La mentira del rey - Capitulo 4

La madera en bruto crujía bajo las plantas desprotegidas del prisionero. Los guardias empujaban su espalda usando el regatón romo de las picas. Jacques ascendía por la rampa inclinada hacia el cadalso. Sus articulaciones atrofiadas protestaban a cada paso. El viento matutino cortaba la piel expuesta entre los jirones de tela. Las astillas se clavaban en sus talones agrietados por la humedad del calabozo. Apretó los dientes para ahogar cualquier queja frente a los captores. Superar aquel desnivel exigía una voluntad titánica para un cuerpo marchito por el encierro prolongado. El roce del metal en las cotas de malla marcaba el ritmo de la marcha hacia el estrado superior.

A sus espaldas caminaba Godofredo. Dos soldados veteranos custodiaban al preceptor a corta distancia. El guerrero joven mantenía la vista clavada en la nuca de su superior. Su lealtad irradiaba una fuerza silenciosa en medio del cerco hostil. Tensaba los brazos encadenados al caminar sobre las tablas irregulares. Los eslabones repicaban contra el suelo con cada zancada. Alcanzaron la plataforma instalada frente a las puertas principales de la gran catedral. El espacio abierto ofrecía una perspectiva abrumadora de la urbe de piedra. El cielo plomizo amenazaba con descargar lluvia sobre los tejados puntiagudos.

Miles de ciudadanos atestaban la explanada principal. La plaza entera hervía con una agitación contenida y peligrosa. Hombres y mujeres se apretujaban contra las vallas perimetrales buscando una vista despejada. Los soldados cruzaban las armas largas para frenar los empujones de la muchedumbre. El clamor golpeó los tímpanos de Jacques con crudeza implacable. Sus oídos resentían el bullicio abrumador tras pasar años sumergido en el mutismo de las mazmorras. La expectación generaba una vibración palpable en el aire frío de la ribera. París parecía haberse vaciado de sus habitantes habituales para presenciar la claudicación del líder militar de la cristiandad.

Sobre el entarimado aguardaban los enviados del rey francés. Los magistrados permanecían de pie junto a un atril de roble oscuro. Un funcionario menor sostenía un pergamino grueso cubierto con gruesos sellos de cera roja. Los jueces lucían túnicas carmesíes ribeteadas con pieles abrigadas. Esa ropa pulcra contrastaba de forma brutal con la inmundicia adherida al cuerpo de los cautivos. Los anillos de oro brillaban cuando los hombres del rey acomodaban los pliegues de sus capas. Jacques detuvo su marcha justo en el centro del escenario improvisado. Sus pulmones buscaron oxígeno con avidez frente a la inmensidad del espacio abierto. La brisa enredó su cabello canoso y descuidado.

Detrás de la estructura de madera, la fachada gótica de Notre Dame dominaba el entorno. Las torres altas proyectaban sombras alargadas sobre el suelo de la plataforma. Las gárgolas esculpidas en la piedra parecían vigilar a los condenados con ojos ciegos. Decenas de santos tallados en los pórticos exhibían una indiferencia frente al sufrimiento humano. Los vitrales inmensos filtraban la escasa luz solar arrojando destellos tenues sobre los adoquines. El templo servía como telón de fondo para la escenificación del poder real. La corona utilizaba la grandeza de la piedra para reforzar la autoridad del rey. El entorno empequeñecía a los hombres condenados por la voluntad del trono.

En medio del gentío destacaban sujetos vestidos con ropas comunes y mantos pardos. Esos individuos permanecían estáticos evaluando los movimientos de la masa humana. Representaban los ojos del guardasellos infiltrados entre la población civil. Los espías analizaban las expresiones del vulgo buscando signos de empatía hacia la hermandad templaria. La ciudad albergaba simpatizantes ocultos capaces de iniciar disturbios callejeros en cualquier esquina. Los informantes llevaban dagas afiladas escondidas bajo los ropajes de lana cruda. Jacques reconoció a esos agentes del trono al instante gracias a su amplia experiencia en el campo de batalla. La red de vigilancia cubría cada sector estratégico de la gran explanada adoquinada.

