesos. Respiró el humo denso de la antorcha y tosió. Enderezó la espalda hasta donde el dolor en las vértebras se lo permitió. Avanzó hacia la salida dando pasos cortos. El guardia retrocedió para dejarle espacio.

Afuera aguardaba Godofredo de Charney. El preceptor mantenía la postura apoyando la espalda contra el muro. Su barba crecía enmarañada, ocultando la mitad del rostro. Las ropas colgaban hechas jirones sobre los hombros estrechos. Cruzaron miradas en silencio. El agotamiento marcaba sus facciones. Jacques observó los pies ensangrentados de su compañero. Comprendían la gravedad del momento. No necesitaban articular palabras frente a la escolta para saber que algo anómalo ocurría.

Los soldados marcaron el ritmo golpeando el piso con las astas de sus armas. El grupo avanzó por las galerías. Los pies desnudos levantaban ecos secos al chocar contra las baldosas. El olor a encierro quedaba atrás progresivamente. Las antorchas parpadeaban al recibir las corrientes de aire. Jacques rozaba la pared con los nudillos para mantener el equilibrio en las escaleras. Sus pulmones exigían aire limpio con desesperación.

Subieron el último tramo de peldaños desgastados. Llegaron a un patio adoquinado. Un portón de roble abierto dejaba ver la calle. Los guardias frenaron junto a los muros perimetrales. Un capitán asintió desde una galería superior. Jacques cruzó el umbral. Salió de la prisión del Temple bajo el cielo grisáceo de la mañana. Los centinelas empujaron las hojas de madera a sus espaldas. El impacto resonó contra los edificios cercanos. Eran libres.

El clamor de la capital los asaltó al instante. El traqueteo de los carros sacudía el suelo bajo sus talones desprotegidos. Los pregones de los mercaderes cruzaban el espacio cortando el zumbido constante de la multitud. Jacques apretó los dientes ante el volumen ensordecedor. Su cabeza giraba buscando un punto fijo en las fachadas colindantes. Centenares de personas transitaban formando un torrente humano incesante. Ese dinamismo contrastaba con el letargo de la mazmorra. Sintió vértigo ante la inmensidad del espacio abierto.

Caminaron por las vías transitadas sin rumbo definido. El fango oscuro cubría sus tobillos manchando la piel reseca. La gente pasaba a prisa, esquivando charcos y montículos de basura. Un artesano empujó un carretón cargado de tablones y rozó el hombro izquierdo del prisionero. El golpe casi lo derriba sobre el pavimento. Ningún transeúnte prestó atención a los dos ancianos. París los ignoraba por completo, inmersa en su propia rutina comercial.

Un perro esquelético corrió entre sus piernas buscando refugio bajo un toldo cercano. Jacques detuvo la marcha. Observó al animal perderse entre las botas de los peatones. Bajó la vista hacia sus propias manos. Los trapos ásperos raspaban su piel surcada por cicatrices antiguas. Contempló sus uñas rotas y sus articulaciones deformadas. Imágenes nítidas de mantos albos asaltaron su memoria. El sol brillando sobre los yelmos plateados. La brisa levantando la arena suelta del desierto.

Recordó los caballos cruzando la llanura bajo el calor implacable del Mediterráneo. Él sostenía las bridas dominando al corcel. El peso de la cota de malla otorgaba aplomo a su postura sobre la montura. Antes lideraba ejércitos en territorios hostiles. Los monarcas europeos escuchaban sus evaluaciones guardando un silencio reverencial. Las banderas con la cruz paté ondeaban impulsadas por los vientos cálidos anunciando su llegada. Sus órdenes movilizaban flotas enteras a través de las fronteras.

Ahora pisaba el lodo convertido en un mendigo. La tela ruinosa apenas cubría su desnudez. Su columna permanecía encorvada bajo el peso invisible de las condenas públicas. El aire helado penetraba por las rasgaduras de la indumentaria miserable. Las miradas esquivas de los artesanos reemplazaban los honores formales de la nobleza. El ahogo oprimía su garganta formando un nudo doloroso. Intentó tragar saliva para aliviar la sequedad del paladar.

La deshonra dolía mucho más que el desgaste muscular. Su mente trajo el recuerdo del pergamino extendido sobre la mesa del inquisidor. Las letras negras formaban acusaciones redactadas por el guardasellos del rey. Había admitido actos impuros para detener el daño sobre su propio cuerpo. Había asentido ante las herejías para frenar los mecanismos de tormento en los sótanos reales.

