La mentira del rey - Capitulo 12

El sol aplastaba la llanura siria sin clemencia. Jacques de Molay caminaba por la calle central del campamento militar. Sus botas de cuero levantaban pequeñas nubes de polvo grisáceo a cada paso. Decenas de escuderos frotaban las hojas de las espadas contra las piedras de amolar cilíndricas. El rasgueo metálico dominaba la atmósfera del mediodía oriental. Los caballos de guerra resoplaban atados a los postes de madera clavados en la tierra. El calor deformaba la línea del horizonte más allá de las tiendas blancas de la caballería. El ejército cruzado aguardaba la orden directa para iniciar la marcha definitiva hacia el sur. El Gran Maestre repasaba las tácticas de asedio en completo silencio. La victoria dependía ahora de pactar con guerreros que no compartían su fe.

Cerca del flanco occidental, los centinelas vigilaban el mar de dunas ondulantes. El relieve del desierto ocultaba el movimiento de las patrullas enemigas. Un viento seco arrastraba granos de arena contra las corazas de hierro de los guardias desplegados. El roce producía un siseo constante sobre las placas de metal pulido. Jacques detuvo su marcha frente a un pabellón tejido con seda oscura. La estructura albergaba a los emisarios del Ilkanato mongol llegados al alba. Buscaba consolidar una maniobra de tenaza contra las tropas de Egipto en Siria. La fuerza cristiana necesitaba dividir la atención del sultán rival de manera urgente para asegurar el asedio. La alianza militar con los ágiles jinetes de las estepas ofrecía la clave para romper las defensas sarracenas.

El agua dulce escaseaba bajo el calor del desierto. Los sargentos repartían el vital líquido usando hondas vasijas de arcilla cocida. Los combatientes bebían para mitigar el ardor de sus gargantas resecas por el polvo flotante. El líder templario observó el desgaste de sus hombres manteniendo un semblante de piedra. El propósito de la campaña justificaba el sufrimiento de los hombres. La Orden luchaba por recuperar las fortalezas perdidas pocos años atrás. Jacques cargaba con la responsabilidad de esas vidas. Su mente albergaba el amargo recuerdo de los hermanos masacrados durante la caída de la ciudad de Acre. El recuerdo de Acre guiaba cada decisión que tomaba en ese desierto.

Tres guerreros asiáticos montaban guardia junto a la entrada de la tienda diplomática. Las túnicas de los extranjeros lucían patrones geométricos cosidos con gruesos hilos carmesí. Sus armaduras combinaban escamas de bronce remachado y cuero endurecido al fuego intenso. Los hombres mostraban rostros anchos marcados por el viento de las montañas. Ellos sostenían arcos curvos con una soltura corporal que revelaba años de dura práctica marcial. Sus pupilas rasgadas seguían el constante movimiento de los soldados cruzados con suma atención. El comandante europeo evaluó la férrea disciplina marcial de los imponentes centinelas paganos. Valoraba enormemente la letalidad comprobada de esos rápidos arqueros montados combatiendo en batalla abierta. El Gran Maestre indicó a su escolta personal detener el paso para mantener una distancia de mutuo respeto.

Dentro del recinto, la tela bloqueaba el rigor del sol del mediodía. Unas alfombras persas cubrían el suelo irregular del árido desierto sirio. El embajador mongol ocupaba un cojín bordado con largas borlas oscuras en los cuatro extremos. El emisario bebía un líquido amarillento desde un ancho recipiente de plata labrada a martillo. Su sable de hoja curva descansaba sobre una mesa baja construida con madera barnizada. Jacques ingresó al refugio apartando la cortina de la entrada con su mano derecha desnuda. El veterano líder templario tomó asiento directamente frente al representante militar del vasto imperio oriental. Un traductor armenio permaneció de pie inmóvil junto al grueso poste central de soporte estructural.

El ambiente interior olía a especias fuertes mezcladas con el rancio sudor de caballo. El guerrero asiático clavó su oscura mirada en el endurecido rostro del jefe cristiano. Varias cicatrices antiguas cruzaban la amplia frente del extranjero como prueba irrefutable de su larga experiencia. Jacques acomodó su manto blanco para dejar a la vista la cruz patada de su pecho. Desenrolló un mapa de vitela sobre la superficie lisa de la mesa baja de negociaciones. El documento mostraba las rutas terrestres vitales controladas actualmente por los ejércitos mamelucos. El intérprete entrelazó sus dedos temblorosos preparándose para iniciar la compleja mediación de idiomas enfrentados.

—Mis jinetes cruzarán el río antes del próximo amanecer —indicó el embajador mongol utilizando sílabas guturales y muy ásperas.

