La mentira del rey - Capitulo 13
El sol castigaba la llanura y calcinaba la tierra seca bajo los cascos de los caballos. La expedición templaria avanzaba por un camino pedregoso y dejaba la ciudad portuaria a muchas leguas de distancia en la retaguardia. Jacques de Molay cabalgaba al frente de la columna principal soportando el calor acumulado en su cota de malla. El aire distorsionaba el paisaje sobre las corazas y el acero quemaba la piel a través del lino empapado en sudor. Los animales caminaban con lentitud y levantaban nubes de polvo grisáceo a cada paso. La marcha llevaba a los hombres al límite de sus fuerzas bajo aquel entorno hostil. Los soldados cargaban escudos de madera reforzada y espadas largas bajo un cielo carente de nubes.
Bajo el rigor implacable del clima oriental, el terreno ascendía gradualmente hacia el interior montañoso de la región. Las rocas calcáreas reflejaban la luz del mediodía y cegaban a los jinetes de la vanguardia. El Gran Maestre escudriñaba el horizonte ondulante buscando sombras protectoras para sus tropas, pero la geografía ofrecía escasos refugios. El agua dulce escaseaba drásticamente en los odres de cuero atados a las monturas. Los sargentos repartían el líquido vertiendo raciones ínfimas en vasijas de arcilla para evitar el derroche. Los combatientes tragaban con desesperación y buscaban mitigar el polvo pegado en sus gargantas agrietadas.
Poco después, Godofredo espoleó su corcel hasta alcanzar la posición del comandante supremo en la cabeza del ejército. El preceptor guiaba el animal con mano firme mientras el sudor resbalaba por su rostro curtido. Llevaba el yelmo colgado del arzón para poder respirar el aire denso con mayor facilidad. Frenó la marcha junto a Jacques y tiró de las riendas para igualar el paso de los líderes.
—Los sargentos reportan desmayos frecuentes en la retaguardia —informó Godofredo.
—Ordena racionar el agua con medidas estrictas —respondió Jacques sin apartar la vista del sendero rocoso—. Nosotros debemos conservar las provisiones hasta alcanzar los pozos de las colinas.
—Nuestros batidores no encontraron manantiales limpios porque los sarracenos envenenaron las aguas cercanas —advirtió el preceptor bajando la voz.
Jacques apretó los dientes al procesar las noticias traídas desde el flanco posterior de la columna. El sultán Al-Malik al-Nasir aplicaba tácticas de desgaste para mermar a los cruzados antes del choque directo. El líder musulmán evitaba el combate en campo abierto y ordenaba a sus destacamentos hostigar las rutas de abastecimiento. Destruir los recursos vitales aniquilaba ejércitos enteros sin necesidad de perder hombres en ataques frontales inútiles.
—El enemigo busca sembrar la desesperación entre nuestras filas —afirmó el Gran Maestre manteniendo la espalda completamente erguida—. Mantén la formación cerrada y vigila que los soldados no rompan la marcha.
Godofredo asintió con un movimiento de cabeza y giró su montura para regresar hacia los escuadrones posteriores. Jacques frotó el cuello oscuro de su caballo. El animal respiraba con agitación evidente y mostraba espuma blanca alrededor del bocado de hierro. Las montañas áridas asomaban en la distancia y ofrecían escondites idóneos para las emboscadas preparadas por los defensores mamelucos.
Detrás de la caballería, los infantes y los ballesteros arrastraban sus botas sobre la grava suelta del camino. El sonido monótono de los pasos llenaba el ambiente sofocante de la llanura estéril. El comandante proyectaba una imagen de entereza constante ante sus subordinados para sostener la moral del grupo. El comandante ocultaba la fatiga y soportaba la sed que le quemaba la boca. El propósito de recuperar los lugares sagrados justificaba cualquier privación soportada por los hombres de fe.
Hacia el final de la tarde, la vanguardia alcanzó la entrada de un desfiladero rocoso. Las paredes de piedra proyectaban sombras alargadas sobre el suelo arenoso y brindaban un alivio térmico necesario. Jacques levantó su brazo derecho para detener el avance de la expedición. Un cuerno resonó en la cabecera indicando el alto temporal para establecer el campamento. Los soldados desmontaron de inmediato y quitaron las sillas de montar para aliviar el peso sobre las bestias. Los escuderos armaron tiendas rústicas atando lonas sobre soportes de madera clavados en la tierra dura. El refugio nocturno tomó forma en cuestión de pocos minutos.
