La mentira del rey - Capitulo 8

La luz arrojada por las antorchas titilaba sobre los escalones cubiertos de humedad. Un guardia empujó la espalda del prisionero empleando el mango de madera de su lanza. Jacques bajó la vista para asegurar cada paso sobre la roca. El descenso hacia las entrañas del palacio parecía no tener un final cercano. El aire perdía todo rastro de frescura a medida que la comitiva avanzaba hacia la profundidad. Un hedor denso inundaba el conducto de mampostería antigua. Godofredo caminaba un tramo por delante custodiado por dos carceleros. Las pesadas cadenas repicaban contra los peldaños marcando el avance de los hombres. El calor del día quedaba sepultado bajo toneladas de piedra tallada.

Los niveles superiores del recinto albergaban a los criminales comunes del reino. El destacamento ignoró esas galerías pobladas y continuó bajando hacia la oscuridad. El silencio ganaba terreno en esas profundidades olvidadas. El agua filtraba a través de las grietas marcadas en la bóveda del túnel. Las gotas caían formando charcos oscuros sobre las losas irregulares. El Gran Maestre pisó uno de esos charcos empapando el dobladillo de su túnica. Respiraba con gran dificultad debido a la escasez de oxígeno en el subsuelo. Sus pulmones silbaban al intentar capturar el aire viciado. Los guardias mantenían un paso acelerado por la incomodidad del trayecto. Ellos deseaban abandonar aquel nivel subterráneo para volver a las salas iluminadas.

Frente a un muro ancho, el capitán detuvo la marcha. Una puerta forjada con planchas de hierro marcaba el límite del calabozo definitivo. Un carcelero introdujo una llave en la cerradura oxidada. Los mecanismos metálicos chirriaron al girar bajo el esfuerzo del soldado. La hoja pesada cedió abriendo el paso hacia un pasillo estrecho y asfixiante. Jacques cruzó el umbral flanqueado por los escoltas del rey Felipe. Observó las paredes manchadas por los hongos y el salitre acumulado. El recinto carecía por completo de respiraderos conectados hacia el exterior. Varias celdas minúsculas se alineaban a lo largo del pasadizo como nichos mortuorios.

En el centro de la galería, el oficial levantó su antorcha para iluminar los rostros de los dos prisioneros.

—Quítense esas ropas ahora mismo —ordenó el capitán apuntando con el dedo hacia el pecho de los cautivos.

Jacques miró los ojos del militar a cargo. El anciano comprendió el propósito oculto tras la exigencia. Las prendas actuales representaban su breve periodo de libertad en las calles de la capital. El rey buscaba borrar cualquier rastro de dignidad personal antes del encierro en el abismo. Godofredo apretó los puños junto a sus caderas resistiendo el impulso de golpear al guardia más cercano.

—Obedezcan sin demoras —exigió el oficial apoyando la mano sobre la empuñadura de su espada.

El líder templario asintió hacia su subordinado para apaciguar sus ánimos. Jacques levantó los brazos entorpecidos por los grilletes para desatar el cordón de su túnica. Sus hombros castigados protestaron con un latigazo de dolor al ejecutar el movimiento. Las articulaciones rígidas crujieron bajo el esfuerzo requerido para liberar la tela. El anciano deslizó la prenda por sus brazos cubiertos por marcas oscuras. La tela cayó al suelo formando un bulto sobre la piedra helada. Quedó con el torso desnudo frente a la escolta armada. Las quemaduras dejadas por los hierros candentes resaltaban sobre su piel pálida. Las cicatrices formaban un mapa del tormento sufrido durante los largos años de interrogatorios.

Godofredo imitó las acciones de su superior. El joven preceptor arrojó su propia camisa sobre los adoquines húmedos del pasaje. El guerrero mostraba músculos tensos y cicatrices de espada ganadas contra los ejércitos de oriente. Los carceleros observaron los cuerpos de los cruzados en absoluto silencio. Un soldado arrojó dos fardos oscuros hacia los pies de los caballeros sometidos. Los bultos contenían harapos apestosos, rasgados y llenos de agujeros.

—Vístanse con esos trapos —indicó el capitán señalando el suelo con la bota.

El anciano recogió el montón de tela áspera sin pronunciar ninguna queja. El tejido rústico raspó su piel sensible al primer contacto. El prisionero introdujo la cabeza por la abertura principal midiendo cada esfuerzo corporal. Acomodó la prenda andrajosa sobre su espalda encorvada por el cansancio de la jornada. La tela apestaba a orina seca y podredumbre inconfundible. Jacques aceptó el despojo conservando un semblante inalterable ante sus enemigos. La pérdida del ropaje marcaba su regreso definitivo a la condición de reo sin derechos. Demostró su enorme fortaleza al soportar la humillación. Las prendas colgaban de sus clavículas prominentes como banderas rotas tras una batalla campal.

