La mentira del rey - Capitulo 5

El eco de la acusación rebotó contra la fachada de la catedral. La palabra pronunciada contra el monarca cruzó el espacio abierto. Los miles de ciudadanos reunidos en el atrio guardaron un silencio absoluto durante un instante prolongado. Las personas asimilaban la ofensa directa lanzada por el prisionero. Jacques mantuvo el brazo extendido apuntando hacia los tejados lejanos del palacio. Sus músculos temblaban ante el enorme esfuerzo exigido para sostener esa postura. El viento soplaba arrastrando la humedad del río cercano. Las ráfagas heladas agitaban los harapos grises atados alrededor de sus costillas marcadas por la desnutrición. El frío mordía la carne expuesta a través de las rasgaduras en la tela basta.

Cerca del atril de madera, un magistrado retrocedió tropezando con sus propios zapatos. El funcionario palideció al comprender las consecuencias del acto rebelde. Sus manos sudorosas soltaron el rollo oficial. El pergamino cayó golpeando las tablas ásperas del cadalso. Los pesados sellos estampados con cera roja rodaron unos centímetros hasta detenerse. Los soldados apostados alrededor de la plataforma tensaron las piernas. Los guardias apretaron las astas forjadas con madera de fresno preparándose para intervenir. Los nudillos de los infantes perdieron el color bajo las placas metálicas. El capitán al mando abrió la boca para dictar una orden represiva. El ruido ensordecedor de la muchedumbre ahogó su voz por completo.

La masa humana estalló en un clamor incontrolable. Cientos de hombres comenzaron a empujar hacia las barreras perimetrales. La multitud ondulaba chocando hombros y codos sin respetar las jerarquías sociales. Los aprendices alzaban los puños sucios de hollín hacia el cielo grisáceo. Los comerciantes lanzaban insultos apuntando a los representantes del trono. La revelación sobre las torturas infligidas en secreto había encendido una chispa peligrosa. París empezaba a ver el oro que se escondía detrás de aquellas acusaciones. La mentira del rey alimentaba una rabia imposible de contener. Las personas exigían respuestas gritando al unísono frente a las puertas sagradas.

A pocos pasos de distancia, Godofredo adelantó el pie derecho para afianzar su postura. El guerrero flexionó las rodillas preparándose para repeler cualquier ataque directo. Sus cadenas pesadas repicaron al golpear los tablones húmedos del entarimado. Jacques bajó el brazo lentamente hasta apoyar la palma sobre su muslo. Sus articulaciones emitieron un chasquido sordo al cambiar de posición. Los pulmones del anciano exigían oxígeno fresco con urgencia extrema. Respiró profundamente inflando el pecho castigado para recuperar el aliento. Necesitaba continuar su descargo antes de perder la atención del público.

Poco después, el líder templario giró la cabeza para mirar a los ciudadanos agitados. Su presencia imponente logró capturar las miradas de las primeras filas nuevamente. Los manifestantes detuvieron sus empujones para escuchar al comandante cautivo. Un círculo de quietud relativa comenzó a expandirse desde el centro hacia los márgenes de la plaza. Los abucheos disminuyeron su volumen ante la actitud solemne del acusado. Jacques elevó el mentón desafiando a los lanceros ubicados a escasos metros. Buscó la resonancia adecuada para proyectar su voz por encima del viento constante.

—Nosotros derramamos nuestra sangre para defender la cruz sagrada en tierras lejanas.

El silencio retornó al inmenso atrio con una pesadez abrumadora. Las sílabas cruzaron la explanada alcanzando los rincones más oscuros. Jacques recordó las batallas libradas bajo el sol abrasador del desierto. El calor calentaba la arena pegada a las armaduras durante las cruzadas. Ellos entregaron sus vidas para proteger los caminos transitados por los peregrinos devotos. Las espadas chocaban contra los escudos enemigos defendiendo los dominios cristianos. La memoria traía imágenes nítidas de corceles galopando sobre las dunas interminables.

