La mentira del rey - Capitulo 3
El viento helado barría los tejados de la ciudad sumida en la oscuridad. La lluvia fina calaba hasta los huesos de los dos fugitivos. Jacques y Godofredo se deslizaron por un callejón estrecho para evadir la marcha rítmica de una patrulla nocturna. El sonido metálico de las mallas y las alabardas se alejó lentamente hacia el lado oeste. Retomaron su avance silencioso bordeando las casas de los artesanos. Llegaron finalmente ante la mole de piedra de un templo antiguo. La ráfaga golpeó la fachada cubierta de musgo. La puerta cedió soltando un crujido agudo. Jacques cruzó el umbral arrastrando los pies sobre las baldosas sueltas. Godofredo empujó la pesada hoja de madera para cerrarla tras ellos, haciendo que el impacto resonara por todo el espacio vacío. El aire allí adentro olía a polvo y humedad. Caminaron a través de la nave central esquivando los escombros caídos del techo a medio derrumbar. Aquella iglesia abandonada ofrecía un resguardo necesario frente a la tormenta y las rondas de vigilancia. Nadie visitaba ese lugar desde hacía décadas. Unas estatuas incompletas montaban guardia desde sus pedestales.
Avanzaron hacia el altar mayor oculto en la penumbra. Los vitrales rotos dejaban pasar ráfagas esporádicas de luz lunar. Los fragmentos de vidrio y la grava crujían bajo las suelas del preceptor. Jacques apoyó una mano sobre la piedra del púlpito buscando equilibrio. Sus pulmones exigían aire con urgencia tras la larga y agotadora caminata. El esfuerzo cobraba un peaje altísimo en su cuerpo maltrecho. Habían sorteado los distritos centrales durante horas para eludir a los soldados. El anonimato entre las ruinas representaba su única defensa inmediata. París albergaba oídos dispuestos a venderlos a la corona en cada taberna.
Godofredo sacó un pedernal, frotó el metal contra la piedra y encendió una vela pequeña. La llama débil iluminó los rostros cansados de ambos guerreros. El recinto carecía de cruces, cálices u ornamentos. Los ladrones habían vaciado el lugar retirando hasta el último clavo de valor. Las columnas macizas sostenían un artesonado agrietado que amenazaba con colapsar. Las sombras se estiraban y encogían sobre las paredes al compás de la corriente de aire. En medio del gran silencio, Jacques escuchaba los latidos acelerados golpeando su propio pecho.
Se sentó sobre el escalón inferior del santuario profanado. Sus articulaciones emitieron un chasquido sordo. La fatiga profunda amenazaba con paralizar sus extremidades por completo. Apoyó la espalda contra la base del altar buscando un soporte firme. El frío de la mampostería traspasaba su túnica mendicante. Cerró los ojos para intentar regular el ritmo desbocado de su respiración. Las marcas recientes del látigo ardían bajo la tela áspera al menor movimiento.
Llevó una mano bajo la ropa y palpó su torso huesudo. Extrajo un pergamino enrollado, haciéndolo con cuidado para no rasgar los bordes endurecidos. El documento contenía las enormes injurias redactadas por los escribanos del rey Felipe. Esa confesión impuesta pesaba en sus manos muchísimo más que un escudo de roble. El papel daba validez a las calumnias diseminadas sin descanso por el guardasellos. Las letras detallaban adoraciones oscuras y prácticas completamente falsas. Los interrogadores habían logrado doblegar su resistencia carnal tras meses ininterrumpidos de castigo sostenido.
Desenroscó el pliego alisando las esquinas sobre sus rodillas temblorosas. La luz amarillenta reveló los trazos entintados y las firmas estampadas bajo coacción extrema. Su estómago se contrajo al repasar visualmente los párrafos acusatorios. Esas palabras escritas lastimaban su orgullo de guerrero. Recordó el ardor insoportable de los hierros aplicados sobre su piel. Ese tormento específico había forzado su rendición definitiva ante los magistrados despiadados. La vergüenza le quemaba las entrañas impidiendo cualquier consuelo. El honor manchado no le concedía tregua ni piedad en la soledad.
Desde su posición cercana, Godofredo observaba los movimientos pausados de su superior. El preceptor vigilaba la entrada principal sosteniendo un listón grueso de madera. Sus ojos castaños reflejaban una lealtad inalterable forjada en los frentes de batalla lejanos. Deseaba trazar una ruta segura de escape antes de la llegada inminente del alba. Las calles adoquinadas significaban la captura inmediata y la muerte para ambos prófugos. La guardia urbana rastreaba los barrios bajos rastrillando las casas sospechosas. El joven guerrero mantenía los músculos en tensión, dispuesto a dar su sangre para defender a su comandante supremo.
