La mentira del rey - Capitulo 11

El calor castigaba la mampostería del castillo ubicado en Limasol sin conceder tregua alguna. Jacques de Molay apoyó las manos sobre el parapeto superior. Sentía la rugosidad de la piedra caliente bajo sus palmas ásperas. La brisa marina arrastraba un olor penetrante a salitre mezclado con algas resecas por el sol. Abajo, las olas rompían contra los cimientos de la fortaleza insular salpicando espuma blanca hacia las almenas inferiores. El puerto albergaba decenas de galeras ancladas en desorden tras la caótica travesía de escape desde el continente. Los mástiles gemían constantemente bajo el empuje de las ráfagas costeras. En los muelles, grupos de carpinteros serruchaban tablones para reparar los cascos astillados por los espolones enemigos. El repique de los martillos contra la madera resonaba por toda la bahía marcando el ritmo febril de la guarnición.

Un sol matutino iluminaba las aguas con una crudeza enceguecedora. Aquel refugio ofrecía apenas una seguridad temporal a los sobrevivientes del colapso cruzado. Los soldados patrullaban las murallas arrastrando los pies sobre las losas polvorientas de los adarves. Sus armaduras presentaban profundas abolladuras y múltiples cortes oscurecidos por el óxido marítimo. La caída de Acre pesaba brutalmente sobre los hombros de cada combatiente desplegado en el perímetro defensivo. La hermandad había perdido su principal bastión en Tierra Santa tras semanas de asedio incesante. El enemigo masacró a la mayor parte de la guarnición defensora arrojando fuego sobre los muros destruidos. Los pocos afortunados lograron abrirse paso hasta los barcos remando hacia territorio seguro.

Jacques fijó la mirada en el horizonte despejado cortado por una línea turquesa. Su mente repasaba los combates cuerpo a cuerpo librados en las calles estrechas. El ejército rival dominaba ahora toda la franja continental desde el norte de Siria hasta Egipto. La retirada forzada dejó atrás fortalezas en ruinas y miles de cadáveres abandonados en la arena del desierto. El exilio en esta isla representaba el punto más oscuro en la historia de la cofradía de los monjes guerreros. Los hombres murmuraban en los patios interiores durante las tensas vigilias nocturnas. Ellos soltaban sus espadas dudando sobre el propósito mismo de su existencia. La ausencia de un mando central claro fracturaba rápidamente la disciplina interna de los batallones restantes.

Cerca de las caballerizas, un sargento cruzó el patio cargando un fardo de lanzas astilladas. El hombre tropezó con un escalón desprendido y cayó pesadamente sobre la tierra seca. Varios escuderos pasaron por su lado apartando la mirada sin detenerse para ofrecerle ayuda. La apatía infectaba el ánimo de las tropas acantonadas en el corazón de la isla. El líder templario apretó los labios al presenciar la escena desde su posición de vigilancia. Comprendía la urgencia de restaurar el orden dentro de aquellas filas fragmentadas por el terror de la matanza. La caballería necesitaba un comandante capaz de imponer disciplina y aplastar cualquier amotinamiento. El desánimo representaba un enemigo letal operando desde el interior de sus propias defensas amuralladas.

Una ráfaga de viento alborotó el cabello oscuro del veterano combatiente. Apartó los mechones de su rostro curtido y observó la disposición de las tiendas instaladas fuera del recinto. Los refugiados civiles ocupaban una extensa explanada cerca de los acantilados de roca caliza. Las familias compartían raciones bajo toldos improvisados con velas rasgadas para soportar el clima. El llanto de los niños hambrientos subía impulsado por las corrientes térmicas hasta los balcones de la fortaleza. La Orden asumía la responsabilidad de proteger a esos desterrados sin poseer provisiones suficientes. La derrota arrastraba consecuencias físicas terribles para los habitantes expulsados de los antiguos principados.

Poco después, un tintineo metálico llamó su atención hacia el patio de armas central. Dos caballeros veteranos caminaban en dirección a la torre del homenaje a paso vivo. Ellos vestían los mantos blancos característicos marcados con la cruz patada en el pecho amplio. Las telas mostraban manchas oscuras de sangre seca imposibles de borrar mediante el lavado continuo. Los hombres portaban sus espadas envainadas golpeando el cuero contra las grebas de hierro al andar. Los dignatarios debían investir a la nueva cabeza de la institución tras la muerte del líder anterior. Jacques separó las manos del pretil y giró sobre sus talones para avanzar hacia las escaleras de piedra.