Cerca del perímetro exterior, los vigías treparon las laderas escarpadas para asegurar las posiciones elevadas. Jacques caminaba entre los combatientes sentados en el suelo y observaba las condiciones de sus tropas. Varios guerreros limpiaban las ampollas sangrantes de sus pies o afilaban las armas usando piedras de amolar. El rasgueo metálico llenaba el aire fresco mientras las hogueras comenzaban a iluminar las armaduras abolladas.
Más tarde, Godofredo extendió un mapa sobre una roca plana en el centro del campamento. El oficial señalaba un valle angosto trazado con tinta oscura sobre el pergamino arrugado. Jacques se acercó al círculo de capitanes reunidos alrededor de los planos de la región. El documento mostraba el sendero viable para atravesar la cadena montañosa y alcanzar el destino final.
—Los exploradores localizaron huellas de herraduras en este paso oriental —indicó Godofredo apuntando la marca con su índice—. Los corceles enemigos cruzaron esta arena durante la tarde.
—Ellos anticipan nuestra ruta —dijo Jacques evaluando los trazos geográficos del cañón—. El sultán acumula hombres para bloquear el desfiladero e impedir nuestra llegada.
—El cañón anula nuestra superioridad de carga porque la caballería necesita espacio abierto para galopar —comentó un capitán a su lado.
—Nosotros no cruzaremos el desfiladero por el centro del valle —ordenó el Gran Maestre marcando los bordes del mapa—. Las tropas ligeras asegurarán los flancos primero. Los arqueros mamelucos ocuparán las zonas altas para disparar desde la seguridad de las cornisas. Nosotros limpiaremos los nidos de tiradores antes de avanzar con los caballos.
Los oficiales asimilaron las órdenes tácticas en silencio y prepararon a sus respectivas unidades. La autoridad del comandante erradicaba la incertidumbre de los rangos inferiores. Jacques conocía el terreno árido tras sobrevivir a campañas anteriores y anticipaba los movimientos sarracenos analizando la topografía. La noche cubrió el cielo con estrellas brillantes sobre el campamento cruzado. El silencio reinó entre los pabellones de tela. Los soldados durmieron aferrando las empuñaduras de sus espadas para reaccionar ante cualquier ataque nocturno.
El líder templario caminó hacia el límite de las fogatas para observar la negrura del valle. El viento helado golpeaba su rostro y secaba el sudor acumulado en su barba. Él desenvainó la espada y el acero capturó el reflejo pálido de la luna llena. Comprobó el filo de la hoja deslizando el pulgar cubierto por el guantelete de cuero. La confrontación inminente probaría la fuerza de la Orden frente a los defensores del gobernante egipcio.
Con las luces del amanecer, el ejército reanudó la marcha hacia las fauces del cañón. El camino de tierra se estrechaba paulatinamente entre dos murallas de roca sólida. Jacques cabalgaba rodeado por su guardia personal y escrutaba los riscos superiores buscando destellos metálicos o movimientos inusuales. El ruido de los cascos sobre la piedra rompía el silencio de la garganta natural. Los guerreros mantenían los escudos elevados para cubrir los flancos de la columna armada.
De pronto, un silbido rasgó el aire del desfiladero. Una saeta impactó contra la madera forrada del escudo de un templario cercano y la punta de hierro perforó el roble. El soldado tambaleó en su silla de montar por la fuerza del golpe. Decenas de proyectiles cayeron desde las alturas formando una lluvia letal sobre la vanguardia. Los gritos de dolor quebraron la formación ordenada de los jinetes cristianos. Los caballos relincharon y levantaron las patas delanteras al sentir el impacto de las flechas en sus ancas.
—¡Escudos arriba! —gritó Jacques desenvainando la espada con un movimiento rápido.
Los caballeros alzaron las defensas formando una barrera protectora sobre sus cabezas. Las flechas rebotaban contra los maderos y las placas de acero esparciendo astillas en el aire. Los soldados mamelucos aparecieron sobre las crestas rocosas disparando sus arcos curvos sin descanso. El asalto sorpresa buscaba desmembrar la vanguardia y generar pánico masivo entre las bestias de carga.