La voz del intérprete repitió las palabras exactas empleando un latín claro y desprovisto de emociones personales. Jacques asimiló la información táctica apoyando los musculosos antebrazos sobre sus propios muslos. El avance rápido por el flanco este aseguraba el factor sorpresa sobre las líneas defensivas enemigas.

—Nuestras fuerzas atacarán la costa en ese mismo momento —respondió el Gran Maestre señalando un punto rojo trazado en el mapa desplegado—. El sultán moverá sus reservas hacia el norte para frenar el avance de sus hábiles arqueros. Nosotros golpearemos su retaguardia descuidada avanzando masivamente desde las aguas del mar Mediterráneo.

El rudo enviado mongol escuchó la traducción manteniendo un curtido rostro completamente inescrutable. El hombre oriental extendió un dedo áspero hacia los negros trazos dibujados sobre el pergamino extendido. Marcó la exacta posición de las amuralladas ciudades sirias sometidas bajo el firme dominio mameluco reinante.

—Ese gobernante concentra miles de lanzas preparadas en toda la peligrosa región fronteriza —comentó el representante asiático tocando sutilmente la adornada empuñadura de su sable—. Esas murallas pueden resistir meses de asedio. Nosotros preferimos desatar las grandes matanzas a campo abierto para maniobrar nuestros veloces caballos con total libertad.

—El hambre fiera rinde cualquier sólida ciudadela construida por el hombre mortal —explicó Jacques cruzando los fuertes brazos sobre la cota de malla de su poderoso torso—. Nuestras rápidas naves bloquearán los suministros marítimos interceptando los puertos principales de la costa. Sus temibles jinetes cortarán las anchas rutas de abastecimiento terrestre atravesando las escarpadas montañas orientales. El ejército egipcio perecerá lentamente atrapado en el cerrado interior de ese cerco militar implacable.

El curtido jefe pagano asintió asimilando la alta efectividad de la táctica conjunta propuesta. La caída del Sultanato convenía a ambos bandos. Los valientes cruzados anhelaban recuperar los sagrados territorios continentales conquistados por los guerreros musulmanes. Los mongoles buscaban expandirse hacia occidente destruyendo a su mayor enemigo en la frontera. Jacques tomó una jarra de metal y sirvió vino dulce en dos grandes copas bruñidas. Ofreció una vasija llena al embajador forastero para sellar el crucial pacto estratégico trazado sobre el papel. El guerrero oriental tomó el brillante recipiente de plata rozando levemente los dedos callosos del líder templario.

—El terco enemigo luchará como una bestia acorralada en su guarida —advirtió el emisario bebiendo el contenido de la copa de un solo y prolongado trago—. Su disciplinada infantería defiende el ardiente desierto con un fanatismo ciego y sumamente letal para sus invasores.

—Nuestra fe forja espadas largas capaces de quebrar los escudos de madera mamelucos —afirmó el Gran Maestre apoyando las palmas planas sobre la mesa de la tienda—. Nosotros derramaremos toda la sangre necesaria para reconquistar nuestros antiguos e invaluables dominios costeros. Este acuerdo sellará la derrota de nuestro enemigo común.

El callado diplomático asiático dejó la copa vacía sobre la superficie de madera barnizada. Trazó una línea recta imaginaria sobre el pergamino dividiendo el disputado territorio de norte a sur. El lento gesto corporal comunicaba la ambición del imperio oriental sobre las ricas y fértiles llanuras sirias. Jacques comprendía perfectamente el altísimo precio material de aquella indispensable ayuda militar solicitada. Aceptaba ceder el dominio de las tierras polvorientas a cambio de retener la exclusiva custodia de los lugares. El líder cruzado inclinó la cabeza confirmando su plena conformidad con los severos términos territoriales tácitos establecidos. El estricto honor marcial exigía priorizar la ansiada recuperación de los templos por encima de cualquier otro control comercial.

Un ruido súbito rompió la relativa calma establecida en el fresco interior del recinto de seda. Los gritos agudos de los tensos centinelas cruzaron la tela gruesa del gran pabellón diplomático. El acero de las armas chocó contra los escudos produciendo un eco metálico muy alarmante para los presentes. El rápido embajador retrocedió un paso posando la mano derecha sobre el redondo pomo de su sable curvo. Los guardias mongoles entraron a la tienda empujando la cortina frontal con tremenda violencia instintiva. Ellos formaron inmediatamente un muro protector colocándose delante de la figura principal de su líder. Jacques desenvainó su espada recta reaccionando al instante ante la sorpresiva amenaza externa originada en su campamento. El Gran Maestre caminó hacia la iluminada salida apartando a los hombres armados usando la fuerza de su pura autoridad.