El pasillo oscuro ofrecía un refugio contra el calor opresivo del exterior insular. Las antorchas empotradas iluminaban los muros de mampostería depositando hollín sobre las bóvedas cruzadas. El caballero descendió los peldaños de caracol escuchando el resonar constante de sus botas de montar. Su capa rozaba los escalones arrastrando el polvo acumulado en las esquinas sombrías. Al llegar al nivel inferior, encontró a dos centinelas flanqueando una puerta forjada en roble macizo. Los guardias golpearon el piso con las astas de sus alabardas al unísono como saludo militar. Ellos empujaron las hojas dobles apoyando todo el peso de sus cuerpos para permitir el ingreso al recinto de asambleas.

Dentro de la sala capitular se congregaban los altos mandos supervivientes de la organización. Cincuenta oficiales ocupaban los bancos dispuestos en semicírculo alrededor del altar central tallado en mármol. La luz del mediodía penetraba por los ventanales altos creando haces cruzados llenos de polvo flotante. El aire denso olía a cera derretida y sudor añejo acumulado bajo las cotas de malla. Los asistentes exhibían cicatrices recientes bajo barbas crecidas por semanas de combate ininterrumpido. La tensión dominaba el ambiente mientras las conversaciones cesaban de forma abrupta tras el ingreso del candidato. Jacques avanzó por el pasillo principal manteniendo su vista anclada en el crucifijo de madera. Percibía el escrutinio de decenas de ojos evaluando su temple corporal y su firmeza al caminar.

El capellán mayor alzó un grueso misal encuadernado en cuero marrón. Sus labios formularon las frases rituales frente a la cruz tallada instalada en el altar. Jacques hincó ambas rodillas sobre las baldosas grises. Las aristas de la piedra golpearon sus rótulas a través de la tela de sus pantalones. Cerró los párpados inclinando su rostro hacia el suelo del recinto. Su boca articuló sin emitir sonido alguno los antiguos juramentos monásticos memorizados en su juventud. Movió los labios ofreciendo nuevamente su castidad, su pobreza material y su obediencia absoluta a la cofradía. El sacerdote derramó unas gotas de agua bendita sobre la frente sudorosa del comandante arrodillado.

La ceremonia avanzó hacia su punto culminante en medio de la quietud general. El capellán cerró el grueso libro produciendo un golpe seco resonando en la bóveda de la sala. Bajó los brazos y trazó la señal de la bendición cruzando sus dedos en el aire espeso del salón. El crujido de las cotas de malla llenó el recinto de inmediato. Los cincuenta comandantes levantaron sus rostros al mismo tiempo y se pusieron de pie. El sacerdote tomó un manto inmaculado doblado sobre la mesa del altar. Avanzó dos pasos acercándose a la figura hincada del guerrero elegido. Jacques recibió el peso de la tela blanca cayendo directamente sobre sus hombros anchos. Aceptó la inmensa carga de dirigir a sus hermanos empuñando los bordes del manto sagrado.

El flamante Gran Maestre se irguió lentamente para enfrentar a la asamblea en absoluto silencio. Los caballeros bajaron la cabeza al unísono en señal de sumisión a la nueva autoridad jerárquica. El líder observó aquellas filas de hombres endurecidos por la carnicería y diezmados por las espadas enemigas. Apretó los puños bajo los pliegues de su ropa para canalizar su propia indignación contenida. La Orden requería un propósito incuestionable para reconstruir su fuerza ofensiva en el campo de batalla. Descartaba por completo administrar un repliegue pasivo desde su lejana base en Chipre. Su voluntad apuntaba hacia el retorno armado a las tierras consagradas arrebatadas por los sarracenos.

Durante la tarde, el trabajo logístico consumió las horas del recién elegido comandante. La fortaleza albergaba representantes de varias facciones cristianas varadas en la costa. Varios pajes cruzaban los pasillos corriendo para entregar pergaminos enviados desde el continente europeo. Un emisario de la orden hospitalaria ingresó en la cámara de mando privado a paso apresurado. El hombre vestía el hábito negro marcado por la cruz blanca de ocho puntas en el tórax. Depositó unas cartas selladas sobre la mesa de roble notificando la retirada de las flotas aliadas hacia puertos occidentales. Los príncipes coronados negaban el envío de barcos adicionales para sostener las defensas insulares.

