La mentira del rey - Capitulo 10
La puerta del calabozo golpeó el marco con un estruendo que hizo vibrar el piso. Los cerrojos sellaron el encierro y los pasos de Guillaume de Nogaret se perdieron pasillo arriba, hasta desvanecerse por completo. Jacques permaneció sentado sobre la paja húmeda, apoyando la nuca contra los bloques del muro. La piedra le robaba el calor con rapidez, mientras él intentaba asimilar el reciente interrogatorio. Aquella confrontación había minado sus escasas reservas de energía. Apretó los dientes para controlar los temblores de sus extremidades. El frío traspasaba los harapos grises entregados por la guardia y calaba hasta sus propios huesos.
Desde la bóveda caía un goteo. El agua salpicaba formando charcos oscuros alrededor de sus pies descalzos. Unas ratas correteaban por los rincones buscando restos orgánicos entre la inmundicia, y sus chillidos agudos cortaban la quietud de la negrura. Respirar aquel aire viciado exigía un esfuerzo agónico, y sus pulmones silbaban con cada bocanada. La fetidez removía su estómago vacío, provocando calambres que lo obligaban a encorvarse. Cruzó los brazos sobre el pecho para protegerse. Las cadenas de hierro tintinearon al chocar contra sus clavículas.
El agotamiento sometía sus músculos atrofiados. Jacques flexionó las piernas arrastrando los talones sobre el barro negro. El metal pesado raspó las costras formadas en sus muñecas, enviando un ramalazo de dolor por sus brazos hasta los hombros. Bajó el mentón hacia el esternón buscando una postura menos dolorosa sobre aquel lecho miserable. Las aristas de la roca se clavaban contra su columna vertebral. Modificó su posición girando el torso hacia la izquierda. El movimiento brusco provocó un nuevo roce de los grilletes y las heridas volvieron a sangrar levemente. Ignoró esa molestia superficial para concentrarse en mantener la consciencia.
A pesar de la temperatura helada del subsuelo, una gota de sudor resbaló por su frente arrugada. La fiebre atacaba su torrente sanguíneo con ferocidad. Las heridas mal cerradas se abrían paso en su carne debilitada. Levantó una mano temblorosa para secar la humedad de su rostro y notó cómo su piel ardía bajo el tacto de sus dedos callosos. Los escalofríos sacudían su cuerpo de forma intermitente, chocando contra la rigidez impuesta por las cadenas. Respiró hondo para calmar los latidos desbocados de su corazón.
Un dolor agudo estalló en el costado derecho de su torso desnudo. Llevó su mano libre hacia la zona afectada y palpó la tela rústica. Presionó el tejido sobre sus costillas inferiores, justo donde la carne albergaba una cicatriz. El tejido deforme marcaba el impacto de una cimitarra enemiga. Un soldado mameluco le había causado esa herida décadas atrás, durante una batalla librada bajo los muros de Jerusalén. El anciano presionó la marca con mayor fuerza. La zona irradiaba un calor muy superior al resto de su piel. Ese dolor enlazaba su miseria actual con un pasado de batallas frontales. Lo devolvía a otro tiempo.
El líder templario soltó el aire retenido en sus pulmones. La exhalación se perdió en el aire frío del calabozo. La alta temperatura corporal alteraba su percepción del entorno. Los muros del calabozo parecían estrecharse a su alrededor y el techo descendía amenazando con aplastar su cráneo. Movió la cabeza hacia los lados para disipar el mareo instalado en su mente. La oscuridad perdía su uniformidad frente a sus ojos abiertos. Pequeños destellos estallaban en los bordes de su visión limitada. El delirio acompañaba el avance de la fiebre.
Poco después, un roce rasposo sonó en la pared contigua de la celda. Jacques enfocó su vista borrosa en la piedra divisoria. Reconoció de inmediato la señal acústica establecida por su compañero. Godofredo de Charney habitaba el encierro vecino y mantenía esa comunicación precaria para asegurar la estabilidad de ambos. El anciano arrastró su cuerpo unos centímetros hacia la superficie rocosa. Las pesadas cadenas rasparon el piso emitiendo un ruido áspero. Acercó su oreja a las juntas húmedas de la pared. La piedra transmitía las vibraciones con claridad.