Escuchaban el silbido del viento cortando las aristas del campanario derruido. La capital entera dormía bajo el control absoluto y tiránico del monarca francés. Godofredo dio un paso al frente para acortar la separación física entre ambos. Su rostro mostraba una preocupación genuina por el estado de salud del Gran Maestre. Necesitaba sugerir un curso de acción inmediato para garantizar la huida. Permanecer escondidos entre las ruinas conllevaba el riesgo de ser descubiertos a la mañana siguiente. Las horas nocturnas menguaban rápidamente limitando las opciones viables.
—Debemos abandonar los límites de esta urbe esta misma noche —dijo Godofredo empleando un tono bajo y urgente.
Jacques levantó la vista del documento separando los ojos de la tinta negra.
—Las puertas amuralladas y los puentes permanecen vigilados por la guarnición real —respondió el anciano.
Godofredo negó con un movimiento rápido y enfático de cabeza.
—Conozco senderos cubiertos por la maleza a través de los bosques del este —explicó el preceptor—. Los buhoneros furtivos utilizan esas rutas de tierra para evitar a los recaudadores de impuestos. Podemos alcanzar la protección de la frontera en un par de semanas de marcha forzada. Allí encontraremos resguardo entre las familias nobles contrarias a las ambiciones de la corona.
Aquella propuesta de evasión resonó con claridad en la nave vacía. La idea de huir lejos prometía alargar sus días sobre la tierra. Sus huesos adoloridos anhelaban un descanso permanente lejos del alcance de los verdugos. Jacques imaginó los árboles inmensos de los bosques ocultando sus huellas. La corte parisina los daría por muertos o desaparecidos cerrando el conflicto definitivamente. Los dos caballeros proscritos podrían envejecer en total paz bajo cielos lejanos. La tentación dulzona del exilio crecía con fuerza en su mente agotada. Resultaba extremadamente fácil desaparecer en la bruma y abandonar aquel desastre.
Respiró hondo para asimilar el aire helado del templo abandonado. El instinto de supervivencia representaba un impulso biológico casi imposible de ignorar. Sus heridas abiertas exigían vendajes y ungüentos que jamás conseguirían en suelo francés. Salvarse implicaba dejar atrás la memoria de sus hermanos asesinados injustamente. El exilio garantizaba amaneceres tranquilos pagando el precio de la cobardía. El soberano calculador usurparía las riquezas y los castillos de la hermandad sin hallar oposición.
Bajó la vista nuevamente hacia las letras dibujadas en el pergamino. Recordó el contenido del panfleto vulgar leído durante la tarde en aquel sótano lúgubre. Las mentiras impresas circulaban velozmente por las plazas engañando a los trabajadores. La muchedumbre asimilaba los edictos oficiales tomándolos como sentencias divinas. El gran engaño operaba a la perfección sembrando odio en los corazones sencillos. Callar ante semejante atrocidad otorgaba validez histórica a la farsa elaborada.
—Huir confirma la veracidad de estas blasfemias redactadas por los siervos del palacio —afirmó el Gran Maestre manteniendo la voz firme.
Godofredo cruzó los brazos sobre su cota de malla demostrando una frustración evidente.
—Los aldeanos ya creen esas historias de brujería ciegamente —argumentó el guerrero—. Nuestra inmolación pública carecerá de sentido para los campesinos temerosos. El reino controla las voces de los curas y de los pregoneros. Entregarnos a las llamas solo causará regocijo entre los artífices de esta cacería.
Ese choque de opiniones elevó la tensión en el interior del recinto. Las posturas discordantes dejaban al descubierto dos maneras diferentes de entender el honor marcial.
—Escapar de la ciudad nos convierte en cómplices directos del saqueo organizado —declaró Jacques poniéndose serio—. Los soldados inmolados en las piras exigen una respuesta valiente. Nosotros conformamos el último bastión de autoridad de nuestra institución. El silencio forzado nos vuelve traidores a nuestros propios juramentos.
Godofredo descruzó los brazos y se acercó a la base del altar mayor.
—Yo busco conservar el latido de su corazón —dijo el preceptor apretando los nudillos—. El consejero del rey desea borrar su figura del mundo cuanto antes. Huir arruina los planes de nuestro enemigo principal. Seguir respirando representa el acto de rebeldía más grande contra el trono francés.
Comprendía la necesidad apremiante de su subordinado por protegerlo. Apreciaba esa unión fraternal originada bajo el calor aplastante de los desiertos orientales. Godofredo arriesgaba el cuello de manera voluntaria para guiar la fuga conjunta. El respeto profundo guiaba aquellas recomendaciones enfocadas en la supervivencia. Retroceder ante un ejército infinitamente superior constituía una maniobra sensata. Los grandes capitanes ordenaban retiradas para preservar la vida de sus tropas.