El monarca no dejaba ningún cabo suelto durante la ejecución de los actos públicos. El control del entorno aseguraba el éxito de la ofensiva del rey contra los prisioneros. Los agentes se comunicaban mediante gestos breves y miradas furtivas lanzadas por encima de los hombros. Rodeaban a los grupos más bulliciosos preparados para sofocar cualquier muestra de apoyo a la Orden. El anciano comprendió la táctica del cerco organizado por Guillaume de Nogaret. El jurista había convertido el atrio sagrado en un cerco invisible para manipular a los miles de espectadores.

El Gran Maestre irguió la columna desafiando el latigazo de dolor alojado en sus lumbares. Sus ojos barrieron las primeras filas de espectadores ruidosos e irritables. Un aprendiz de herrero arrojó un tallo de col podrida hacia la plataforma elevada. El proyectil vegetal golpeó las tablas a escasos centímetros de los pies desprotegidos del prisionero. Los soldados de la guardia levantaron los escudos redondos formando una barrera visual preventiva. El resentimiento sembrado por los edictos reales fructificaba frente a las grandes puertas de la iglesia. Las personas aceptaban como verdades las calumnias distribuidas por todo el territorio de Francia. Los rostros desfigurados por la ira confirmaban el triunfo temporal de los falsificadores del palacio.

Godofredo apretó las mandíbulas al observar el impacto del desperdicio lanzado por el plebeyo. El instinto del guerrero exigía devolver el golpe contra los agresores anónimos. Las cadenas pesadas unidas a sus tobillos y muñecas frustraban cualquier intento de defensa corporal. El hierro rozó su piel hasta sangrar al dar un paso impulsivo hacia adelante. Jacques levantó una mano abierta ordenando quietud a su subordinado leal. El comandante necesitaba reservar toda su concentración mental para ejecutar su último asalto. El ardor de las llagas abiertas retrocedió ante la magnitud del deber inminente. Enfocó su visión en los rostros expectantes amontonados detrás del muro de picas.

La actitud altiva del acusado desconcertó a los ciudadanos apretujados en la primera línea. El populacho esperaba encontrar a un reo humillado derramando lágrimas y suplicando clemencia divina. Observaban en cambio a un general evaluando el terreno con una serenidad aplastante. La postura firme del prisionero no encajaba con la imagen de un siervo quebrado y arrepentido. Los abucheos y las injurias perdieron fuerza en el sector frontal de la congregación. La gente notó las cicatrices horrendas asomando bajo los harapos rasgados. Las marcas de quemaduras recientes contaban una historia de ensañamiento y castigo brutal. La compasión humana empezó a frenar la animosidad ciega de la clase trabajadora.

Un silencio denso comenzó a propagarse desde el centro de la muchedumbre hacia los bordes de la plaza. La intriga desplazó al desprecio inculcado durante los largos años de proclamas incesantes. El magnetismo del líder de los cruzados capturó la atención de la masa parisina. Las personas bajaron los brazos y abandonaron la idea de arrojar objetos contundentes. El enmudecimiento general contagió a los vendedores apostados en los márgenes de la explanada. Los conductores de carruajes detuvieron a sus bestias de carga en las calles adyacentes al percibir la quietud anómala. El fluir de las aguas del río Sena se volvió audible en la lejanía. Centenares de testigos aguardaban con la respiración contenida la voz del cautivo más famoso del reino.

Esa pausa colectiva pesaba muchísimo más que los alaridos furiosos de los minutos previos. El silbido del viento en las altas cornisas se convirtió en el único ruido en todo el atrio de Notre Dame. Los magistrados del estrado intercambiaron miradas inquietas ante el cambio abrupto en la atmósfera social. El notario adelantó el pergamino carraspeando para aclarar su garganta seca. La corona exigía la lectura obligatoria de los cargos antes de la confirmación final de la culpa. El funcionario abrió la boca para dar inicio al protocolo estipulado por las leyes de Francia. Jacques intervino al instante cortando el arranque de la letanía oficial con un tono autoritario.

—Fui sometido al fuego y al hierro en las mazmorras subterráneas.

Las palabras resonaron fuertes sobre el empedrado frío de la capital. La voz del anciano carecía de temblores o dudas. El timbre marcial rebotó contra la imponente fachada de la catedral amplificando su alcance acústico. El notario cerró la boca y retrocedió un paso trastabillando ante el arrebato del acusado. Godofredo sonrió levemente mostrando los dientes bajo la espesa barba enmarañada. El preceptor de Normandía comprendió el inicio de la esperada ofensiva verbal. Los ciudadanos abrieron los ojos desmesuradamente al oír la confirmación del suplicio físico. La violencia del rey actuaba en secreto tras los muros de los torreones. La revelación frontal impactó en las conciencias de los campesinos y mercaderes allí presentes.