—El aire estancado ahoga mi respiración —dijo Godofredo a través del muro.
—La fiebre quema mi piel —respondió Jacques con voz ronca.
—Tus toses resuenan por todo este pasillo —añadió el joven caballero desde su encierro.
—Mi cuerpo rechaza el frío acumulado en estas piedras —explicó el Gran Maestre apoyando la frente contra la pared.
—Ellos buscan destruir nuestra cordura mediante este aislamiento —comentó Godofredo elevando un poco el volumen de su voz.
—Nosotros resistiremos hasta el último día —afirmó Jacques frotando su cicatriz palpitante.
—La sed destruye mi garganta —indicó el preceptor tras una breve pausa.
—Busca la humedad filtrada en los rincones inferiores del muro —aconsejó Jacques intentando transmitir aplomo a su subordinado.
El diálogo exigía un esfuerzo monumental. Jacques sentía punzadas en las sienes con cada sílaba articulada. La temperatura de su cabeza aumentaba sin control. Mantuvo la frente apoyada contra la piedra mojada para buscar un alivio térmico, pero el contraste provocó un espasmo doloroso en su columna. Separó el rostro de la pared de inmediato. El anciano cerró los ojos rindiéndose ante el peso del agotamiento. Sus extremidades se negaban a sostenerlo por más tiempo.
Las voces apagadas del presente comenzaron a perder claridad. Las palabras pronunciadas por Godofredo se transformaban en un eco incomprensible. El anciano perdía la noción del espacio inmediato. La mazmorra disolvía sus firmes contornos de mampostería. El fuerte olor a humedad adquiría matices diferentes. El aire viciado transportaba notas claras de salitre y yodo. Jacques inhaló profundamente por la nariz. El hedor a cloaca y encierro desaparecía de sus sentidos alterados. Sus fosas captaban ahora el aroma inconfundible de la brea caliente. Olía la madera mojada por la espuma del mar.
El dolor en su costado derecho latía con un ritmo acelerado. La vieja cicatriz quemaba como un carbón encendido sobre su abdomen. Apretó los dientes soportando el suplicio, mientras la fiebre sumergía su conciencia en un letargo profundo. Los recuerdos emergían desde los rincones de su cerebro. Los recuerdos comenzaban a imponerse. Los muros del palacio francés carecían de poder sobre sus memorias. Abandonó la miseria del cautiverio mediante aquella evasión sensorial. El presente se desvanecía.
Deslizó las manos por el suelo irregular de la celda. Sus dedos tocaron el barro pegajoso, pero la textura de la tierra cambiaba bajo sus yemas. El fango adquiría la aspereza propia de la madera pulida por el viento. Acariciaba los largos tablones de una cubierta naval. La alucinación dominaba todo su sistema. El frío calador daba paso a una brisa cálida. Levantó el rostro hacia arriba. La densa negrura del techo abovedado se fracturaba por completo. Una claridad inmensa descendía desde las alturas.
La luz dorada atravesó la espesa penumbra de su mente. El resplandor hería sus ojos acostumbrados a las tinieblas. El sol del Mediterráneo reclamaba su lugar en un cielo despejado. Jacques sentía los rayos golpeando sus mejillas hundidas. El calor revitalizaba sus músculos entumecidos por la tortura. Estiró los brazos a los lados de su cuerpo. Las argollas de hierro tiraron de sus muñecas. El metal chocó contra la pared de piedra y el sonido agudo rebotó en la humedad del calabozo.
Ese eco metálico perdió su crudeza carcelaria. El tintineo se alargó adquiriendo un volumen envolvente. El ruido de las cadenas imitaba el crujido de los aparejos y los cabos tensos. Jacques escuchaba el movimiento de los mástiles bajo la presión del viento cruzado. El golpeteo de los eslabones se transformaba en el choque constante de las aguas profundas. El oleaje golpeaba los cascos curvos de las galeras. El sonido repetitivo arrullaba sus oídos. Las olas estallaban contra la madera de los barcos.