Cargaba con la culpa de haber manchado el legado de la Orden. El sacrificio de sus hermanos caídos en combate quedaba invalidado por documentos avalados con su propia confesión. Un escalofrío recorrió su espina dorsal. Apretó los puños hundiendo las uñas en las palmas callosas. Se obligó a continuar avanzando por la calle ruidosa para no desplomarse en medio de la multitud.

Godofredo mantenía un trote cojeante a escasos pasos de distancia. El preceptor respiraba con dificultad. Evitaron las plazas amplias donde circulaban las patrullas reales. Buscaron cobijo en los callejones apartados del centro urbano. Las fachadas altas de las viviendas burguesas ocultaban la luz solar creando pasadizos sombríos. El entorno apestaba a desperdicios orgánicos y humo de leña. Avanzaban rozando los ladrillos húmedos para no ser arrollados por los jinetes que transitaban las vías secundarias.

El anonimato les brindaba un escudo precario. El pueblo llano aceptaba las proclamas del monarca sin cuestionar los métodos empleados en las prisiones. Ignoraban la verdad oculta tras los gruesos muros de la fortaleza. Jacques observó a un sirviente arrojar restos vegetales desde una ventana superior. Los desperdicios cayeron cerca de sus pies descalzos. El empleado cerró las contraventanas de madera sin reparar en los transeúntes. Caminaban como espectros marginados en una urbe que ya había asimilado su aniquilación institucional.

Tras un recorrido extenso por calles laberínticas, doblaron en una esquina pronunciada. Apareció frente a ellos la estructura de madera astillada de una posada. Era un edificio modesto ubicado en un barrio residencial ajeno al bullicio de los mercados. Un letrero oxidado colgaba sobre el acceso principal. La puerta descansaba inclinada sobre bisagras deformadas. Entraron al salón extremando las precauciones. Sus plantas desprotegidas rozaron las tablas sucias del umbral.

Buscaron refugio en la mesa emplazada en el ángulo más oscuro del establecimiento. El rincón olía a cebada agria y humedad. Tomaron asiento sobre bancos desgastados por el uso. Las articulaciones de Jacques protestaron al flexionarse bajo su propio peso. Apoyó la espalda contra la pared de mampostería buscando soporte. Suspiró cerrando los párpados. La acústica apagada del local mitigó el ruido exterior.

Un posadero corpulento emergió desde la penumbra. Llevaba un delantal de cuero áspero manchado con grasa. Caminó hacia la mesa arrastrando el calzado pesado. Depositó un cántaro de arcilla y dos trozos de pan duro sobre las tablas marcadas. El hombre no formuló ningún saludo. Giró sobre sus talones y desapareció en el sector sombrío del local, desinteresado por la presencia de los recién llegados.

Jacques aferró el recipiente utilizando ambas manos. La temperatura baja del barro cocido contrastó con el calor febril de sus palmas. Bebió el agua estancada con ansia. El líquido recorrió su conducto digestivo aliviando el ardor de su garganta. Tragó grandes cantidades hasta reducir a la mitad el volumen del contenido. Exhaló un respiro largo al apartar el borde de la jarra. Empujó el envase húmedo hacia el lado opuesto de la mesa.

Godofredo interceptó el cántaro y bebió con la misma urgencia. Tras calmar la sed, apoyó los antebrazos sobre la madera llena de incisiones. Inclinó el torso hacia adelante acortando la separación entre los dos. Sus ojos barrieron las esquinas del negocio comprobando la ausencia de informantes apostados en la sombra.

—Esta liberación esconde una trampa —susurró Godofredo manteniendo la mirada fija en su superior.

Jacques asintió despacio. Observó el rostro demacrado de su compañero leal.

—Pretenden exponernos ante el populacho muy pronto —afirmó el Gran Maestre con voz ronca.

Godofredo cerró los puños contra la tabla. Los tendones de sus muñecas resaltaron bajo la piel sucia.

—Nos han soltado para orquestar la humillación definitiva. Quieren obligarnos a ratificar las confesiones frente a la multitud para cerrar el proceso judicial —aseguró el preceptor.