Sin embargo, la sangre latiendo en las venas carecía de utilidad sin conservar la dignidad intacta. El legado de los caballeros valía más que su propia vida. Los hombres que habían muerto exigían un acto público imposible de ocultar. La negación de los cargos necesitaba resonar frente a las puertas de las catedrales concurridas. Ocultarse en un país vecino avalaba la sentencia dictada por los jueces corruptos. Una existencia miserable basada en la mentira superaba en horror al tormento del fuego. El Gran Maestre debía liderar una ofensiva frontal contra esa red de mentiras.
Apoyó ambas palmas abiertas sobre la piedra rugosa para impulsarse hacia arriba. Su postura encorvada se enderezó notablemente bajo la claridad trémula de la pequeña mecha. Las articulaciones aguantaron el gran esfuerzo tras un breve calambre. La fuerza de sus convicciones inyectaba vigor en los músculos consumidos por el hambre. El prisionero derrotado cedía su lugar al general experimentado. El aplomo majestuoso de su rango regresaba a sus facciones castigadas.
—Utilizaremos el tablado construido por nuestros adversarios para nuestro propio beneficio —explicó el líder de los templarios—. Los hombres del rey esperan una demostración patética de arrepentimiento frente a los muros de la iglesia principal. Aguardan oír la confirmación de estas calumnias salir de mis propios labios. Confían en obtener la firma final para adueñarse de las propiedades sin reclamos legales.
Godofredo abrió mucho los ojos evidenciando su sorpresa ante semejante plan.
—Usted pretende rechazar los cargos frente a la multitud reunida —dedujo el joven guerrero—. La escolta armada lo masacrará allí mismo en medio de la explanada. Las espadas caerán sobre su cuerpo antes de terminar el primer párrafo.
Asintió con lentitud confirmando la certeza brutal de aquel pronóstico sombrío. Las consecuencias de esa rebelión verbal resultaban fáciles de adivinar. Los verdugos y soldados reaccionarían con una ferocidad inmensa ante la provocación pública. El riesgo de morir acuchillado en el atrio era innegable. Entregar la vida componía la pieza central del contraataque. Su sangre en el pavimento hablaría por él.
—El teatro montado por el monarca se derrumbará ante los ciudadanos —aseguró Jacques—. Denunciaré la falsedad de los procesos a los cuatro vientos. Describiré las atrocidades cometidas por los carceleros en los sótanos húmedos del palacio. El pueblo entero oirá la verdad cristalina sobre la fe inquebrantable de nuestra hermandad.
La crudeza de la confesión llenó la oscuridad con un peso solemne. Godofredo aceptó mentalmente la magnitud letal de la gesta propuesta. Un estremecimiento involuntario recorrió su columna al visualizar la plaza repleta de espectadores hostiles. Inmolarse representaba la única salida digna bajo esa perspectiva espartana. Rindió su voluntad a las órdenes de su comandante inclinando la cabeza. Ataba su propio final al desenlace trágico de la alocución prevista.
Jacques dio unos pasos cortos hacia la nave principal alejándose de la pared. Necesitaba dominar las emociones antes de enfrentar el momento definitivo de su existencia. Actuar llevado por la furia improvisada acarreaba el riesgo de fallar en su propósito. El discurso debía alcanzar a todos los presentes sin dejar duda alguna. Buscaba ordenar las ideas para construir sentencias claras y fáciles de comprender. El mensaje debía anidarse profundamente en el pensamiento de los zapateros y los campesinos allí reunidos.
Cerró los párpados para evadirse del entorno y encontrar las palabras exactas. El viento silbaba colándose entre las oquedades de las estatuas derruidas. Levantó el rostro buscando ensayar la potencia necesaria para cubrir grandes distancias. Su garganta resentida necesitaba proyectar los sonidos hacia las últimas filas del público imaginario. La falta de aire representaba un desafío notable frente a la debilidad general. Llenó sus pulmones mediante una inspiración sostenida y profunda.
—Yo reconozco mi enorme culpa ante los ojos de Dios todopoderoso —comenzó Jacques alzando la voz por encima del ruido de la lluvia—. Confieso haber ensuciado el buen nombre de mis compañeros para detener mi propio sufrimiento. Validé las patrañas elaboradas por nuestros enemigos al no soportar los castigos corporales. Las cadenas y el potro lograron vencer mi temple de manera vergonzosa.
Las frases rebotaron contra las bóvedas desnudas llenando el espacio inmenso. Godofredo permaneció completamente inmóvil escuchando desde su posición defensiva. El timbre vocal del anciano recobraba la autoridad dominante empleada en los campos de batalla. La fatiga se evaporaba momentáneamente ante el calor de la indignación justiciera. Jacques evaluaba el eco para ajustar la intensidad de sus pulmones. El entrenamiento vocal consolidaba su ánimo para afrontar el final violento.