Jacques abrió los ojos en el interior de su visión. Permanecía de pie sobre un gran muelle construido con piedras blancas. El puerto de Chipre se extendía ante su mirada bajo la luz del amanecer. Decenas de naves templarias flotaban en las aguas del puerto. Las amplias velas blancas ondeaban impulsadas por las corrientes marinas. Los estandartes bicolores marcaban la presencia de la Orden. Los caballeros caminaban por los muelles portando sus armaduras relucientes. El sol iluminaba las cruces rojas cosidas en los mantos inmaculados. Observaba a sus hermanos de armas preparándose para la campaña.
El prisionero habitaba ahora un cuerpo vigoroso. Sus hombros soportaban el peso de la cota de malla sin esfuerzo alguno. Sus manos aferraban el pomo labrado de una espada desenvainada. La fuerza corría por sus venas impulsando su corazón. Escuchaba el graznido estridente de las gaviotas volando sobre los mástiles. El ruido del puerto atestado reemplazaba el silencio de la prisión. Los gritos de los marineros cargando provisiones llenaban el aire matutino. Sentía la brisa salada humedeciendo sus labios resecos.
La actividad portuaria fluía a su alrededor con una energía inagotable. Los escuderos transportaban barriles de agua dulce y fardos de grano por las pasarelas de madera. Los herreros golpeaban el acero en los yunques al aire libre para reparar herraduras y puntas de lanza. El choque de los martillos aportaba una percusión constante a la melodía del mar. Jacques caminaba por el malecón supervisando los preparativos de la flota. Sus botas de cuero pisaban los tablones con un aplomo nacido de la experiencia militar. Nadie en aquel lugar cuestionaba su autoridad ni su capacidad de liderazgo. Los sargentos inclinaban la cabeza en señal de respeto al verlo pasar.
La brisa mediterránea levantaba los bordes de su manto blanco. El Gran Maestre observaba la alineación de las galeras de combate atracadas en la bahía. Los mascarones de proa cortaban las olas pequeñas formadas cerca de la costa. El olor a pescado fresco, especias orientales y caballos sudados saturaba el ambiente. La Orden congregaba todo su poderío naval en esa isla estratégica. Los reveses sufridos en Acre habían quedado atrás. Confiaban en recuperar lo que habían perdido. Jacques apoyó la mano sobre la madera de una baranda mirando hacia el horizonte abierto.
Un oficial se acercó corriendo por el muelle sorteando las cuerdas amarradas a los norays. El caballero lucía la tez bronceada por el sol de Levante y una cicatriz cruzaba su mejilla izquierda. Frenó su carrera a dos pasos de Jacques, golpeando el pecho de su coraza con el puño en un saludo formal.
—Los suministros están cargados en las bodegas principales —informó el oficial elevando la voz por encima del graznido de las aves.
—Asegura los caballos en la cubierta inferior —ordenó Jacques sin apartar la mirada de las velas desplegadas.
—La caballería está lista para embarcar antes del mediodía —aseguró el hombre manteniendo su postura recta.
—Zarparemos cuando la marea alcance su punto más alto —añadió el Gran Maestre girando el rostro para observar a su subordinado.
—Los vientos soplan a nuestro favor desde el amanecer —comentó el oficial con un entusiasmo evidente en sus palabras.
—Ese viento nos llevará directo hacia nuestras antiguas fortalezas —sentenció Jacques apretando la empuñadura de su espada.
El caballero asintió y dio media vuelta para transmitir las instrucciones a los capitanes de las embarcaciones. Jacques retomó su vigilancia del horizonte marítimo. Las aguas turquesas brillaban bajo la luz matinal prometiendo una travesía rápida. La gloria militar aguardaba en las costas sirias. Asumía el mando de la cofradía con el gesto firme. Los valientes soldados aguardaban sus órdenes para zarpar hacia las tierras enemigas. Todos miraban hacia las murallas de Jerusalén.
El dolor en su costado derecho desaparecía bajo la promesa de la victoria armada. Jacques respiraba el aire puro del mar llenando sus pulmones sanos. Levantaba la vista hacia el cielo despejado. El sonido rítmico de las olas dominaba su existencia entera. El oleaje cubría el recuerdo del calabozo.
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