La mentira del rey - Capitulo 14

El sol quemaba la tierra seca frente a las murallas. Jacques de Molay observaba la ciudad desde un promontorio de roca pálida. Los bloques gruesos de la fortificación reflejaban la luz del mediodía oriental. El campamento templario hervía con el trabajo febril de miles de soldados desplegados en la llanura. Cientos de carpinteros ensamblaban las vigas de pino para levantar enormes máquinas de asedio.  El repique rítmico de los martillos contra los remaches de hierro marcaba el pulso del valle profundo. El Gran Maestre apoyó la mano sobre el pomo de su espada al contemplar su objetivo principal.

La topografía de la zona ofrecía escasos refugios contra el calor sofocante del desierto cercano. Las tropas cristianas levantaron docenas de tiendas de lona blanca sobre el terreno árido. Los escuderos transportaban barriles pesados de madera para abastecer a los caballos de guerra. El agua dulce escaseaba drásticamente en toda la región circundante a la ciudadela sitiada. Los sargentos racionaban el líquido vertiendo porciones mínimas en cuencos tallados para cada combatiente. Jacques sudaba bajo el lino grueso de su túnica cruzada. El comandante ignoraba la sed en su garganta para mantener una postura estoica frente a sus subordinados. El peso de la cota de malla aumentaba el agotamiento de la expedición.

Godofredo de Charney subió la pendiente arrastrando sus botas sobre la grava suelta del camino. El joven preceptor detuvo su marcha junto al líder supremo de la Orden. El guerrero llevaba su yelmo metálico colgado del arzón para aliviar la carga sobre su cuello dolorido. Las gotas de sudor resbalaban por su frente cubierta de polvo grisáceo.

—Los ingenieros aseguran las cuerdas tensas en las catapultas principales de la vanguardia —informó Godofredo deteniendo sus pasos a corta distancia.

—El ataque exige una coordinación perfecta entre todos nuestros batallones —respondió Jacques evaluando la separación exacta hacia los parapetos enemigos—. Nosotros lanzaremos las rocas sobre la puerta oriental al amanecer.

—Los oficiales organizaran las cuadrillas de peones para cavar las trincheras protectoras cerca del muro exterior —añadió el preceptor frotando sus guanteletes articulados.

—Acelera esos trabajos antes de la caída de la noche —ordenó el Gran Maestre señalando las formaciones cristianas en el llano—. Los arqueros sarracenos aprovecharán cualquier demora en las obras para diezmar nuestras primeras líneas.

Cerca del perímetro defensivo de las tiendas, los herreros afilaban cientos de puntas de acero. Las chispas saltaban desde los yunques iluminando los rostros curtidos de los artesanos del campamento. El olor penetrante a hierro candente flotaba entre los estandartes bicolores agitados por la brisa del oeste. Jacques bajó por la colina sorteando las rocas irregulares del terreno. El comandante inspeccionaba cada escuadrón para garantizar la disciplina absoluta de sus tropas desplegadas. Los soldados golpeaban sus corazas con el puño cerrado a modo de saludo militar al verlo pasar por sus posiciones. El líder asentía reconociendo la lealtad de sus hermanos de armas preparados para el combate letal.

Poco después, el comandante pidió su corcel negro a un paje veloz del establo temporal. Jacques montó ágilmente en la silla de cuero y cabalgó hacia la línea frontal del asedio. Las zanjas excavadas separaban el campamento cristiano de la fortaleza sarracena.  El líder frenó su animal a escasos metros del alcance máximo de los arcos largos. Las almenas albergaban a tiradores enemigos equipados con carcajes repletos de flechas. Los estandartes mamelucos ondeaban sobre las torres de vigilancia de planta cuadrada.

La guarnición rival mantenía una formación rígida bajo el sol ardiente de la tarde. Jacques escrutó la barrera de piedra buscando identificar puntos vulnerables en la muralla exterior. La estructura mostraba reparaciones recientes hechas con bloques claros y mortero fresco. El sultán Al-Malik al-Nasir preparaba una defensa formidable para retener la urbe sagrada bajo su dominio. El sagaz gobernante egipcio anticipaba las cargas frontales de la caballería cruzada. El asedio demandaba una táctica paciente y un cálculo impecable para quebrar el bastión musulmán.

En ese instante, una figura emergió en el balcón abierto de la torre central. El líder sarraceno vestía una coraza escamada y una capa de seda oscura. Al-Malik al-Nasir apoyó las manos enguantadas sobre la baranda de piedra caliza tallada. El monarca miró directamente hacia la posición ocupada por el jinete templario en la llanura. Jacques irguió su espalda bajo el aplastante peso de su armadura corporal. El Gran Maestre sostuvo la mirada del sultán sin parpadear un solo segundo a pesar del sol directo.