—Peleamos contra ejércitos inmensos para mantener viva la fe verdadera.

El público escuchaba cada oración prestando una atención absoluta. Los hombres bajaban la mirada sintiendo un respeto evidente hacia el veterano militar. Las mujeres abrazaban a sus hijos pequeños resguardándolos de la ventisca. El magistrado principal intentó avanzar para interrumpir el relato herético. Godofredo gruñó mostrando los dientes rotos para intimidar al burócrata. El juez detuvo su marcha al instante ante la amenaza. Jacques ignoró la escaramuza menor desarrollada a sus espaldas. Concentró toda su energía en las personas amontonadas bajo el cadalso.

—Regresamos a nuestros hogares buscando el amparo prometido por la Santa Madre Iglesia.

Su timbre vocal adquirió un tono grave cargado de una decepción incurable. Las palabras describían la gran traición sufrida al volver de las campañas bélicas. Los cruzados agotados encontraron puertas cerradas en su propia nación. El tesoro guardado en las fortalezas de la Orden despertó la codicia del monarca. Los caballeros necesitaban la protección legal garantizada por el sumo pontífice romano. El Gran Maestre apuntó su vista hacia el horizonte sur imaginando la ciudad de Aviñón. La sede papal albergaba al responsable último del desastre institucional.

—El líder supremo sentado en el trono eclesiástico nos dio la espalda por completo.

La acusación cayó sobre los adoquines provocando exclamaciones asombradas entre los civiles. Criticar abiertamente al guía espiritual representaba un crimen penado con la hoguera. Jacques asumió las consecuencias fatales exhibiendo una serenidad forjada en el dolor continuo. Conocía la cobardía instalada detrás de los muros altos de la residencia papal. El jerarca religioso había cedido ante la voluntad del rey. El miedo a perder sus privilegios terrenales dictó sus decisiones políticas y judiciales.

—Él entregó a sus defensores más leales para proteger su propio asiento lujoso.

El anciano extendió las manos atadas hacia la fachada monumental. La piedra tallada simbolizaba la institución divina corrompida desde la cima. El Papa prefirió sacrificar a miles de inocentes para evitar una guerra abierta contra Felipe. Los caballeros fueron arrastrados hacia los calabozos oscuros sin recibir ninguna ayuda exterior. Las piras consumieron los cuerpos de guerreros honorables ante la inacción de Roma. El silencio deliberado convertía al líder religioso en un cómplice directo del exterminio planificado. Los documentos firmados en Aviñón legitimaron el robo cometido por la corona.

—Ese individuo cobarde vendió nuestras vidas a cambio de conservar su poder temporal.

Un murmullo lleno de tensión vibró entre los miles de asistentes congregados. Jacques endureció sus facciones al recordar el rostro pálido del clérigo exiliado. El hombre coronado con la tiara sufría una enfermedad intestinal incurable. Su cuerpo se marchitaba lentamente reflejando la degradación instalada en su alma. Los sanadores aplicaban ungüentos inútiles sobre la piel manchada por la dolencia. El dolor constante carcomía sus entrañas castigando su debilidad moral en la privacidad de sus aposentos. El líder de la cristiandad pagaba su traición padeciendo un infierno en la tierra.

—Su cuerpo enfermo se pudre desde adentro castigado por sus crímenes inconfesables.

Las personas apostadas cerca del escenario retrocedieron un paso ante la crudeza del discurso. Revelar los detalles físicos del sufrimiento pontificio aumentaba la magnitud del escándalo. Jacques describió la agonía oculta padecida por Clemente en sus habitaciones lujosas. Tosía sangre manchando las sábanas blancas tejidas con seda fina. La justicia divina comenzaba a cobrar su deuda antes del juicio celestial definitivo. El Gran Maestre elevó el volumen de su voz para dominar el ruido incipiente. Los guardias se miraron entre ellos buscando una señal clara de sus superiores paralizados.