Los soldados separaron a los dos hombres empujándolos hacia puertas diferentes a lo largo de la galería. Un guardia agarró el brazo izquierdo de Jacques empleando fuerza excesiva. El militar tiró del prisionero hacia la última celda ubicada en el extremo final del pasillo. El carcelero abrió la reja forjada con barrotes de hierro. El Gran Maestre avanzó hacia el interior del calabozo tropezando con un desnivel del suelo. El soldado cerró la puerta a sus espaldas ejecutando un empujón violento. El metal impactó contra el marco de piedra produciendo un estruendo enorme en el ambiente cerrado. El eco rebotó por las paredes del corredor subterráneo hasta desaparecer. El sonido de la llave girando en la cerradura selló el aislamiento completo del cautivo.

Jacques permaneció inmóvil durante varios minutos para adaptar su visión a la penumbra absoluta del agujero. El espacio resultaba muy reducido para un hombre adulto. Extendió los brazos logrando tocar ambos muros laterales simultáneamente sin estirarse demasiado. La celda medía apenas dos pasos cortos de largo por uno solo de ancho. El suelo presentaba una capa fina de paja húmeda y plagada de insectos. El anciano bajó las manos palpando la superficie rugosa de la piedra tallada por los canteros. El frío intenso traspasaba la suela de sus zapatos gastados. Caminó hacia el fondo del habitáculo tropezando con un cubo de madera. El recipiente rebosaba inmundicias acumuladas por prisioneros anteriores. El hedor mareante obligó al anciano a taparse la nariz con la mano temblorosa intentando evitar las náuseas.

En la pared contigua, el ruido de otra reja cerrándose anunció el encierro de Godofredo. Jacques escuchó los pasos alejándose por el corredor principal hacia la escalera de salida. Los guardias retornaban hacia los niveles superiores buscando la luz de las antorchas y el aire limpio. El silencio absoluto retomó el control del nivel subterráneo aplastando cualquier esperanza de rescate. El líder templario flexionó las rodillas hasta sentarse sobre el montón de paja esparcida en el rincón. Cruzó las piernas adoptando una postura estable sobre el piso helado para evitar el contacto de su cuerpo con la piedra. Su cuerpo tiritaba debido a las bajas temperaturas reinantes en el pozo carcelario. Cerró los ojos intentando conservar el calor corporal mediante una respiración metódica y profunda.

Un golpeteo rítmico vibró a través de los bloques macizos ubicados a su derecha. El sonido opaco llamó la atención del prisionero en medio de la quietud sepulcral. Jacques giró el torso raspando el hombro contra la pared trasera. Acercó el rostro a la división apoyando la oreja contra la superficie húmeda de la mampostería.

—Yo estoy aquí —habló Godofredo desde el otro lado del muro divisorio.

La voz del preceptor sonaba distorsionada por el enorme grosor de la piedra estructural. Jacques apoyó las palmas contra el muro buscando identificar la fuente del sonido. Acercó los labios a una grieta diminuta visible entre dos bloques mal encajados por los constructores.

—Te escucho perfectamente —respondió el Gran Maestre proyectando la voz para atravesar la barrera.

El esfuerzo de hablar en voz alta provocó un ataque de tos repentino en el anciano. El prisionero cubrió su boca para sofocar los dolores punzantes propagándose por su pecho hundido. La humedad atacaba las vías respiratorias sin piedad alguna durante cada inhalación.

—Ellos nos arrojaron al fondo más oscuro de este abismo —comentó Godofredo tras aguardar el final de la tos de su líder.

—El monarca teme las verdades pronunciadas por nosotros en la plaza pública frente a la catedral —explicó Jacques recuperando el aliento perdido con parsimonia.

—Nuestra declaración en el atrio destruyó su farsa legal construida con mentiras —afirmó el joven caballero desde su propia tumba de piedra.

El diálogo fluía con oraciones cortas y directas para conservar el oxígeno valioso de las celdas minúsculas. Ambos hombres ahorraban energía al hablar lo estrictamente necesario para mantener el contacto humano. Jacques tocaba la piedra sintiendo la cercanía de su amigo a pesar de la separación impuesta por los verdugos.

—Los inquisidores volverán pronto con sus herramientas para exigir nuevas confesiones retractatorias —advirtió Godofredo manteniendo un tono grave y desprovisto de miedo.