El resplandor cegó momentáneamente al enfurecido comandante al abandonar la penumbra de la tienda. El polvo fino flotaba en el aire caliente reduciendo enormemente la visibilidad en el ruidoso sector exterior del campamento. Los disciplinados soldados cristianos formaban un apretado círculo cerrado apuntando sus pesadas lanzas hacia el centro del perímetro. Decenas de ballestas cargadas amenazaban de muerte a un grupo muy reducido de jinetes recién llegados. Jacques avanzó apartando las astas de madera empleando la hoja brillante de su propia arma principal. Ingresó al espacio central despejado observando fijamente a los extraños intrusos rodeados por la guardia templaria.

Cinco formidables guerreros montaban hermosos caballos árabes de pelaje oscuro y deslumbrantemente brillante. Los esbeltos animales piafaban nerviosos levantando arena seca con sus gruesas pezuñas herradas en hierro. Los jinetes vestían resistentes armaduras de anillas remachadas y costosas sedas de colores vivos sobre sus anchos hombros. El sol cenital reflejaba destellos deslumbrantes sobre sus pulidos cascos cónicos rematados en una aguda punta superior. El líder principal del escuadrón infiltrado sostenía un asta muy larga atada a un estandarte de lino blanco. La tela inmaculada ondeaba impulsada por el viento caliente cruzando la llanura desértica en todas direcciones. El emblema claro representaba una tradicional señal pacífica de parlamento militar respetada entre fuerzas sumamente beligerantes.

Jacques reconoció al instante el equipamiento marcial característico de sus peores enemigos jurados en aquellas tierras. Los veloces guerreros mamelucos habían burlado las lejanas líneas defensivas externas para infiltrarse en el mismísimo campamento cruzado. La audacia del acto suicida demostraba la disciplina de hierro inculcada por el gran soberano egipcio Al-Malik al-Nasir. El experimentado comandante templario bajó la espada ordenando de inmediato a sus recelosos suboficiales retroceder un paso corto. Las mortales lanzas cedieron escaso espacio pero mantuvieron su inquebrantable posición amenazante apuntando hacia los cuellos descubiertos. El alto líder sarraceno tiró de las riendas de cuero para controlar a su inquieta e imponente montura negra.

El emisario desmontó con una agilidad física sorprendente para un hombre cubierto de denso metal. Sus botas de suela blanda tocaron la arena ardiente del campamento sin producir ningún ruido perceptible para los cruzados. Entregó las gruesas correas del caballo a uno de sus jóvenes escoltas fuertemente armados con sables curvos. El mensajero avanzó hacia el Gran Maestre manteniendo una postura corporal erguida, recta y muy desafiante. Su rostro lucía una poblada barba negra recortada. Sus ojos oscuros mostraban una inteligencia fría y calculadora. Caminaba completamente desarmado pero proyectaba un peligro innegable sobre la poderosa guarnición reunida a su alrededor.

El líder cristiano envainó su arma larga sosteniendo la mirada del forastero invasor en su propio terreno. El campamento quedó en silencio. Incluso los herreros dejaron de golpear los yunques. Cientos de soldados experimentados observaban el singular encuentro conteniendo la agitada respiración en sus pechos acorazados. La tensión llenaba el aire caliente del campamento. El embajador mongol salió del refugio de seda oscura flanqueado estrechamente por sus robustos y fieros guardaespaldas. El guerrero asiático observó al mensajero del sultán demostrando una hostilidad abierta, directa y sumamente manifiesta.

El representante mameluco se detuvo a tres pasos exactos de distancia del impávido líder templario. Cruzó el brazo derecho sobre su pecho realizando una reverencia corta, escueta y muy medida. El gesto exhibía una estricta cortesía militar desprovista de cualquier asomo real de sumisión política. Jacques correspondió el protocolar saludo inclinando levemente la cabeza cubierta por el cabello oscuro y revuelto por el viento. El respeto marcial gobernaba el enfrentamiento verbal entre los representantes directos de los dos bandos combatientes. El enviado egipcio enderezó su espalda preparándose para iniciar su alocución oficial ante el jefe de los cruzados.

—Hablo en nombre del soberano legítimo de las disputadas tierras de Egipto y Siria —dijo el emisario empleando un latín sorprendentemente fluido y claro.

—Escucho las palabras de tu señor Al-Malik al-Nasir —respondió Jacques cruzando los fuertes brazos sobre la cruz de su pecho.

El guerrero enemigo paseó su escrutadora mirada por las sólidas instalaciones del campamento fuertemente pertrechado. Evaluó rápidamente la disposición defensiva y la cantidad de tropas cristianas allí reunidas. Sus ojos astutos se detuvieron un instante crítico sobre las imponentes figuras de los guerreros del Ilkanato mongol. La ventajosa alianza forjada en la sombra perdía su factor táctico fundamental ante el certero espionaje sarraceno.