El encuentro silencioso estableció un respeto marcial profundo entre ambos comandantes experimentados. Los dos estrategas comprendían la magnitud del enfrentamiento inminente en ese silencio prolongado. El líder oriental defendía su territorio con una resolución inquebrantable frente a los invasores europeos. El jefe cristiano buscaba conquistar la ciudad cumpliendo sus rigurosos votos monásticos jurados ante la cruz. La distancia impedía cualquier intercambio verbal directo entre los grandes enemigos. Las inminentes acciones decidirían el destino de miles de guerreros congregados en aquel valle profundo.

—El sultán supervisa sus defensas personalmente desde la atalaya mayor —comentó Godofredo acercando su caballo blanco al corcel del líder templario.

—El gobernante conoce el valor inmenso de su premio —contestó Jacques ajustando las riendas de cuero trenzado entre sus dedos—. Sacrificará a su último soldado para mantener el control sobre estas tierras milenarias.

—Nuestros infantes desean iniciar el asalto inmediatamente hacia las puertas principales —indicó el joven preceptor observando la muralla plagada de tiradores listos.

—Nosotros atacaremos cuando nuestras máquinas destruyan los parapetos superiores del muro —sentenció el comandante cruzado girando su montura hacia el centro del campamento propio.

La noche cubrió el valle con un cielo repleto de estrellas brillantes. Las hogueras parpadeaban iluminando las tiendas blancas de los batallones cristianos en reposo. Jacques descansaba sobre un lecho rústico repasando los mapas trazados en pergamino enrollado. El veterano memorizaba cada callejón adyacente a la entrada oriental de la ciudad fortificada. El crujido constante de las maderas anunciaba la finalización de los aparatos de asedio. La alborada traería consigo el choque brutal de las dos grandes potencias militares. El guerrero cerró los ojos buscando concentrar toda su energía para la inminente jornada de sangre. El viento nocturno refrescó la temperatura del campamento aliviando el sofoco padecido durante las horas diurnas.

El amanecer tiñó el horizonte oriental con tonos rojizos muy intensos y brillantes. Los cuernos de bronce sonaron rasgando el aire matutino con notas sostenidas y graves. Los soldados formaron líneas cerradas portando sus escudos altos y sus espadas pesadas. Jacques cabalgaba frente a la vanguardia sosteniendo su arma envainada en la funda atada a su cintura. El caballo negro resoplaba golpeando el suelo arenoso con sus cascos herrados en hierro. El líder levantó el brazo derecho señalando las torres de la fortaleza de piedra.

—¡Inicien el bombardeo! —ordenó el Gran Maestre bajando la mano con un movimiento rápido y certero.

Los ingenieros liberaron los contrapesos de los trabuquetes instalados en la primera línea. Las catapultas crujieron lanzando inmensos bloques de roca hacia el cielo despejado de la mañana. Los proyectiles describieron arcos pronunciados antes de impactar contra las defensas sarracenas. El choque simultáneo produjo un estruendo ensordecedor esparciendo columnas de polvo blanco por el aire seco. Las almenas sufrieron daños considerables bajo la fuerza destructiva de la artillería cruzada. Pedazos enteros de mampostería cayeron hacia los fosos exteriores aplastando las barricadas de madera dispuestas alrededor.

El ejército defensor respondió liberando una lluvia espesa de flechas afiladas desde las alturas. Los letales proyectiles cayeron sobre las primeras filas de infantería provocando ruidos secos y gritos de dolor. Las puntas de metal rebotaban contra los escudos forrados con piel endurecida por el curado al fuego. Jacques ordenó el avance inmediato de las torres de asedio construidas durante las madrugadas previas. Los peones empujaron las estructuras rodando sobre tablones gruesos extendidos en la arena suelta. La batalla frontal estalló con una violencia desmedida en todo el sector este de las murallas.

A lo largo de la mañana, los cruzados intentaron quebrar la férrea resistencia de las tropas mamelucas. Jacques cabalgaba por los flancos coordinando los constantes embates de sus veteranos capitanes de compañía. El sudor salado y el polvo formaban una costra gris sobre su rostro sumamente concentrado en la contienda. El comandante observó una fisura incipiente cerca de la puerta oriental de la fortaleza. Las incesantes rocas lanzadas habían derribado un segmento vital del muro exterior creando una rampa de escombros.

—¡Concentren el ataque en el sector dañado de la muralla! —gritó Jacques apuntando su espada desenvainada hacia la brecha abierta en la piedra.

Godofredo lideró un escuadrón de infantes corriendo hacia la zona vulnerable recién señalada por su líder. Los soldados sarracenos abandonaron sus posiciones superiores para taponar la estrecha abertura formando un muro de escudos. El choque feroz entre las fuerzas resonó en el valle con el ruido agudo del acero golpeando las corazas. Jacques espoleó su montura avanzando directamente hacia el centro de aquel combate sangriento y caótico. El líder templario necesitaba inspirar a sus guerreros peleando cuerpo a cuerpo en la primera línea de choque.