—La podredumbre consume sus órganos mientras él finge santidad ante sus seguidores engañados.

El aire frío pareció solidificarse alrededor de la plataforma construida con maderos sueltos. Godofredo apretó los puños hasta clavar las uñas en sus propias palmas llenas de callos. El preceptor entendía perfectamente el camino trazado por su comandante hacia la inmolación. Atacar a la cabeza máxima de la Iglesia eliminaba cualquier posibilidad de clemencia terrenal. Jacques inhaló una gran bocanada de aire inflando su pecho lacerado y dolorido. Concentró su vitalidad restante para escupir la sentencia final contra el obispo de Roma.

—Ese hombre escondido en Aviñón es Satanás.

El nombre prohibido estalló como un trueno aterrador en la explanada inmensa. La blasfemia definitiva golpeó los oídos de los magistrados y de la plebe simultáneamente. Llamar demonio al vicario de Cristo constituía un acto de insurrección imperdonable. Jacques mantuvo la postura erguida sosteniendo la mirada firme frente al estupor colectivo. Había desnudado la doble traición orquestada por las máximas autoridades. El soberano quedaba expuesto como un ladrón avaricioso y el pontífice como la encarnación de la maldad pura. El prisionero derrotado recuperaba la autoridad moral arrebatada durante los infames interrogatorios.

Inmediatamente después, el caos dominó cada rincón del atrio de la catedral. La multitud rompió la disciplina mantenida precariamente hasta ese preciso instante. Centenares de gargantas gritaron al mismo tiempo generando un estruendo y confuso. Algunos hombres corrieron hacia las calles laterales buscando escapar de la represión inminente. Otros pobladores avanzaron hacia la estructura de madera impulsados por una furia incontenible. La masa humana se abalanzó chocando contra la barrera formada por los soldados perplejos. La turba aplastaba a los individuos atrapados en las primeras filas contra los postes del escenario.

Sobre el entablado, el magistrado vestido de carmesí perdió la compostura. El funcionario agitó los brazos hacia el capitán exigiendo protección inmediata. Su voz aguda quedó completamente sepultada por el clamor ensordecedor del gentío enfurecido. El juez agarró la cota de malla del oficial tirando de los eslabones con desesperación. El militar asintió realizando un movimiento seco con su cabeza cubierta por el yelmo rayado. El capitán desenvainó la espada larga levantando el acero brillante por encima de los hombros. La hoja metálica capturó un destello fugaz del sol oculto tras las nubes espesas.

Las tropas reales obedecieron la señal visual ejecutada por su líder táctico. Los lanceros bajaron las armas apuntando las puntas afiladas hacia los pechos de los manifestantes. La línea defensiva avanzó un paso al unísono pisando fuerte sobre el empedrado irregular. El ruido rítmico de las botas acorazadas intentó acobardar a los agitadores sin lograr ningún resultado. La muchedumbre desestimó la amenaza letal empujando con mayor ferocidad contra la empalizada humana. Los cuerpos protegidos apenas con túnicas ásperas colisionaron contra las armaduras brillantes forjadas en acero. El empuje civil obligó a los soldados a retroceder varios centímetros cediendo terreno valioso.

Frente al tumulto, Jacques observó el choque desde su posición expuesta. El anciano permaneció completamente inmóvil sobre las tablas crujientes y polvorientas. Había dicho lo que nadie se atrevía a pronunciar. El fuego del alzamiento comenzaba a arder en el corazón mismo de la capital monárquica. Godofredo se cruzó delante de su superior para resguardarlo de posibles ataques a distancia. El joven guerrero ofreció su propio torso ancho funcionando como un escudo humano voluntario. Sus ojos vigilaban los movimientos de los tiradores apostados en las cornisas de los edificios cercanos.