El Gran Maestre desenrolló los mensajes comprobando las firmas reales estampadas en cera. Leyó las negativas explícitas de los monarcas de occidente frente al drama oriental. La caída de las ciudades costeras destruyó las rutas comerciales más lucrativas de la región atrayendo el desinterés de los reinos. El mensajero señaló un mapa extendido sugiriendo abandonar la isla para replegar las fuerzas conjuntas en Europa. Jacques golpeó el mapa con la palma abierta aplastando el pergamino contra la madera. Rechazó la sugerencia ejecutando un movimiento corto y negativo con su cabeza. El diplomático hospitalario retrocedió un paso y abandonó la sala arrastrando su capa negra.

Más tarde, dos capitanes templarios entraron al despacho portando inventarios físicos de las armerías. Los oficiales abrieron los libros de contabilidad exhibiendo las hojas marcadas con tinta negra. Ellos señalaron las cifras demostrando una escasez crítica de virotes de ballesta y lanzas de fresno. Los capitanes detallaron las enfermedades articulares afectando a los caballos supervivientes agrupados en los establos. Jacques revisó los números deslizando su dedo índice sobre las ásperas columnas del registro. El panorama material amenazaba con imposibilitar cualquier plan de defensa ante un ataque por mar. Los oficiales mantenían la vista clavada en las botas de su líder esperando instrucciones operativas.

El máximo comandante se levantó de su asiento empujando la pesada silla hacia atrás con brusquedad. Caminó hacia la ventana abierta para observar el trajín incesante de las cuadrillas portuarias. La claudicación parecía el desenlace esperado por el resto de los líderes cristianos ante la falta de recursos. Abandonar el frente oriental significaba destruir el propósito de la caballería armada. Jacques cruzó los brazos sobre su pecho negándose a aceptar el fin de su presencia en aquellas aguas disputadas. Poseía la autoridad para quebrar el miedo colectivo instalado en los mandos sobrevivientes. La recuperación moral exigía organizar una acción ofensiva temeraria para despedazar el letargo de sus tropas. Ordenó a los capitanes convocar a todos los mandos altos para celebrar un consejo de guerra esa misma noche.

La oscuridad envolvió la isla hundiendo las temperaturas del aire costero. Los braseros iluminaban el interior del amplio salón de asambleas de la torre. Las llamas devoraban troncos de pino proyectando miles de chispas hacia la campana de extracción. La lumbre creaba sombras oscilantes sobre los escudos colgados en las paredes de piedra. El fuego combatía eficazmente la humedad infiltrada en los cimientos de la fortaleza. Cincuenta hombres ocuparon los asientos de roble dispuestos alrededor de una mesa alargada en el centro. Los comandantes templarios compartían el recinto con los delegados enviados por las órdenes aliadas. Unos siervos del castillo llenaron las copas de plata virtiendo vino especiado desde jarras de arcilla.

Jacques presidía la cabecera de la mesa envuelto en su manto blanco intacto. Analizaba los rostros curtidos de sus subordinados iluminados por las antorchas. Los rudos capitanes conversaban en susurros intercambiando opiniones sobre el dudoso futuro de la guarnición. El Gran Maestre golpeó la superficie de la mesa con el pomo de su daga personal. El golpe seco silenció los murmullos cortando las discusiones de forma repentina. Los asistentes giraron sus cuellos prestando atención inmediata al líder de la cofradía. El silencio permitió escuchar el crujido de la leña consumiéndose en los hogares del salón.

Un mariscal veterano se levantó empujando su silla hacia atrás. Apoyó ambas manos cubiertas por guanteletes de cuero sobre los bordes de la mesa. Una cicatriz blanquecina cruzaba su mejilla izquierda perdiéndose bajo su espesa barba.

—Nuestros hombres mueren en los campamentos instalados fuera de los muros —dijo el mariscal fijando su mirada en el Gran Maestre—. Las letrinas desbordan y los pozos de agua dulce disminuyen su caudal.

—Nosotros podemos cavar nuevas canaletas cerca de los manantiales rocosos —respondió Jacques manteniendo una postura rígida en su silla.

—Esa labor no multiplicará el grano podrido almacenado en las bodegas inferiores —rebatió el oficial elevando el volumen de su voz—. Las raciones actuales alcanzarán para alimentar a la guarnición durante dos meses. Nosotros debemos armar una flota de evacuación esta misma semana. Permanecer atrincherados en esta pequeña isla frente a la costa enemiga es un acto suicida.