Jacques avanzó medio metro hacia el borde del entablado desafiando a los lanceros apostados. Los soldados cruzaron las astas de pino intentando frenar su marcha deliberada y lenta. El Gran Maestre apoyó el pecho desnudo contra la madera de las lanzas sin parpadear. Ignoró la amenaza mortal del acero apuntando directo hacia su corazón fatigado. El público exhaló un sonido de asombro al presenciar la acción temeraria sobre las tablas. El comandante elevó la barbilla buscando abarcar visualmente a las personas ubicadas en los rincones alejados de la plaza.

—Soporté castigos corporales diseñados para quebrar la voluntad humana más resistente.

El estupor paralizó las reacciones de los funcionarios ubicados en la plataforma real. Los enviados del trono jamás previeron una rebelión abierta en aquel escenario milimétricamente controlado. Su plan dependía de la sumisión obtenida mediante el terror y el encierro. Los espías mezclados entre el público tensaron las piernas preparándose para la acción violenta. Varios informantes empujaron a los civiles apartándolos del camino para acercarse a la barrera defensiva. Buscaban asegurar posiciones ventajosas para intervenir con sus filos si los guardias fallaban en la contención. Jacques desestimó las maniobras del enemigo en la explanada y mantuvo la mirada en los rostros anónimos. Llenó sus pulmones utilizando las técnicas de respiración aprendidas en los campamentos castrenses. El mensaje fundamental debía llegar a los últimos confines del inmenso atrio.

—Utilizaron poleas y tormentos de agua para dislocar mis huesos durante noches enteras.

Un murmullo de repulsión recorrió el lugar al asimilar la crudeza de los métodos de interrogatorio. Las madres atraparon a sus hijos pequeños contra las faldas espantadas por las imágenes sugeridas por el prisionero. Los hombres del gremio de constructores endurecieron el semblante al ponderar la saña del castigo. La figura impoluta del rey protector comenzaba a resquebrajarse ante la tiranía expuesta en el atrio. El magistrado principal levantó una mano sudorosa exigiendo orden a la multitud sobresaltada. El juez ordenó a los soldados golpear la nuca del prisionero para sellar sus labios heréticos. Los guardias aferraron los escudos con fuerza dudando un instante antes de cumplir el mandato de las autoridades civiles.

Jacques pasó por alto las señales de alarma generalizadas en el perímetro del tablado. La atención de la capital recaía sobre su armazón de huesos y pellejo. El transcurso del tiempo se ralentizó alrededor de la plataforma cercada por armaduras y telas rojas. Aspiró otra gran cantidad de aire frio para redoblar su embestida verbal contra las fabricaciones de los consejeros del palacio.

—Las firmas estampadas en esos documentos oficiales resultan falsas ante la mirada de Dios.

La afirmación demoledora arruinó la trampa legal urdida por los hombres del rey. El silencio solemne dio paso a una oleada gigantesca de exclamaciones y cuestionamientos vociferados. Los pobladores asimilaban el tamaño del engaño masivo perpetrado por sus propios monarcas protectores. La denuncia del caballero destruía la justificación principal de los embargos y las confiscaciones ejecutadas años atrás. El líder de la Orden limpiaba la deshonra ante todos los presentes. La muchedumbre reaccionó con agitación empujando las vallas perimetrales con una fuerza colectiva arrolladora. El notario dejó caer el pergamino suelto sobre las tablas cubiertas de polvo. El viento húmedo arrastró el rollo entintado hacia el borde de la estructura resbaladiza.

Los espías desenvainaron los puñales cortos escondidos bajo la vestimenta de paño. Planeaban instigar el pánico cortando los brazos de los civiles cercanos para provocar estampidas mortales. La turba respondía con una indignación incontrolable ante la confesión valiente del guerrero cautivo. Los soldados de la escolta retrocedieron un par de metros acercando los cuerpos para blindar a los jueces asustados por los disturbios. Godofredo ensanchó los hombros y flexionó las rodillas esperando recibir las cargas inminentes de los lanceros desesperados. Su anatomía irradiaba un vigor belicoso reprimido durante los meses de castigo en la oscuridad.