Un herrero robusto saltó sobre la primera fila formada por los piqueros. El trabajador lanzó un puñetazo contundente contra la visera de un guardia distraído. El impacto derribó al militar hacia atrás quebrando la formación rígida de la infantería. Varios aprendices aprovecharon la apertura temporal para infiltrarse entre las lanzas bajadas. Los jóvenes desarmados golpearon las corazas enemigas empleando las manos desnudas y trozos de madera suelta. La gente común peleaba para blindar al anciano denunciante arriesgando sus propias vidas ante un ejército profesional. La empatía nacida de la confesión pública superaba el terror tradicional hacia las tropas del Estado.

Desde el fondo, varias mujeres arrojaron restos de comida y barro hacia la plataforma principal. Los proyectiles improvisados ensuciaron los mantos costosos de los burócratas aterrados. Los funcionarios retrocedieron cubriendo sus cabezas con las capas gruesas forradas en pieles de zorro. El notario pisó el borde del pergamino y tropezó de rodillas sobre las maderas del cadalso. El documento oficial voló empujado por una ráfaga fuerte perdiéndose definitivamente entre la muchedumbre colérica. El poder del rey perdía el control de la plaza frente al pórtico.

Viendo el desborde inminente, el capitán gritó una nueva instrucción señalando hacia las calles adyacentes. Las reservas de caballería aguardaban formadas en los accesos laterales del inmenso atrio grisáceo. Los soldados montados ajustaron las riendas controlando los movimientos nerviosos de sus monturas pesadas. Los caballos acorazados piafaron golpeando las pezuñas herradas contra los adoquines resbaladizos. El escuadrón preparó su intervención brutal para dispersar a los civiles aglomerados en el centro neurálgico. Las lanzas de caballería descendieron adoptando la posición de ataque frontal.

Decenas de ciudadanos respondieron formando una cadena humana espontánea. Los hombres entrelazaron los brazos rudos construyendo una barricada viva frente a la estructura elevada. Los panaderos, los curtidores y los cargadores unieron sus cuerpos para obstaculizar el paso de los jinetes. Ellos respaldaban las palabras pronunciadas por el guerrero torturado durante su largo cautiverio. La verdad tocaba el sufrimiento diario de quienes pagaban tributos sin descanso. El pueblo desarmado desafiaba a la maquinaria bélica respaldando una causa recién descubierta. La indignación compartida dotaba de un coraje temerario a los habitantes más humildes de París.

Los caballos relincharon levantando las patas delanteras ante los alaridos agudos del público hostil. El capitán bajó la espada con un tajo rápido marcando el inicio de la embestida ecuestre. La primera línea de jinetes clavó las espuelas en los costados de los animales. Las bestias enormes avanzaron a trote corto empujando a las personas con sus pechos anchos. Los manifestantes retrocedieron forzosamente pero mantuvieron los brazos entrelazados con todas sus fuerzas. La resistencia civil absorbió el impacto frenando el impulso letal del ataque montado. La caballería perdió impulso al quedar atrapada entre los cuerpos apretados.

Aprovechando la distracción, los infantes de la guardia reagruparon sus posiciones fracturadas cerca del estrado. Los soldados embistieron utilizando los escudos planos contra las costillas de los trabajadores más temerarios. La madera reforzada machacó la carne produciendo ruidos secos ahogados por la vociferación constante. Los militares giraron las lanzas para golpear frentes y hombros desprotegidos empleando los mangos de madera. La violencia escaló rápidamente multiplicando los heridos en los alrededores del cadalso. La sangre fresca comenzó a teñir las piedras irregulares del pavimento húmedo y sucio. Los gemidos de dolor se sumaron a la sinfonía caótica del enfrentamiento campal.

Mientras tanto, Jacques elevó el rostro hacia las nubes plomizas ignorando la carnicería desarrollada debajo. El cielo amenazaba con descargar un aguacero intenso sobre la urbe descontrolada. Había dicho lo que llevaba años ardiéndole en la garganta. El aire entró en sus pulmones sin el peso que lo había oprimido desde su arresto en el Templo. Las cadenas atadas a sus muñecas perdieron su peso sofocante liberando su alma atormentada. Su mente vagaba libremente cruzando el mar Mediterráneo hacia los puertos seguros de su pasado glorioso. La muerte ya no le pesaba.

