La mentira del rey - Capitulo 15
El sol calcinaba la tierra seca frente a los bastiones. Jacques de Molay evaluaba las fortificaciones desde una colina de roca pálida. Los grandes bloques tallados reflejaban la luz meridiana. El campamento templario hervía con el trabajo febril de miles de hombres. Los carpinteros ensamblaban vigas gruesas para terminar las máquinas bélicas. El martilleo constante marcaba el pulso sonoro del valle profundo. El Gran Maestre acarició la empuñadura forrada en cuero al contemplar el objetivo militar. Un dolor agudo latía en su costado derecho tras la escaramuza del día anterior. La cota de malla rozaba la carne magullada sin piedad alguna. El líder disimulaba el tormento para sostener la moral intacta de sus tropas.
La sequedad castigaba a los batallones desplegados en la llanura polvorienta. Los peones transportaban pesados barriles para abastecer a los caballos de guerra. El agua dulce escaseaba en los alrededores áridos de la ciudadela sitiada. Los sargentos racionaban el líquido vertiendo porciones exactas en los cuencos de madera. Jacques transpiraba bajo el lino grueso de su túnica blanca. La cruz cosida en el pecho se oscurecía con el sudor. El comandante soportaba la sed sin quejarse. El asedio demandaba una resistencia extrema frente a las penurias climáticas. Los guerreros afilaban las espadas largas preparándose para el asalto inminente a las murallas.
Godofredo de Charney ascendió la cuesta arrastrando sus botas herradas sobre la grava. El preceptor frenó su marcha junto al líder supremo de la Orden. El caballero llevaba el yelmo metálico colgado del arzón para ventilar su cabeza sofocada. Varias gotas resbalaban por su frente cubierta de polvo gris y arena fina.
—Los ingenieros terminaron los contrapesos en las catapultas principales —informó Godofredo mirando la línea frontal de las tropas.
—El ataque requiere una coordinación perfecta entre los diferentes escuadrones —respondió Jacques evaluando la distancia exacta hacia los parapetos enemigos.
—Los peones cavan zanjas protectoras muy cerca del foso exterior para cubrir el avance de la infantería.
—Acelera esos trabajos antes de la llegada del anochecer —ordenó el Gran Maestre apuntando su índice hacia las obras terrestres—. Los arqueros sarracenos aprovecharán el terreno despejado para diezmar nuestra vanguardia.
Cerca del perímetro defensivo, los herreros forjaban puntas metálicas sin descanso. Las chispas brillantes saltaban desde los yunques iluminando los rostros curtidos por el humo negro. El olor a hierro candente saturaba el aire caliente entre los estandartes bicolores. Jacques bajó por la colina sorteando las rocas sueltas del terreno. El veterano inspeccionaba cada grupo armado para garantizar la disciplina táctica de los hombres. Los soldados golpeaban sus corazas con los puños cerrados al verlo caminar por el campamento. El líder asentía levemente reconociendo el compromiso marcial de sus hermanos. La moral de la caballería permanecía alta a pesar del entorno hostil y el clima abrasador.
Un escudero acercó un corcel negro completamente ensillado. Jacques montó con asombrosa agilidad y cabalgó hacia la primera línea de trincheras excavadas. Las zanjas profundas separaban el contingente cristiano de la fortaleza sarracena. El líder detuvo su montura a escasos metros del alcance máximo de las flechas. Las almenas albergaban a cientos de arqueros mamelucos equipados con arcos compuestos. Los pendones verdes ondeaban desafiantes sobre las torres de vigilancia perimetrales. La guarnición enemiga mantenía una formación estática bajo el sol ardiente de la tarde. La disciplina oriental igualaba la determinación de los cruzados occidentales.
En lo alto del balcón central, una figura majestuosa emergió entre los guardias armados. El líder sarraceno vestía una coraza escamada brillante y una capa de seda oscura. Al-Malik al-Nasir apoyó las manos enguantadas sobre la baranda de piedra caliza. El monarca fijó su mirada penetrante en el jinete cristiano detenido en la explanada. Jacques irguió la espalda soportando el peso de su armadura corporal. El Gran Maestre sostuvo el contacto visual con el sultán enemigo sin parpadear. Ambos sostuvieron la mirada sin apartarla. Los dos hombres asimilaban la magnitud destructiva del choque.
La distancia impedía cualquier intercambio de palabras entre los caudillos. Las acciones armadas decidirían irremediablemente el destino de los soldados congregados en el valle. Jacques reconoció la pericia táctica en la disposición de las defensas sarracenas. Al-Malik al-Nasir defendía su territorio con una planificación metódica e inteligente. El jefe cruzado necesitaba quebrar esa barrera para cumplir sus severos votos monásticos.
Poco después, Godofredo situó su caballo blanco junto al corcel del líder supremo tras terminar su ronda de inspección.
—El sultán supervisa las fortificaciones personalmente desde la atalaya mayor —comentó el preceptor mirando hacia la torre iluminada por el sol.
—Exigirá la vida de cada guerrero para mantener el dominio absoluto sobre la ciudad —contestó Jacques ajustando las riendas trenzadas entre sus dedos gruesos.