Jacques espoleó su montura y avanzó hacia el centro del caos para mantener la línea defensiva intacta. El líder templario conservó la firmeza bajo la lluvia de proyectiles que caía desde ambos flancos. Esquivó una flecha girando el torso hacia la derecha gracias a sus reflejos entrenados en el combate cuerpo a cuerpo. La supervivencia dependía de anticipar la trayectoria de la muerte.
—¡Arqueros, disparen contra las crestas! —ordenó el comandante señalando los bordes del acantilado con su arma.
Las ballestas templarias dispararon los virotes hacia las posiciones elevadas de los tiradores sarracenos. Varios enemigos cayeron desde lo alto y golpearon el suelo pedregoso con estrépito al perder el equilibrio. La escaramuza aumentó su brutalidad en cuestión de minutos. Varios jinetes mamelucos emergieron desde el fondo del paso montando caballos rápidos y ligeros. Ellos empuñaban cimitarras desnudas e intentaban encerrar a la caballería cruzada aprovechando la estrechez del terreno.
Godofredo galopó hasta alcanzar la posición del Gran Maestre y desvió dos flechas consecutivas con su escudo blanco. El guerrero demostraba un valor rotundo en medio del desorden provocado por la emboscada.
—¡Bloquean la salida del cañón! —informó el preceptor alzando la voz por encima del estruendo.
—Prepara la carga de los escuadrones principales —respondió Jacques bajando la visera protectora de su yelmo de acero—. Nosotros destrozaremos su centro.
Los tambores de guerra retumbaron en la distancia marcando el avance de la infantería enemiga. El terreno encajonado limitaba las maniobras de los cruzados y anulaba cualquier intento de repliegue ordenado. Jacques calculó la amenaza en un instante de claridad mental. Retroceder garantizaba la aniquilación de la columna bajo los arqueros apostados en las cimas. La única vía de escape requería romper el bloqueo frontal usando la fuerza bruta de las monturas acorazadas.
El Gran Maestre levantó la hoja recta de su espada apuntando hacia la barrera de jinetes musulmanes. Los caballeros templarios formaron una cuña cerrada posicionándose detrás de su comandante supremo. Las lanzas bajaron hacia adelante creando un erizo amenazante de puntas de hierro afiladas. Los estandartes bicolores ondearon atrapando las ráfagas de viento del valle. La disciplina marcial aplastó el pánico inicial de la emboscada. Los combatientes de primera línea aguardaron la señal con los músculos tensos.
Jacques clavó las espuelas en su caballo negro. El corcel respondió con un salto violento y levantó polvo y guijarros al iniciar la carrera.
—¡Non nobis, Domine! —rugió Jacques iniciando el galope furioso.
Doscientos caballeros iniciaron la carga frontal al unísono repitiendo el grito de batalla. La tierra tembló bajo el impacto rítmico de los corceles ganando velocidad en la distancia disponible. La masa blindada avanzó devorando los metros que los separaban de los bloqueadores mamelucos. El muro de hierro cristiano ganó una inercia destructiva. Los defensores orientales intentaron sostener la línea levantando sus escudos circulares para absorber el encontronazo.
El impacto resonó como el estallido de un trueno confinado en el desfiladero. Las lanzas templarias perforaron las defensas enemigas atravesando madera y carne sin dificultad. Los jinetes sarracenos salieron despedidos de sus monturas por la fuerza del choque directo. Jacques atravesó la línea frontal derribando a dos guerreros por la propia inercia de su avance. Soltó la lanza astillada y comenzó a golpear con su espada. El Gran Maestre repartía mandobles a diestra y siniestra cortando cuero curado y mallas de anillas. Su brazo ejecutaba los movimientos letales forjados durante años de entrenamiento implacable.
A escasos metros, Godofredo peleaba con fiereza inagotable en el corazón del tumulto. El preceptor paraba los ataques de cimitarras usando el borde forrado de su escudo y respondía con tajos veloces. Los guerreros musulmanes retrocedían abrumados ante el empuje sostenido del avance cruzado. La caballería pesada desarticulaba las formaciones enemigas aplastando la resistencia en el cañón. Jacques guiaba la punta de la cuña rompiendo el centro enemigo y buscó al capitán mameluco que impartía órdenes desde la retaguardia.