Jacques levantó los brazos y apartó las hojas de acero empujando los bordes con los antebrazos callosos. Mostró sus muñecas cercenadas por las esposas a la masa de gente que bullía abajo. Las llagas sin cicatrizar quedaron a la vista del pueblo bajo el cielo sombrío. El testimonio de su propia carne respaldaba las acusaciones pronunciadas con aplomo.

—Admití blasfemias inexistentes con el único fin de detener el tormento incesante aplicado por mis captores.

El vocerío ciudadano alcanzó límites intolerables para los oídos tras la justificación del prisionero destrozado. La piedad brotó entre los espectadores al corroborar las torturas aplicadas en secreto por el poder real. Las historias de demonios tejidas por los consejeros se deshacían ante las marcas visibles en su cuerpo. El miedo a la herejía perdía sentido frente a la codicia evidente de la nobleza gobernante. Decenas de artesanos lanzaron insultos contra los magistrados paralizados sobre la tarima central. El juez mayor increpó a los capitanes de la guardia urbana para sofocar el tumulto en la plaza principal. Los oficiales intentaron armar una formación de cuña para repeler el avance ciego de los civiles indignados. La desorganización de las tropas dio al anciano templario el instante que necesitaba. El reo aprovechó la confusión en la plataforma para rematar su estocada contra sus enemigos políticos.

Giró la cadera hacia el flanco oeste de la ciudad soportando la exigencia física. Las vértebras mal curadas provocaron un pinchazo paralizante al forzar la rotación del tronco gastado. El brazo derecho emergió de entre los trapos con una seguridad inesperada rompiendo el gesto pasivo. Extendió el brazo y apuntó el dedo índice hacia los tejados afilados del gran palacio real a lo lejos. La silueta soberbia de la residencia del rey asomaba majestuosa sobre los edificios residenciales. Allí habitaba el monarca acorralado por las deudas financieras y el artífice de la aniquilación de los cruzados. Las miradas de millares de individuos siguieron la línea invisible trazada por el brazo tenso del prisionero.

El comandante dominó el caos reinante en el atrio durante aquel instante culminante. El viejo andrajoso se desvaneció oculto tras la presencia del jefe máximo de las huestes cristianas. Concentró la energía residual de su voluntad inquebrantable para producir una expulsión de aire descomunal. El oxígeno escapó de sus pulmones transportando el veredicto definitivo contra el soberano sentado en su trono. Los músculos del cuello se tensaron formando cordones rígidos bajo la piel marcada por la edad. El alboroto de la muchedumbre pareció desvanecerse en el fondo ante el gesto monumental del último cruzado.

—Ese hombre robó nuestro oro empleando leyes engañosas y la sangre de hombres inocentes.

El pavor enmudeció a los centinelas apostados en el entablado de madera tras oír la sentencia. Llamar ladrón al ungido de Francia constituía un acto de herejía civil sin precedentes en la memoria reciente. La frase del Gran Maestre sobrevoló las cabezas del público golpeando la raíz del problema nacional. La acusación sacó a la luz los verdaderos motivos de oro ocultos tras el ropaje de la fe. El reino necesitaba ese oro para cubrir las deudas acumuladas por la corona. Los habitantes de París avistaron el fondo del fraude diseñado desde los corredores del castillo de la Cité. La cólera popular amenazaba con rebasar los límites del atrio de Notre Dame e inundar los callejones de la capital.

El brazo levantado apuntaba de forma inamovible hacia los torreones del monarca. Jacques percibió un alivio incomparable lavando el interior de su espíritu ensombrecido por las claudicaciones pasadas. La memoria de los caballeros inmolados regresaba pura bajo la llovizna incipiente de la tarde. Había recuperado su honor ante los ojos de todos. Inhaló ensanchando el pecho para acceder a la última reserva de aliento guardada en su interior marchito. El diafragma sufrió un espasmo violento preparándose para rematar el discurso público y cerrar su defensa. Apretó los dientes demostrando el valor de un guerrero liberado por completo del miedo a las llamas.

—¡Estafador!


Este capítulo forma parte del primer arco de la novela. "La mentira del rey: El juicio final de Jacques" escrita por Dante L. Silente

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