—Nuestra infantería ruega iniciar la acometida contra las puertas ahora mismo.
—Nosotros atacaremos al amanecer con las máquinas de asedio operativas —sentenció el líder cruzado girando el caballo para regresar a su tienda de campaña.
La noche cubrió el campamento con un cielo raso y sumamente estrellado. Las hogueras cálidas iluminaban las tiendas blancas de los batallones sumidos en reposo. Jacques descansaba sobre un catre rústico estudiando los mapas topográficos trazados en pergamino. El comandante memorizaba los callejones adyacentes a la puerta oriental fuertemente fortificada. El crujido de los engranajes de madera confirmaba la preparación final de los trabuquetes. El viejo guerrero cerró los ojos intentando calmar el latido persistente en su costado derecho. La lesión sangraba levemente manchando los vendajes apretados contra su piel curtida. Guardó reposo absoluto para conservar su energía vital intacta.
El alba tiñó el horizonte con tonos rojizos muy intensos. Las cornetas templarias rasgaron el silencio matutino con notas agudas y prolongadas. Los soldados formaron líneas compactas portando gruesos escudos forrados y espadas largas. Jacques cabalgaba frente a la vanguardia sosteniendo su arma envainada en la funda de cuero. El caballo negro golpeaba el suelo arenoso con sus fuertes pezuñas herradas. El líder levantó el brazo derecho señalando las sólidas torres de la ciudadela.
—¡Inicien el fuego de artillería! —ordenó el Gran Maestre bajando el brazo con un movimiento cortante.
Los artilleros liberaron los contrapesos de las catapultas pesadas instaladas en la retaguardia. Las palancas crujieron lanzando inmensos bloques rocosos hacia la muralla. Los proyectiles describieron arcos pronunciados antes de golpear las sólidas defensas sarracenas. El impacto simultáneo produjo un estruendo esparciendo columnas de polvo calcáreo blanco. Las almenas colapsaron bajo la fuerza cinética de las piedras cristianas. Pedazos enteros de mampostería cayeron hacia los fosos aplastando las barricadas defensivas de madera. La incesante lluvia de rocas desorganizó a las tropas apostadas en los niveles superiores.
El ejército mameluco respondió soltando una densa cortina de flechas afiladas hacia el campamento. Los proyectiles cayeron sobre las primeras líneas cruzadas provocando gritos roncos y caos momentáneo. Las saetas rebotaban contra los escudos esparciendo astillas de roble por los aires. Jacques ordenó el avance inmediato de las torres rodantes de asalto frontal. Los infantes empujaron las estructuras sobre los tablones engrasados dispuestos en la arena. La batalla estalló con una violencia desmedida en el disputado sector oriental. El clamor del combate ahogó cualquier instrucción táctica emitida a viva voz.
Durante toda la mañana calurosa, los cruzados intentaron quebrar la resistencia musulmana. Jacques recorría los flancos expuestos coordinando los múltiples embates de sus capitanes. El sudor y la arena formaban una capa grisácea sobre su rostro tenso y concentrado. El comandante divisó una fisura incipiente cerca de la puerta principal de la fortaleza. Las incesantes rocas arrojadas lograron derribar un segmento vital del muro exterior. Una rampa inestable de escombros facilitaba el acceso directo hacia las posiciones sarracenas superiores.
—¡Avanzamos masivamente hacia la brecha! —gritó Jacques apuntando la hoja desenvainada hacia el hueco humeante y repleto de piedras sueltas.
Godofredo lideró un escuadrón de infantería corriendo velozmente hacia la zona vulnerable. Los defensores orientales descendieron para obstruir la abertura usando sus propios cuerpos escudados. El choque frontal entre las dos fuerzas resonó en el valle con el ruido estridente del acero golpeado. Jacques espoleó su montura avanzando hacia el centro exacto de la feroz matanza. El líder templario necesitaba inspirar a sus valientes guerreros peleando desde la vanguardia misma. El animal pisó los bloques resbaladizos y las piedras inestables del derrumbe.
El Gran Maestre desmontó con un salto veloz para unirse a la lucha a pie. Los guerreros mamelucos atacaban incesantemente blandiendo cimitarras curvas y rodelas de metal pulido. Jacques bloqueó un tajo descendente alzando su escudo reforzado con pesadas bandas de hierro. Contraatacó clavando la espada recta en el vientre expuesto del soldado enemigo. El atacante colapsó hacia atrás soltando su arma curva sobre los escombros pálidos de la rampa. El comandante avanzó pisando el cadáver ensangrentado para mantener la inercia ofensiva de sus hombres.