—Nosotros debemos mantener la pureza de nuestra confesión final realizada ante los ciudadanos de París —ordenó el comandante supremo empleando su autoridad intacta sobre la tropa.

—Soportaré cualquier tormento ordenado por el consejero real sin abrir los labios para ceder ante ellos —prometió el preceptor golpeando la pared con los nudillos para enfatizar su juramento castrense.

—Nuestras almas permanecen libres a pesar de estas cadenas limitando nuestros cuerpos heridos —aseguró Jacques para consolar la inquietud de su compañero de armas.

El anciano experimentaba una claridad mental deslumbrante en medio de la oscuridad opresiva. Aceptaba su destino cruel con una lucidez implacable ganada a base de dolor en las salas de interrogatorio. La pérdida de la libertad carecía de importancia frente a la victoria espiritual alcanzada escasas horas atrás. Había expuesto la codicia desenfrenada del rey Felipe ante los habitantes asombrados de la urbe populosa. El honor de la hermandad militar brillaba nuevamente en la historia gracias a su valentía personal demostrada al borde de la desesperación.

El silencio retornó al calabozo dividiendo las celdas contiguas con un muro de aislamiento profundo. Jacques deslizó la espalda por la pared hasta quedar sentado completamente sobre la paja sucia y maloliente. La tela áspera de los harapos rascaba la piel lastimada produciendo una irritación constante con cada movimiento. El frío penetraba en los músculos atrofiados provocando calambres punzantes en las pantorrillas y en los muslos entumecidos. Frotó sus piernas con las manos intentando activar la circulación sanguínea estancada por la inmovilidad forzada. El ambiente lúgubre devoraba la escasa luz grisácea filtrada desde algún pasillo lejano e inalcanzable. La oscuridad desorientaba los sentidos del reo sometido a este aislamiento total planificado por el guardasellos. El líder templario parpadeaba buscando distinguir alguna silueta en el interior del recinto sin obtener ningún resultado visual. Las sombras densas ocultaban cualquier detalle arquitectónico del agujero carcelario envolviendo al preso en una negrura asfixiante.

Minutos después, el goteo monótono del agua capturó la atención del anciano distraído por los dolores musculares severos. Una gotera caía rítmicamente sobre una piedra cóncava ubicada cerca de sus pies cubiertos por las botas gastadas. El sonido repetitivo funcionaba como un martillo golpeando su paciencia desgastada por la falta de descanso reparador. Jacques arrastró el cuerpo hacia la fuente del ruido guiándose por el sentido del oído agudizado. Extendió la mano ahuecada para atrapar el líquido cayendo desde las alturas del techo oscuro. El agua helada salpicó sus dedos llenos de callosidades antiguas formadas por el roce con las riendas de los caballos de guerra. El prisionero bebió las gotas acumuladas en su palma para aliviar la sequedad insoportable de su garganta irritada. El sabor a óxido metálico inundó su paladar reseco causando una mueca de disgusto incontrolable. El monarca pretendía doblegar la voluntad indomable de los cautivos mediante la privación sistemática de los recursos más elementales de supervivencia.

La pared volvió a vibrar bajo los golpes suaves de Godofredo llamando nuevamente la atención del líder recluido. Jacques regresó a su posición anterior arrastrándose sobre sus rodillas lastimadas por la fricción contra el suelo empedrado de la celda aislada.

—El frío extremo entumece mis manos y mis pies —confesó el joven guerrero desde su encierro con un tono evidente de preocupación.

—Mueve tus extremidades frotando los brazos para conservar el calor circulando en tu sangre —aconsejó el Gran Maestre compartiendo sus tácticas de resistencia extremas aprendidas en prisiones enemigas durante sus campañas orientales.

—La oscuridad devora mi visión por completo ocultando incluso la silueta de mis propias cadenas —añadió el preceptor bajando el volumen de su voz en medio de la negrura.

—Cierra los ojos y busca la luz en el interior de tus recuerdos más preciados —ordenó Jacques demostrando su liderazgo inalterable ante las condiciones de degradación humana diseñadas para quebrarlos desde adentro hacia afuera.

La instrucción buscaba fortalecer el temple debilitado del caballero más joven frente al terror paralizante de la ceguera impuesta por la mampostería. Jacques conocía íntimamente las tácticas de guerra psicológica empleadas por los funcionarios implacables del tribunal inquisitorio para destruir mentes fuertes. El encierro podía quebrar a cualquier hombre. El guardasellos planeaba quebrar la cordura de los prisioneros utilizando las sombras opresivas de las mazmorras como armas contra el intelecto humano. El anciano resistía el asedio mental enfocando los pensamientos en la firmeza incuestionable de sus convicciones religiosas mantenidas a lo largo de las décadas de servicio. La lealtad hacia la Orden funcionaba como un escudo protector indestructible contra la desesperación paralizante amenazando con apoderarse de sus sentidos desorientados en el pozo ciego.