El líder rival cargó contra el comandante supremo blandiendo su arma curva con ambas manos. Jacques bloqueó el golpe descendente levantando su escudo a tiempo. El metal chilló y desprendió chispas al friccionar contra el refuerzo de hierro. El Gran Maestre contraatacó lanzando una estocada horizontal hacia adelante. La hoja recta cortó el flanco del enemigo encontrando un punto vulnerable en su coraza ligera. El jinete sarraceno soltó las riendas y se desplomó hacia el polvo del camino.
Las tropas orientales presenciaron la caída fulminante de su oficial al mando. El pánico quebró la voluntad de los sobrevivientes de forma inmediata. Ellos giraron las monturas y emprendieron una retirada desordenada hacia la desembocadura abierta del cañón. Los infantes huyeron trepando las rocas laterales para evitar ser aplastados por los caballos cristianos. La caballería templaria persiguió a los rezagados durante un tramo corto hasta despejar la salida por completo. Los cadáveres cubrían la arena del desfiladero y atestiguaban el fracaso rotundo de la emboscada tendida por el sultán.
El polvo flotaba en el aire estancado del campo de batalla. La caballería frenó la persecución paulatinamente por orden de los oficiales. Jacques levantó la espada para indicar la detención definitiva del avance. Los corceles bufaban con fatiga extrema y mostraban cortes menores en sus flancos. Los soldados cristianos aseguraron el paso liberado y establecieron un perímetro circular. El Gran Maestre subió la visera abollada de su yelmo cerrado. El aire golpeó su rostro manchado de sudor, sangre y tierra seca. Observó a sus hombres tendidos sobre las piedras pálidas del sendero. La victoria dejaba hombres muertos sobre las piedras del camino.
Godofredo acercó su caballo blanco a la posición del líder. El guerrero respiraba de forma agitada y la sangre ajena manchaba la tela de su uniforme.
—Están huyendo hacia las montañas del norte —informó Godofredo señalando la ruta tomada por los fugitivos.
—Asegura el perímetro y atiende a los caídos —ordenó Jacques mientras limpiaba la hoja de su espada con un retal de tela—. Nosotros no perseguiremos a los cobardes por el desierto. Nuestro objetivo principal aguarda más adelante.
El ejército reagrupó las filas con prontitud tras el enfrentamiento. Los cirujanos curaron los cortes superficiales y aplicaron vendajes apretados sobre las heridas profundas. Los jinetes recuperaron armas útiles abandonadas en el suelo rocoso durante el choque. La marcha continuó tras una hora de descanso forzado. El camino ascendía ahora por una pendiente abrupta llena de desniveles pronunciados. Las bestias empujaban con esfuerzo contra la subida constante de la colina. El paisaje cambiaba mostrando afloramientos de roca blanca y vegetación reseca.
Jacques encabezó la ascensión manteniendo un ritmo constante. El sol castigaba de nuevo las placas de metal elevando la temperatura de los cuerpos marchitos. El viento arrastraba ráfagas frescas desde la parte más alta de la elevación montañosa. La vanguardia superó la cuesta pedregosa tras un esfuerzo. El Gran Maestre tiró de las riendas y detuvo el caballo abruptamente en la cima. Su mirada recorrió la inmensidad del paisaje despejado. Contuvo la respiración durante un instante interminable al reconocer la geografía.
El valle se extendía bajo sus pies iluminado por la luz de la tarde. Más allá de los campos yermos, la ciudad emergía intacta. Las murallas de piedra pálida brillaban doradas desafiando el paso del tiempo. Las cúpulas redondas despuntaban sobre los muros fortificados recortando el cielo libre de nubes. La urbe mostraba toda su magnificencia arquitectónica protegida por sólidas torres de vigilancia. Los soldados templarios llegaron a la cima de forma escalonada y detuvieron sus monturas. Contemplaron la escena sublime sumidos en un silencio sepulcral. El dolor de las heridas y la fatiga del combate desaparecieron de sus cuerpos al observar la visión monumental.
—Ahí está —dijo Godofredo señalando la distancia con el índice de su guantelete.
Jacques asintió ejecutando un movimiento lento y cargado de gravedad. Apretó los puños sobre las riendas sintiendo el peso de la historia recayendo sobre sus hombros acorazados. Los guerreros cruzados habían derramado sangre a lo largo del camino para alcanzar exactamente ese punto geográfico. La expedición reclamaba la recompensa prometida a todos sus sacrificios en el desierto sirio.
—Jerusalén —susurró Jacques.
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