Varios capitanes asintieron en silencio respaldando el pronóstico del oficial mayor. El miedo a una nueva aniquilación colectiva nublaba el juicio táctico de los probados combatientes. Las dolorosas heridas de la última campaña seguían mermando la fortaleza de sus cuerpos magullados. Jacques escuchó los argumentos sin interrumpir a su subordinado. Cruzó las manos sobre la mesa repasando constantemente las posturas corporales de los presentes. La desmoralización había echado raíces venenosas en el corazón de la oficialidad.

En el extremo derecho de la mesa, el emisario hospitalario carraspeó sonoramente. El diplomático arrastró su asiento hacia adelante para acercarse al círculo iluminado por los candelabros. Entrelazó los dedos de sus manos antes de intervenir en el tenso debate.

—Las cortes europeas ignoran por completo nuestras urgentes peticiones de auxilio —afirmó el enviado empleando un tono de voz monótono—. Yo mismo despaché pergaminos lacrados a los monarcas durante la luna pasada. Ningún rey enviará oro fresco para financiar una nueva expedición cruzada.

—Las coronas de Europa mantienen un deber sagrado con la defensa de estos territorios —intervino un capitán templario joven golpeando el tablero con su puño.

—El deber sagrado no paga las soldadas de los mercenarios ni compra madera para construir barcos —contestó el emisario sin alterar su expresión neutral—. Nuestras arcas conjuntas están casi vacías. Nosotros no podemos sostener una guerra sin el respaldo financiero de los príncipes cristianos. Nosotros debemos ceder el control del mar al sultán y replegar nuestras fuerzas en el continente occidental.

Jacques inhaló profundamente llenando sus pulmones con el humo acre del salón. Asimilaba el veneno del miedo disfrazado bajo el conveniente manto del sentido común. La inflexible lógica de los números respaldaba firmemente la opción del repliegue naval. Sin embargo, la razón ignoraba el juramento fundamental de los varones consagrados a la reconquista armada. El Gran Maestre rehusó someter su voluntad a las frías estadísticas presentadas por los delegados. Reunió la determinación necesaria para torcer el rumbo de la asamblea. La decisión final dependía únicamente de su espada.

El líder templario se levantó empujando la silla hacia atrás con un movimiento brusco. Su figura alta dominaba la cabecera del salón envuelta por la luz parpadeante de la chimenea. Paseó su mirada dura por cada uno de los hombres sentados en silencio alrededor de la mesa. El contacto visual directo obligó a muchos veteranos a esquivar sus ojos para mirar las vasijas de arcilla. Jacques buscaba invocar la vergüenza marcial en el interior de aquellos guerreros dispuestos a capitular. El silencio se prolongó durante varios minutos aumentando la inmensa presión psicológica sobre los presentes. Necesitaba extirpar la cobarde idea de la retirada antes de revelar sus planes de contraofensiva oriental.

—Ustedes desechan décadas dedicadas a la protección de los peregrinos para salvar sus propios pellejos —acusó Jacques rompiendo el silencio con un tono severo.

—Las cortes de occidente negarán cualquier suministro material para sostener esta causa —objetó el diplomático hospitalario cruzando los brazos sobre su pecho oscuro.

—Nosotros no mendigamos las monedas acuñadas por monarcas cobardes y apoltronados en sus castillos —replicó el Gran Maestre apuntando su dedo hacia el rostro del emisario—. Nuestro verdadero poder reside en el acero forjado y en la sangre de nuestros soldados.

—El ejército del sultán triplica con facilidad nuestras fuerzas en toda la franja continental —insistió el mariscal de la cicatriz apoyando de nuevo las manos sobre la mesa central.

—El número de lanzas sarracenas carece de valor militar cuando enfrentan a cruzados dispuestos a entregar sus vidas sin retroceder un solo palmo —sentenció el líder supremo elevando la voz por encima del repique del fuego.

Jacques avanzó un paso firme bordeando la esquina de la mesa de roble. Su blanco manto inmaculado ondeó siguiendo el movimiento ágil de su cuerpo musculoso. Percibía el enorme peso de la desesperanza hundiendo los corazones de sus propios hermanos de armas. El terror a una nueva masacre paralizaba el músculo ofensivo de la orden en Chipre. El comandante necesitaba un gesto capaz de sacudir la apatía de la asamblea. El consejo de guerra debía renunciar definitivamente al escape marítimo tras las derrotas sufridas en Siria.