—Nuestra hermandad militar jamás traicionó sus votos sagrados —continuó el líder incrementando el volumen—. Los guerreros de la cruz entregaron sus vidas para proteger los reinos cristianos en oriente. Los documentos presentados por los jueces reales son completamente nulos y falsos. El soberano codicioso tejió toda esta red de mentiras. Su consejero inventó los crímenes para apropiarse del oro guardado en las arcas. Ellos lideran una estafa gigantesca contra nuestra noble institución.
Cada vocal pronunciada con fuerza amplificaba el impacto de la denuncia. El discurso de ensayo sonaba rotundo e imposible de distorsionar. Jacques sentía el calor de sus épocas de gloria corriendo nuevamente por su interior. El pánico a morir quemado desaparecía ante la purificación que otorgaba proclamar la verdad a gritos. Señalar a los artífices de la trampa disolvía el remordimiento alojado en su pecho. Su voluntad recuperaba el control arrebatado durante las interminables sesiones de interrogatorio.
Sintió una presión intensa en su laringe reseca al concluir la prueba. Godofredo contemplaba al hombre transformado por la fuerza de su propia determinación. La fragilidad corporal dejaba de importar frente a la magnitud del coraje demostrado. El preceptor reafirmó internamente su devoción absoluta hacia aquel individuo extraordinario. Permanecería junto al Gran Maestre hasta que las espadas o las llamas los silenciaran. El miedo carecía de relevancia frente a la grandeza de la lealtad compartida. Ambos sentían una extraña quietud espiritual floreciendo entre los escombros caídos.
Concluyó la preparación bajando los brazos relajados a lo largo del cuerpo. Los jadeos rítmicos evidenciaban el enorme gasto de energía realizado durante la perorata. Desanduvo el camino hacia los escalones resbaladizos del presbiterio. Observó el papel delator tirado sobre las losas polvorientas. La calma retornó al recinto sacro al extinguirse las últimas vibraciones del eco. La tempestad desatada afuera seguía fustigando la techumbre con ráfagas feroces.
Se inclinó flexionando las rodillas para atrapar el rollo de pergamino. El material grueso hizo un ruido seco al ser aplastado por sus manos sucias. Ese conjunto de páginas manchadas resumía la caída vergonzosa de su espíritu. Los renglones apretados ensuciaban el nombre de todos los monjes soldados caídos en combate. La cera oficial simbolizaba el triunfo ilegítimo del poder del rey sobre el honor de los caballeros. Preservar aquel objeto infame constituía una ofensa hacia su propia alma liberada de cadenas.
Avanzó a pasos lentos pero decididos hacia el trozo de cirio encendido. El calor derretía la cera depositándola sobre la mesa de los sacrificios olvidados. Jacques sostuvo la confesión obligada empleando una firmeza total. Clavó la mirada en la pequeña flama amarilla exhibiendo una resolución inamovible. Retroceder ya no figuraba entre las alternativas del destino trazado en esa iglesia lúgubre. El nacimiento del nuevo día traería el choque brutal contra las estructuras del reino. Ya no podía conservar aquel papel sin traicionarse otra vez.
Acercó la esquina del papel endurecido al fuego vacilante. El material atrapó el calor con una voracidad sorprendente. Una franja naranja avanzó comiéndose el borde inferior del texto gubernamental. La temperatura destruyó rápidamente las mentiras iniciales impuestas por los inquisidores. Jacques conservó los brazos extendidos sin perturbarse por la rapidez de la combustión. Las flamas convertían la claudicación forzada en hilos de humo oscuro y denso.
Soportó el calor emitido por la fogata improvisada manteniendo el rostro inexpresivo. La columna negra y fina ascendió en línea recta buscando escapar hacia la calle. El fulgor de la hoguera diminuta resaltó las sombras pronunciadas de sus facciones guerreras. Las palabras retorcidas y las firmas humillantes se desintegraban transformándose en nada. Las cenizas cayeron sobre la piedra y él dejó de pensar en aquella confesión. Pequeños copos negros flotaron lentamente antes de caer sobre la piedra fría.
Godofredo notó el avance veloz del fuego hacia la piel desnuda de las manos. Dio una zancada enérgica intentando arrebatar el objeto en llamas para evitar quemaduras. Jacques alzó la mano contraria frenando el impulso protector de su amigo. El líder contempló de manera solemne cómo el último fragmento sucumbía ante las lenguas ardientes. Abrió los dedos para dejar caer las pavesas humeantes sobre el altar de piedra maciza. La declaración de sumisión quedaba borrada para la eternidad. Giró el cuello lentamente y enfrentó a Godofredo sosteniéndole la mirada con aplomo total.
—Si he de morir, que sea con la verdad en los labios.
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