Jacques entendió el plan. Los sacarían a la plaza para obligarlos a repetir las mentiras. Querían que el pueblo escuchara la condena de sus propias bocas. Así el rey podría quedarse con el oro y llamar justicia a su saqueo. Si aceptaban las acusaciones ante la multitud, nadie volvería a creer en la Orden.

Desplazó el asiento hacia atrás causando un roce agudo contra las maderas del piso. Se incorporó apoyando las manos abiertas sobre el borde del mueble para estabilizarse. Caminó hacia el límite trasero del salón esquivando sillas ladeadas y barriles apilados. Buscaba una reserva de agua para retirar el hollín adherido a sus mejillas. Descubrió un cuenco ancho asentado sobre un cajón de transporte cerca de la salida trasera.

En la pared vertical ubicada detrás del recipiente colgaba una placa de metal pulido. El objeto reflectante estaba fijado a los listones mediante remaches gruesos. Se aproximó pisando los restos de paja esparcidos por el suelo liso. Apoyó los dedos sobre la madera del cajón para frenar una ligera oscilación de su cuerpo fatigado. Enfocó su visión directamente sobre la superficie brillante claveteada en el muro.

La lámina metálica le devolvió el retrato fidedigno de un anciano destruido. La piel flácida caía sin tensión alrededor de sus maxilares. Sus retinas habían perdido la fiereza característica de su época de mando. Ahora exhibían el pavor grabado durante las noches de tortura en los subsuelos palaciegos. El cabello grisáceo caía enredado sobre una frente surcada por arrugas profundas. La falta crónica de alimento había hundido las cuencas de sus ojos creando sombras alarmantes. Costras oscuras delimitaban los bordes de sus labios partidos por el clima riguroso.

Ese rostro era la prueba de que sus enemigos habían cumplido su tarea. El monarca había quebrado su cuerpo con método frío. El consejero lo había obligado a firmar con dolor y amenazas. Observó el declive de su estructura ósea bajo la tela andrajosa. Examinó el hundimiento de su pecho expuesto por la rotura de la camisa. El hombre del reflejo parecía el último resto de todo lo que habían destruido. Aparentaba ser un mendigo atemorizado que aguardaba el final de sus días en silencio.

Acercó las yemas de sus dedos a la superficie helada de la placa. El contacto frío provocó un parpadeo lento en sus párpados pesados. Ese sujeto encorvado le generó un repudio incontrolable. No logró identificar al comandante en jefe de las huestes cruzadas en esas órbitas esquivas. No visualizó al estratega que cruzaba sables con los sultanes orientales. Apretó la boca con un movimiento seco. Contrajo los músculos mandibulares provocando la fricción de sus dientes desgastados.

Un calor repentino escaló por su tráquea disipando la sensación de frío que impregnaba la posada. La indignación genuina comenzó a suplantar la sumisión implantada metódicamente por los verdugos. El temperamento bélico original inundó sus venas forzando la circulación de la sangre con latidos vigorosos. El orgullo innegable de su cargo desplazó la aceptación pasiva aprendida en el potro de castigo. Las memorias de los caballeros ejecutados injustamente exigían redención desde el fondo de su conciencia alterada.

En ese sector apartado del mundo fraguó una resolución definitiva. Sabía que el fuego lo esperaba cuando el rey diera la orden final. Las llamas consumirían su carne de manera inevitable. Sin embargo, juró internamente que su vida no concluiría amparando el fraude documental fabricado por la inquisición. La concesión impuesta por el dolor físico se desintegraba en ese mismo instante. Diría la verdad una última vez sobre las piedras de la ciudad, aunque esa verdad lo llevara directo a la muerte. Resistiría el castigo final con la frente en alto. Defendería el honor de la Orden aunque eso lo llevara a la hoguera. No moriría protegiendo la mentira del rey. Su nombre no figuraría en los registros del tiempo como el de un cobarde vencido por el terror. Abandonó el rincón oscuro del local y caminó de regreso hacia la mesa donde Godofredo lo aguardaba. La debilidad en sus rodillas había desaparecido por completo bajo el impulso de la determinación forjada frente a la placa de metal pulido. Muchos habían muerto por esa mentira. El hombre que había entrado a la posada ya no era el mismo que regresaba a la mesa. Ahora caminaba erguido.


Este capítulo forma parte del primer arco de la novela. "La mentira del rey: El juicio final de Jacques" escrita por Dante L. Silente

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Gracias por leer.

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