El anciano palpó las cicatrices de su torso bajo la tela rústica entregada por los soldados reales durante el despojo reciente. Las marcas rugosas trazaban un mapa detallado de dolor sobre su piel carente de contacto con la luz del día exterior. El fuego abrasador y el hierro candente habían dejado huellas imborrables en su anatomía marchita durante las sesiones de preguntas forzadas. El rey exigía la destrucción corporal metódica para obtener confesiones favorables a sus intereses políticos de expolio financiero contra los monjes guerreros. Jacques asimilaba el precio altísimo pagado por desafiar la autoridad del trono francés en la explanada de la ciudad capital frente al pueblo llano. El dolor crónico acompañaba implacablemente cada uno de sus movimientos básicos convirtiendo la respiración en un acto de resistencia dolorosa. Las articulaciones inflamadas dificultaban el acto de caminar sin emitir gemidos de protesta corporal involuntaria por la estrechez de la celda. Soportaba el sufrimiento diario con una entereza forjada en las batallas campales disputadas bajo el sol inclemente de oriente contra ejércitos enemigos formidables.

En el corredor exterior, un sonido espeluznante perforó la barrera acústica del silencio reinante en el nivel inferior de la prisión de Estado. El grito prolongado de un hombre torturado descendió por los pozos de ventilación huecos desde las plantas intermedias del castillo fortificado. Jacques elevó la cabeza fijando la atención en el techo abovedado de su celda para captar cada matiz del sonido terrorífico lejano. El alarido vibraba cargado de un dolor inhumano, brutal y prolongado provocado por manos expertas en la aplicación del tormento. En algún lugar cercano, un hombre gritaba mientras los guardias hacían su trabajo. El prisionero desconocido sufría la dislocación de sus extremidades en el potro de estiramiento operado por los ejecutores al servicio de Nogaret. El lamento desgarrador fluctuaba en intensidad reflejando las variaciones calculadas del castigo infligido por los inquisidores para exigir respuestas incriminatorias contra terceros inocentes capturados en redadas recientes.

Godofredo guardó silencio al escuchar el terror vibrando literalmente en las paredes macizas del edificio carcelario. Ambos templarios asimilaban el significado brutal de esos gritos rebotando en los pasadizos de las mazmorras subterráneas. Los hombres del rey seguían castigando a quien desafiara su voluntad. El rey gobernaba a través del miedo. Jacques cerró los ojos arrugados y bajó la cabeza hasta apoyar la barbilla contra su pecho huesudo asumiendo la inmensidad del poder represivo enfrentado por ellos. Jacques escuchó el grito y entendió que nadie vendría a salvarlos.

El lamento ahogado confirmó la naturaleza definitiva del segundo arresto ordenado apresuradamente por el soberano ofendido tras la escena de la catedral. La celda, los harapos y los gritos le dejaron claro que no saldrían de allí. El rey Felipe había decidido enterrarlos en vida para silenciar sus voces acusadoras lejos de los oídos de la población susceptible a las prédicas de los condenados al cadalso público. El rey no volvería a dejarlo hablar ante la multitud. Las autoridades palaciegas sellarían los calabozos inferiores con muros de mampostería gruesa y olvidarían las llaves de las celdas en las profundidades de la fortaleza para asegurar el olvido definitivo de los caballeros caídos en desgracia real.

El anciano guerrero comprendió la magnitud inmensa de su confinamiento en ese instante de lucidez penetrante y despojada de cualquier engaño consolador. Las murallas de piedra marcaban el límite de su vida. Aceptó esta revelación tremenda sin experimentar terror paralizante o desesperación ante la perspectiva de morir consumiéndose en el agujero diseñado por sus enemigos despiadados. Aceptó lo que venía sin apartar la mirada. Le habían quitado la libertad, pero no el nombre de la Orden. Jacques cruzó las manos atadas sobre sus rodillas delgadas esperando el desenlace ineludible en el corazón oscuro y silencioso del abismo cavado por los canteros franceses. Sabía perfectamente que esta vez nadie abriría esa pesada puerta de hierro para devolverlo al mundo de los vivos.


Este capítulo forma parte del primer arco de la novela. "La mentira del rey: El juicio final de Jacques" escrita por Dante L. Silente

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Gracias por leer.

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