El Gran Maestre llevó la mano derecha hacia la cintura ceñida de su túnica. Agarró el pomo de bronce de su arma ajustando los dedos sobre el cuero trenzado de la empuñadura. Jacques desenvainó la espada ejecutando un tirón rápido y desprovisto de dudas. El acero frotó violentamente contra el interior de la vaina emitiendo un rasguido metálico ruidoso. El sonido agresivo rasgó la atmósfera del salón alarmando a los guardias apostados cerca de las puertas. La luz anaranjada encontró un espejo perfecto en la superficie pulida de la letal hoja de combate. Levantó el arma larga exhibiendo el filo cruzado ante los expectantes delegados.

Los capitanes enderezaron sus espaldas reaccionando ante el desafiante gesto de su superior. El brillo inmaculado del acero despertó viejos instintos aletargados bajo el trauma de la catástrofe continental. La exposición de la hoja desnuda invocó el recuerdo de las arrolladoras cargas de caballería montada sobre la arena oriental. Jacques sostuvo la espada con el brazo extendido apuntando hacia las vigas del techo. Los músculos de su antebrazo permanecieron tensos sosteniendo sin temblar el pesado hierro forjado. Encarnaba la furia sagrada de los cruzados frente a la desmoralización de los sobrevivientes.

—Nuestros valerosos antepasados juraron lealtad bajo el sol del desierto para recuperar los divinos territorios arrebatados —recordó Jacques manteniendo el arma en lo más alto de la asamblea.

El comandante bajó el brazo paulatinamente hasta clavar la punta de la espada en la madera de la mesa central. Las tablas de roble curado crujieron bajo la aplastante fuerza descendente aplicada por el líder resuelto.

—Abandonar las defensas de esta isla significa consumar la traición definitiva a nuestros juramentos —advirtió el fiero guerrero observando directamente los rostros sorprendidos de sus oficiales.

Su mirada escrutó la expresión de cada hombre buscando signos de resistencia y honor militar. Los tensos semblantes de los caballeros empezaron a reflejar una renovada determinación ante la imponente figura de su superior. El fuego del deber sagrado volvió a encenderse en las pupilas de los combatientes recuperando su perdido ardor. La inquebrantable resolución de Jacques taladró las corazas de cinismo erigidas para protegerse del fracaso reciente. Su determinación empezaba a contagiar a los hombres sentados alrededor de la mesa. El paso inminente consistía en reorganizar los escuadrones para lanzar una osada campaña hacia la costa enemiga.

—El extenso mar no servirá como muralla defensiva frente al imparable avance sarraceno —aseguró el comandante arrancando la hoja de la madera astillada de la mesa noble.

Giró su muñeca para mostrar el filo resplandeciente a los representantes aliados sentados cerca del fuego.

—Nosotros armaremos las galeras y forjaremos lanzas en nuestras herrerías para cruzar las aguas —declaró Jacques apuntando con la espada hacia el emisario de negro—. Un asalto imprevisto quebrará las defensas enemigas relajadas por su soberbia de vencedores. La sangre vertida en Acre exige de nuestras armas una venganza feroz y certera.

El alto cargo militar bajó la espada asiendo la empuñadura con ambas manos frente a su pecho.

—Los monarcas occidentales contemplarán nuestro avance triunfal desde la comodidad de sus palacios seguros —aseguró el líder elevando su voz de forma solemne—. Ellos suplicarán sumar sus estandartes a nuestra marcha cuando escuchen el retumbar de los tambores de guerra en Tierra Santa.

Con un movimiento rápido y experimentado, el Gran Maestre envainó la brillante hoja. El fuerte crujido del metal entrando en su funda de cuero marcó el final de las discusiones cobardes. Apoyó los nudillos sobre el gastado tablero mirando de frente a los endurecidos sobrevivientes del desastroso sitio continental. Su orden clausuró de golpe cualquier plan encubierto de retorno hacia los puertos europeos. Su voz resonó vigorosamente por toda la estancia abovedada sin dejar espacio para la más mínima réplica insubordinada.

—Jerusalén no es un recuerdo, es nuestro destino.


Este capítulo forma parte del primer arco de la novela. "La mentira del rey: El juicio final de Jacques" escrita por Dante L. Silente

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Gracias por leer.

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