Por el lado oeste de la plataforma, un recluta joven logró trepar aferrándose a los pilares de soporte. El soldado desenvainó una daga corta apuntando hacia los omóplatos del líder inmerso en sus pensamientos. Godofredo detectó el movimiento por el rabillo del ojo reaccionando con una velocidad pasmosa. El guerrero encadenado arrojó su propio cuerpo pesado contra el flanco del atacante furtivo. El impacto derribó al infiltrado estrellándolo violentamente contra las tablas crujientes de la base. Ambos hombres rodaron por la superficie rústica forcejeando para dominar el cuchillo afilado. Las pesadas argollas de hierro golpearon la frente del recluta abriendo una herida profunda y escandalosa.

Cerca de la escalinata trasera, el magistrado mayor intentó huir abandonando la ceremonia fracasada. Un grupo pequeño de obreros interceptó su ruta cortando la única vía de escape disponible. Los civiles aferraron la capa suntuosa del burócrata tirando de la tela aterciopelada sin piedad. El juez gritó pidiendo socorro mientras caía de espaldas hacia la multitud agolpada. Su cuerpo rodó por los peldaños arrastrado por las manos curtidas de los vengadores anónimos. Los guardias personales intervinieron repartiendo patadas y garrotazos ciegos para rescatar a su superior aterrorizado. La refriega arrastró a los combatientes hacia el lodo oscuro acumulado en las cunetas.

El sonido ronco de un cuerno militar partió el aire frío de la tarde nublada. El bronce alertaba sobre la llegada de los destacamentos pesados enviados desde la guarnición del castillo. Nuevas escuadras ingresaron al atrio desfilando al paso coordinado y portando escudos altos de asedio. Los infantes pertrechados avanzaron formando una barrera infranqueable de metal pulido y madera remachada. El contingente fresco comenzó a barrer la explanada empujando a los civiles hacia los callejones colindantes. Avanzaban para separar a la gente y romper cualquier intento de mantenerse juntos. El ruido de las botas sincronizadas anunciaba la proximidad de un final sangriento y tajante.

Las personas arrinconadas en el centro intentaron huir aplastando a sus propios vecinos de espaldas. Los alaridos agónicos reemplazaron los cánticos rebeldes entonados instantes atrás con tanto arrojo. Las mujeres tropezaban buscando a sus hijos extraviados en medio de la confusión arrolladora. Los hombres caían derribados siendo pisoteados por la marcha implacable de las botas de cuero reforzado. El terror generalizado resquebrajó la cadena humana construida valientemente frente a la plataforma del prisionero. Los defensores improvisados claudicaron abandonando sus posiciones ante la superioridad numérica de las milicias reales. La unión del pueblo cedía bajo la fuerza brutal de las tropas del rey.

Jacques bajó la mirada para testificar el fin de la resistencia popular en el recinto sagrado. Los ciudadanos sangraban y tropezaban retrocediendo bajo la presión insoportable de los refuerzos llegados. Las lanzas de la primera fila descendieron de nuevo apuntando hacia las gargantas de los rezagados lentos. El capitán enarboló la espada marcando la dirección del asalto definitivo contra el núcleo rebelde. Los soldados de la guardia real reanudaron la marcha incrementando la velocidad de sus pasos acorazados. El grito de guerra de las tropas rasgó la atmósfera pesada del centro urbano capitalino. La guardia comenzó a cargar con los picos de las armas dispuestos a masacrar la voluntad de París.


Este capítulo forma parte del primer arco de la novela. "La mentira del rey: El juicio final de Jacques" escrita por Dante L. Silente

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Gracias por leer.

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