La abertura hervía con el frenesí letal de cientos de combatientes apiñados. El líder abría un pasillo rojo entre las filas defensoras. Su brazo derecho ejecutaba movimientos mortales perfeccionados tras décadas de estricto entrenamiento marcial. Un guerrero sarraceno inmenso bloqueó su camino empuñando un hacha de combate de doble filo. El enemigo lanzó un barrido horizontal buscando cercenar el cuello del comandante templario. Jacques flexionó las piernas esquivando la hoja letal por un margen mínimo y arriesgado.
el cruzado impulsó su cuerpo protegido hacia adelante buscando el flanco derecho del gigante. Hundió el acero afilado profundamente en las costillas desprotegidas del adversario. El guerrero oriental cayó de rodillas soltando un quejido ronco por la estocada letal. Un segundo atacante emergió súbitamente desde una nube de humo espeso y oscuro. El nuevo combatiente blandía una daga curva dotada de un filo extremadamente agresivo. Jacques giró el torso intentando interponer su escudo a tiempo para bloquear la embestida repentina.
La maniobra defensiva resultó ineficaz ante la asombrosa velocidad del ataque sarraceno. La daga enemiga rasgó los anillos metálicos en el costado derecho del Gran Maestre. La hoja penetró la carne humana justo sobre la antigua lesión debidamente vendada. Un fuego abrasador atravesó el abdomen de Jacques cortando su respiración agitada por completo. Sintió el acero frío desgarrando los tejidos musculares con precisión. Un espasmo sacudió su cuerpo entero ante la intensidad abrumadora del daño.
El cruzado soltó un gruñido ahogado retrocediendo un paso torpe sobre las rocas inestables. La sangre brotó abundantemente empapando el lino claro de su túnica oficial de inmediato. Apretó los dientes canalizando la agonía punzante hacia un contraataque rápido y fulminante. Su larga espada cortó el cuello del atacante neutralizando la amenaza mortal al instante. El comandante presionó la mano izquierda contra el tajo abierto intentando contener la hemorragia severa. El sabor férreo de su propia sangre llenó su boca reseca por el esfuerzo continuo.
Godofredo corrió apresuradamente por la rampa de escombros hacia la posición crítica de su líder.
—¡Cierren la línea! ¡Protejan al Maestre! —ordenó el preceptor alzando su propio escudo manchado y apartando a un mameluco con un empujón.
—La resistencia cede ante nuestro empuje —dijo Jacques respirando con suma dificultad y escupiendo sangre hacia el suelo—. Presionen el ataque hacia el patio de la ciudadela.
Varios caballeros templarios formaron rápidamente una barrera de madera forrada y acero alrededor del herido. El preceptor sujetó el brazo del líder ofreciendo un soporte vital para evitar su caída inminente. Jacques rechazó el apoyo soltándose del apretado agarre con un movimiento brusco de su hombro ensangrentado. El guerrero enderezó su postura ignorando el sufrimiento agudo instalado en su costado abierto.
El líder lastimado levantó la vista hacia el balcón intacto de la torre defensiva central. Al-Malik al-Nasir observaba el desarrollo del asalto sangriento desde su posición segura y muy elevada. El sultán presenció el impacto recibido por el comandante supremo de las fuerzas cruzadas. Las miradas directas de ambos estrategas se cruzaron atravesando el espacio saturado de humo espeso.
Jacques apretó los dedos sobre la lesión palpitante bajo su cota de malla desgarrada. Comprendió que la herida era profunda. La sangre corría sobre su túnica mientras apretaba el arma con más fuerza. El Gran Maestre acomodó el agarre de su espada ensangrentada y preparó el avance de sus hombres.
Un abanderado templario subió los últimos escombros cargando el estandarte bicolor de la Orden. Un proyectil impactó el pecho del soldado, quien cayó fulminado sobre las rocas filosas de la rampa. El símbolo voló por el aire hacia el foso profundo ubicado varios metros más abajo. Jacques extendió el brazo ileso atrapando el asta de madera pulida antes de la caída inminente al abismo. El tirón empeoró su grave lesión abdominal provocando un suplicio intensamente lacerante en sus entrañas. Reprimió el quejido apretando los labios.
El guerrero avanzó sosteniendo el emblema sagrado con firmeza absoluta y determinación ciega. Sus piernas temblaban por el agotamiento muscular y la pérdida de flujo sanguíneo. Caminó con pasos cortos y pesados hacia el borde interior de la muralla recién conquistada. El viento fuerte azotó la tela oscura desplegando los colores blanco y negro del estandarte templario. Los soldados cristianos vitorearon desde la llanura inferior elevando un rugido ensordecedor de triunfo colectivo. La visión completa de la ciudadela apareció gloriosamente ante los ojos del líder malherido y exhausto.
Godofredo se colocó al lado izquierdo de su comandante para brindar cobertura inmediata con el escudo. El preceptor bloqueaba cualquier proyectil rezagado disparado desde las atalayas interiores del complejo fortificado. Jacques levantó el estandarte apoyando la base inferior de hierro en una grieta del muro destruido. Hundió el extremo del asta en la piedra sólida empujando hacia abajo con todo el peso de su armadura pesada. La madera crujió al encajar firmemente en la abertura de los bloques calcáreos destrozados por el asedio. La bandera ondeó victoriosa confirmando la apertura definitiva de la muralla considerada inexpugnable por los sarracenos. La brecha quedaba asegurada totalmente para el paso triunfal del contingente cruzado hacia el corazón de Jerusalén.
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