El caballo negro pisó los bloques rotos y los escombros apilados de la muralla derruida. Jacques desmontó rápidamente para unirse a la cruda lucha sobre las piedras inestables del derrumbe. Los guerreros mamelucos atacaban blandiendo cimitarras relucientes y escudos redondos hechos de bronce pulido. El Gran Maestre bloqueó un fuerte tajo descendente usando su grueso escudo pintado con los colores del Temple. Contraatacó clavando su espada recta en el abdomen expuesto del soldado adversario frontal. El hombre colapsó hacia atrás soltando su arma sobre las rocas desprendidas del muro.

La brecha hervía con el frenesí letal de cien combatientes chocando simultáneamente en un espacio reducido. El comandante cristiano avanzaba abriendo un pasillo sangriento entre las filas defensoras del bastión. Su brazo derecho ejecutaba movimientos mortales forjados tras largas décadas de duro entrenamiento militar en las cruzadas. Un soldado sarraceno de estatura gigantesca bloqueó su avance enarbolando un hacha de doble filo. El enemigo lanzó un barrido horizontal buscando impactar el yelmo abollado del líder templario. Jacques flexionó las piernas esquivando la pesada hoja metálica por escasos centímetros de distancia.

El guerrero cruzado impulsó su cuerpo hacia adelante buscando el flanco derecho del enorme rival. Hundió la hoja de su espada en las costillas del soldado mameluco aprovechando la apertura en su guardia. El enemigo cayó pesadamente liberando un grito ronco y gutural en medio de la confusión del combate. Sin embargo, un segundo atacante surgió desde la nube de polvo calcáreo levantada por los escombros. El nuevo combatiente empuñaba una cimitarra con un filo extremadamente curvo y peligrosamente afilado. Jacques giró su torso intentando posicionar su escudo a tiempo para frenar el ataque por su costado ciego.

El movimiento defensivo resultó ineficaz ante la asombrosa velocidad del sorpresivo embate lateral. La cimitarra enemiga rasgó los anillos de hierro de la armadura en el flanco derecho del Gran Maestre. La hoja cortó la carne humana bajo la gruesa tela del gambesón y la túnica blanca de la Orden. Un dolor abrasador atravesó el costado de Jacques y le cortó la respiración. Sintió el acero desgarrar la carne bajo la armadura. Un espasmo doloroso sacudió su anatomía entera ante la abrumadora gravedad de la lesión sufrida.

El guerrero soltó un gruñido retrocediendo un paso torpe sobre los escombros inestables de la muralla. La sangre brotó de la herida abierta empapando el lino claro de su ropaje oficial casi de inmediato. Apretó los dientes canalizando la agonía insoportable hacia un golpe veloz de respuesta fulminante. Su espada rebanó el cuello del atacante mameluco neutralizando la amenaza en el acto. El comandante presionó su mano izquierda contra el tajo profundo intentando contener la hemorragia desatada. El sabor a sangre y polvo llenó su boca reseca por el enorme esfuerzo sostenido durante la batalla.

—¡Formen un muro alrededor del comandante! —ordenó Godofredo corriendo por la rampa de escombros hacia la posición vulnerable de Jacques.

Varios caballeros templarios levantaron una barrera impenetrable de maderos y acero protegiendo a su líder herido. El joven preceptor sujetó el brazo del Gran Maestre ofreciendo un soporte vital en medio de la carnicería. Jacques rechazó la ayuda inmediata con un tirón firme de su hombro ensangrentado para liberarse del agarre. Necesitaba proyectar una fortaleza inquebrantable ante la atenta mirada de sus subordinados luchando en la brecha. El comandante enderezó su postura ignorando las llamas punzantes instaladas en su carne destrozada.

—La línea defensiva cede ante nuestra presión —dijo Jacques respirando con evidente dificultad por el daño muscular—. Empujen con todas sus fuerzas hacia el patio interior de la fortaleza.

El líder lastimado levantó la vista hacia las almenas intactas de la torre superior principal. Al-Malik al-Nasir observaba el desarrollo del sangriento asalto desde su seguro balcón de piedra. El sultán presenció el golpe recibido por el jefe supremo de las fuerzas invasoras. Las miradas penetrantes de ambos líderes chocaron nuevamente cruzando el humo y el caos de la contienda cuerpo a cuerpo. El soberano egipcio asintió levemente reconociendo la resistencia estoica demostrada por el comandante cristiano ante la herida mortal.

Jacques apretó los dedos enguantados sobre la lesión palpitante bajo su cota de malla rota. Sentía la profundidad del corte marcando su cuerpo de forma permanente. El dolor quedó grabado en su costado y esa herida lo acompañaría durante años. La sangre derramada en la tierra sagrada sellaba su destino ineludible como líder de los pobres caballeros de Cristo. El Gran Maestre levantó su pesada espada ensangrentada y reanudó su marcha hacia el interior de la ciudadela sitiada.


Este capítulo forma parte del primer arco de la novela. "La mentira del rey: El juicio final de Jacques" escrita por Dante L. Silente

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Gracias por leer.

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