—El sultán conoce vuestros movimientos y vuestras alianzas políticas —afirmó el emisario devolviendo su implacable atención hacia el Gran Maestre de la caballería—. Los vigías del desierto informan velozmente sobre cada paso dado por los invasores extranjeros en nuestras milenarias arenas.

—Nosotros marchamos bajo la luz del sol para reclamar nuestras ciudades usurpadas mediante el engaño —declaró Jacques mostrando una firmeza absoluta en su potente tono de voz—. Nuestra fuerza rechaza el ocultamiento practicado por los rastreros espías en la noche profunda.

El mensajero sarraceno esbozó una sonrisa breve totalmente carente de cualquier humor sincero. Sacó un pequeño cofre de madera oscura oculto bajo los pliegues sedosos de su túnica. El hombre abrió la tapa tallada revelando un puñado de arena amarillenta en su interior. Arrojó el contenido del recipiente sobre una ráfaga de viento caliente cruzando el sector. Los granos volaron esparciéndose rápidamente hasta desaparecer por completo en la inmensidad del árido paisaje sirio. Jacques observó el extraño acto simbólico analizando cuidadosamente la dura advertencia velada en la llamativa acción física.

—El polvo del desierto sobrevive a los imperios más grandes construidos por los hombres —explicó el enviado sacudiendo sus manos delgadas y pulcras—. Ustedes traen hierro muy pesado navegando desde tierras distantes, frías y brumosas. Nosotros nacimos de la tormenta desatada sobre esta misma llanura de fuego.

—Nuestra fe cristiana forja la voluntad necesaria para conquistar cualquier territorio hostil —replicó Jacques acortando la escasa distancia separando a ambos líderes militares—. Las murallas de sus fortificadas ciudades caerán aplastadas bajo el implacable castigo de nuestras máquinas de asedio.

El emisario mameluco levantó el mentón desafiando abiertamente la seguridad expuesta por el comandante europeo. El mensajero transmitía la autoridad incuestionable de su gran soberano sentado en el lejano trono de El Cairo. Al-Malik al-Nasir confiaba plenamente en el poder aniquilador de sus ejércitos disciplinados en las complejas tácticas del desierto.

—Su líder busca recuperar reliquias antiguas ignorando la verdad de la guerra moderna —argumentó el delegado sarraceno retrocediendo un paso lento hacia la posición de su brioso caballo oscuro—. Nuestro señor ofrece una tregua honorable para permitir el pronto retorno pacífico de sus pesadas naves de guerra. Los puertos abrirán el lucrativo comercio de valiosas especias si abandonan sus insostenibles pretensiones militares sobre nuestras vastas conquistas.

—Las transacciones comerciales carecen de valor ante el mandato divino otorgado a nuestra Orden armada —sentenció Jacques posando la mano derecha firmemente sobre la cruzada empuñadura de su espada larga—. Nosotros rechazamos de manera rotunda cualquier acuerdo forjado con los enemigos de nuestra fe inmaculada. La guerra continuará sin pausa alguna hasta recuperar la última piedra robada de nuestros venerables templos sagrados.

El enviado asintió lentamente asimilando la contundente declaración de guerra inamovible y letal. Aceptaba el tenso rechazo diplomático sin mostrar ninguna sorpresa visible en su rostro marcado. El hombre giró sobre sus talones caminando con paso resuelto hacia su montura engalanada. Tomó las riendas de cuero grueso saltando sobre la silla de montar con un movimiento sumamente veloz y fluido. Sus callados escoltas prepararon los caballos resoplantes para iniciar el viaje de retorno hacia las hostiles líneas enemigas. El emisario tiró de las correas obligando a su corcel a girar el flanco frente al estoico líder templario.

El curtido guerrero musulmán observó la cruz bermeja cosida sobre el manto blanco del Gran Maestre. Su mirada transmitía la promesa de batallas devastadoras y atroz carnicería en el horizonte inmediato. El sol brillante golpeaba directamente sobre su espalda ocultando sus duras facciones bajo un halo oscuro y amenazante. El vendaval silbaba entre las tirantes lonas de las tiendas levantando pequeños torbellinos ardientes sobre la extensa llanura. El jinete elevó su potente voz para asegurar la comprensión absoluta de su mensaje dirigido al jefe cruzado.

—La arena se tragará vuestra cruz —dijo el emisario clavando fuertemente las espuelas en los costados del animal.


Este capítulo forma parte del primer arco de la novela. "La mentira del rey: El juicio final de Jacques" escrita por Dante L. Silente

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